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Elisa y Rudy, un testimonial único sobre el conflicto armado salvadoreño

Una de las herencias de los Acuerdos de Paz ha sido la producción literaria de testimoniales sobre el conflicto armado salvadoreño. El libro reseñado en esta entrega cuenta, según el académico Erik Ching, con particularidades que lo distinguen de lo publicado hasta 2016. Si bien la narración de Laura Moreno sigue el mismo patrón de otros trabajos testimoniales, haberlo escrito ella misma nos da acceso directo a su voz, sin los agregados que la intervención de un interlocutor externo supone.

Erik Ching

 
 

El libro Elisa y Rudy es una contribución potencialmente única al género de historia de vida en la literatura salvadoreña. Su autora, Laura Moreno (1965-presente, nom de guerre Elisa), nació en Honduras, de padre salvadoreño y madre hondureña. Su padre emigró al vecino país en la década de 1950 y se vio obligado a regresar a El Salvador durante la Guerra de las cien horas en 1969, junto con decenas de miles de salvadoreños. La familia de Moreno se instaló en Usulután, donde creció en el tumultuoso entorno político de la década de 1970, cuando comunidades rurales como la suya estaban siendo aterrorizadas por el ejército y sus aliados paramilitares. Se incorporó a la guerrilla (específicamente a las FPL) poco antes del inicio de la guerra civil en 1980/81. Permaneció como militante de las durante toda la guerra, cumpliendo en el camino con varios deberes y responsabilidades. Durante la guerra conoció a “Rudy”, un compañero militante de las FPL, con quien finalmente se casó. Ambos sobrevivieron la guerra y continúan viviendo en San Salvador. 

Podemos examinar a Elisa y Rudy desde su contenido y su producción. La primera cubre la trayectoria de su vida, incluyendo un relato personal poco común del impacto de la Guerra de los cien días en los migrantes salvadoreños. Pero la mayor parte de Elisa y Rudy ocurre entre 1975 y 1984, cuando Moreno tenía entre 10 y 19 años. Aunque el título implica que la historia principal del libro es la relación de Elisa con Rudy, también es una historia sobre la llegada a la madurez, sobre una muchacha que crece en el caldero de la Guerra Civil. Moreno era una madre adolescente, con dos hijos y, para cuando tenía 19 años, había visto mucha muerte y destrucción, pero también fue testigo de la solidaridad y voluntad indomable del espíritu humano.

La historia de Moreno es parte de una notable producción de literatura testimonial que tiene como base el conflicto armado, con miles de páginas publicadas que han aparecido hasta la fecha. Los testimonios, a diferencia de las memorias o autobiografías tradicionales, son la historia de vida de personas de orígenes humildes, a menudo analfabetas, que suele relatar sus historias a interlocutores externos, que luego las editan y supervisan su publicación. Algunos testimonios provienen de un solo individuo, como Siete Gorriones (2012), de Lucio Vásquez (Chiyo), mientras que otros son de grupos de personas, como El río de la memoria: Historia oral del Bajo Lempa, Zona Tecoluca (2011), y La semilla que cayó en tierra: testimonios fértiles de miembros de las comunidades cristianas (1996). Casi todos los testimonios que han aparecido hasta la fecha son de personas que simpatizaban con los guerrilleros, ya sea que lucharon con ellos directamente, o los apoyaron tangencialmente.

Elisa y Rudy durante el conflicto armado. Foto cortesía de Laura Moreno.
 
Elisa y Rudy durante el conflicto armado. Foto cortesía de Laura Moreno.

