Nacionales / Desigualdad
Juana y sus sueños de cristal

Sueños, inocencia e ingenuidad. ¿Qué más se le puede pedir a una menor de 15 años de edad? Juana había querido ser jefa de hogar y ahora era jefa de hogar. También había querido quedar embarazada de Roberto, y ahora estaba embarazada de Roberto. Vivía su sueño. Hasta cuando, una mañana de julio de 2012, en su tercer mes de embarazo, alguien llamó a la puerta.


Fecha inválida
Patricia Carías

–Una muchacha llegó a la casa a buscar a Roberto –cuenta Juana, mientras la voz se le corta y las lágrimas le inundan los ojos.

–¿Y quién era ella?

–Era una exnovia… exmujer de él… –corrige.

Y a sus 15 años de edad, la adolescente jefa de hogar conoció a otra adolescente que también estaba embarazada de Roberto.

***

La historia de Juana y Roberto comenzó mucho antes de lo que ellos mismos esperaban. La primera vez que Juana recuerda haber visto a Roberto fue cuando ambos iniciaron el tercer grado en una de las escuelas públicas de Ilopango. Entonces ambos eran niños. Y con el tiempo crecieron, estudiaron y llegaron a ser adolescentes juntos. En el séptimo grado, cuando Roberto tenía 16 años y Juana 14, terminaron de novios.

Juana transmite confianza y no se avergüenza cuando habla de sí misma. A veces puede ser ingenua, pero en general no tiene miedo de criticar sus propias decisiones.

A medida que el romance avanzó, Juana y Roberto entraron en la etapa de la adolescencia, en la que quisieron tomar sus propias decisiones. Juana tenía claro su sueño, sabía cuál debía ser el primer paso para que esa relación fuera formal y no dudó en convencer a Roberto. En octubre de 2011 decidieron vivir juntos.

La decisión pasó por alto detalles como que ninguno tenía casa propia, que Juana no tenía empleo y que Roberto a duras penas ganaba unos cuantos dólares a la semana trabajando en una zapatería de su comunidad. Con lo que recibía aportaba para mantener la casa de sus padres, donde además vivía una de sus hermanas. Aun así, la decisión estaba tomada, y Juana quiso ser jefa de hogar y fue jefa de hogar. Sin consultar con nadie más, Juana salió una noche de su casa con una maleta llena de ropa y se instaló en la casa de sus suegros.

A pesar de que la decisión parecía ser un capricho de jóvenes, a los suegros de Juana no les pareció apresurada, recibieron a su nueva nuera en casa sin hacer preguntas. En casa de Juana, la situación sería solo un poco más complicada. Juana creció en un hogar de clase media en Ilopango. Sus padres, Javier e Idalia, llevan toda una vida juntos desde que iniciaron su familia y Juana es la segunda de los tres hijos de la pareja. Para una familia unida como la de Juana, el hecho de que una de sus hijas no llegara a casa una noche y no se reportara era motivo de preocupación. El alivio para Javier e Idalia llegó cuando Juana llamó al celular de su madre. “Le dije que estaba en la casa de él, que ahí iba a vivir”, explicó Juana. “Y ella me dijo que fuera a hablar con mi papá”.

Pero la charla con Javier no constituía una amenaza para Juana. Ella sabía que Javier solo pondría algunas condiciones. “Él dijo que estaba bien que estuviéramos juntos pero que siguiéramos estudiando”. Y la condición de Javier se siguió tal cual. Ese año la pareja formada por una adolescente de 14 años y su novio de 16 terminó de estudiar el séptimo grado.

***

Una mañana de enero de 2012, Idalia, la madre de Juana, llegó a la casa de los suegros de su hija. Era una visita inesperada y sin cortesía. Eso le quedó claro a Juana desde que vio que su madre se bajó de un carropatrulla de la Policía Nacional Civil.

–¡Mis papás me querían separar de él! –cuenta Juana.

–¿Y qué pasó? Algo tuvo que pasar para que ellos cambiaran su actitud, ¿no?

–Yo no sé qué pasó –A Juana parece no preocuparle qué había detrás de esa cambio de opinión de sus padres–. Ellos me dijeron que no querían que estuviera con él. Se hizo un gran relajo.

