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El Ágora

Los indígenas al borde de la desaparición

¿Quiénes son los indígenas en El Salvador? Ser indígena en este país es ser pobre, cristiano y con escasas oportunidades de desarrollo. Y, aunque el Estado ha pretendido edulcorar la condición indígena, después de siglos de intentos de eliminarlos e invisibilizarlos, para estos su prioridad no es mantener viva una lengua ancestral o sus costumbres, sino apenas mantenerse vivos.

 
 

Mientras el ocote y el ajonjolí truenan en un círculo de fuego, una joven de unos 18 años ha entrado en letargo. En la banca están su mamá y quien parece ser su pareja, que la sostiene en brazos para que no caiga del asiento. Frente al fuego, alimentado con azúcar, velas de cera, chocolate en tableta, puros, agua florida y flores de todos colores, cuatro personas -tres mujeres y un hombre- dirigen la ceremonia en honor a San Simón. Todas, reunidas en el patio de una casa, visten un manto de colores vivos en la cabeza, y tres de ellas una cinta roja en la cintura. Solo una viste refajo y camisa de tela rala bordada. Ella es Juliana Ama, quien lleva la voz cantante. “Si quieren vivir la verdadera experiencia indígena, tienen que venir a la celebración de San Simón”, dijo por teléfono, cuando le pedimos que fuera nuestra guía. Juliana es una mujer de 67 años que se ha autodenominado representante y encargada de velar por el legado indígena de Feliciano Ama, su tío-abuelo, uno de los caciques indígenas, ahorcado el 22 de enero de 1932.

Juliana Ama, figura protagónica de los indígenas en Izalco,  dirige la ceremonia en honor a San Simón celebrada el 28 de octubre. Realizar este ritual cuesta alrededor de 100 dólares. 
 
Juliana Ama, figura protagónica de los indígenas en Izalco,  dirige la ceremonia en honor a San Simón celebrada el 28 de octubre. Realizar este ritual cuesta alrededor de 100 dólares. 

Al mediodía del 28 de octubre de 2015, un miércoles caluroso y húmedo, ya van por el undécimo de los 20 nahuales o abuelos a los que agradecen por favores recibidos y piden según las características de cada uno: salud, dinero, viajes, lluvia para la cosecha… A cada uno le cuentan del uno al 20 en náhuat al mismo tiempo que tiran igual número de semillas de cacao al fuego. Imox-se, Imox-ume, Imox-yey… Imox-pual. Estamos en El Carrizal, un cantón del municipio de Nahuizalco, Sonsonate. Llegar hasta acá toma aproximadamente una hora saliendo de Izalco y no cualquier pick up se atreve a hacer un viaje. “Ahí es bien peligroso”, dice un motorista, y lo mismo repiten los dos que están a su lado. Y no se refieren solo a los caminos empedrados para llegar. La separación entre cantones está sutilmente marcada en un poste con dos letras que en realidad tienen mucho poder: MS.

Se han reunido unas 15 personas para celebrar a San Simón, el santo de los puros y el guaro. Frente a la ofrenda que arde hay tres figuras de distinto tamaño que representan a un hombre blanco con traje y sombrero de charro, corbata, un bigote poblado y un orificio en donde introducen cada media hora un cigarro. Hay una cuarta imagen: la de San Judas Tadeo, el equivalente en el santoral católico. Hay cohetes de vara y música. La ocasión se ha visto opacada por el fallecimiento de una de las habitantes de esta casa refundida en la zona sur de Nahuizalco. El encargado de presidir la ceremonia es Omar, el tatita Omar, de 20 años. Pero en su afán por olvidar y superar el luto, se ha empinado varias botellas de aguardiente de un litro cada una, en los últimos tres días. Suficiente como para enredarle el habla y privarlo de llevar a cabo el culto, pero que no le impide dar instrucciones cuando le parece que a los guías de la ceremonia se les ha quedado algo. “Pónganme más velas”, “pónganle estas flores a mi viejita”. Suelta un llanto de vez en cuando que resuelve por tragarse cuando se da cuenta de que interrumpe la ceremonia. Y se retira para seguir bebiendo.

Apartada de la invocación a los dioses, el fuego y el incienso, al otro lado del patio, María, de 85 años, desgrana elotes para hacer atol sentada en una silla de plástico. Lleva puesto un vestido verde con flores pequeñas que asegura que ya está viejo, y que no usa refajo para la ocasión porque no puede comprarse uno. Hace mucho que dejó de usarlos. “Son muy caros”, dice. Una yarda de paño para hacer un refajo cuesta 15 dólares. Y para alguien de complexión delgada se necesitan por lo menos cuatro yardas. En El Salvador solo pueden comprarse en Sonsonate a unas indígenas guatemaltecas que vienen a venderlo en alguna esquina del centro de la ciudad. Juliana Ama promete que le regalará uno en su próxima visita y a María se le ilumina el rostro con ilusión. La alegría es pasajera. María también está de luto y no tarda en ponerse a llorar al recordar que hace dos días soñó con la recién fallecida, su hermana. “Se me apareció en el sueño diciéndome que tenía hambre. Yo le decía que lo único que tenía para darle eran unas tortillas frías”. Ser indígena en El Salvador tiene más que ver con necesidades básicas insatisfechas que con rituales y vestimenta tradicional.

