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No hay vacuna contra el cambio climático
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No hay vacuna contra el cambio climático

Tania Guillén

 
 

Hace un año llegaban a la región las noticias sobre el nuevo virus que se propagaba en China y rápidamente en otras naciones del mundo. Pronto, ese virus -el coronavirus denominado covid-19- que según nosotros estaba tan lejano, comenzó a regir nuestras vidas y fue declarado como pandemia por la Organización Mundial de Salud. El virus nos hizo recordar que somos ciudadanos y ciudadanas de una casa común, en donde todo está conectado. Donde una enfermedad originada en animales y transmitida a humanos en China (proceso denominado “zoonosis”), genera una crisis global sanitaria y, como consecuencia de la misma, una crisis económica que además ha exacerbado las inequidades del sistema económico imperante.

La crisis sanitaria se sumó a otras problemáticas globales a las que nos enfrentamos actualmente, como el calentamiento global y la pérdida de biodiversidad. Todas estas están relacionadas y son un indicador de la salud de nuestro planeta.

De repente, con la rápida propagación del virus y las restricciones impuestas que afectaron las cadenas de producción, transporte y abastecimiento alrededor del mundo, nos dimos cuenta de cuánto de nuestra alimentación y el abastecimiento de diversos productos que usamos en el día a día dependen de otras regiones del mundo.

Cuando hablamos de salud, cambio climático y conservación de la biodiversidad y ecosistemas en general, debe siempre considerarse que hay un proceso de retroalimentación y que estos aspectos comparten causas. La principal, hay que reconocer, es la responsabilidad del ser humano en la degradación ambiental y de los ecosistemas.

El coronavirus es nuestra responsabilidad. Una de las principales causas identificadas en el surgimiento de la transmisión de enfermedades infecciosas de animales a los humanos es la urbanización y degradación de hábitats naturales, lo que facilita el contacto entre humanos y animales silvestres. En las últimas décadas y ante los altos niveles de degradación de las áreas naturales, la comunidad científica había alertado sobre la posibilidad del surgimiento de una pandemia, aunque no se conocía exactamente qué podría desencadenarla ni dónde. Había que prepararse, pero no había certeza para qué.

La situación ha sido similar con el cambio climático. La comunidad científica ha venido identificando el acelerado calentamiento del planeta en las últimas décadas. Ejemplo claro de ello fue la conformación del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) en 1988. Fue a partir del primer informe del IPCC (1990), que los gobiernos suscribieron en 1992 la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC).

Cada vez es más clara la incidencia humana en generar el calentamiento global. Hay amplia investigación sobre las causas, los posibles efectos e impactos a los que tendremos que enfrentarnos debido al calentamiento global. Es por ello que cada vez se hace más necesaria una acción coordinada. La Agenda de Desarrollo Sostenible y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, acordados y aprobados por los Estados miembros de Naciones Unidas en 2015, ofrecen una guía completa para abordar las problemáticas globales y alcanzar bienestar para todas las personas en todas las regiones del mundo.

Otra similitud entre la pandemia del covid-19 y el cambio climático es el impacto diferenciado en la población. Ambas crisis exacerban las inequidades existentes y las deficiencias del sistema social y económico en que vivimos. OXFAM reportó recientemente que durante la crisis sanitaria las diez personas más ricas del planeta incrementaron su riqueza en $540 000 millones. Recursos que, según el mismo informe, serían “más que suficientes” para evitar que el virus sea multiplicador de pobreza y para garantizar el acceso gratuito a la vacuna para todos.

Para evitar la rápida propagación del virus, los gobiernos alrededor del mundo tomaron diversas medidas. Estas redujeron la demanda de energía y combustibles a nivel global, lo cual provocó que ciudades con problemas históricos de contaminación atmosférica, registraran mejoras en la calidad del aire. Sin embargo, esas reducciones en la contaminación fueron temporales y tampoco son suficientes como para frenar de una vez el calentamiento global.

Si bien las emisiones de gases de efecto invernadero se redujeron, el 2020 quedó en los registros históricos como el año más caliente (junto al 2016). Frenar el calentamiento global requeriría mantener estas reducciones a lo largo de varios años. Cambios temporales no son suficientes, se necesita una transformación de nuestro sistema económico.

Considerando que Latinoamérica tiene la mayor tasa de deforestación a nivel global, la implementación de la legislación ambiental, orientada a la conservación de los bienes naturales, es una de las herramientas más importantes para frenar el surgimiento de nuevas pandemias y la aceleración del cambio climático. 

El Acuerdo de Escazú, que entrará en vigencia el 22 de abril próximo (Día internacional de la Madre Tierra) es otro instrumento de suma relevancia para la región, pero que hasta ahora solo Nicaragua y Panamá (en Centroamérica) lo han ratificado. El objetivo del Acuerdo es garantizar el derecho a un ambiente sano, así como también el acceso a la información ambiental, justicia y participación pública en la toma de decisiones sobre asuntos ambientales. Luego de su entrada en vigencia, es indispensable dar seguimiento a los compromisos asumidos por los gobiernos.