–¿Y Roberto qué hizo?

–Él les preguntaba que por qué me llevaban. Le dijeron que no se metiera porque yo era una menor de edad.

Esa mañana, la Policía sacó a Juana por la fuerza de la casa de Roberto. Las explicaciones no le quedaron claras a Juana. Aún no entiende qué fue lo que pasó. Cuando salió de la casa de sus suegros, los agentes la llevaron al Centro Integral de Protección Inmediata (CIPI) del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia (ISNA). Sus padres habían iniciado un proceso judicial en contra de Roberto. Los porqués, Juana nunca los entendería.

Juana estuvo en el CIPI 23 días, ocho más que los 15 días que pasan todas las adolescentes que se ven involucradas en un proceso judicial. En el caso de Juana, la jueza que llevó su caso alegó que era necesario que la niña saliera del ambiente familiar en el que se encontraba por un tiempo con tal de que cambiara su idea de formar una familia con Roberto.

Después de una semana de estar en el CIPI, Juana recibió una visita de Javier e Idalia. “Ellos me dijeron que regresara a la casa, que olvidáramos todo y comenzáramos otra vez. Me dijeron que ellos no me iban a preguntar nada pero nunca me dijeron por qué habían hecho todo eso”. Y Juana nunca preguntó esos porqués, solo pensaba en salir del centro y volver a su hogar.

Tres semanas después del episodio, Juana regresó a la casa de sus padres. Era mediados de febrero y había prometido que no volvería a ver a Roberto, con tal de que la sacaran del centro. Incluso aceptó cambiarse de escuela para no verlo ni en clases. Pero el amor que Juana sentía por Roberto pudo más que todas sus promesas. “Yo todavía sentía algo por él”, cuenta, y se sonroja.

Así que un día volvió a hacer sus maletas y regresó a la casa de Roberto.

–Yo decidí irme otra vez con él pero no le dije nada a mis papás.

Cuando recuerda los momentos en los que tomó decisiones importantes, a Juana se le dibuja una sonrisa en el rostro y después de un momento las lágrimas le empapan los ojos.

Juana y Roberto decidieron vivir juntos y otra vez pasaron por alto todo el contexto alrededor de la situación. Se olvidaron de que existía un proceso abierto en contra de Roberto y que Juana corría el riesgo de ser internada una vez más en el CIPI.

–Yo le decía que yo quería tener un hijo con él pero que no sabía si era el tiempo –relata Juana, segura de cuál era el siguiente paso, cuando regresó con Roberto–. Al principio me cuidaba cuando teníamos relaciones pero después dejé de hacerlo. Yo ya no quise. Ni él ni yo.

–¿Y él qué te decía cuando vos le decías que querías tener un bebé con él?

–Él me decía que siempre me iba a apoyar y todo.

Y Juana hizo realidad su segundo sueño. En abril de 2012, quedó embarazada.

En ese momento, la adolescente de 15 años se sintió frágil y sola. Su cuerpo comenzó a cambiar y los malestares del embarazo eran cada vez más evidentes. No tuvo más remedio que buscar a su madre. Dos meses habían pasado desde que Juana cortó la comunicación con su familia y ahora necesitaba la ayuda de Idalia para entender qué estaba por venir. Idalia no se negó y llevó a Juana a que comenzara un control de embarazo. Javier, en cambio, seguía muy molesto por la desobediencia de Juana y se mantuvo al margen.

A finales de julio, cinco meses después de regresar con Roberto, el episodio de la Policía en casa de los padres de Roberto se repitió. “La jueza me mandó llamar porque mis papás dijeron que yo me había ido”.

Una vez más Juana regresó al CIPI.

 

***

Aquella mañana de julio de 2012, alguien llamó a la puerta de la casa donde vivía Juana.

–¿Y qué quería, por qué llegó a buscar a Roberto esa muchacha?

–Ella llegó porque estaba embarazada… –Juana se suelta en llanto–. ¡Me dijo que estaba esperando un hijo de él!