La llegada de Pedro de Alvarado en 1524 marca el primero de una serie de hechos que rompen con la vida de los indígenas en las tierras que posteriormente se convertirían en El Salvador. La conquista, el sometimiento y el despojo de sus tierras fue el inicio de una vorágine que los afectó desde la legislación, el trabajo, la tierra y la cultura, hasta lograr su paulatina desaparición. Lo indígena siempre fue proscrito. Caló hondo. Sucedió en 1833 en Santiago Nonualco, cuando el gobierno ofreció perdonarle la vida a los indígenas a cambio de revelar el paradero de Anastasio Aquino. El miedo también calló la lengua después del genocidio de 1932. 

El rechazo a las raíces continúa vigente. “Al fenecer el nahuatl (sic), Dios mediante también se extingan los caites y los tapescos”. Así rezó un editorial de El Diario de Hoy, publicado el 14 de junio 2013. Por esta pieza hubo indignación en redes sociales, blogs y artículos de opinión. También hubo quienes, aunque no lo dijeran en voz alta, estuvieron de acuerdo. En una entrevista hace un par de años, Lara-Martínez dijo a El Faro que "Todos los salvadoreños tenemos al verdadero Hernández Martínez tatuado en el alma", y por chocante que parezca, hay actitudes desde el Estado y de la vida cotidiana que no permiten rebatir esta idea. Según el Censo de Población 2007, los indígenas en sus distintas denominaciones no existen. Su identidad quedó reducida al color de piel. Los cálculos de las organizaciones indígenas dicen que la población oscila entre el 10 % y el 17 %. Apenas un año antes, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial de la ONU había recomendado al Estado salvadoreño distinguir étnicamente la población de El Salvador. Pero en lugar de incluir en el cuestionario una pregunta relativa a las cuestiones étnicas, las autoridades se aferraron a una que más tenía que ver con la apariencia y el color de piel de las personas. A pesar de esto, El Salvador ha declarado ante organismos internacionales que en este país no existe la discriminación racial.

Las nanzin tamatxtiani se aferran a la lengua

En julio de 2012, la secretaria de cultura del FMLN, Lorena Peña, estaba buscando apoyo de instituciones que trabajaran con pueblos originarios para la celebración del Baktún o año nuevo maya. El colectivo Tzunhejekat, que trabaja desde 2012 con los abuelos nahua-hablantes de Santo Domingo de Guzmán, en Sonsonate, le propuso que se gestionara un fondo para ayudarlos. Este municipio es el último eslabón indígena en donde la lengua permanece viva. A la diputada, presidenta de la Comisión de Hacienda de la Asamblea Legislativa, no le hizo ruido y le dijo a Eric Doradea, representane del colectivo, que tomaría en cuenta su propuesta. Luego de una serie de negociaciones, Doradea logró que Peña incluyera un fondo de 200,000 dólares en el presupuesto de 2013 a manera de bono por medio de la Secretaría de Inclusión Social. Esta secretaría, que incluye atención a comunidad LBGTI, jóvenes y discapacitados, incluyó ese año entre sus beneficiarios a un grupo de indígenas olvidados por el Estado: 197 nahua-hablantes.

La idea era entregar un saldo mensual, pero como tuvo que organizarse un censo para discriminar quiénes decían la verdad respecto de los que solo perseguían la ayuda económica, se entregó en un acumulado el 22 de diciembre de 2013 en un solo cheque para los beneficiarios. Se repartió equitativamente y cada nahua-hablante recibió 1,015 dólares. Y, en teoría, se logró. Aunque en la práctica y en el pueblo la historia sea distinta. “Vinieron acá Gustavo Pineda (entonces director de Pueblos Indígenas de la Secretaría de Cultura de la presidencia) y otra señora que ahorita no recuerdo su nombre y solo los inscribieron. Y no, para esto tenían que ponerlos a hablar y alguien que sepa tenía que estar diciendo si está bien o mal lo que ellos decían. Y si no podían cubrirlos a todos en un día, tenían que volver. De esa manera, al menos cinco minutos. Pero fue decir por decir porque ya estuvo... ya no hay remedio”, dice Paula López.

Paula tiene 56 años y es de las pocas personas, alrededor de 50, que en Santo Domingo de Guzmán pueden entablar una plática fluida en náhuat. Además de ella, las tres nanzin. Sus días los divide entre componer canciones -tiene 10 en su repertorio-, la iglesia y dar clases a niños, adolescentes y adultos mayores. Paula es analfabeta, pero eso no le ha impedido hacer de la enseñanza su modus vivendi: “Si enseño es porque atrevida soy”. Reconoce que más allá de la satisfacción de enseñar su lengua a nuevas generaciones y coetáneos, si no fuera por el náhuat nunca hubiera conocido San Salvador y mucho menos habría viajado a otro país. En 2014, asistió a un encuentro de mujeres indígenas en México. “Era más sobre náhuat-mexicano y no les entendía mucho”, cuenta. A su recuerdo se suma un botón con el que adorna el conjunto de falda y blusa negra con estampado sal y pimienta que viste: sobre un fondo blanco se lee "ciudadana digital". “Yo no sé qué dice, pero me gusta cómo se ve”, explica.

Aunque vive en un pueblo en donde solo la figura de un bono sirvió para motivar a las personas a practicar el náhuat fuera del encierro de sus casas, Paula siempre ha sido una entusiasta por mantener viva la lengua, su lengua. Para lo único que le pone pausa a su rutina de clases es para dedicarle tiempo a la iglesia: “El sábado Dios lo hizo para que sus hijos descansaran. Y como pasamos tan atareadas...”, resume, para explicar por qué decidió ceder a otra de las abuelas la invitación para ir a cantar al nuevo centro cultural legislativo.