Yo leí todos estos testimonios de posguerra como parte de la investigación para mi estudio sobre la memoria colectiva de la guerra civil, Stories of Civil War in El Salvador (2016), de próxima aparición en UCA Editores con el título Relatos de la guerra civil en El Salvador. En ese estudio no incluí la historia de Moreno porque salió a la luz después de la publicación de mi trabajo. Sin embargo, si hubiera estado disponible, habría dicho que su contenido seguía el patrón de los otros testimonios. Comparten una forma común de narrar la guerra, y lo hacen en marcado contraste con los comandantes guerrilleros, que también han producido miles de páginas publicadas de historias de vida desde 1992. Los autores de testimonios y los comandantes lucharon del mismo lado durante la guerra, y tenían un enemigo común en el Ejército salvadoreño, que ambos critican por su brutalidad sin sentido. La guerra, sin embargo, la recuerdan de manera diferente y la relatan de maneras específicas.

Moreno y los demás autores de testimonios describen la decisión de unirse a la lucha como una necesidad nacida de la autodefensa y la necesidad de sobrevivir, no como una decisión voluntaria que nació del despertar de una conciencia política. Están dispuestos a contar el lado más oscuro de la lucha de la guerrilla, como los abusos de los comandantes y el reclutamiento de niños como soldados. Dedican poco tiempo a las batallas internas entre las cinco facciones del FMLN, tema que era una obsesión típica de los comandantes guerrilleros. De hecho, Moreno y los demás trabajos testimoniales rara vez se refieren a la organización por su nombre, prefieren usar términos más genéricos como "la lucha". Y, con respecto a la era de la posguerra, Moreno y los demás autores de testimonios cuestionan si la lucha valió la pena. Mientras que los comandantes están interesados en defender la decisión de luchar, porque muchos de ellos ocuparon posiciones de poder en el entorno político de la posguerra, Moreno y los demás autores de testimonios no han visto mejorías en sus vidas desde el fin de la guerra.

Decir que el contenido de la narración de Moreno sigue el mismo patrón de otros trabajos testimoniales no disminuye su singularidad. Moreno es de origen humilde, sin embargo, ella misma escribió su historia. Ese hecho, en sí mismo, coloca a la obra en una categoría muy poco común dentro del género de la literatura de la historia de vida salvadoreña, ya que nos da acceso directo a su voz. De esta manera se ahorra el problema común de la literatura testimonial de que la narración sea editada o modificada por un interlocutor externo. 

La voz de Moreno es realmente especial. Combina su ambición de toda la vida de escribir con un estilo vernáculo, con una tendencia a la introspección, y la capacidad de capturar detalles descriptivos de una manera que invoca un sentido de empatía. Vía correo electrónico, la autora me explicó que para escribir el libro se basó en sus memorias personales y en conversaciones con miembros de su familia. Desde cualquier punto de vista es un placer leer el libro, pero adquiere un significado especial al conocer las características únicas de su producción como testimonial de las experiencias de la autora.

Extractos de la obra

La Guerra de los cien días

Fue de ese amor que nací yo, sangre salvadoreña y hondureña, mi abuelo se enojó mucho cuando mi papá se robó a mi mamá, pero luego le pasó el enojo y llamó a mi papá para regalarle un pedazo de tierra y que hiciera su casa, en los terrenos de él, y también cuenta que le regaló una vaca para que me dieran leche.

Cuando yo tenía unos 4 años sucedió “La guerra de las cien horas” entre El Salvador y Honduras….Por mi parte, lo que más me gustaba era llegar muy tempranito a la casa de mi tía a desayunar, porque ella tenía personal de servicio y a las 7 de la mañana ya estaba preparado el desayuno, a veces era cereal con leche, y a veces era más fuertecito: huevos con mortadela, riquísimos, a mí me servían a la par de mi tía....Ese día, a desayunar íbamos, mi tía ni siquiera había probado el café, cuando llegó corriendo un muchacho motorista de la varonesa, y le dijo:

- Andreíta, váyase que por el rio viene la Mancha Brava.

Estos eran grupos de hondureños, que aprovechando el caos generado por la guerra, capturaban a los salvadoreños, los amarraban, los golpeaban y a algunos los mataban; yo era muy pequeñita pero esos detalles no se me olvidaron nunca. 

