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El Ágora

Los locos del náhuat

¿Se puede aprender náhuat-pipil en nueve horas? Esta es la historia de cómo un ministro de Obras Públicas, un lingüista Premio Nacional de Cultura, una periodista y los Tzunhejekat aprenden a pensar cómo pensaban los antepasados, a sabiendas de que el náhuat poco a poco se nos está extinguiendo. 

María Luz Nóchez

 
 

En una clase de náhuat-pipil, 25 personas intentan resolver un misterio. “¿De dónde viene el cero?” ha preguntado Rafael Lara-Martínez, el profesor, con el simple afán de sembrar la duda existencial. Mi compañero Gerson cree tener la respuesta correcta e intenta resolver el enigma. Desde una silla, ubicada en las primeras filas, alza su voz y afirma que el cero fue inventado en Mesoamérica por los mayas. Asombrado por la seriedad de mi compañero y por la seguridad en el tono de su respuesta, el profesor Lara-Martínez lo reta de nuevo:

—¿Antes de 1492 no existía el cero, entonces? -le pregunta.
—De aquí se lo llevaron los españoles -responde mi compañero Gerson.

El profesor quiere reírse, se le nota en la cara, pero solo alcanza a resoplar para resumir lo absurda que le ha parecido la afirmación. La discusión termina ahí, pero mi compañero Gerson, días después, se mantendrá firme. Wikipedia, al menos, le da la razón, pero a mí me basta para que esta escena se vaya directo a mi lista de los nunca: nunca imaginé que tendría de compañero de clases de náhuat al ministro de Obras Públicas. Nunca lo imaginé interesado en el náhuat. Nunca imaginé que lo vería desaprobado por un profesor que enseña una lengua que se cree muerta.

***

Ni-mu-kunew

La frase aparece proyectada en una pantalla y no tengo idea de qué significa. Ni siquiera me suena a concepto. Estamos en una clase exprés, nueve horas intensas, de lengua náhuat-pipil, y el profesor que la imparte reconoce que él no puede hablarla. ¿Curioso, cierto? Pero esto no es estafa y apenas está comenzando.

Ni-mu-kunew, pronuncia Alejandro López, un joven de treinta y tantos, moreno, fornido, bajito, quizá 1.65 metros, lo mismo que el salvadoreño promedio, según el Registro Nacional de las Personas Naturales. Alejandro es miembro del Colectivo Tzunhejekat, un grupo que quiere rescatar el náhuat, la lengua de nuestros antepasados. Alejandro habla como en chino, pienso. O, en todo caso, la frase me suena a konichiwa, en japonés. Sus palabras tienen cierta musicalidad, pero a mí me suenan a palabras inventadas, como cuando uno empieza a presionar letras en el teclado sin ningún sentido. Similar a lo que me pasaba al querer decir los tres tristes tigres a paso rápido y sin atropellarme.

“Usted lee mejor que yo”, dice el profesor, y luego nos explica que ni-mu-kunew es el equivalente a que Luke Skywalker le diga a Darth Vader “yo soy tu hijo”. O en su versión local, que un gordito de sombrerote, matata y piececitos al revés le dijera a su mamá fea, tetuda y desgarvada. “Siguanaba, ni-mu-kunew”, diría el Cipitío, y ya luego se iría a comer ceniza o a tirarle piedritas a las señoritas.

Cada vez que en la proyección aparece una frase que ejemplifica lo que Rafael Lara-Martínez acaba de explicar, le pide a Alejandro que lea y suene el trabalenguas que me evoca a Guatemala, Panajachel, pero que muy poco, muy poco, poquísimo a El Salvador.

Pues entonces, muchos hijos de alguien nos embarcamos en una clase de lingüística náhuat, con un profesor que reconoce en perfecto español que “yo no hablo náhuat-pipil”. Con Lara Martínez el asunto es desestructurar la lengua, explicarnos el sentido con el cual se hablaba. Y se habla todavía, aunque muy poco, muy poco, poquísimo.

El Colectivo Tzunhejekat desarrolla diferentes campañas y actividades para estimular el aprendizajo del náhuat. Han logrado involucrar a nahua-hablantes, como Marcos García (izq.), de 84 años, y a Eugenio Valencia (der.), de 89 años, originarios de Santo Domingo de Guzmán y Cuisnahuat, respectivamente.
 
El Colectivo Tzunhejekat desarrolla diferentes campañas y actividades para estimular el aprendizajo del náhuat. Han logrado involucrar a nahua-hablantes, como Marcos García (izq.), de 84 años, y a Eugenio Valencia (der.), de 89 años, originarios de Santo Domingo de Guzmán y Cuisnahuat, respectivamente.