A las 2 en punto, 14 abuelos han ido llegando de a poco a la Casa de la Cultura de Santo Domingo de Guzmán. Como cada jueves, han reservado un espacio de dos horas de sus quehaceres para trasladarse hasta la clase. Algunos llevan un cuaderno, otros su buen humor y disposición para hacer de la clase una tertulia divertida, un par más solo un poco de sueño. Para calentar motores, Paula los guía y todos corean “Cuando amanece”, una de sus creaciones. Al centro de la media luna que forman sillas y pupitres está Genaro Ramírez, en silla de ruedas. Él es el fundador y director de la Casa de la Cultura. Además de ser “supervisor” de la clase, añade un toque de picardía a la sesión. El 80 % de la clase transcurre en náhuat. Paula solo se detiene a hablar en español para dar algunas explicaciones o para traducirnos alguna frase que ha puesto a reír al grupo. En este caso cuenta la última picardía de Genaro, quien la ha retado a que le diga el significado de una frase en náhuat, caso contrario se la va a llevar a cenar a su casa. Al unísono, los abuelos hacen “¡uuuuuhh...!” Paula se sonroja y ríe nerviosa y retadora. Le responde que después de clase se va a ir pero a su casa. Todos ríen y murmuran entre sí. Todos tienen entre los 56 y los 90 años, pero se chunguean como si fueran adolescentes.

El tema de la clase de hoy son los números del uno al 20. Uno de ellos se queja de por qué no pasan del 20, que sabe contar hasta más, pero de los 21 abuelos que finalmente integran la clase, sólo cinco pueden contar más allá del seis. Paula se las ingenia para que relacionen los números con lo que ella hace. Se pone sobre la cabeza unos cartones de lotería a medida que va contando: se, ume, yey…; cuenta uno a uno a los abuelos: nawi, makwil, chikwasen…; los señala para que cada uno siga la cuenta del uno al 20. Pero no logra pasar del seis. Esta es la tercera clase del día que da Paula, pero está tan enérgica como en la mañana, cuando correteaba detrás de unos niños de entre tres y cinco años en la Cuna Náhuat.

La casa comunal de Santo Domingo de Guzmán ahora se conoce como la Cuna Náhuat. En un espacio donde solo hay dos salones de clase, un patio y dos baños, 40 niños de entre tres y cinco años cantan y juegan en náhuat de lunes a viernes.

En la Cuna, como ya todo el pueblo la conoce a secas, ninguna de las maestras que guían el juego traducen al español las directrices. A la hora del receso, los niños escuchan atentos, siempre en náhuat, las reglas de un juego explicadas por tres mujeres morenas que ríen con ellos. De repente un niño debe perseguir a otro por un espacio enladrillado de no más de 10 metros de largo. Las maestras y los niños gritan palabras que se escuchan desde afuera de la Cuna, pero que no cualquiera puede entender. Cuando el receso termina, las guías los llaman a los salones, les piden que se sienten y estén atentos. Todos entienden. Nadie pregunta qué significa lo que las señoras están diciendo.

El proyecto de la Cuna -encabezado por el lingüista Jorge Lemus y patrocinado por la Universidad Don Bosco- es casi una quijotada. Nació en 2010 y funcionaría, en teoría, en la casa parroquial de la iglesia del pueblo. Jorge Lemus recoge en su libro El pueblo pipil y su lengua de vuelta a la vida que unos miembros de la cofradía se opusieron entonces al proyecto porque enseñar náhuat a los niños era “retroceder en el tiempo”. En Santo Domingo de Guzmán no hay kínder y el complejo escolar recibe niños a partir de los seis años. La escuela no enseña náhuat como segundo idioma y los opositores al proyecto estaban de acuerdo con que se escolarizara a sus hijos más pequeños si y solo si se les daba clases de inglés. Al final, por esas diferencias, la Cuna terminó funcionando en el lugar que está hoy, a la entrada del pueblo, gracias a que la alcaldía municipal de turno cedió el espacio.

Cuando un niño llega por primera vez a la Cuna el intercambio es bilingüe. Las maestras hablan en náhuat y los niños responden en español. De acuerdo con Jorge Lemus, esto cambia al cabo de un mes cuando los niños ya responden con ciertas palabras en náhuat.

La Cuna del náhuat es un intento por no dejar morir una lengua que podría estar extinta en un par de décadas. "Los pocos hablantes que aún quedan son adultos mayores, están esparcidos en diversos cantones y caseríos de la zona, algunos padecen enfermedades crónicas y son literalmente incapaces de desarrollar las actividades necesarias requeridas de un maestro de infantes", explica Jorge Lemus en su libro sobre revitalización de la lengua pipil. Además, el Atlas de las lenguas en peligro en el mundo de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) identifica al náhuat como "lengua en peligro de extinción". El náhuat dejó de transmitirse en las familias hace dos generaciones entre la población de origen indígena, lo que coincide con el genocidio ordenado por el general Maximiliano Hernández Martínez en 1932. Los últimos que recibieron esa enseñanza espontánea fueron los que hoy ya son abuelos. Tras un intento de levantamiento campesino en la zona occidental, Hernández Martínez ordenó matar a los “comunistas”, y bajo esa excusa se hizo desaparecer a una buena parte de la comunidad indígena. Los abuelos de Santo Domingo de Guzmán, quienes para la matanza eran niños, recuerdan que los escuadrones no llegaron hasta el pueblo. Sin embargo, ni sus hijos ni sus nietos crecieron con el náhuat. Alrededor de 150 ancianos son nahua-hablantes, una cantidad que permite a los académicos asegurar que el náhuat no ha muerto.

