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El peligroso encanto de los "hombres fuertes"

La reconocida experta en autoritarismo Ruth Ben-Ghiat publicó en 2020 un aclamado estudio comparativo sobre las estrategias políticas y el impacto de los principales líderes autoritarios, “hombres fuertes”, desde Mussolini hasta nuestros días. Su análisis de regímenes tan diversos como los de Mussolini, Gadafi, Putin y Pinochet, le permite identificar elementos comunes y pensar estrategias sobre cómo combatirlos. La autora dio autorización a El Faro Académico para publicar extractos de su importante libro.

Ruth Ben-Ghiat

 
 

El atractivo de los líderes autoritarios u “hombres fuertes”

La familiaridad de estos personajes, que sus cultos a la personalidad e ideologías populistas venden como "uno de nosotros", es también la razón por la que mucha gente no los ve desde el principio como peligrosos. Aunque a menudo escuchamos que los hombres fuertes son estrategas geniales, pocos de ellos, si hay alguno, tenían de antemano un plan maestro para su gobierno. Sus verdaderos talentos no son los de los maestros de ajedrez, son los de los matones callejeros y de los estafadores: presteza para aprovechar al máximo las oportunidades que se les ofrecen, habilidad para conseguir que la gente se vincule con ellos y crea sus mentiras, y la voluntad de hacer todo lo necesario para obtener la autoridad absoluta que anhelan. La mayoría de ellos terminaron con más poder del que jamás imaginaron.

El carácter travieso de los hombres fuertes también los hace atractivos para la gente. Proclaman la ley y el orden, pero permiten la anarquía. Esta paradoja se convierte en política oficial a medida que el gobierno evoluciona hacia una empresa criminal. La Alemania de Hitler es un ejemplo y la Rusia de Putin otro. Para muchos, es embriagador poder cometer actos delictivos con impunidad y participar en la labor colectiva de deshacer un orden político y crear otro. Es por eso por lo que algunos colaboradores de gobernantes ya desaparecidos siguen sin arrepentirse, incluso cuando el alcance del horror en el que participaron se hace evidente, como la torturadora chilena Ingrid Olderock, con su espantosa calcomanía de bómper "Amo a los perros". El clima psicológico especial que los hombres fuertes crean entre su gente —la emoción de la transgresión mezclada con la comodidad de someterse a su poder— dota a la vida de energía, propósito y drama.

Cómo resistirse a un régimen autoritario

Para contrarrestar el autoritarismo, debemos priorizar la rendición de cuentas y la transparencia en el gobierno. En la esencia del gobierno autoritario está la afirmación de que el líder y sus funcionarios están por encima de la ley, por encima de la justicia, y no tienen compromiso con la verdad. La rendición de cuentas también importa como forma de medir las sociedades abiertas, porque el viejo criterio —las elecciones— es menos confiable. Los nuevos Estados autoritarios a menudo simulan la democracia, y las democracias nominales gobernadas por gobernantes personalistas a menudo actúan como autocracias. En los Estados Unidos de Trump, como en la Italia de Berlusconi, lo legal y lo ilegal, los hechos y la ficción, las celebridades y la política se mezclan hasta que ya nada significa nada y todo es un fraude. 

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Los esfuerzos anticorrupción deberían incluir educación sobre los méritos de la transparencia y la rendición de cuentas para alentar así culturas gubernamentales y en el ambiente laboral que desde el principio convenzan a las personas de que no cometan actos de corrupción. El enjuiciamiento puede ser impopular y alimenta el culto a la victimización de los líderes y sus aliados. La prevención es mucho mejor. Podemos alentar a las élites a formar alianzas con las fuerzas anticorrupción, como lo hace Transparencia Internacional en todo el mundo. También podemos apoyar a organizaciones cívicas y sin fines de lucro que trabajan por la justicia comunitaria y la rendición de cuentas, tanto a nivel local como nacional. Las campañas de presión sobre bancos, bufetes de abogados y otros habilitadores de la corrupción autoritaria pueden estimular una reconsideración de la práctica de trabajar para autócratas por los ingresos que aporta. Los medios de comunicación, siempre tan rápidos para cubrir todas las declaraciones y acciones de los hombres fuertes, también deben contar las historias de aquellos que denuncian valientemente la corrupción, desde Giacomo Matteotti a Boris Nemtsov, hasta aquellos que arriesgan sus vidas hoy en día. También deberíamos de tener más noticias sobre los esfuerzos para incentivar los comportamientos anticorrupción. La Fundación Mo Ibrahim otorga un premio de 5 millones de dólares, pagado durante diez años, a los jefes de Estado africanos elegidos democráticamente que fortalecen el Estado de derecho y los derechos humanos en sus países.