Un martes de mediados de agosto, por la tarde, 25 personas estamos atentas en la sala de conferencias del Museo de Arqueología de la Universidad Tecnológica. En el salón, las sillas están dispuestas en cinco filas a cada lado, y en el centro, al fondo, hay una pequeña pantalla de proyección. Entre los que nos hemos convertido en alumnos y el profesor hay muy poco margen de maniobra, y Rafael Lara-Martínez, un experto en lenguas, hace malabares para no tropezarse con nuestros pies. Afuera está el centro de San Salvador. Los vendedores ambulantes y los negocios que rodean los edificios de la universidad ofrecen desde fruta de temporada, tortas, tostadas de yuca y plátano, hasta fotocopias e impresiones. El ruido de los autobuses del transporte público que buscan salir del centro opacan la voz del profesor, pero Lara-Martínez, a pesar de todo esto, se rehúsa a utilizar micrófono. Quizá sea porque no hay que ser solemne para explicar algo tan técnico. A simple vista, podría decirse que es un académico hiperactivo que escupe conceptos para cubrir los temas que se propuso impartir en el seminario: omnipredicación, opuestos complementarios, plurales... “¿Se entiende?”, dice, y todos asentimos. ¿Se entiende?

La respuesta no ha sido lo suficientemente convincente. Él nos cuenta que sus estudiantes en Nuevo México también asienten, pero que al mismo tiempo giran su cabeza en señal de negación. “La cara de las personas es la mejor manera de leer a las personas, no la lectura de líneas en la mano ni el tarot”, agrega. 

Confieso que atendí esta convocatoria esperando aprender a hablar algo de náhuat, como parte de un nuevo reto personal y para escribir algo fresco sobre una lengua marginada, olvidada. A mis editores y compañeros la idea les hizo clic, y hasta me han molestado diciéndome que deberé hacer una versión en náhuat-pipil de esta historia. Pero la verdad es que de náhuat sé lo mismo que de alemán: nichts (nada). ¿Se puede aprender a hablar un idioma en nueve horas repartidas en tres días? Imposible. Igual, este curso, confirmo ahora, nada tiene que ver con una maratón lingüística en la que probablemente habría aprendido a decir palabras básicas de convivencia: hola, adiós, yo me llamo… Pero a la larga quizá fue mejor. El profesor, dice él, quiere enseñarnos a pensar en la lengua (a pensar cómo piensan los que hablaban la lengua), no a hablar la lengua (como si existiera una relación directa entre lo que hablamos hoy y lo que hablan ellos). Es complicado el profesor.

En el grupo hay unos jóvenes que visten una camiseta color verde y estos, los más, se han repartido por todo el salón. Son estudiantes de la escuela de idiomas de la Utec. Hay otro grupo pequeño, en el que está Alejandro López, el traductor estrella de la clase, que se ha sentado en la primera fila de la derecha. Junto a él otros miembros del Colectivo Tzunhejekat, que en náhuat literalmente significa “locura” o “estar loco”, desde hace cinco años intentan rescatar el náhuat. El resto de mis compañeros, regados en el salón, son algunos historiadores y antropólogos y el Ministro de Obras Públicas, Gerson Martínez. Lara-Martínez adelanta que para que la comprensión de la lengua sea exitosa, es importante que conozcamos otro idioma aparte del castellano. Todos pueden por lo menos tres, otros cuatro: inglés, francés, náhuat. El profesor empieza a hacer comparaciones en francés e incluso a intercambiar palabras con algunos en ese idioma. Pour vou lalalala… Ni siquiera escucho qué termina de decir. No entiendo nada. Pero tampoco estoy sola. Con mi compañero Gerson, recluido en una esquina de la primera fila somos los más débiles en ese aspecto. Solo sabemos español e inglés.

El profe Lara-Martínez no nos excluye del grupo de políglotas y lanza una pregunta: “¿Qué pasaría si los franceses nos hubieran conquistado?” Esa sí me la imagino. Quizá seguiríamos siendo un país tercermundista, pero a la hora de insultar en la calle al conductor que se metió en nuestro carril, al peatón que se cruzó sin precaución e incluso a los del equipo contrario en el estadio se escucharía con más oui oui y con menos ¡semejantecabrónhijodelagranputa! Si lo pienso en clave Tzunhejekat, las semejanzas lingüísticas, a lo mejor, motivarían a más personas a aprender el náhuat. "¿Y para qué?", dirán algunos. Bueno, más allá de El Mágico, de la firma de la paz y de las pupusas deberíamos presumir más nuestro pasado. Solo imagínense, nos interese el rescate del náhuat o no, nuestros antepasados le regalaron al mundo la palabra chocolate. Sin tener idea, a diario, millones pronuncian una palabra con raíces pipiles. Si no me cree léase este artículo de Kathryn Sampeck, profesora asistente en el Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad de Illinois, Estados Unidos. Pero ese no es el único invento que salió de esta región. Al menos así lo cree mi compañero Gerson. Días después de terminado el seminario, sigue insistiendo en que en Mesoamérica los mayas inventaron el cero, que los españoles, hasta su llegada a América, no lo conocían.