Parte de la enseñanza del vocabulario náhuat incluye juegos tradicionales, entre ellos, la lotería. 
 
Parte de la enseñanza del vocabulario náhuat incluye juegos tradicionales, entre ellos, la lotería. 

En esta especie de escuela, a las maestras no se les llama “seño”, los niños las conocen comos las nanzin tamatxtiani es decir, "señoras maestras". Guillerma López, una nanzin de 63 años, era analfabeta cuando la cuna arrancó. Ahora dice que sabe leer y escribir “poquito”. Las nanzin de la Cuna son tres mujeres pobres que no tuvieron acceso a la educación tradicional cuando eran niñas como estudiantes, y que como adultas se convirtieron en maestras de náhuat al mismo tiempo que aprendían a leer. Hasta 2015 la Cuna recibía apoyo económico del Ministerio de Educación (Mined), con lo cual se cubría el salario de cuatro nanzin, 250 dólares mensuales para cada una. Según Guillerma, el apoyo del Mined cesó este año y en mayo representantes del Ministerio llegaron a la Cuna y retiraron todos los activos que habían sido comprados con los fondos que la institución había inyectado hasta la fecha, que incluía desde la cocina hasta las mesas y las libreras de los salones de clase. 

Pese a la crisis y el desvalijamiento, la Cuna se resiste a cerrar, aunque eso haya significado hacer algunos recortes. Ahora la Cuna cuenta con tres nanzin que atienden a 40 niños. Dos de ellas reciben un pago de 150 dólares mensuales, desembolsado por la Universidad Don Bosco, y la tercera es pagada por la alcaldía municipal. El salario de la directora de la Cuna, Rosario Álvarez, una profesora graduada de la Universidad de Sonsonate, también corre por cuenta de la universidad.

En un encuentro de mujeres indígenas el pasado 13 de noviembre en el Parque Arqueológico San Andrés, la Secretaría de Cultura, la Procuraduría de Derechos Humanos y la embajada de Canadá en El Salvador invitaron a las mujeres de las organizaciones indígenas a reunirse para recibir a una indígena canadiense que visitaba el país. Las mujeres invitadas no sabían que tenían que preparar un discurso y, 10 minutos antes de que iniciara el acto, se designó a una joven de Santo Domingo de Guzmán para improvisar uno. Y así, una joven agradeció a la Secretaría de Cultura y al Ministerio de Educación por todo el apoyo recibido en favor de los pueblos indígenas.

Guillerma López, nanzin de la Cuna que ha sufrido las dificultades del proyecto para sobrevivir, escuchó el agradecimiento desde el público y no se pudo contener. Después de los aplausos se levantó de su silla y comenzó a gritar: “Yo no sé de qué apoyo habla la muchacha ahí. Si el Ministerio de Educación a nosotras no nos apoya en nada. ¡Si hasta la cocina y unas cucharas que nosotras teníamos en la cuna se llevaron! ¿Y para qué necesitaba el Ministerio las cucharas?”, protestó. 

Lo que Guillerma desconocía era que la ausencia de fondos del Mined en la Cuna fue una decisión que se tomó dentro de la Universidad Don Bosco. Anualmente, la universidad recibía 40 mil dólares para ejecutar proyectos del Ministerio, actuando como parte implementadora. Carlos Canjura, ministro de Educación explicó a El Faro que "la Don Bosco renunció a su papel de implementador a algunos programas que tenía con nosotros. Es posible que ellos (en la Cuna) estén leyendo que es una negativa del Ministerio de Educación a apoyar, pero no es eso. Es que la Don Bosco se ha retirado".  Jorge Lemus, director del proyecto de revitalización del náhuat de la universidad, explicó: "Había problemas legales, no es que estemos en contra... fue por cuestiones de abogados. Nosotros no hemos abandonado el proyecto. Para el 2016 hemos vuelto a hacer contacto porque hay la necesidad de hacer convenios pero con diferentes términos".

Al preguntarle a Édgar Ábrego, quien para entonces dirigía la Jefatura de Educación en Arte, Cultura, Recreación y Deporte del Mined (ahora es el gerente de Asistencia Técnica de la Dirección Nacional de Gestión Educativa), las razones por las que la implementadora decidió no recibir el subsidio de 40 mil dólares, respondió que "la nota es privada entre las instituciones, pero aludía a un tema particular". La decisión de la universidad implicó que los niños de la Cuna se quedarán sin refrigerio diario. "Las autoridades de la universidad Don Bosco tomaron la decisión de no asumir ningún subsidio del Mined, condición que impidió que este año los fondos pudieran llegar en beneficio de la niñez de Santo Domingo de Guzmán, no es porque no se hayan destinado", agregó Ábrego. 

Conforme la queja de Guillerma avazaba -ajena a todas las negociaciones de convenios entre autoridades e instituciones- el secretario de Cultura, Ramón Rivas, obligado a renunciar al cargo en diciembre, escuchó y no respondió nada. La queja iba dirigida hacia otra jefatura. Pero todo siguió su curso. Los reclamos de Guillerma fueron solo un ruido de fondo. Los discursos terminaron y los indígenas de El Salvador, vestidos con sus mejores refajos, fueron invitados a un almuerzo en su honor, o en honor de la visitante canadiense.

