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Elecciones 2014: la batalla por Washington

Héctor Silva Ávalos

 
 

Los partidos políticos salvadoreños han empezado a dibujar, con más o menos profunidad y recursos, sus estrategias para conquistar el favor de Washington en sus caminos a la presidencial de 2014. Eso, en esencia, significa que los colaboradores, cabilderos y enviados de las fórmulas presidenciales de ARENA, FMLN y, sí, de Antonio Saca, han empezado a buscar los oídos de congresistas, académicos y políticos de Washington con el fin de crear narrativas favorables a sus intereses. En inglés, el ejercicio se llama “spinning” y consiste en destacar los méritos políticos, silenciar las dudas alimentadas por los opositores y, por supuesto, destacar todos los errores de los adversarios.

El cabildeo pre-electoral, que no es igual al esfuerzo de los gobiernos de turno por crear narrativas políticas a través de los canales diplomáticos formales, suele ser complejo y se desarrolla en dos niveles: los pasillos del poder político estadounidense, donde el objetivo último es convencer a aquellos que por una razón u otra ponen atención a Centro América y El Salvador de que la victoria de X o Y en las presidenciales es “en el mejor interés de los Estados Unidos”, y entre la heterogénea comunidad de líderes salvadoreños, donde los candidatos y partidos buscan fondos y trabajo de base.

Para acceder a los representantes del poder político hay ya fórmulas y métodos no escritos, reglas prácticas utilizadas y, digamos patentadas, por los cabilderos –“lobbysts”- nativos, los mismos que forman parte del paisaje cotidiano en esta ciudad donde los hilos de la política se mueven en una compleja madeja de dinero, relaciones personales y corporativas y, muy importante en el caso de América Latina, connivencias ideológicas.

Ese manual no escrito, en el caso de El Salvador, tiene tres reglas esenciales, de las que se han desprendido moralejas prácticas para los “spinners” salvadoreños en los últimos años:

1. El Salvador era importante en los 80, cuando todo Washington ponía atención; hoy, en general, Centro América y sus países están al final de la lista de prioridades políticas de la ciudad, por lo que debe partirse de lo básico: la primera batalla es lograr la atención de quienes dejaron de escuchar hace un buen rato, y la mejor forma de hacerlo es, siempre, destacando qué ganancia política puede haber para el interlocutor al apoyar una causa u otra. El tiempo de las batallas románticas pasó.

Esto, por supuesto, aplica a cualquier tipo de cabildeo, no solo al electoral. Un buen ejemplo es el juicio en Boston contra Inocente Orlando Montano, acusado de participar en la masacre de los jesuitas, por fraude migratorio. Este caso, en que los gestores del cabildeo en Washington no son salvadoreños sino organizaciones locales de derechos humanos que han empezado a hablar en los pasillos políticos en pro de una gestión de la administración Obama para extraditar al militar a España, ilustra cómo el argumento hace énfasis en la frase atractiva y comprometedora para la política local más que en un principio político, jurisdiccional, legal o ético: la línea principal de los cabilderos pro extradición pasa de puntillas por temas como la justicia universal o la jurisdicción transversal en casos de crímenes de lesa humanidad y se concentra, de manera más simple, en recordar a la Casa Blanca de Obama que se comprometió a no permitir la estancia de supuestos violadores de derechos humanos en suelo estadounidense. Si el caso Montano o el caso jesuitas llegasen a adquirir importancia aquí sería por sus implicaciones para una política específica de esta administración y no por los ecos mismos de la masacre. En el caso de la política electoral salvadoreña aplica lo mismo: el argumento suele estar y estará, lleno de guiños a la agenda específica de los interlocutores: la derecha hablará de libertades económicas, de ambiente pro-negocios y de chavismo, los tres caballitos de batalla del partido y lobby republicano latinoamericanista, aliado tradicional de ARENA y, a pesar de todo, de Saca; la izquierda, mientras, es previsible, abundará en crear símiles entre su gestión y la de Obama, sobre todo en tema del gasto social. En ambos casos, si un líder político en Washington se decide a apoyar en público una opción u otra, será por la posibilidad de decir “apoyo esto porque va en mi línea de ser pro esto o anti lo otro, tal como me lo pide mi electorado”.