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En 2001, Alberto Cruz regresó a la casa de Josefina Castillo, su abuela. Tenía 18 años y en el ocaso de su adolescencia intentaba darle respuestas a un par de preguntas filosóficas. “¿Quién soy?” “¿De dónde vengo?”. Resolvió entonces mudarse de nuevo a San Ramón, en el municipio de Mejicanos. Su abuela, la figura con la que él había crecido había muerto hacía un año. Un día, revisando rincones, encontró en una gaveta una serie de fotos familiares y algunos documentos, entre ellos la partida de nacimiento de su abuela. Fina, como la recuerda con cariño, nació en 1927 en Izalco y en su partida de nacimiento se le diferenciaba como “natural”. La abuela de Alberto quedó huérfana de madre y padre a los 3 y 5 años, respectivamente, y nunca tuvo contacto con su familia. Creció en un orfanato. Alberto Cruz, entonces, se preguntó qué era eso de “natural”. Pues resulta que “natural” era el distintivo que se utilizaba en las alcaldías para diferenciar a los salvadoreños indígenas de los ladinos.

Alberto nunca imaginó ese pasado de su abuela. Como la gran mayoría de salvadoreños, nuestro pasado importa poco, y si la guerra nos suena tan lejana, la herencia indígena todavía más. Así que Alberto Cruz hizo lo que hacen muy pocos: investigó en libros e internet y llegó al náhuatl-mexicano. Partiendo de la historia salvadoreña y de cómo un genocido ocurrido en 1932 había pretendido “limpiar la raza”, creyó que nuestro náhuat se trataba de un triste recuerdo. Hace más de 85 años, un presidente que también era general –Maximiliano Hernández Martínez– ordenó la ejecución de millares de indígenas y campesinos. Se dice que la orden buscaba erradicar células comunistas representadas en estos indígenas y campesinos, que demandaban una reforma agraria que les devolviera las tierras que les habían sido expropiadas.

Alberto ya nunca se desprendió de la lengua de sus antepasados. Nueve años más tarde de haber descubierto que es descendiente de indígenas, una amiga lo invitó a convivir con abuelas refajadas de Nahuizalco, en el occidente del país. Esta amiga también había convocado a Eric Doradea, otro entusiasta del náhuat-pipil, que para entonces ya tenía más de un lustro de investigar y estudiar las culturas prehispánicas, con especial énfasis en el náhuat. Los dos jóvenes intercambiaron inquietudes y lamentaron no tener fuentes vivas a las que recurrir para nutrir su aprendizaje. Se decidieron a ampliar la búsqueda en internet y compartirse el material. Cada uno encontró un libro. Al intercambiarlo resultó ser el mismo. El libro se llama Curso de gramática Náhuat de Alan R. King.

Alan R. King es un doctor en Lingüística británico reconocido por sus estudios del euskera y el náhuat. Llegó a esta lengua porque su esposa es salvadoreña y cuando la descubrió se quedó viviendo por un año en el país. Su manera de explicar un idioma es tan masticable y sencilla para un novato con cero conocimiento del tema que desde que encontraron su material, en 2011, cargan sus páginas bajo el brazo. Es el gurú del colectivo, su maestro.

En la clase, Lara-Martínez lamenta que no haya estudios recientes sobre la evolución del náhuat, que lo último, y de lo que él se apoya, fue publicado por Lyle Campbell en 1985. Alejandro López le recuerda que el trabajo de King es lo más reciente (2013). Afuera hay humo, lluvia y mucha bulla. Adentro, curioso estos días de canícula, hace frío. Algunos de los estudiantes políglotas y con camisa verde platican entre ellos, y una de las historiadoras está más interesada en su celular.

A Lara-Martínez el nombre de King no le hace mucha gracia. Y sin mucho ánimo refuta que lo de King es la traducción de la Biblia. No pierde mucho el tiempo en eso. “Yo respeto las creencias de mis alumnos, pero para mí lo que vale es la ciencia”. No se fía de la traducción de un libro cuya versión en español es solo la adaptación de otra adaptación.

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Alberto Cruz y Eric Doradea, se sintieron confiados en sus pininos de náhuat y en 2011 lanzaron una convocatoria vía redes sociales. 18 personas se les unieron. Así nació el colectivo de los locos por el náhuat, Tzunhejekat. Eric consiguió que la ONG en la que trabajaba les cediera el espacio después de las horas de oficina, y entre las 6 y 8 de la noche, durante cinco meses, se congregaron en las oficinas del Servicio Social Pasionista, en Mejicanos. En ese lugar, famoso por el que fuera su director, el Padre Toño (un sacerdote enjuiciado y expulsado por sus extrañas relaciones con pandilleros: de rehabilitador y consejero de jóvenes pandilleros, pasó a violar leyes penitenciarias junto a pandilleros presos en centros penales, a juicio de la Fiscalía General de la República) se reunían entonces madres de jóvenes en riesgo, jóvenes en riesgo, y de 6 a 8 un grupo de personas que practicaban una jerigonza ininteligible.