“Yo no sé si hice bien o hice mal en decir eso. Pero como no es mentira, yo hablé”, dijo después Guillerma. Las cucharas de las que se quejaba Guillerma formaban parte de los utensilios con los que ahí mismo se preparaba la comida que se entregaba gratis a todos los estudiantes de la Cuna, en su mayoría pobres. Uno de esos niños es Jefferson, de 5 años, con nombre inglés pero con ascendencia indígena. Su abuelo es Francisco Ramírez, un nahua-hablante de 85 años que recibió a final de 2013 aquel bono de más de mil dólares.

—¿Para qué usó el dinero del bono?

—Para comer, yo cada mes me compro mi bote de leche y eso estoy comiendo.

Francisco vive en una casa de adobe a la que solo se puede acceder saliendo de las calles y caminos principales de Santo Domingo para caminar sobre un terreno empinado. Los caminos de tierra por los que se debe subir están al lado de otros pequeños ríos de agua que descienden de un nacimiento. Aquí no hay lujos. Cuando se habla con Francisco hay que poner atención y colocar lo más cerca posible las sillas de plástico con las que recibe a sus visitas, no solo porque el volumen de su voz es bajo y a veces se pierde en la conversación, sino porque también tiene una leve sordera. Entonces, comienza a recitar palabras aleatorias en náhuat y procede a decir su significado en español, como quien prueba su valía. Él fue una de las personas entrevistadas por el colectivo Tzunhejekat, quienes ahora imparten clases de náhuat en San Salvador.

Francisco recuerda el pasado de su pueblo totalmente indígena. "Anteriormente la gente indígena solo hablaba náhuat y así era con mis hermanos y mis papás. En ese tiempo no había idioma castellano, bueno... había pero... así", dice Francisco, mientras hace una señal que indica algo muy pequeño entre su dedo índice y pulgar. La explicación para la castellinazación que él da es bastante clara: "En el 32 con la masacre terminaron con los nahua-hablantes. Aquí porque no llegaron los masacradores quedó la gente hablando todavía. Yo me casé y los dos hablábamos en náhuat, pero únicamente entró la civilización al pueblo ya los hijos de nosotros ya no aprendieron náhuat. Ya no les enseñamos porque antes esto no tenía aprecio, esto hasta estos días que han empezado a apreciarlo en San Salvador por lo menos".  

El pueblo indígena de Santo Domingo de Guzmán es eminentemente cristiano. Francisco no recuerda de su infancia nada de bailes alrededor del fuego como dictan los clichés. Sobre su pecho porta una medalla de la Inmaculada Concepción de María y dentro de su casa, al lado de una esquina donde se apila el maíz recogido en la cosecha, hay un altar con velas a la virgen. Francisco dice que a veces intenta hablar algunas palabras en náhuat con su nieto, pero que al niño no le entusiasma mucho la idea. Jefferson sabe canciones aprendidas de memoria en la Cuna, pero difícilmente entabla una plática en náhuat con su abuelo.

—Cuando él viene yo le pregunto cuál palabra es la que le dieron allá en la Cuna y él dice que no, que no le dieron ninguna, pero yo digo que se le olvida.

—Yo sé hablar un poquito de náhuat. A mí me gusta el náhuat pero a veces no -se defiende Jefferson.

La lucha por no dejar morir el náhuat se está librando en las casas de los abuelos de Santo Domingo de Guzmán. Fidelina Cortez, una indígena de 73 años, defiende el uso de su vestimenta tradicional aunque sus hijas no quisieron usar el refajo ni aprender náhuat. “Yo así me crie, con refajo. Nunca usé pantalón. Y así voy a criar a mi nieta tiernita que tenemos ahí. Ya le mandé a hacer su refajo. Y yo le digo a mi hija que aunque no le guste se lo deje por el tiempo que me queda.”

Fidelina es alfarera y en su casa no hay camas, sino tapescos. Fidelina siempre ha usado refajo para trabajar el barro y para salir a la calle. Sobre el refajo lleva una camisa amarilla con agujeros, sobre el cuello luce dos collares de piedras rojas. El pelo largo, canoso y hasta la cintura la termina de vestir. Descalza trabaja en su patio, que no es sino el borde de un barranco desde el que se escucha el agua que choca con las piedras del río.

Fidelina es otra de las nahua-hablantes que recibió aquel bono. También recibe cada cuatro meses una ayuda de 200 dólares como parte de un programa del Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local (FISDL). Santo Domingo de Guzmán ocupa el lugar número 26 dentro de los 32 municipios con mayor incidencia de pobreza extrema de El Salvador. Vivir así significa tener ingresos de menos de un dólar diarios. Ella no sabe si agradecer o calificar como una maldición las ayudas económicas. “Tenía 15 días que me habían dado el bono y me mataron a mi hijo", dice esta mujer, habitante de este país que está cerrando 2015 con cifras de homicidios que lo ponen en tendencia de ser el más violento del mundo. "Ahí invertí el dinero. De todas formas él ya no podía comer conmigo. De ahí con otra ayuda que me dieron me sirvió cuando mi otro hijo murió porque se subió a un palo de chipilín, se cayó y se quebró la espalda. Dios sabe por qué es que dio los hijos para sufrir”.

