Internacionales / Cultura
El jeque habla en un tele del Mercado Central

Después de 40 años desde la última aparición de El Salvador en una Copa Mundial de la FIFA, ya es normal el sentimiento de lejanía. Qatar es la fiesta ajena de turno y el partido inaugural, lleno de glamour en Doha, fue apenas un ruido más en el centro de San Salvador. 


Fecha inválida
Gabriel Labrador

Falta una hora para que el Mundial comience pero en el centro de San Salvador eso emociona tanto como las señales de un aguacero. Es un domingo cualquiera. La gente de siempre en las plazas. La gente que compra. La gente que vende. Los cultos religiosos que resuenan en altoparlantes. Los lustrabotas. Los saloncitos de belleza y peluquerías. Porque aquí no hay fiesta mundialista, o toda esta gente finge indiferencia como en Qatar fingen algarabía. Está por comenzar el partido inaugural entre los organizadores y Ecuador, pero no hay ni señales de inaguración. Ni canciones de Maluma ni nada.

Es en el Mercado Central, edificio 10, donde por fin aparece un indicio. El merendero Aracely tiene dos televisores plasma con el canal 4. El emir de Qatar, el jeque Tamim bin Hamad al-Thani, regala el primer chascarrillo de la jornada mundialista: desde un palco, saluda la diversidad del mundo, rodeado de 45 hombres y tres mujeres.

Me acomodo en una de las mesas que parecen barras de antro, pero de cemento y forradas en lustrosas cerámicas blancas. Las sillas son butacas elevadas de fibra de vidrio. En una de ellas está sentado un hombre en harapos, un indigente, que aprovecha el lugar para descansar y, de paso, tomar una ración de tele. Frente a mí, en otra de las barra-mesas, un hombre toma una cerveza y una sopa de patas, la especialidad de la casa, junto con su esposa y sus hijas, que desayunan pupusas. A las 9:30 a.m., a 14 mil kilómetros de Doha, en el centro de San Salvador, la maraña de pasillos, ventas, olores, y sonidos del Mercado Central es más fuerte que cualquier manifestación mundialista, con las disculpas para FIFA.

El inicio del mundial Qatar 2022 pasó inadvertido en la zona del Mercado Central, San Salvador. En uno de los pasillos, en una pantalla de 55 pulgadas setransmitía el partido entre el equipo qatarí y Ecuador con resultado de 0-2 a favor de los sudamericanos, en el lugar nadie se detenía a observar siquiera un minuto del encuentro. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
El inicio del mundial Qatar 2022 pasó inadvertido en la zona del Mercado Central, San Salvador. En uno de los pasillos, en una pantalla de 55 pulgadas setransmitía el partido entre el equipo qatarí y Ecuador con resultado de 0-2 a favor de los sudamericanos, en el lugar nadie se detenía a observar siquiera un minuto del encuentro. Foto de El Faro: Carlos Barrera

El Salvador tampoco fue esta vez al Mundial, como es normal. El último España 1982 y 40 años son demasiados para un país que también habla el idioma del fútbol. Todos los mundiales llenos de sus Ronaldos, Zidanes o Messis son festines ajenos, carnavales de otros a los que nos asomamos desde una ventana lejana, pero este año trae lo suyo, porque El Salvador casi fue expulsado de la FIFA en julio. Ese mes, la FIFA advirtió que sancionaría a El Salvador por permitir injerencias políticas indebidas del Gobierno en la Federación Salvadoreña de fútbol. La federación finalmente se libró de la sanción, pero desde entonces funciona una Comisión Normalizadora que trata de ordenar la casa.

¿Cómo una ciudad tan distante y distinta como San Salvador encara el Mundial? Vine al centro porque pensé que en los merenderos encontraría algún ambiente reseñable, pero en el Aracely pedí dos pupusas de frijol con queso mientras el jeque al-Thani sigue evangelizando al mundo y el Mundial es apenas un ruido de liga menor en este ambiente.

Fuera del mercado hay indicios adicionales con fanáticos de todo tipo.

Alexander, de 31 años, compra una camiseta de la selección de Brasil en un puesto callejero sobre la Sexta calle poniente. Va con su esposa, de 25 años, y un bebé en el vientre de ella. Le gusta el fútbol, los mundiales, dice, y hoy piensa ver el partido inaugural en un lugar cercano. Le pregunto su opinión sobre lo cerca que estuvo El Salvador de ser expulsado de la organización que organiza la fiesta que tanto le gusta. “Acuérdese que siempre va a haber algún relajo, alguien no va a estar de acuerdo, y siempre el problema es por dinero. Polémicas siempre hay, si no, no es fútbol”, dice. ¿Y qué le parece todo lo que se dice de Qatar?, pregunto. “No me fijé, no sabía… ¿Cuántas personas dice que murieron por los estadios? Para serle honesto, casi no veo las noticias, solo vi que Qatar pagó para que le dieran la sede del Mundial”.