Los Tzunhejekat siguieron navengando en internet. En 2012 se sumergieron en la red de Youtube y encontraron el canal de Alan King. Ahí encontraron conversaciones entre nahua-hablantes que tenían como protagonista a Paula López, una nahua-hablante que reside en Santo Domingo de Guzmán, en el occidente del país. En uno de los videos Mukaki! ("se oye!") Paula López, bajita, pelo recogido en un moño, vestido rosado con puntos negros, le pregunta a Luciano Nolasco, anciano de bigote grueso y sombrero blanco, camisa manga larga, cuadros rojos y negros, algo que tiene que ver con sus actividades laborales. O al menos eso se entiende gracias a los gestos que Paula López hace con sus manos (ella evoca a la tapisca, al uso de una cuma o un machete que corta una siembra imaginaria). Alberto y su equipo querían encontrar a Paula López. “No teníamos idea de dónde quedaba (el pueblo). Nos fuimos a Google maps y descubrimos que estaba en una de las orillas de Sonsonate. Nos subimos en mi vocho y agarramos camino. Preguntando, preguntando llegamos hasta ahí”, recuerda.

Paula López (derecha) en una de sus visitas a las clases de náhuat que Alberto Cruz imparte en la UES. Ella fue la revelación para Alberto y Eric Doradea de que el náhuat-pipil no era una lengua muerta. Foto cortesía del Colectivo Tzunhejekat.
 
Paula López (derecha) en una de sus visitas a las clases de náhuat que Alberto Cruz imparte en la UES. Ella fue la revelación para Alberto y Eric Doradea de que el náhuat-pipil no era una lengua muerta. Foto cortesía del Colectivo Tzunhejekat.

Alberto y Eric preguntaron a unas tres personas en la calle hasta que dieron con la puerta de Paula López. Cuando ella abrió, Alberto dijo: Yek tunal! ken tinemi? Paula López, 56 años, usaba un vestido a un solo fondo, sencillo pero moderno, no un refajo. Cabello negro y largo recogido con un gancho. Ella, incrédula y sorprendida se sonrió y le respondió el saludo. Ninemi yek, shipanu kalijtik, ken muyukay? Nimetzelnamiki?

Luego los invitó a pasar a la casa y siguió con la jerigonza. Alberto y Eric se sintieron perdidos. En español les tocó explicarle a su nueva maestra que aunque conocían algo de náhuat, no le entendían nadita.

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Entre tanto concepto, mezcla de idiomas y descripciones y ejemplos proyectado en la pantalla me dedico a copiar y copiar en mi libreta. Pero para cuando termino y levanto la cabeza para incorporarme a la conversación, me cuesta un poco agarrarles el hilo. Ni-ueli ni-kal-agi uan ni-mu-kuepa ni-gisa niu-ni-panu ni-mets -ilia… se lee en la pantalla. Según el profesor se traduce “Si yo puedo entrar y vuelvo a salir, pasaré a contarte”. Me identifico por completo con la frase. Mi compañero Gerson está con la mirada fija en su tablet. 

Mi compañero Gerson es comunista. Su militancia en las Fuerzas Populares de Liberación data de 1971, pero con apenas 15 años se metió a pelear por lo que consideraba desigual. En octavo grado de secundaria, un año en el que la mayoría se da duro con los casos de factoreo, él colideró el Movimiento Estudiantil Regional, en apoyo a las reivindicaciones magisteriales y obreras. La guerrilla a la cual perteneció mi compañero eventualmente se convirtió en el FMLN y lleva el nombre de un mártir asesinado, en 1932, por comunista. Sin embargo, su interés por el tema náhuat-pipil no está directamente relacionado con eso. “Creo que remitirse solo al 32, si bien es importante, es una memoria corta. El etnocidio se da con la ocupación de hace 500 años y ahí comienza ese proceso. El etnocidio del 32 es un crimen también contra la raza, pero solo es una cresta en la destrucción de nuestros pueblos originarios. Pero no lo explica todo. Mi interés va más allá”, explica. Pero dejemos claro que mi compañero Gerson no está aquí para vengar la raza ni honrar la memoria de Farabundo Martí, el primer gran comunista salvadoreño. Está aquí con dos objetivos muy concretos: enriquecer su acervo cultural, tener data con la cual tejer poemas de su autoría, y desestrarse de la jornada laboral. Mi compañero Gerson es poeta. Pero para él escribir no es necesariamente un pasatiempo, aunque admite que tampoco es que tenga mucho tiempo libre.

“Yo escribo lo que siento, lo que vivo, lo que conozco. Lo mío no tiene que ver solo con lo náhuat-pipil, sino con las raíces originarias de los pueblos de este continente. Que los de la región le llamaban Abya Yala”, dice.

Su proceso de escritura conlleva investigación y comprensión de la cosmovisión de los pueblos originarios de los cuales retoma metáforas para convertirlas en verso. Su años como líder de la FPL también le permitieron cultivar esta pasión. Mientras estuvo destacado en Chalatenango, por ejemplo, conoció a los chortí y aprendió de ellos. Tanto que uno de tantos poemas inéditos que anda llevando en su tableta, se lo dedica a uno de sus líderes y lo saluda “Ahora vuelvo con los nuevos guerreros...”.