En El Salvador, los indígenas no solo están librando una batalla contra la pobreza, sino también contra la indiferencia. En Izalco, municipio insignia de lo indígena, el tema está escondido y semienterrado. En el patio trasero de la parroquia Nuestra Señora de la Asunción se levantó en enero de 2005 un monumento conmemorativo, una especie de nicho erigido con piedras pintadas de blanco sobre la fosa común en la que fueron enterradas las víctimas del genocidio de 1932. No es una zona particularmente circulada, salvo por aquellos que buscan la cancha que está detrás de la iglesia. Cinco años después, en 2010, el primer gobierno de izquierdas quiso enmendar la desidia de los cuatro gobiernos de derecha anteriores y, como muestra de su interés en el tema, montó una nueva placa a un costado de la iglesia, más a la vista y más legible, que condenaba los hechos de enero de 1932. Ahora, pasados otros cinco años, ambas placas pasan inadvertidas y la base de la segunda funciona como asiento para quien no desea sentarse en la grama.

En Izalco, preguntar por lo indígena conlleva dos respuestas: la primera es un ceño fruncido, como de sorpresa. “Aquí no hay indígenas”, repiten los izalqueños, como una apología a su origen ladino. Este es el único municipio cuyo pueblo tiene doble representante: el electo vía urnas cada tres años, y el alcalde del común, que, en general, nadie sabe quién es. La segunda respuesta es “ah, sí, ella anda en esas cosas”, cuando se pregunta por alguien en específico. Estas personas destacan, sin embargo, porque sus conciudadanos las reconocen como unas que se han valido de su origen para ganar protagonismo frente a las instituciones gubernamentales, oenegés y medios de comunicación. A veces, sin dar un nombre específico, el que sale a bailar es el de Juliana Ama, la autodenominada representante del legado indígena de Feliciano Ama. Ella es sobrina-nieta de Ama y desde la Fundación Ama ha luchado por mantener vivas las tradiciones: la conmemoración anual de la masacre y la utilización de refajo (pero solo para ceremonias y eventos públicos), por ejemplo.

Los descendientes directos del cacique indígena, sin embargo, no la reconocen ni a ella ni a la fundación que dirige. No son los únicos dentro de Izalco. Para Alonso García, el mayordomo de la cofradía del Padre Eterno, la cofradía rectora del consejo de cofradías de Izalco, no tiene validez alguna porque “la fundación son solo ella y sus hijos”. Alonso, quien colecciona documentos para dar fe de su participación en la preservación de lo indígena, cree que la lucha se ha desnaturalizado porque “hoy todo mundo busca protagonismo”. Como representante de una comunidad sincretizada que adora y venera imágenes católicas adoptadas durante la colonia está convencido de que “el indígena ha despertado” y ha empezado a exigir más que un tiempo de comida por hacer acto de presencia en un evento. Al menos en su caso. “Por años hemos pedido que se nos reconozca como pueblo. Si ahora hay un reconocimiento por parte del Estado es porque (el gobierno) ha cedido a la presión internacional”, dice. Aunque tampoco mira como un logro la ratificación del artículo 63 de la Constitución. Con la reforma, el artículo pasó de hablar en términos vagos de la "riqueza artística, histórica y arqueológica del país" a reconocer a los indígenas como individuos.

A El Salvador le tomó 83 años -desde la masacre indígena de 1932- reconocer la existencia de los pueblos originarios. Con 56 votos, el Estado se comprometió con el reconocimiento de los derechos fundamentales de los indígenas, su cosmovisión y su identidad cultural. Sin embargo, hasta la fecha no ha sido más que una declaración de principios. En el primer año, todavía no hay luces para que se cuele la enmienda constitucional. Aunque este gobierno del FMLN, el segundo gobierno de izquierdas en el país, asegura que le apuesta a las raíces, lo formal de esa apuesta -aparte del bono de 200 mil dólares que consiguieron los Tzunhejekat- ha sido que en los actos protocolarios haya niños cantando en náhuat el himno nacional, ceremonias de cambio de estación, bailes en una plaza…

Mientras en Santo Domingo de Guzmán los abuelos han encontrado en el náhuat una vía para recibir ciertos beneficios, Izalco optó por convertir lo originario en un atractivo turístico. En junio de este año, el Ministerio de Turismo y el Instituto Salvadoreño de Turismo inauguraron la remodelación de Atecozol como “centro recreativo y ancestral”. Parte de las mejoras incluyó la remodelación de la figura del indio Atonal para convertirlo en un centro ceremonial en donde se realizan ritos tomados de un cuadernillo que se titula Calendario maya 2015. Atonal no existió. Al igual que Atlacatl, es un mito construido en el siglo XX para sustentar la figura del indígena valiente que peleó contra los españoles. Se dice que fue él quien hirió a Pedro de Alvarado en la batalla de Acajutla. La batalla existió y está documentada en las cartas del conquistador español, pero los historiadores desconocen la identidad del indígena que lanzó la flecha.

Al pie de la estatua del presunto líder indígena hay una rueda con cuatro colores distintos (rojo, blanco, amarillo y negro) y en los extremos de cada uno una base para montar tablas que de un lado tienen deidades mayas y del otro nahua-pipiles. Las modificaciones fueron inauguradas por el presidente Salvador Sánchez Cerén como parte del “rescate de la identidad Náhuatl (sic) pipil de El Salvador”, aunque el resto de atractivos tengan más influencia maya que pipil. Por ejemplo: al costado derecho del centro ceremonial se ha construido un temazcal a escala, como el que se puede observar en Joya de Cerén, en donde se realizan ritos de purificación a grupos de hasta 10 personas. Otro de los atractivos que se construyeron fue una cancha para el juego de pelota maya, que nadie ha usado nunca porque nadie quiere ser parte del equipo.