Hoy más que nunca la democracia necesita héroes y narrativas convincentes que demuestren los méritos y ventajas de las sociedades abiertas. Los valores liberales no tienen que parecer "tibios y aburridos", argumenta la filósofa Martha Nussbaum, si la compasión y el amor son reconocidos como fundamentales para el modelo democrático de la política. Con demasiada frecuencia, hemos dejado el trabajo de dar forma a las emociones, incluyendo el patriotismo y el amor por nuestro país, a los enemigos de la democracia. En junio de 2020, un escrito de George Packer extrajo lecciones sobre la corrupción política, los fracasos de liderazgo y otros males sociales que la pandemia de coronavirus expuso en Estados Unidos: "en una democracia, ser ciudadano es un trabajo esencial, la alternativa a la solidaridad es la muerte". A menudo, en todo el mundo, ha sido necesario el debilitamiento o eclipse de la libertad para hacer que resuene este mensaje. 

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Una y otra vez el acto de abrir el corazón a los demás y verlos con compasión ha llevado a un retroceso electoral efectivo contra el gobierno de los líderes autoritarios. La campaña opositora chilena de 1988 "La alegría ya viene", que expulsó a Pinochet del cargo, y la plataforma de "Amor radical", que elevó a Ekram Imamoğlu a la victoria en 2019 para la alcaldía de Estambul, movilizaron sentimientos de optimismo, solidaridad y comunidad. El acto de tender la mano a quienes todavía apoyan al hombre fuerte pero que por dentro pueden estar vacilando, como hizo Imamoğlu, también puede dar resultados. Tales individuos pueden sentirse avergonzados y reacios a admitir sus errores de juicio, a menos que sean abordados con el espíritu correcto de apertura, en el momento adecuado. 

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Hay dos caminos que la gente puede tomar cuando se enfrenta al aumento de la polarización y el odio en sus sociedades. Pueden cavar sus trincheras más profundamente o pueden cruzar las líneas para detener un nuevo ciclo de destrucción, sabiendo que la solidaridad, el amor y el diálogo son lo que más teme el hombre fuerte. La historia muestra la importancia de mantener la esperanza y la fe en la humanidad, y de apoyar a aquellos que luchan por la libertad en nuestro tiempo. Podemos llevar con nosotros las historias de aquellos que vivieron y murieron durante un siglo de destrucción y resurrección de la democracia. Hoy son una valiosa inspiración para todos nosotros. 

Las ruinas que dejan los líderes autoritarios

A menudo, las instituciones que los hombres fuertes utilizan para obtener y mantener el poder se vuelven irrelevantes o se desacreditan después de que ellos dejan el cargo. El Partido Fascista de Mussolini, el NSDAP (por sus siglas en alemán) de Hitler y el Movimiento Popular de la Revolución de Mobutu, fueron disueltos. Lo mismo ocurre con los empleados públicos y los profesionales. Gadafi dejó las burocracias estatales libias plagadas de corrupción y nepotismo, y las habilidades de los periodistas se atrofiaron después de años de producir propaganda. Valorar la lealtad por encima de la experiencia y permitir que la violencia se convierta en un fin en sí mismo, puede dar como resultado un ejército desproporcionado y desmoralizado, especialmente si guerras desacertadas terminan en derrota. Los suicidios masivos de oficiales alemanes en 1945 fueron un resultado. El Ejército chileno retenía algo de poder mientras Pinochet siguiera siendo comandante en jefe. Sin embargo, fue diezmado cuando decenas de generales y 1300 funcionarios menores fueron procesados por violaciones a los derechos humanos en la década del 2000. "Todavía estoy tratando de entender lo que le pasó a nuestra institución, cómo los funcionarios que conocía y respetaba llegaron a realizar los actos que cometieron", dijo un oficial chileno que se retiró justo antes del golpe de Estado.

Los Estados de los hombres fuertes, con la ayuda de sus partidarios extranjeros, oscurecen el profundo caos y la destrucción que causan. En cambio, perpetúan la idea de que el autoritarismo supera a la democracia en términos de eficiencia y crecimiento económico. Ciertamente, algunas categorías de personas prosperan bajo un régimen autoritario. Los líderes ayudan a sus compinches y a élites financieras a concentrar capital y privatizar bienes públicos. Sin embargo, los negocios comunes a menudo terminan devastados por el despojo. Los Estados fascistas fueron tras los bienes de judíos y otros enemigos; los regímenes militares anticoloniales expulsaron a los extranjeros (Mobutu, Gaddafi y Amin tuvieron que invitar de regreso a algunos de ellos para salvar sus economías); y nuevos autoritarios como Putin y Erdoğan se apoderan de negocios rentables, algunos construidos a lo largo de décadas. Al exacerbar la desigualdad económica, saquear los activos estatales, favorecer la ideología sobre la experiencia, y matar, encarcelar y forzar al exilio a un gran número de personas talentosas, los hombres fuertes empobrecen las sociedades que gobiernan.


*Ruth Ben-Ghiat es profesora de Historia y Estudios italianos en la Universidad de Nueva York, y asesora para Protect Democracy. Esta entrega de El Faro Académico es una selección de extractos de su libro Strongmen: Mussolini to the Present (New York:  W. W. Norton & Company, 2020). Agradecemos a la autora la autorización para publicar este texto.


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