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Han pasado tres años desde la primera visita que el colectivo le hizo a Paula López y ahora hablan de manera fluida en náhuat con los de la comunidad de Santa Domingo de Guzmán. Han prescindido del español para comunicarse, aunque al principio los lugareños no estaban tan entusiasmados con la visita de los Tzunhejekat. Alberto recuerda que muchos hombres y mujeres dejaban claro que les daba miedo hablar su lengua, y que preferían dejar todo lo relacionado con ella enterrado en el pasado. Tras la matanza de 1932, las élites salvadoreñas se esforzaron por cultivar un odio hacia el origen del pueblo salvadoreño. Lo indígena siempre fue proscrito. Caló hondo. El miedo también calló a la lengua. 

El rechazo a las raíces continúa vigente. “Al fenecer el nahuatl (sic), Dios mediante también se extingan los caites y los tapescos”. Así rezó un editorial anónimo de El Diario de Hoy, publicado el 14 de junio 2013. Por esta pieza hubo indignación en redes sociales, blogs y artículos de opinión. También hubo quienes, aunque no lo dijeran en voz alta, estuvieron de acuerdo. En una entrevista hace un par de años, Lara-Martínez me dijo que "Todos los salvadoreños tenemos al verdadero Hernández Martínez tatuado en el alma", y por chocante que parezca, hay actitudes desde el Estado y de la vida cotidiana que no permiten rebatir esta idea. Para muestra un botón. Según el Censo de Población 2007, los indígenas en sus distintas denominaciones no existen. Su identidad quedó reducida al color de piel. Los cálculos de las organizaciones indígenas dicen que la población oscila entre el 10 % y el 17 %. Apenas un año antes, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial de la ONU había recomendado al Estado salvadoreño distinguir étnicamente la población de El Salvador. Pero en lugar de incluir en el cuestionario una pregunta relativa a las cuestiones étnicas, las autoridades se aferraron a una que más tenía que ver con la apariencia y el color de piel de las personas. A pesar de esto, El Salvador ha declarado ante organismos internacionales que en este país no existe la discriminación racial. A diario, lo indígena es utilizado como un término peyorativo, y representa lo vulgar, lo grencho. No hay que irse muy lejos. En el estadio, la barra del equipo de fútbol de la capital, el Alianza Fútbol Club, le grita “¡indios!” a los jugadores del equipo rival, sobre todo si estos equipos provienen del interior del país. 

Quizá porque fueron perseguidos, quienes se reconocen nahua-hablantes utilizan las desconfianzas como instinto protector. Alberto recuerda que a medida que se acercaban a Santo Domingo de Guzmán, había quienes desconfiaban, tenían miedo que estos muchachos estuvieran ahí solo para lucrarse de las raíces de la comunidad. Pero a fuerza de perseverancia, este grupo de locos por el náhuat ha conseguido que los nahua-hablantes se multipliquen: en Santo Domingo de Guzmán, Cuisnahuat y Tacuba, no solo los que la tienen por lengua materna han dejado de negarla por miedo, sino que en el área metropolitana de San Salvador los curiosos e interesados en el tema son cada vez más.

“Con los indígenas hemos trabajado mucho diciéndoles que son valiosos por la lengua que hablan y lo que representan y que tienen que sentirse orgullosos de serlo”, dice Alberto. 

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Establecido que el profesor no habla náhuat-pipil, Lara-Martínez explica que el seminario se trata de aprender a pensar la lengua, no a pensar en ella. Suena a enigma, pero es algo tan sencillo como que en lugar de enseñarnos a decir hola, adiós, me llamo…, nos va a enseñar estructura, es decir, la lógica con la que se construye esa lengua de la que, al menos en este salón mi compañero Gerson y yo, nada sabemos. 

Pasan las horas y noto cierta preocupación en Lara-Martínez. Quizá sabe que el tiempo se escurre y no le va a dar chance de abarcar todo el contenido. Trata de abarcar con ejemplos varios temas de una vez para irse saltando páginas del material proyectado. El ruido empieza a molestarle un poco. Tanto el de los carros y autobuses como el de quienes murmuran al interior del salón. Si alguien sale del salón, le recuerda antes de salir que por favor cierre la puerta para que no se cuele más la bulla. Si la cierran mal se desplaza él mismo para cerrarla bien. Y a quienes platican adentro les hace preguntas como esperando que entiendan el mensaje. Le interesa dejar claro lo que explica, espera sembrar una semilla entre algunos de los presentes para que le den seguimiento al tema. “Esto es lo que en verdad define la identidad salvadoreña”, agrega, como un dejo de invitación hacia esa faena.