Campo de pelota maya construido por el Ministerio de Turismo como parte de la remodelación del parque acuático Atecozol, en Izalco. La cancha aún no ha sido inaugurada, nadie conoce la técnica para jugar. 
 
Campo de pelota maya construido por el Ministerio de Turismo como parte de la remodelación del parque acuático Atecozol, en Izalco. La cancha aún no ha sido inaugurada, nadie conoce la técnica para jugar. 

Usualmente las personas que solicitan un rito para “limpiarse” son extranjeros que pagan al menos 10 dólares para tener una ceremonia en la que un hombre conocido como tata Cuyut, purificará de malas energías tanto cuerpo como espíritu. El grueso del pueblo de Izalco es más reacio a estas prácticas, aunque Izalco tiene un gran peso en la historia de pueblos originarios. De un total de 79 mil 959 habitantes, sólo 154 se identificaron como nahua-pipiles en el censo de población de 2007. En evidente contraste, la población indígena del oriente del país reconoce sus orígenes en voz alta. En el municipio de Cacaopera, Morazán, casi 4 mil de sus 10 mil 900 habitantes se reconocen sin estigma alguno como cacaoperas. Fue el municipio a nivel nacional donde más indígenas se registraron.

Al revisar estos municipios y los datos de pobreza, hay una clara relación entre alta incidencia de pobreza y población indígena. El 68.5 % de la población de Cacaopera vive en pobreza, mientras que el 40.9 % de habitantes sobrevive en situación de pobreza extrema, según el informe de 2005 del FISDL. Conforme el tiempo avanza, las condiciones de vida dentro del municipio no parecen mejorar. El almanaque de desarrollo humano de 2009 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ubicó a Cacaopera en la posición número 260 de desarrollo humano del total de 262 municipios.

El centro del pueblo es pequeño, la alcaldía está al lado del mercado y el mercado al lado de la iglesia, y aquí sólo hay una certeza: la persona que sabía más sobre sus orígenes y quien podía hablar con más propiedad del tema ya está muerta. 

La diferencia étnica es evidente aun dentro de las culturas de un país tan pequeño como El Salvador. Uno de los rasgos físicos más evidentes que caracterizan a los cacaoperas es su nariz respingada y de fosas nasales anchas. Quizá, por la similitud que existe entre los habitantes del pueblo, Cacaopera fue el municipio donde más indígenas se registraron a nivel nacional según el censo del 2007. Incluso así, al preguntar a los habitantes que no están vinculados de manera protagónica en las actividades culturales sobre sus orígenes, ellos responden: “el señor que sabía eso ya se murió”.

En 1992 ese señor, Miguel Amaya, fundó el museo Winakirika para rescatar lo que se conoce de la cultura ancestral del pueblo. El museo es, en realidad, la sala de una casa de adobe adornado con una bandera de colores que representan a las organizaciones indígenas de El Salvador y banners que explican el origen histórico de los kakawira, como se conoce a los indígenas de Cacaopera.  Según la División de Pueblos Indígenas de la Secretaría de Cultura, el término con el que se autodenominan los pueblos cacaoperas no es el adecuado. Karla Irigoyen, técnico de esa división, explica: “El término kakawira surge quizá allá por los años 80 o 90, pues fue un término dado por el fallecido líder indígena Miguel Amaya. Sin embargo, el término correcto es pueblo cacaopera”. 

Según Valentín Pérez, guía del museo, la antigua capital de los cacaoperas se conocía como Xualaca. En ese lugar, ahora conocido como Apalipul, hay piedrás de maś de un metro de alto alrededor de la piscina. Están decoradas con trazos blancos como jeroglíficos.  En realidad, fueron pintadas hace poco con pintura blanca y ninguno de los empleados del lugar saben qué significan. La antigua capital del pueblo Cacaopera ahora es un balneario con toboganes de colores y piscinas entre montañas.

Este lugar solía ser la antigua capital de Cacaopera, conocido como Xualaca , y en 2013 se convirtió en un balneario. La administradora de Apalipul cuenta que debajo de esta piscina hubo un río que se secó. Apalipul significa
 
Este lugar solía ser la antigua capital de Cacaopera, conocido como Xualaca , y en 2013 se convirtió en un balneario. La administradora de Apalipul cuenta que debajo de esta piscina hubo un río que se secó. Apalipul significa "piedras en el río del nance". 

El Estado salvadoreño que dice estar interesado en mejorar las condiciones de los pueblos originarios es el mismo del cual se quejan algunos indígenas de El Salvador. “Nos sentimos mal que ni el presidente nos apoya. Yo como no tengo títulos de nada yo puedo hablar sin miedo a la verdad”, dice Guillerma, la nanzin de la Cuna. La misma percepción tiene Alonso García, mayordomo de la cofradía del Padre Eterno de Izalco: “El indígena ha despertado. Sabemos que a diferencia de otros países, aquí sólo quedó en papel la participación del indígena. Sólo quedó para que ellos digan ‘miren, señores de las Naciones Unidas, El Salvador ha reconocido a sus indígenas’”.