Mi tía se puso pálida, yo la vi correr de un lugar a otro llorando, pero no pudo sacar nada de la casa y salieron corriendo con la ropa que andaban puesta nada más, a mí me pasaron dejando por mi casa, a mi papá ya no lo vi. La tienda de mi tía quedó sola hasta con las puertas abiertas….Mi mamá tendría lo mucho 20 años y se desmayaba....Se levantaba y volvía a caer muerta, llegaron unos vecinos a revivirla con 7 espíritus, así pasó todo el día, hasta el anochecer llegó la mancha brava, se oía que gritaban y que insultaban, llevaban amarrado a mi tío Loncho, hermano mayor de mi papá y a sus tres hijos adolescentes: Fermín, José y Elías. Los amarraron a un horcón de la casa de mi tía, mientras rociaban gas, el mismo gas que se vendía en la tienda, saquearon lo que pudieron y lo que no se pudieron llevar le prendieron fuego; a mi tío le dijeron que ahí se quemaría junto a sus hijos. Al final no lo hicieron, lo soltaron de los horcones y se los llevaron.

Mi mamá seguía desmayándose, yo veía por una rendija de la puerta, porque mi mamá cerro las puertas al enterarse de lo que sucedía. Vi como la casa de mi tía se quemaba completamente, yo también lloraba, pero nadie se fijaba en mí… así transcurrió la noche, la mancha brava se retiró.

Al amanecer yo fui la primera en salir a ver que había quedado de la casa de mi tía, solo había humo y los últimos horcones terminando de caer como enormes carbones encendidos….Mi papá no se conformó a perder la familia y le enviaba cartas a mi mamá diciéndole que vendiera lo poco que habían logrado hacer como pareja y que se viniera a El Salvador. [pp. 5-7]

La represión en El Salvador

Los cuerpos represivos, la temida Guardia Nacional y la Policía de Hacienda, hacían temblar a cualquiera; hasta los niños eran torturados por estos sujetos.

En una ocasión, mi papá había ido a la costa a comprar leña para el invierno y venía en un pickup que había contratado para trasladar la leña, se hizo acompañar de mi primo Chepe para que le ayudara a cargar la leña, mi primo Chepe vivía con nosotros porque era hijo adoptivo de mi tía Andrea quien también vivía con nosotros y el esposo de ella.

Entonces, cuando venían pasando por el puente de Oro, ahí se mantenían siempre los guardias a la orilla de la carretera. Mi primo tenía unos 13 años y le pidió a mi papá que le comprara un elote, allí en el desvío de San Marcos Lempa, mi papá se lo compró y el cipote cuando terminó de comerse el elote, lo tiró a la orilla de la carretera, desde el pickup en marcha. Mi papá ni se dio cuenta, porque iba en la cabina con el motorista, cuando se dio cuenta ya iba un vehículo con una sirena tras ellos y les ordenaron parar de inmediato, y el pickup se detuvo a la orilla de la carretera. Los guardias bajaron a los tres incluyendo al motorista y les ordenaron sacar el pecho, golpeándolos en el pecho no sé cuántas veces, incluyendo al pobre cipote desnutrido de mi primo.

Alegaban que mi primo les había tirado el olote a ellos, cosa que no fue así, según contaba mi primo el olote cayó cerca de donde ellos estaban. Esto lo hacia la Guardia con motivos y sin motivos, golpeaba y mataba a quien le daba la gana, en ese tiempo no había procuraduría de derechos humanos, y si había, no hacía nada por la gente más pobre. Mi papá y mi primo llegaron a la casa hasta con fiebre de la gran golpiza que les dieron.