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El 12 de julio de 2012, los Tzunhejekat quisieron hacer algo más por los nahua-hablantes que solo llevar pan, gaseosa y café a los encuentros que organizaban. Como sus actividades eran pagadas de sus bolsilos, se plantearon la idea de pedir apoyo a la Asamblea Legislativa. Por medio de Ana Virginia, una de las hijas de la diputada Lorena Peña, Eric Doradea logró una cita con la entonces presidenta de la Comisión de Hacienda. La diputada -hoy presidenta de la Asamblea- estaba buscando apoyo para la celebración del Baktún, el año nuevo maya. Eric, a cambio, le propuso que se gestionara un fondo para ayudar a los nahua-hablantes. A la diputada y secretaria de cultura del FMLN la idea no le hizo ruido y le dijo que tomaría en cuenta su propuesta. Luego de las negociaciones, Doradea logró que la diputada Peña incluyera un fondo de 200 mil dólares en el presupuesto de 2013 a manera de bono vía la Secretaría de Inclusión Social. Esta es la secretaría que parece quiere incluirlo todo: comunidad LBGTI, jóvenes, discapacitados y ahora indígenas olvidados por el Estado: 197 nahua-hablantes. La idea era entregar un saldo mensual, pero como tuvo que organizarse un censo para discriminar quiénes decían la verdad versus los que solo perseguían la ayuda económica, se entregó en un acumulado el 22 de diciembre de 2013 en un solo cheque para los beneficiarios. Se repartió equitativamente y cada nahua-hablante recibió 1,015 dólares. 

En Santo Domingo de Guzmán, el colectivo dejó de ser un grupo de muchachos locos que visitan a los indígenas por pasatiempo y empezaron a ganar notariedad y credibilidad. Cuando corrió la noticia de que conseguían dinero para los nahua-hablantes, la lengua se escuchó con más fuerza. Quizá tendrá que ver que Santo Domingo de Guzmán ocupa el puesto 26 en el mapa de pobreza extrema severa. Desde entonces, cada vez que se asoman a las comunidades se les acercan más y más personas hablando náhuat y contándoles sus historias.

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En la clase, a medida que Lara-Martínez va explicando cómo se construyen las oraciones en náhuat-pipil es imposible no traer a colación la idea arcaica que tenemos del cavernícola hablando. Ni-ta-kwa, “Yo-algo-como”. Y la verdad es que yo también pienso que algo quiero comer, pero esto todavía no termina.

Según los Tzunhejekat, Rafael Lara Martínez es otro loco del náhuat. En 2014, cuando se publicó su libro “Mitos en la lengua materna de los Pipiles de Izalco”, recopilados por Schultze Jena a principios del siglo XX, ellos lo celebraron como “Una pieza infaltable en la biblioteca de quien se precie en amar el náhuat y estudiarlo con seriedad. No solo se ocupa de una buena traducción náhuat-español y un glosario analítico sino que entrevé los fundamentos cosmogónicos y filosóficos del nahua-hablante originario. Después de leerlo hace que todo brille más”.

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En noviembre del 2014, Alberto Cruz se enteró de que el presidente Salvador Sánchez Cerén estaba realizando su jornada Gobernando con la gente en la colonia Centroamérica. Salió de su casa y lo interceptó al final del evento. Logró colarse entre la multitud y los guardaespaldas que lo custodian a él y su esposa. Les pidió una cita para que recibieran a los nahua-hablantes y le expusieran sus necesidades. El presidente pidió a su equipo de comunicaciones que le tomaran los datos para invitarlos a un desayuno en Residencia Presidencial. El 6 de diciembre, el presidente y su esposa recibieron a 30 representantes de las comunidades indígenas con las que trabaja Tzunhejekat y lograron que el mandatario se comprometiera con ellos. El Presidente, en el encuentro, se puso loco o con locuras. Dijo que impulsaría la enseñanza del náhuat desde la currícula del Ministerio de Educación y que se trabajaría para que el bono que se les entregó pasara de ser ocasional a algo vitalicio. Lo cierto es que a la fecha, ninguna de las dos cosas ha sucedido. La institucionalidad, por lo menos, se ha subido en el impulso del colectivo. En julio de 2015, la Secretaría de Cultura (Secultura) acompañó la entrega de anteojos a 55 nahua-hablantes de Santo Domingo de Guzmán que el colectivo logró en coordinación con el Club Rotaract Maquilishuat, la Casa de la Cultura de ese municipio.

Alberto es un publicista de 32 años que hace malabares con su tiempo para distribuirlos entre la agencia en donde trabaja, dar clases de náhuat y asistir a los encuentros en las comunidades para seguir aprendiendo sobre esta lengua, de los que ocasionalmente también se hace acompañar de su hijo de 9 años. “Sin necesidad de forzar nada él ha ido aprendiendo por sus propios medios. En el colegio, mientras los demás niños dibujan minions o súper héroes, él dibuja las máscaras de la tradición del tigre y el venado”, cuenta orgulloso. En sus tiempos de ocio, además de reunirse con sus compañeros del colectivo cada jueves en el Café La T en la San Luis para hablar en náhuat y sobre el náhuat, se dedica a armar cartelitos que se comparten en Facebook como píldoras lingüísticas para difundir conocimiento entre los curiosos. En lo que va del año han compartido 70 palabras náhuat del día. Así, por ejemplo, nos han enseñado que mar se dice washtan, que zompopo viene de tzunpupu, que mayana significa tener hambre, que los fines de semana son para tomar achichik o cerveza, y que el -tilili es el clítoris de la mujer y -tepul el pene del hombre.

