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Especial Educación

El regreso a las aulas debe ser oportunidad, no continuidad

Carolina Rovira

 
 

El Salvador es uno de los países en el mundo que más tiempo ha mantenido cerradas las escuelas y universidades. Durante esos 13 meses la educación siguió, como pudo, desde las casas, desde una computadora para los más privilegiados o desde un celular, vía WhatsApp y con apoyo de guías impresas para el 60 % de la niñez de nuestro país, la más vulnerable. Los padres, docentes y alumnos han sido, por decir lo menos, resilientes, creativos y valientes en este año de adversidad para el aprendizaje. El regreso a las aulas, que inició este 6 de abril 2021, se necesitará de múltiples acciones para garantizar que sea sostenido en el tiempo y eficaz en términos de aprendizajes. Para mí, sin embargo, estos desafíos se resumen en dos.

Un primer desafío es lograr que las familias confíen en enviar a sus hijos a la escuela después de un año de acumular miedos e inseguridades, y a pesar de las limitaciones del sistema, que ellos bien conocen. La falta de información alimenta el miedo y en el país han hecho falta campañas que eduquen a la ciudadanía con base en información certera. Por ejemplo, poco se conoce sobre los verdaderos riesgos de la covid-19 para la niñez y el potencial de estos y las escuelas de ser focos de contagio. Múltiples investigaciones dan cuenta de que menos del 4 % de niños tendrá efectos severos o críticos por la enfermedad y explican que si hay medidas de distanciamiento el contagio es muy poco probable. La evidencia debe difundirse en las comunidades educativas para que el miedo haga espacio a la confianza y más niñas y jóvenes vuelvan a las aulas, contrario a lo que parece que sucederá.

Por otro lado, también es cierto que garantizar las condiciones para el retorno seguro y que estas den seguridad a los padres de familia no será fácil para el sistema educativo. Una muy buena noticia es que ya haya iniciado la vacunación masiva a docentes. No obstante, aún hay al menos tres condiciones adicionales que no será fácil garantizar en todos los centros educativos: acceso a agua y jabón para asegurar un constante lavado de manos, un correcto manejo de grupos en los espacios cerrados de aulas para favorecer la ventilación y el uso estricto de las mascarillas. Estas tres medidas básicas son un desafío titánico para un sistema con pocos recursos como el nuestro en el que, según datos del 2018, alrededor del 20 % de escuelas carecía o tenía acceso limitado a agua, en donde menos del 50 % contaba con un servicio sanitario adecuado y varias aulas se encontraban en condiciones de hacinamiento. A esto se suma que casi 40 % de la niñez vive en condiciones de pobreza y seguramente enfrentará dificultades económicas para proveerse de mascarillas.

Un segundo desafío será asegurar que el alumnado recupere los aprendizajes perdidos y así evitar que deserten en el corto o mediano plazo, debido a rezagos acumulados, mientras se protegen los aprendizajes alcanzados. Según el Banco Mundial, a nivel global, la generación de estudiantes que ha vivido el cierre de escuelas por la pandemia podría perder un promedio de 16 puntos de aprendizaje en términos de puntajes en pruebas internacionales para los estudiantes de primer ciclo de educación media; además, la proporción de estudiantes que no adquieren un nivel mínimo de competencia podría aumentar del 40 % al 50 %.

En El Salvador habrá datos cuando se haga el diagnóstico de aprendizajes una vez inicien las clases, pero no tenemos razones para pensar que nuestra situación sea mejor que el promedio mundial, dadas las carencias de las comunidades educativas que quedaron en evidencia durante el cierre.

El retorno no será fácil desde la perspectiva pedagógica. No se regresa a la presencialidad, sino a una modalidad híbrida. Este nuevo formato requerirá que los docentes planifiquen en tres ambientes: el aula presencial, el aula virtual sincrónica y el espacio de trabajo asincrónico. Se trata de una nueva realidad para ellos, que además deberán hacer frente a la gestión de la bioseguridad en el aula, el seguimiento de los alumnos que decidan no volver a las aulas y el acompañamiento socioemocional.

Evidentemente, se necesitará de maestros muy bien preparados para enfrentar este reto y no todos lo están, pues aun si ha habido esfuerzos por formarlos, la brecha de capacidades entre la planta docente era ya grande antes de la pandemia. La tecnología parece haber llegado para quedarse en nuestro sistema educativo y en el mundo, pero la brecha tecnológica en el país es enorme y no se resuelve solamente con la dotación de equipos, iniciativa que ya ha fracasado en otras partes del mundo. Se requiere de una estrategia de conectividad seria, y sobre todo, de un proceso de transformación del sistema que incluye repensar sus objetivos, el curriculum y la formación docente (incluida la inicial).

Se regresa –así sea parcialmente– a las aulas y esa es sin duda una muy buena noticia, pero es solo el inicio de una nueva fase, cuyos desafíos se deben superar para dar una oportunidad real de aprender a la niñez. El desafío mayor será permanecer en ellas y lograr que, por fin, la niñez despliegue sus verdaderas capacidades por medio de la educación que recibe. Parafraseando las ideas de Henrietta Fore, directora de Unicef, el sistema educativo antes de la pandemia no era lo que la niñez salvadoreña merecía, regresar a lo mismo no debe ser la aspiración de la sociedad.

Carolina Rovira es economista y Doctora en Ciencias de la Educación. Decana de la Facultad de Economía y Negocios de ESEN y Coordinadora Acádemica de FES
 
Carolina Rovira es economista y Doctora en Ciencias de la Educación. Decana de la Facultad de Economía y Negocios de ESEN y Coordinadora Acádemica de FES


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