2. Es esencial encontrar al interlocutor adecuado. Hay una frase de un asesor del Senado que lo resume: “Un senador, si le interesa, te recibirá 10 minutos y te sonreirá. Sí, es importante hablar con el senador, pero es más importante hablar con el asesor que le dirá qué decir sobre el tema del que le estás hablando”. Aquí el asunto se vuelve más personal y pasa por tener acceso al teléfono, a un café o un almuerzo, con ese asesor. Un ejemplo: cuando en el verano de 2012 el gobierno FMLN-Funes apoyaron la segunda elección de Corte Suprema por la misma legislatura (la 2009-2012) y desoyeron los fallos de la sala de lo constitucional vigente, la derecha, ARENA en este caso, creo en Washington la siguiente narrativa: el gobierno de izquierda quiere, al acudir a la corte centroamericana, “orteguizar” y “chavizar” la política salvadoreña. El cabildeo de la derecha entró a través de uno de los asistentes del Senador (retirado) Dick Lugar de Indiana; fue el asistente quien introdujo el tema en un evento público, quien elaboró los puntos de conversación del Senador Lugar y quien puso el tema en otras oficinas del senado. Después de eso, no faltó mucho para que los senadores Bob Menéndez y Marco Rubio firmaran e hicieran público un documento cuestionando la intromisión de la corte centroamericana. Sin ese asistente legislativo es probable que la operación política no hubiese existido. En general, los cabilderos saben que, además de un puñado de asesores interesados en el tema centroamericano-salvadoreño, su otro puerto de entrada son los tanques de pensamiento, los cuales, sin embargo, son menos efectivos en términos políticos porque su capacidad de gestión de apoyos es más limitado por la misma naturaleza académica de su actividad.

3. Nunca, nunca se desprecia la ideología. Que el interés por El Salvador haya tenido su apogeo en los 80 por el contexto de guerra civil en nuestro país y de Guerra Fría en el mundo, y que muchos protagonistas en Washington sean los mismos hoy ha tenido varias consecuencias y quizá la más importante es que la falta de atención tras el Acuerdo de Paz ha provocado que el análisis esté anclado en el sistema de valores de esos años: en esta ciudad la contrainsurgencia, revitalizada por la doctrina de la seguridad nacional post 11S y el surgimiento del chavismo en Venezuela, sigue dictando enfoques, aproximaciones e incluso políticas públicas. Las razones de esta nostalgia son varias y complejas: van desde la falta de nuevos referentes teóricos y reales que sustituyan primero el maniqueísmo reaganita respecto a Centroa América y luego la verdad absoluta de la reforma estructural parida en el consenso de Washington; la política de cuidar al activo político amigable en el extranjero, sin que en algunos casos importen demasiado sus credenciales democráticas o de transparencia (recuérdese la famosa referencia a Somoza: es un hijueputa pero es nuestro hijueputa); y, diría, el inmenso poder de una burocracia diplomática reticente a aceptar nuevos paradigmas. En la historia reciente de la región el ejemplo más evidente del lastre ideológico es el golpe de Estado en Honduras: mientras el lobby republicano, empujado por la influencia de los políticos cubano-americanos obsesionados con la influencia de Chávez en Mel Zelaya, se niegan aún a reconocer el oscuro rol de las élites hondureñas y el narcotráfico en la crisis política de ese país, el lobby demócrata más liberal es muy reticente a reconocer los pecados de Zelaya; al final, en términos de política exterior, lo que ese choque ha significado en la práctica es que Washington haya sido muy lento y torpe al responder a las crisis hondureñas que los involucran directamente, como en el caso del polémico papel de la DEA en acciones antinarcóticos que han provocado más de una muerte en suelo hondureño.