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Platicar con Rafael Lara-Martínez es siempre un bombardeo sin fin de información. Sabe tanto y de todo un poco que el tiempo parece nunca ser suficiente. Se caracteriza por un constante afán de enseñar a los demás y disfruta de verse rodeado de personas inquietas por indagar más en sus conocimientos, llámese estudiantes, lectores o periodistas. Es un investigador acucioso que cuando pone los ojos sobre un tema lo lleva hasta las últimas consecuencias, así eso le gane enemistades en la esfera académica. Habla con prisa, pero sin atropellarse, y con una denodada pasión. Si de aplicar un adjetivo se trata, este lingüista de 63 años es un loco de la memoria salvadoreña, de su reconstrucción. Para él las fuentes de consulta son su mayor fortaleza y perder amistades o relaciones con colegas es lo de menos. Lo que realmente importa es que haya interés en reproducir sus textos y en darle seguimiento a su interés por rescatar la identidad salvadoreña.

Su afable personalidad rompe con el estereotipo que comúnmente se forma uno de un académico de su talla. “Soy un académico de ideas descabelladas”, dice bromeando y haciendo referencia a su cabeza calva que a veces corona con un sombrero. Es alto, tiene una estatura superior a la del salvadoreño promedio, 1.80 metros, aproximadamente; piel blanca y ojos azules. Viste casi siempre de negro, zapatos, pantalón, chaqueta y sombrero. “Estudiar a los clásicos es una excusa para no estudiar el náhuat-pipil, que es lo que para mí define más la identidad salvadoreña”, repite una y otra vez. Y su mejor arma es no solo los estudios sobre náhuat-pipil que nadie más se preocupa por hacer, sino desvelar el rol de los grandes intelectuales salvadoreños del siglo XX por considerar que registraron de manera parcializada la historia, contribuyendo al afán de suprimir la identidad indígena que tuvo Maximiliano Hernández Martínez. Lo ha hecho con la figura de Salarrué y con la de intelectuales como Claudia Lars, David J. Guzmán, Roque Dalton y Hugo Lindo. Hacerlo y decirlo le ha generado muchas enemistades. La más pública y comentada ha sido con Ricardo Lindo, ne ikunew de Hugo, quien lo acusa de ser “gratuitamente ofensivo, utilizando una información que sacas de contexto para hacerla decir lo que se te da la gana, para destrozar a quienes fundaron el arte y el pensamiento en nuestro país”.

Lo primera vez que vi a Lara Martínez fue en noviembre de 2011, en Casa Presidencial, cuando fue investido con el Premio Nacional de Cultura. Pese a que se le reconoce y condecora, el Estado no es quien le haga caso a sus locuras, como, por ejemplo, explicar cómo debe pensarse la lengua náhuat. Pero a falta de apoyos en el Estado, a Lara Martínez lo apoyan algunos mecenas. Entre estos se encuentran Claudia Cristiani, hija del expresidente Alfredo Cristiani, el presidente que firmó la paz, y presidenta de la Fundación Accesarte, que en los últimos tres años se han convertido en sus principales aliados. También ha encontrado apoyo en un par de editoriales. En la visita exprés que hizo este agosto, de hecho, presentó dos títulos nuevos con dos editoriales distintas. Ninguna, sin embargo, le paga derechos de autor. Las regalías son 50 ejemplares de sus propios libros. Por eso, en la clase, oferta sus libros con insistencia. Es más, los da fiados con el compromiso de pago a futuro.

Ironías salvadoreñas, una de sus principales mecenas es hija de un líder histórico del partido Arena, el partido que arranca sus campañas electorales en Izalco cantando “donde los rojos terminarán”, en una especie de mensaje cifrado que denota esto: en Izalco se masacró a muchos rojos en 1932.

La afición de Lara-Martínez por la reconstrucción de la memoria es solo comparable a la que tiene por la cerveza y la cocina. Tras una de las charlas, y de regreso a casa, Lara-Martínez se detiene en una gasolinera y compra su dotación diaria de cervezas. Esta vez fue Regia, pero también acepta las Cadejo, porque es lo mejor, dice, que hay aquí. Luego de esa parada obligada, Lara-Martínez me cuenta emocionado cómo se prepara uno de sus platos favoritos: huachinango a la veracruzana. Solo necesito cebolla, pimientos, ajo, tomate, sal y pimienta al gusto, y un boca colorada fresco. Me sugiere incluso buscarlo en el mercado de Antiguo Cuscatlán, por su variedad y limpieza. También me recomienda usar vino blanco para la salsa al momento de hornear. Pero que sea del mismo que uno puede beber, porque el de cocina no sirve. A mí, su receta, nimayana (me da hambre)

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Por años, mi compañero Gerson ha sido lector asiduo de las publicaciones de Lara-Martínez en el Co-Latino y la convocatoria de este seminario cumplió doble propósito: para conocer por fin al académico que admira y para iniciarse en los artes del náhuat-pipil. Quién sabe cómo vaya a repartir su tiempo hasta lograr sumergirse lo suficiente en la cultura e incluirla en sus poemas, pero cuenta con la indumentaria. A la biografía novelada de Pepe Mujica que cita ocasionalmente en su cuenta de Twitter, el ministro ha agregado tres de los cuatro títulos que le compró, al contado, a Lara-Martínez. Tres de ellos hablan del náhuat-pipil.

