Historias
sobre rieles
 

Un incrédulo en La Arrocera

Óscar Martínez

Es raro, pero en La Arrocera hay viejitas. Viejitas que peinan a sus nietas bajo los dinteles de las puertas de sus casas. Hay un hombre que arregla llantas a la entrada del pequeño poblado, justo en la carretera que de Tapachula conduce a Huixtla. Hay un niño que corre tras su pelota de plástico en las callejuelas de tierra donde están las pequeñas casas de lámina y madera.

 

Cuando llegué ahí, pensé que me encontraría con una especie de pueblo pirata. Creí que habría cantinas. Me imaginé que no tardaría en ver a algún hombre de piel quemada por el sol que tuviera la cara atravesada por una horrible cicatriz, posiblemente surcada con el filo oxidado de algún machete. Supuse que en la mirada de ese hombre encontraría la señal para largarme del lugar.

 

Busqué con la vista a aquel viejo de barba blanca que decenas de migrantes me habían descrito, pero solo vi a un anciano, sin barba y demasiado acabado como para poder cargar una escopeta calibre 12.

 

No coincidía. Nada coincidía. Pero esa era la famosa Arrocera. La fábrica abandonada donde antes empacaban el cereal estaba ahí, frente al señor de las llantas.

 

Antes de llegar a ese punto, cuando la carretera se empina, justo después de la caseta de revisión migratoria, volteé a la izquierda desde la ventana del carro, pero no vi a nadie violando ni asaltando a la par de ningún árbol de mango, ni de un riachuelo, ni en la entrada de ningún rancho.

 

Es cierto, solo estuve una hora en La Arrocera, pero un salvadoreño que acababa de transitar el lugar me aseguró que solo había que asomarse para verlo todo. “Hay que hacer algo con esa zona”, complementó Alejandro Solalinde, encargado del albergue que recibe a los que pasan por ahí.

 

“Este es el peaje de asaltos más infalible del sur. Pasar por aquí es un asalto seguro; y una violación si eres mujer. Todos los migrantes del albergue con los que hablé y  caminaron por acá fueron desnudados para que no pudieran esconder ni un peso a los asaltantes”, pensé, pero la viejita, el llantero y el niño eran lo único a la vista.

 

Salí de la callejuela y cuando regresé la anciana se había encerrado, igual que el pequeño y el viejo. Entonces, La Arrocera era un poblado fantasma. Pensé que aquella visita fugaz no tenía sentido, e incluso cometí la torpeza de dudar de que los asaltos fueran tan comunes y evidentes como los migrantes aseguraban. Eché a andar el carro.

 

Mientras conducía, recibí un mensaje de texto en el celular. Lo había enviado un buen informante, un agente de migración que como cosa rara reconoce los errores de la corporación que le paga su sueldo.

 

La noche anterior al mensaje habíamos estado tomando unas cervezas en los prostíbulos de Tapachula. Llegamos como clientes, para que él me enseñara cómo todas las prostitutas eran hondureñas o salvadoreñas. “Las obligan a prostituirse, muchas son migrantes”, aseguró bajo la titilante luz de neón del local. “Cuando hay operativos de revisión en estos lugares, los mismos de migración avisan, los dueños sacan a las muchachas y las esconden en el monte, así cuando llega el operativo sólo encuentran a unas dos mexicanas en cada lugar; y cuando se van, traen de vuelta a las centroamericanas”, explicó.

 

El mensaje que me envió decía lo siguiente: “Acaban de violar a una en La Arrocera. Nicaragüense. La violaron tres. Por el ano. Voy a traerla. Tiene unos 25 años. Sus compañeros la llevaron al hospital de Huixtla”.

 

Me imaginé la escena y me pareció irreal. En el monte, a unos metros de donde estuve caminando, cerca de la viejita y los cabellos largos de su nieta, tres hombres desnudaban a una muchacha frente a sus amigos.

 

Supuse que todos gritaban. Habrán golpeado con los mangos de sus pistolas a los hombres, pero seguramente ella siguió gritando. Pensé que se cansó de gritar, que gritó unos 20 minutos hasta que su garganta no dio más.

 

El resto, lo imaginé así: los violadores la amenazaron, mientras el último cerraba su bragueta. “Lárguese de aquí”. Habrán pasado unos cinco minutos. Los delincuentes no corrieron, caminaron, volteando a ver hacia atrás de repente. Caminaban y hablaban. Alguno se carcajeaba. Cuando desaparecieron de la vista de los migrantes, ellos corrieron hacia ella, que lloraba en el suelo, en pleno ataque de ansiedad. La cargaron y, a paso rápido y respiración acelerada, tomaron el camino más corto de salida hacia la carretera, la callejuela de tierra. Ahí pidieron ayuda. Probablemente al llantero, a la viejita o al niño. Quien los llegó a auxiliar los llevó al hospital y llamó a migración, y el informante me envió el mensaje.

 

No sé por qué, pero en ese momento recordé la única característica que sí coincidía  entre el relato de los migrantes y lo que yo había visto en La Arrocera. Aseguran que nunca se ve policías por ahí.

 
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