Así como los efectos del covid-19 y el calentamiento global son mundiales, también lo es la acción necesaria para superarlas. La crisis sanitaria ha demostrado que el multilateralismo y la cooperación internacional, incluida la cooperación entre países es fundamental. En el marco de la acción climática, cada vez hay más intercambio de experiencias, tecnología e información entre países en desarrollo (llamada cooperación Sur-Sur). En el caso del covid-19, fue la cooperación científica entre diversos centros de investigación lo que también permitió conocer la secuencia genética del virus, así como desarrollar las vacunas, en tiempo récord.

El calentamiento global y la crisis sanitaria han confirmado la importancia de la toma de decisiones informada y con base en la evidencia científica más reciente. La ciencia y la comunidad científica juegan un papel vital para conocer las causas, los efectos e identificar las medidas necesarias para hacerle frente estos dos retos globales.

En cuanto a las innovaciones fruto del estudio del calentamiento global, se han desarrollado modelos cada vez más complejos con el objetivo de conocer mejor las diversas interacciones en el sistema climático, así como los efectos de este fenómeno en los ecosistemas, la economía, la salud, entre otros sectores de relevancia. Es por estas innovaciones, por ejemplo, que sabemos que el nivel y rapidez del calentamiento climático actual no tiene precedentes en la historia de la humanidad.

Las brechas existentes sobre algunos aspectos relacionados a las problemáticas a las que nos enfrentamos no pueden ser la justificación para no actuar. La evidencia ya disponible es inequívoca en cuanto a la necesidad de cambiar nuestros patrones de consumo y relación con la naturaleza para evitar mayores consecuencias negativas. Esta debe servir como el faro que guíe las decisiones en el corto, mediano y largo plazo. Así como con el coronavirus no se esperó a que la vacuna estuviese disponible para tomar acciones ambiciosas, debemos actuar ya para prevenir el calentamiento global y, por ende, mayores impactos negativos.

Aunque existen esos paralelos, también hay aspectos claves que diferencian la crisis sanitaria y el calentamiento global. El más importante es, quizás, el aspecto de la temporalidad. Excluyendo la crisis económica generada por la pandemia –que tomará unos años superar–, la comunidad científica logró producir vacunas contra el covid-19 en menor tiempo del esperado. El proceso de vacunación ha iniciado, por lo que la propagación y mortalidad relacionada al virus disminuirá drásticamente en el corto plazo.

Para combatir el calentamiento global, sin embargo, no hay una vacuna. No hay una solución universal, sino que tienen que tomarse distintas acciones en todos los sectores y niveles de nuestras economías y sociedades, tanto para reducir las emisiones globales, como enfrentar los efectos negativos que ya se observan en todas las regiones del planeta.

Así mismo, existen aspectos de desigualdad e inequidad. Por ejemplo, si bien los sistemas de salud pública en la región están lejos de ser los mejores y hay aspectos que pueden criticarse, sí ha habido algún nivel de respuesta y atención a la crisis sanitaria. En cambio, en cuanto al calentamiento global, son aquellos que tienen más recursos económicos los que tienen a su vez mayor facilidad de adaptarse a las condiciones cambiantes. No es lo mismo ser un gran productor, con acceso a créditos bancarios para la instalación de sistemas de riesgo y prevenir pérdidas por la falta de lluvia, que un pequeño agricultor u agricultora en el Corredor Seco Centroamericano, sin acceso a crédito o recursos propios y que depende enteramente de las condiciones meteorológicas para poder producir y brindar alimentación a su familia.

Para concluir, debemos reconocer que la crisis sanitaria de covid-19 y el calentamiento global han demostrado los desafíos e implicaciones de no abordar los riesgos de manera sistémica. Las crisis y los problemas derivados de estas no pueden manejarse de manera aislada.

Por lo expuesto y por la necesidad de invertir inteligentemente los limitados recursos de la región, es imperativo que las decisiones que se tomen y las inversiones que se hagan en el corto plazo para la reactivación económica por la crisis generada por el covid-19 sean coherentes con la agenda de desarrollo sostenible y construyan un futuro bajo en emisiones de carbono y resiliente a los efectos del cambio climático; que sea una “reactivación transformadora”. Una de las grandes lecciones para Latinoamérica y el Caribe que debería de legar esta crisis sanitaria es la urgencia de renunciar al modelo extractivista, exportador de materias primas. La crisis sanitaria debe ser el giro de timón que nuestras sociedades necesitan para construir un futuro de bienestar y equidad para todas las poblaciones del planeta, no solo de algunos privilegiados.

 

Tania Guillén Bolaños es nicaragüense, investigadora del Centro de Servicios Climáticos de Alemania (GERICS) desde 2016. Da seguimiento a las negociaciones climáticas de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC) desde hace diez años, donde ha sido observadora representante de organizaciones de sociedad civil de Centroamérica. Participó en la elaboración del reporte especial sobre “El calentamiento global de 1.5ºC” del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés). Las opiniones vertidas en este espacio son a título personal de la autora. 
 
Tania Guillén Bolaños es nicaragüense, investigadora del Centro de Servicios Climáticos de Alemania (GERICS) desde 2016. Da seguimiento a las negociaciones climáticas de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC) desde hace diez años, donde ha sido observadora representante de organizaciones de sociedad civil de Centroamérica. Participó en la elaboración del reporte especial sobre “El calentamiento global de 1.5ºC” del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés). Las opiniones vertidas en este espacio son a título personal de la autora. 


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