El periódico inglés The Guardian ha calculado que en Qatar murieron en la última década al menos 6,500 trabajadores inmigrantes, según consultas a autoridades de los países de origen, por colapsos durante las condiciones durísimas de clima y explotación en los trabajos de construcción de los radiantes estadios que este domingo empezaban su vida útil de un mes. Eran colegas de otros países de Alexander, quien también trabaja en construcciones en El Salvador. Él pudo haber estado en Qatar. Desde 2018, el Gobierno salvadoreño negoció con ese país el envío de salvadoreños para que trabajen temporalmente en el país árabe. En diciembre de 2020, el Gobierno de Nayib Bukele ratificó que ese era su plan, aunque no parece haberse concretado.

También hay fanáticos como Douglas Escobar, un hombre espigado de 50 años. Viste una camisa del Barcelona, va caminando por la plaza Morazán, con compras en sus manos. “Política y deporte pueden separarse pero siempre aparecen cuestiones difíciles, siempre, incluso puede haber muertos, como ocurrió en otros mundiales, como el Brasil” dice, en alusión al Mundial de 2014 para el cual también hubo obreros fallecidos, aunque en una cantidad considerablemente menor. “Siempre pasan muchas cosas en la política, pero en la cancha, jugando, todo es distinto, yo sí creo que política y deporte pueden ir separados”, dice Escobar.

¿Alguna vez El Salvador podrá ir al Mundial?, le pregunto. Para Escobar, la responsabilidad es de los atletas. “Falta coraje, orgullo y entrega, yo jugaría sin que me pagaran. Falta que los jugadores se rompan en la cancha”, dice. Nació en Santiago Texacuangos, departamento de San Salvador, y ahí y en los alrededores jugó toda su vida. Sigue jugando como defensa central o “back central”, como dice él. Cuenta que ayer, durante un partido, un adversario le entró fuerte con una “chapina”. “Aquí todo mundo se deja sobornar”, dice. “Los jugadores traicionan al no más presentarse la oportunidad”.

Aún parece fresco el recuerdo de cuando en 2013 la Fesfut sancionó a 22 jugadores por la venta de resultados de partidos. Por los mismos hechos, la FIFA suspendió de por vida a 14 de ellos.

De vuelta en el Aracely, un hombre toma el lugar vacío que dejó el indigente. Se sienta, señala al tele y me pregunta: “¿Esto es en vivo?”. Se llama José Rodríguez, tiene 65 años, pero no parece. En el engramillado, los jugadores de Qatar y Ecuador van entrando de la mano de los niños y ondean las banderas. José Rodríguez ya pidió un pollo encebollado para desayunar, mira la pantalla con alguna suspicacia y entonces le pregunto alguna generalidad, como que si tiene favorito o algo así. Rodríguez responde: “Para este Mundial han muerto 200 personas pero eso a nadie le importa”, dice, y vuelve a clavar su tenedor en la pechuga. En esas está cuando al minuto 2’ del partido un jugador ecuatoriano, Enner Valencia, (capitán y jugador en el Fenerbache turco, aunque aquí nadie lo sepa) conecta un cabezazo y anota el primer gol de Qatar 2022. Rodríguez ni se inmuta. Le digo que estoy de acuerdo con lo que me acaba de decir. “Es que mire, los fanáticos no ven esas cosas terribles de Qatar, ellos ven los partidos y no les interesa nada más”, dice. ¿Por qué cree que pasa?, le pregunto. “Porque los fanáticos han jugado el juego, sueñan”. Como él, que dice que mucho antes de que pudiera convertirse en futbolista profesional, jugó con el futbolista salvadoreño más universal, Jorge el “Mágico” González, en las canchas del colegio salesiano Ricaldone, al norte de la capital, en los años 70. Igual con Jorge el “Papo” Rodríguez, en el Estadio Flor Blanca. Luego se lesionó terriblemente la espalda en un golpe en las graderías de un estadio, donde se jugaba la final, y por cosas de la vida emigró a Estados Unidos. Cada fin de año viene a El Salvador. “El frío, por la lesión, no lo soporto, por eso siempre para estas fechas regreso”, dice.