Atraer atención. Buscar el mecenas adecuado. Y encontrar la línea ideológica capaz de generar acciones de apoyo al programa propio o de ataque al del enemigo. Esas las claves más evidentes del manual en esta batalla de Washington que los aspirantes salvadoreños ya empiezan a dibujar o, incluso, a operar. Los guiones, aun hoy, aparecen ya con alguna claridad o empiezan a ser previsibles.

El FMLN buscará relativizar la narrativa antiestadounidense que la derecha se esfuerza en construirle vía la vieja imagen de las banderas quemadas y las constantes alusiones a ALBA. La primera incursión del candidato presidencial en Nueva York, donde un político local en Long Island terminó renegando de la visita tras presiones de grupos de presión de la derecha local, no fue un gran inicio. Hoy, parece, la mejor apuesta es acudir a esos interlocutores en Washington que, gracias en parte a la narrativa de moderación ideológica que la administración Funes logró construir en la ciudad, no solo tienen oídos para el discurso de las banderas. El candidato es, de hecho, el prinicipal obstáculo para los cabilderos de la izquierda. Sus ventajas: Obama ganó y, a pesar del escepticismo de muchos liberales en Washington, sus equipos latinoamericanos pueden ser menos susceptibles a los reclamos de las derechas local y salvadoreña.

ARENA es un viejo conocido de republicanos y demócratas. Desde su enfrentamiento público con Fidel Castro en la Cumbre Iberoamericana de Panamá en 2000, Francisco Flores es una especie de gurú para muchos latinoamericanistas conservadores en la ciudad. El ex presidente tiene buenos amigos en los tanques de pensamiento conservadores, una amplia agenda de asesores legislativos que le contestan llamadas y es, quizá, quien mejor aprendió las reglas del cabildeo (su administración pagó buen dinero para llevar adelante la negociación por CAFTA). Pero aquí hay serias dudas, incluso entre los mejores amigos de ARENA, de las posibilidades reales que Norman Quijano tiene de ganar y del compromiso de las élites salvadoreñas con el candidato. Sí, en el imaginario conservador de la ciudad ARENA sigue siendo el mejor representante del ideal geopolítico reaganita y de los postulados de menos-estado-más-mercado que han vuelto a ganar terreno en el partido republicano, pero, a pesar de eso, la percepción de que el viejo aliado ha perdido su pujanza y no encuentra la salida a la crisis generada por el factor Saca y la pérdida electoral de 2009 pueden ser un lastre inmenso. Y, otra vez, este es el Washington de Obama.

Y Saca. Este ex presidente encontrará sus mejores aliados entre los neoconservadores, el círculo de George W. Bush que lo recuerda como el hombre que puso tropas en Irak. Es decir, un pragmático. A Saca le ha afectado, sí, la narrativa de poca transparencia y oportunismo político que cabilderos salvadoreños y estadounidenses le han construido tanto en Washington como desde la embajada en San Salvador. En los círculos más conservadores de la ciudad, que otrora lo acogieron como un arenero menos puro pero de derecha al fin, no cayó bien el acercamiento de Saca a la administración Funes: en estos círculos el ex presidente es visto ahora como un hombre sin firmeza ideológica, algo que puede ser muy difícil de manejar sobre todo si el lobby cubano-americano de Florida -aliado de Saca en su quinquenio- lo interpreta como una señal débil respecto al ALBA. Sin embargo, la ductibilidad del saquismo, en discurso y en práctica política, también puede vestirse aquí de centrismo, y esa idea, sobre todo después del segundo triunfo de Obama, sí vende bien. Difícil será también para esta narrativa contrarrestar la imagen de corrupción asociada a algunos hombres importantes durante el quinquenio Saca 1 y alimentada desde algunas agencias policiales en Estados Unidos.

Por primera vez Washington se enfrenta, en el caso de El Salvador, al escenario de tres corredores en una carrera tradicionalmente reservada para dos. El mapa de cabildeo es, por eso, más complicado, pero, en esta batalla por Washington, ya las piezas empiezan a llenar el tablero.

*El autor es Investigador Asociado del Centro de Estudios Latinoamericanos de la American University en Washington, DC, y miembro de la junta de asesores del Center for Democracy in the Americas.


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