La que estaba a la puerta de la casa era Karla, una joven de 19 años de edad que cargaba una barriga de siete meses de embarazo y había llegado a pedirle a Roberto que se hiciera cargo de ese bebé. Karla había sido novia de Roberto a mediados de 2011. Esa relación terminó cuando Karla decidió regresar a vivir con su madre en La Unión. Cuando su madre se enteró de su embarazo, la echó a la calle así fue como Karla decidió buscar al exnovio y supuesto padre de su bebé.

Esa noche, cuando Roberto regresó a casa, se encontró con el peor cuadro de su vida. Juana, de 15 años y con tres meses de embarazo, estaba sentada en un sillón de la sala de su casa, llorando. En el otro extremo estaba sentada Karla, de 19 años y con siete meses de embarazo, y entre ambas, los padres de Roberto  aguardaban el momento oportuno para hablar.

–Él ya me había contado su vida de antes. Todo sobre ella. Pero no me había dicho que ella estaba embarazada –recuerda Juana–. Él me dijo: “No sé si es mi hijo. Es que él tenía dudas de que ese hijo era suyo”.

–Pero entonces él tuvo que haber estado saliendo con ella cuando ya estaba con vos, porque si no fue así no pegan las fechas del embarazo de ella.

Juana, sin embargo, no cree que eso sucediera.

–Yo nunca los vi juntos. Además, yo pasaba todo el tiempo con él. Siempre me llevaba adonde iba –replica.

Por primera vez, las decisiones de Roberto no fueron tan acertadas para sus padres, quienes tomaron cartas en el asunto. Karla no tenía dónde ir, por los que se tendría que quedar a vivir en esa casa. La misma casa donde Juana había decidido iniciar su hogar junto a Roberto, la misma casa donde decidieron ser padres. “Los papás de él le dijeron que la muchacha se tenía que quedar en la casa, que iba a dormir en los sillones”.

La vida con una rival en casa no fue fácil para Juana. La incomodidad de compartir una casa pequeña con la familia de su novio y con la exnovia de su pareja mientras estaba embarazada era una presión insoportable y Juana decidió pasar la menor cantidad de tiempo posible en la casa de sus suegros.

–Él me llevaba todas las mañanas con él a su trabajo para que yo no me quedara con ella en la casa y en las tardes que él se iba a estudiar yo me iba con su hermana al parque. En las noches que él se iba a trabajar, me volvía a ir con él. Y solo llegábamos a cenar.

Pero ese tiempo en el que ella se sentía la favorita, también acabó. 'A mí me llegaron a recoger y desde ese entonces yo ya no he sabido nada de él', dice.

***

En noviembre del año pasado, el cuerpo bajito y de piel morena de Juana vestían unos calcetines color fucsia, unas zapatillas estilo escolar, y una bata que le cubría su vientre de siete meses de embarazo.

En principio, los cuatro meses que había estado en el CIPI y las advertencias de la jueza que lleva su caso la habían convencido de no regresar con Roberto.

–Me preguntaron que si me iba a ir otra vez con él y yo les dije que no –cuenta, con voz firme. Poco a poco el silencio comienza a quebrar esa afirmación y en medio de las lágrimas surge una confesión cargada de sinceridad–. Con eso de que llegó la muchacha a su casa, yo he quedado bien dolorida.

Juana dice estar segura de lo que quiere hacer al salir del centro.

–Yo quiero seguir estudiando. Yo quiero ser de esas personas que están en las computadoras todo el tiempo, que las pueden usar. Yo quiero hacer eso y sé que lo puedo lograr.

–Y ahora, cuando ves hacia atrás todo lo que pasó, ¿no hay momentos en los que te arrepentís de haberte ido con él?

–Sí, yo a veces quisiera retroceder el tiempo y no haberlo conocido... –llora–. Pero no me siento mal porque sé que todos cometemos errores y yo esto lo voy a superar.

Y en medio de sus planes el sueño sigue vivo.

–Mi mami me dice que yo ahorita no puedo estar con él, que yo tengo que ver todo lo que él me ha hecho pero que si yo lo quiero, cuando sea mayor de edad, entonces sí voy a poder estar con él... eso solo si lo perdono.

 

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