Cuando la represión recrudeció, la guardia nacional desapareció a mi primo Chepe, lo capturaron en una hacienda de San Nicolás Lempa, donde trabajaba como jornalero, lo acusaron de subversivo y él, en realidad, nunca participó ni siquiera de una reunión comunitaria, porque era epiléptico y no comprendía mucho sobre esas cosas, pero como la guardia andaba sedienta de sangre, se ensañaron con él y lo dejaron tirado, a la orilla de la carretera Litoral, cerca de Jiquilisco, partido en dos, no quiero ni pensar las torturas que debe haber recibido. [pp. 15-17]

Reclutamiento a la guerrilla

No habían pasado ni quince días de estar allí, cuando un día, por la mañana llegaron dos muchachos a la casa. Uno de ellos era conocido de nosotros en tiempos de paz; él vendía ropa de casa en casa, pero ya se había incorporado a la lucha de forma permanente. Era conocido como Chacastera, ese era el apodo. Llegó a la casa y le dijo a mi mamá que me necesitaban en el frente, le dijo:

-Muchachas así como la suya, que han estudiado, son las que necesita la revolución. Y a ella la necesitamos para una misión muy importante. -Le dijo.

Entonces mi mamá le respondió que yo debía tomar la decisión, porque además tenía mi niño, que ya tenía cinco meses… 

- ¿Y qué pasará con mi hijo? Porque él se alimenta solo de pecho, mi mamá no tiene como alimentarlo 

Entonces me contestó Chacastera:

- No te preocupes compañera, el Partido le enviará a tu mamá la leche y el azúcar para el niño.

Pero eso nunca sucedió, no hubo leche ni azúcar para el niño; mi mamá lo alimentó con atolito de maíz y azúcar sólo cuando lograba conseguir alguna libra. 

Cuando una es demasiado joven no reflexiona mucho sobre las consecuencias de sus decisiones, así que no lo pensé dos veces y no había tiempo para hacer análisis….

Cuando nos veíamos pasábamos noches enteras platicando con mi mamá, que era con quien tenía más confianza. Nosotros no tuvimos alternativa; o nos metíamos a la guerrilla o nos mataban, así que la familia completa decidimos incorporarnos a la lucha revolucionaria. [pp. 33-34, y 47]

La guerra y los comandantes

Empieza el mortereo sin parar, salgo de nuevo a la quebradita porque este bombardeo era dirigido a toda la zona, ya no solo al Caulotal. Ese cañoneo duró una hora o más, no recuerdo, en esos momentos no se mide muy exacto el tiempo. Caía un morterazo… otro y otro y otro, cada uno más cerca….

Había un sistema de alarma que todas las personas de todos los caseríos aledaños pudieran divisar fácilmente y consistía en que un hombre se subía a un árbol muy alto y agitaba un pañuelo rojo en forma circular esto significaba que venía un operativo militar para la zona y toda la población debía concentrarse en un lugar que anticipadamente se había destinado, para emprender la retirada en forma ordenada, según las indicaciones de los dirigentes de masas…

Había otra familia compuesta por una señorona muy hermosa, grande, morena, la señora muy alegre… tenían varios hijos, entre ellos una de unos 15 años, en estado de gestación, casi para dar a luz, y dos niños pequeños, una niña y un niño entre los siete y ocho años, a todas estas familias ya les habían quemado las casas y todas sus pocas pertenencias que tenían; las sillas, las mesas, los utensilios de cocina, todo lo que no se podían llevar se los quemaban, porque el ejército venía acompañado de los orejas - así se les llamaba a la gente que estaba al lado del ejército y que le ponían el dedo a la gente que consideraban colaborador de la guerrilla - ellos venían también armados con escopetas y cuando llegaban a los caseríos se dedicaban a robar todo lo que encontraban y luego el ejército prendía fuego a lo que sobraba.

Me avisaron que mi familia había llegado a uno de los caseríos que están al norte de San Marcos Lempa, llamado el Número. Allí se quedaron en una casa abandonada.

De inmediato pedí permiso y fui a verlos. Me contaron como fue la retirada y que habían tenido que sacrificar a Tigre, él era un perro pulgoso fiel que lo teníamos desde que yo era muy pequeña, Tigre se puso a ladrar mientras el enemigo los perseguía y mi papá lo sacrificó para que no los descubrieran. Cuando Oscar Arnulfo quería llorar por el hambre, me contaban que le daban un guacalito con agua del manglar para que hiciera burbujitas, porque agua dulce no tenían, pues los pozos de agua dulce estaban tomados por el enemigo. 