De las nueve horas de clase con el profesor Lara Martínez (en realidad fueron 7 horas y media) yo me quedo con una libreta llena de apuntes y algunas palabras clave. A mi compañero Gerson le quedaron cien apuntes que rescató en su tableta. En la última jornada, ya entrado en confianza con los alumnos, Lara-Martínez sugiere acompañar la disertación con vino. El achichik a todos nos parece una buena idea, pero es claro que nadie irá a buscarlo en el centro de San Salvador.  “Bueno, yo aquí tengo mi Cadejo”, dice, mientras saca un envase de una de las bolsas que anda cargando. De improvisto le avisan que hay que cortar la clase. No hubo brindis con bebidas fermentadas, pero mi compañero Gerson encontró una manera de coronar la jornada con dos poemas de su autoría:

Un niño chortí
no necesita catalejos
para deletrear el vuelo de los azacuanes
Le resulta suficiente
los halcones peregrinos patrullan las distancias
Acaxtli (sic) - les miran
Y se apresta a guarecer el nido de los 400 trinos
(el zenzontle)
Pasada la novedad
el niño machaca granos de maíz
y alimenta a los pichones del zenzontle
Desde el plan del horno
domina la luna
la fogata
las brazas 
y el cerro de los lirios
Un niño chortí no necesita prismáticos
para comprender su mundo
Le basta el lucero
y su corazón de obsidiana
Todos los días juega a la pelota 
en un claro de su bosque
El niño chortí confía
en que la calma de este día 
no se romperá mañana

***

A El Salvador le tomó 83 años -desde la masacre indígena de 1932- reconocer la existencia de los pueblos originarios. Con 56 votos, la Asamblea Legislativa ratificó en 2014 el artículo 63 de la Constitución. El Estado se comprometió con el reconocimiento de los derechos fundamentales de los indígenas, su cosmovisión y su identidad cultural. Sin embargo, en el primer año, todavía no hay luces para que se cuele la enmienda constitucional. Aunque este gobierno del FMLN, el segundo gobierno de izquierdas en el país, asegura que le apuesta a las raíces, lo formal de esa apuesta -aparte del bono de 200 mil dólares que consiguieron los Tzunhejekat- ha sido que en los actos protocolarios haya niños cantando el himno en náhuat, ceremonias de cambio de estación, bailes en una plaza…

¿Se puede rescatar la identidad a través del idioma? Quizá yo también me estoy volviendo loca. Iniciativas como la del Colectivo Tzunhejekat hacen circular en redes sociales píldoras lingüísticas que ponen de manifiesto el interés de quienes desean aprender náhuat. Con la experiencia han aprendido, sin embargo, que no siempre es genuino. En todo caso, “que uno de cada diez que se meten a clase domine bien la lengua ya es ganancia”, dice Alberto Cruz. Pero, ¿es eso suficiente para rescatar el náhuat? Contrario a lo que pasa con otros idiomas, el náhuat no es ofertado en academias de prestigio, ni dominarlo garantiza un trabajo en un callcenter. Probablemente tampoco signifique un plus en el curriculum vitae de ningún salvadoreño.

También pasa que este país tiene otros problemas más urgentes, que también tiene que ver con usos y maneras de un lenguaje ininteligible para la gran mayoría.

El 12 de agosto de 2015, por ejemplo, en una cofradía a celebrarse en Izalco, ocurrió un nuevo encuentro entre estos dos mundos extraños. 

Un grupo de jóvenes esperaba en un microbús el momento de conocer a la mayordoma de la cofradía. Eran estudiantes de la Licenciatura en Letras de la Facultad Multidisciplinaria de Occidente. En Santa Ana, ellos recibieron el mismo seminario que recibimos mi compañero Gerson y yo con el profesor Lara-Martínez. La cofradía era parte de la agenda del seminario, así que esperaban a la mayordoma. Lo que la excursión no sabía es que la mayordoma vive en un territorio en el que ahora regenta una pandilla violenta. No pasó mucho tiempo desde que se estacionaron cuando los guías vieron que el ne ikunew de alguien se les acercaba. Los estudiantes, entonces, cerraron las puertas y ventanas. El joven, desde afuera, se paró a un costado de la calzada y empezó a hablarles en un lenguaje de señas que aunque nadie lo podría descifrar ni ocupar, su contenido era bastante claro. El joven les rifaba el barrio.

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