Aquel almuerzo en el que Guillerma denunció la falta de apoyo fue en parte organizado por el Fondo de Población de Naciones Unidas. A las 9:15 de la mañana del viernes 13 de noviembre un puñado de organizaciones indígenas de la zona central y occidental de El Salvador se reunieron en la entrada del museo del Parque Arqueológico de San Andrés, en La Libertad. Como si se tratara de una fiesta de cóctel, al encuentro fueron recibidos con un desayuno para ser consumido en mesas altas y pequeñas. Lo que los organizadores aparentemente no calculaban era que las personas de ascendencia indígena son usualmente de estatura baja y, en muchos casos, la altura de la mesa quedaba a la altura de su cuello.

Una de las asistentes que intentó colocar su desayuno en aquellas mesas fue Antonia Morán, del cantón Sisimitepec, en Nahuizalco. Ella y su esposo, Juan Cruz, fueron invitados la misma semana a ese encuentro. “¿Dónde es que estamos aquí?”, pregunta Juan, cuando ve las pirámides, de origen maya. Al encuentro, que iba dirigido solamente para mujeres, han asistido hombres indígenas también. La líder de indígenas canadiense, Judith Clark, pasaba por El Salvador y el secretario de Cultura y la embajadora canadiense querían hacer una celebración en su honor. Al siguiente día, en los medios nacionales se diría que todos los discursos informales, el desayuno y almuerzo constituyeron un encuentro con el objetivo de “ayudar a mejorar los derechos de las mujeres indígenas” y que la agenda estuvo compuesta por temas como “el papel de la mujer indígena local, la experiencia como lideresas, y los retos particulares de cara a la visibilidad de la mujer indígena en la sociedad y su valorización”.

Antonia Morán es una anciana católica que sabe de los retos de las mujeres indígenas. Empezó a usar el traje tradicional de las mujeres pipiles cuando iba a casarse. Juan, su esposo, le regaló dos refajos, y la madre de Antonia le enseñó cómo usarlos. Antonia escucha muy poco. No sabe hablar náhuat, pero sabe cómo hacer la celebración de agradecimiento donde se enciende un fuego y se agradece a los cuatro puntos cardinales. Una celebración que, en principio, es parecida a la de San Simón.

Alrededor de las 10 de la mañana los organizadores invitaron a todas las personas a pasar a la acrópolis de San Andŕés. La acrópolis es ese espacio abierto rodeado por pirámides que se utiliza para hacer ofrendas. Con el cielo despejado y sin ningún lugar para protegerse del sol, los periodistas sacan sus cámaras. El sol quema tanto que los invitados prefieren quedarse bajo una sombra ubicada a 20 metros del sitio de la ceremonia. Unos 10 minutos después llega una de las organizadoras, vestida de pies a cabeza de color crema y con aretes, collar y pulsera de perlas, a pedirles que se retiren de la sombra: “Les voy a pedir que se acerquen para que los filmen los periodistas que ya se tienen que ir”.

Mujeres indígenas se protegen del sol antes de iniciar una ceremonia indígena durante un encuentro en San Andrés. Conforme avanzó el evento, Antonia Morán (la segunda de izquierda a derecha) se descompuso por insolación. 
 
Mujeres indígenas se protegen del sol antes de iniciar una ceremonia indígena durante un encuentro en San Andrés. Conforme avanzó el evento, Antonia Morán (la segunda de izquierda a derecha) se descompuso por insolación. 

Algunos de los asistentes al encuentro, a regañadientes comienzan a caminar bajo el sol, pero ni el secretario de Cultura ni la embajadora ni la invitada especial han llegado. Los indígenas y curiosos esperan bajo el sol. Juliana Ama intenta retener a la gente diciendo que ya van a empezar pero que “no están las autoridades, eso nos indica que todavía no podemos hablar”. De repente, del lado contrario por el que los demás han entrado, y como quien hace una entrada triunfal, aparecen los representantes de la Procuraduría, de la Secultura y la Embajada acompañados por guardaespaldas. Ramón Rivas se coloca dentro del círculo que ya han formado los indígenas y los demás le siguen el paso. La ceremonia empieza y Antonia, la anciana de Sisimitepec, es una de las cinco mujeres que presidirán los agradecimientos al corazón del cielo y el corazón de la Tierra. A las 10:29, y tras varios minutos de espera, la larga exposición al sol ha debilitado a Antonia y una de sus acompañantes la saca del círculo.

Antonia, con su refajo multicolor, una blusa amarilla y manto negro deja de responder las preguntas que sus acompañantes le hacen. Camina unos 15 metros y logra llegar a una excavación de San Andrés que está techada con lámina. Ahí recibe un poco de sombra, pero ya está muy débil. Pierde la fuerza y cae sobre el pecho del hombre que la sostiene. Allá, a 15 metros, sigue una ceremonia que inaugura el encuentro que, según sus objetivos, reivindicará a la mujer indígena. Antonia vomita el desayuno que les han dado, y los invitados de honor, respetuosos, siguen absortos en la ceremonia. Para ver que algo pasaba con Antonia bastaba con volver el cuello. Pero por ahora, ninguno de los organizadores de la ceremonia ofrece ni una botella de agua ni se mueve para llamar a alguien para cargarla hacia un lugar con más sombra. Los periodistas que cubren el acto y que graban cómo cantan en náhuat no ven a Antonia, aunque está justo detrás de ellos. Esta parte de ser indígena no es muy atractiva.

Cuando Antonia intenta pararse de nuevo, su refajo se ha aflojado. Comienza a caerse, se desliza y solo antes de que llegue al suelo sus acompañantes logran detenerlo. Unos 15 minutos después un hombre indígena la carga en sus brazos y la saca del parque y le compran un coco. Una hora más tarde los organizadores clausuran el encuentro con un almuerzo. 


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