Mi mamá me dijo: 

- Mirá, yo no sé cómo alimentar al niño, no tengo como comprarle la leche ni azúcar.

Y el niño, a estas alturas, estaba bien desnutrido y los otros niños de mi mamá también.

Entonces le comuniqué a mi jefe que a raíz de la muerte de mis primeros jefes Chacastera y Pastor, me dejaron bajo las órdenes de Gerardo un cuadro político. A él le conté lo que pasaba con mi hijo y él fue muy bueno y me regalo una lata de leche de cinco libras y azúcar, no sé cómo hizo para que le llevaran la leche y el azúcar con todo lo que costaba salir a comprar, pero esto paso unas tres veces. Luego mi jefe se interesó en mí y comenzó a seducirme, y habían otros cipotes que también querían que yo fuera su novia, pero a raíz de ser mamá soltera no estaba interesada en ningún hombre, pero como me tocaba estar la mayor parte del tiempo con mi jefe - él tenía unos 35 años y yo apenas 17 - y viendo lo bondadoso que había sido conmigo, acepté ser su compañera.

[Y él,] el padre de mi hija ya no figura en mi relato porque lo trasladaron al norte de San Miguel, allá por San Gerardo, a hacer trabajo político.

[Pero cuando ella conoció a Rudy…] Ésta, por supuesto, no era mi primera relación amorosa, pero sí, la más importante en mi vida, porque inició en el año 1984 y seguimos felizmente casados. Increíblemente hemos pasado tantas experiencias y pobrezas, pero ya tenemos una hija graduada en ingeniería química de la Universidad Nacional de El Salvador, y los últimos, un varón y una niña, que ya iniciaron la universidad.

A estas alturas de la guerra [el año 1989] se le hacía difícil a la guerrilla reclutar nuevos miembros y el único vivero que se tenía era la misma población que había salido de los territorios controlados y había poblado los alrededores, ya no huían del ejército, pero eran acosados tanto de la guerrilla como por el Ejército, y el Frente Paracentral era uno de los que proveía combatientes al Frente Modesto Ramirez, que comprendía Cinquera, Guazapa, Chalatenango.

Toda columna bien entrenada era enviada a combatir a ese Frente y el Frente Paracentral se había quedado pobre de combatientes, entonces recurrieron a una estrategia, yo la llamaría inhumana. No escribo esto con resentimiento ni para poner al Partido FMLN como lo peor, sino como lo que fue un pasaje en la historia que no debió suceder. No sè si realmente fuè una política del FMLN o fue una decisión aislada de la dirección colectiva del Frente Paracentral.

Recurrieron al reclutamiento de niños desde los 8 años. Se los quitaban a la mamá sin preguntar si estaban de acuerdo o no. Así fue llevado mi hermanito, yo me di cuenta que estaba en el campamento de la DZ, y les pedí que le dieran permiso para vernos y darle ánimo…. 

Tuve la oportunidad de convivir con varios de esos niños reclutados durante los años 86 al 89. Llevaron a algunos al campamento del mando, y me asignaron a mi enseñarles a leer y a escribir. Era asombroso como esos niños aprendían.

Me tocó llorar en silencio, cuando nos enviaban a traer abasto al sur. Si para nosotros los adultos era demasiado sacrificio, no dormir ni un ratito toda la noche, cargados, mojados, apurados, imagínense para unos niños de 8, 9, 10 años. Les ponían su propia carga - claro que no era la mismas 50 libras que a nosotros - pero sus 15 libras bien se las ponían. Recuerdo que una vez estábamos acarreando pintura en galones y a cada niño le ponían 2 galones, y había una columna sólo de pioneritos - así les decían a los niños - y los llevaban a cumplir misiones de abastecimiento. [pp. 62-63, 82-83, 86, 138, y 175-179]


*Erik Ching se especializa en la historia de El Salvador. Es profesor de historia y director de investigaciones de pregrado en Furman University, Carolina del Sur.


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