El gol de Ecuador ya ha sido anulado, pero aún no se sabe por qué. Una pareja que se sentó en los asientos a mi lado derecho también está desayunando y ante la incertidumbre del gol, comienzan a sacar sus conclusiones. Dicen que seguramente se trata de un amaño. “Ahí está el dinero de Qatar, ¿cómo no van a anular ese gol si el que está jugando en casa es Qatar?”, dice el muchacho de la pareja. “Ahí está el dinero, ahí está el dinero”, secunda la mujer. Minutos más tarde, el VAR dirá que el ecuatoriano estaba un micrómetro adelantado, menos mal.

Al minuto 15, el árbitro ordena penal a favor de Ecuador. “Hoy sí”, ríe el indigente. Ha vuelto al merendero, pero esta vez se mantiene de pie, un poco atrás mío. El capitán Valencia logra engañar al arquero. Cae el gol. “Esa es la justicia del fútbol”, me dice don José Rodríguez, y pienso que hay algo sublime en sus palabras.

Y pensar que El Salvador, oficialmente, quiso pelearse con la FIFA. “Todo el pleito entre la FIFA y la Fesfut fue porque los que están en el Gobierno aquí quieren acaparar todo, quieren todo para ellos”, dice Javier, 35 años, vendedor de ropa deportiva. Y pone como ejemplo la liga de fútbol que el Gobierno quiso lanzar justo en los días de su pleito con la FIFA. “Ya todo lo que hacen es por dinero y poder, y cada vez quieren más”, agrega.

Pero hay fanáticos a los que todo ese torbellino político les da igual. César, de 32 años, está sentado en una banca en el parque Morazán. “Pienso que estuvo mal eso de la Fesfut, pero da igual, el Mundial lo vamos a ver”, dijo. Alexánder, el constructor, también piensa así: “Sería mentir si le digo que no lo vamos a ver. Lo vamos a ver porque nada ganamos con dejar de verlo”. Hay un entuisiasmo que, pese a todo, se desbordará cuando El Salvador gane su puesto para competir en una Copa Mundial. Javier, el vendedor de camisas, dice que normalmente la camiseta de la Selecta se vende bien y por montones, a $12 y $14 dependiendo de la calidad de la tela. “El día que vayamos al Mundial, la venta va ser una locura”, sueña Javier. Por ahora, en Qatar, los únicos representantes de nuestro fútbol son dos árbitros: Iván Barton y David Morán.

Qatar 2022 es la segunda copa del mundo en la que José Cuéllar puede usar sus zapatos de la bandera de Brasil, fue un regalo de su hija y hoy que no los encontraba se preocupó,
 
Qatar 2022 es la segunda copa del mundo en la que José Cuéllar puede usar sus zapatos de la bandera de Brasil, fue un regalo de su hija y hoy que no los encontraba se preocupó, ''Casi me da un ataque porque nos los encontraba, aquí ando representando el fútbol que nos gusta a los latinos, el fútbol de espectáculo'', dijo. Foto de El Faro: Carlos Barrera

En el Aracely, al minuto 31, pido una tercera pupusa de frijol con queso, y cae el segundo gol de Ecuador. A partir de entonces, las mesas se van llenando. Dos mujeres se sientan frente a una de las pantallas.

—Nooo, del mundial no pregunte porque no sabemos -dice una de ellas, al escuchar mis preguntas.

—Creí que para ver el partido habían venido.

—No, para quitar la goma, por eso la sopa. ¿Cuánto tiempo dice que dura el mundial?

—Como un mes.

—Nombre, eso es pérdida de tiempo.

—Supongo que no les gusta el fútbol. ¿Algún deporte que practiquen?

—Mamás, 24/7.

El árbitro italiano Daniele Orsato declara el fin del partido después de cinco minutos de extratiempo.

Pido la cuenta y un hombre canoso, cabellera larga, vestido con la camisa brasileña y zapatos alusivos a la canarinha, dice que debo $2.70 por todo. Antes de despedirme, le pregunto qué lugar me recomienda para ver los próximos partidos —por “el mejor ambiente”, le pregunté—. “Al que le gusta el fútbol, le gusta tomar cerveza; si no, es paja”, responde. Y entonces recomienda la zona de “las conchas”, o sea, los mariscos en el edificio 3. Fútbol y cervezas, ha dicho. No pude evitar pensar que a veces la evasión, como la que pide la FIFA en Qatar, es una constante y que el nombre “comisión normalizadora” es una gran metáfora.

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