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Obama después del triunfo: la agenda latinoamericana

Héctor Silva Ávalos

 
 

Obama ganó. Y como los últimos tres demócratas que han corrido por la presidencia de los Estados Unidos, Obama ganó con más de 300 votos electorales, una ventaja cómoda, que terminó echando al traste las predicciones de un resultado reñido ante Mitt Romney y hundió al partido Republicano en la crisis de identidad más importante desde que Ronald Reagan redefinió el ideario conservador en los 80. Y como lo hizo en 2008, Obama se llevó los estados de Florida, Nevada, Colorado y Virginia, importante logro del Presidente número 44 porque consolidó a estos estados indecisos como territorio demócrata, gracias en gran medida al apoyo de sus crecientes comunidades latinas. Está dicho que los latinos empujaron a Obama a la reelección; ¿pero qué significa eso en términos de políticas públicas y –yendo a lo específico– qué significa para las comunidades salvadoreñas en esos estados que adquirieron más relevancia electoral, como Virginia?
¿Pasará Obama la reforma migratoria con una versión que allane el camino a la regularización migratoria para los indocumentados? ¿Pararán o al menos disminuirán las deportaciones? ¿Cuál será, en el futuro, la relevancia política de los salvadoreños en ese escenario de bonanza que los analistas en Washington pintan para los latinos?

Gilberto Zelaya llega de prisa al centro de veteranos de Silver Spring en el sur de Maryland, donde había funcionado por poco menos de un mes un centro de votación adelantada. Tiene pocos minutos antes de coger su carro de nuevo para viajar a Rockville, 6 millas al norte, y empezar a contar los votos ya emitidos en el condado de Montgomery, uno de los suburbios más grandes y con mayor diversidad étnica y socio-económica del área metropolitana de Washington, DC, la capital. Son las 11 de la mañana del 5 de noviembre, un día antes de la elección presidencial en Estados Unidos.
Zelaya, un neoyorquino de origen salvadoreño, ha vivido en Maryland casi toda su vida adulta. Esta es la segunda elección en la que sirve como jefe distrital de la autoridad electoral del estado. De su portafolio de plástico negro saca dos sobres:
“Estos son votos adelantados, que la gente manda por correo. Fíjese en lo más interesante…”, pide mientras su dedo índice recorre el sobre blanco hasta detenerse en las coloridas estampillas postales en la esquina superior derecha. República de El Salvador, América Central, se lee. “Son los votos de mis padres. Ellos tienen ya un rato que viven seis meses aquí, los de calor, y los seis meses de frío allá. Y votan, saben que su poder en este país es el voto”, suelta Zelaya sin disimular su orgullo de hijo, de funcionario latino en un condado que sirve de hogar a cerca de 160,000 salvadoreños según datos del Pew Hispanic Center para 2010.
“Es muy difícil decir cuántos salvadoreños votarán en este condado o en Maryland, porque por ley del estado ningún funcionario está autorizado a preguntar el origen de las personas, pero sí te puedo decir que la influencia del voto latino aquí es más importante en cada elección, y en este condado la mayoría de los latinos son salvadoreños”, explica Zelaya.
Si se la ve en un mapa electoral, el área metropolitana de Washington, de la que la ciudad de Silver Spring en el condado de Montgomery es parte, es azul. Totalmente azul. Lo que en el lenguaje político visual en Estados Unidos significa profundamente demócrata; más aún: muy liberal en términos sociales, raciales y religiosos. En Montgomery, Obama terminó ganando por 175,553 votos, con una relación de casi 2 a 1 sobre Romney.
Si Maryland es un estado azul por descontado, en Virginia, el otro estado vecino del Distrito de Columbia, hay otra historia; lo que ahí pasó refleja qué tan profunda fue la derrota republicana en términos étnicos y demográficos.
La mancomunidad de Virginia, al sur de la capital de Estados Unidos, es la frontera tradicional entre el sur republicano y el noreste demócrata. Obama se llevó el estado en 2008, y volvió a agenciárselo este año. Antes, y sobre todo en elecciones por autoridades locales, el mapa bicolor de este estado había sido de tonos más rojos, el color atribuido al partido republicano. Desde la frontera con Carolina del Norte, territorio ya republicano sin equívocos, hasta el condado de Prince William, ya muy cerca de Washington, Virginia es roja, a excepción de Richmond, la capital estatal, donde el voto afroamericano coloreó una bolsa azul. Pero fue en el norte, en los condados de Arlington, Fairfax y Alexandria, de los más poblados del estado y hogares de la mayoría de los 130,000 salvadoreños que viven aquí según el censo de 2010, donde se definió el sino electoral de la mancomunidad: Obama, 50.8% del voto; Romney, 47.8%, lo que dio al demócrata 13 votos electorales en un estado que era indispensable para su victoria.
“Virginia nunca fue un estado seguro para los republicanos, pero hoy, después de esto, es menos seguro que nunca, creo que no es arriesgado decir que, por el ritmo de crecimiento de los latinos, este estado que siempre fue más bien republicano se convertirá en un estado que siempre será reñido, pero hoy será más bien de tendencia demócrata”, me dijo un miembro del partido republicano, ex funcionario en el Senado, quien pidió no ser citado con nombre para hablar más abiertamente de las implicaciones que la derrota tendrá en su partido.
Como Virginia, Romney volvió a perder ante Obama otros estados de fuerte influencia latina que ya había perdido el Senador John McCain, contendiente presidencial republicano en 2008: Florida, Colorado y Nevada. En Florida, además, los republicanos perdieron la mayoría del voto cubano-americano de Miami-Dade, que había marcado antes por candidatos conservadores a los que entendían más cercanos en sus posiciones respecto a Cuba y al régimen de los hermanos Castro.
Al final, la forma en que los estados adquirieron su color, rojo o azul, y cómo los latinos contribuyeron a colorearlos de uno u otro tono, permite ya dibujar escenarios sobre los cambios previsibles en políticas públicas como la reforma migratoria y la política exterior hacia América Latina, pero también en las mentalidades de los dos grandes partidos políticos de la Unión Americana.
La reforma migratoria después del ruido
En Nevada y Colorado fueron los mexicanos. En Maryland y Virginia los salvadoreños. En Florida, los cubanos. En total, el 71% de los latinos le dieron sus votos a Obama, sobre todo en estados que por no estar definidos para uno u otro partido (Como California y Massachusetts lo están para los demócratas o Texas y Oklahoma para los republicanos) son fundamentales en el resultado final de este sistema definido por colegios electorales. De eso, de la influencia indiscutible del voto latino, se habla aquí desde la noche misma en que Obama ganó su reelección –“Romney se auto-deportó de la Casa Blanca”, dijo en CNN Ana Navarro, una reconocida analista republicana de Miami en referencia a los comentarios antiinmigración que el contendiente republicano hizo en las primarias de su partido–; y de sus repercusiones reales en las políticas públicas hay señales que surgen rápido en el mapa político de Washington: a pocos días de la elección, luego que el presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner, se pronunciara a favor de empujar la discusión sobre la reforma migratoria integral en el Capitolio, los senadores Lindsey Graham (republicano de Carolina del Sur) y Charles Schummer (demócrata de Nueva York) retomaron una propuesta de reforma que languideció muy temprano en 2009, durante los primeros meses del primer periodo Obama, ante la férrea oposición republicana y la decidida indiferencia del Presidente.
Otro ex funcionario republicano, que también pidió hablar sin ser identificado, lo resume así: “hoy el partido debe enfrentarsea sí mismo y entender que este no es ya un país blanco, si no resolvemos temas como el voto latino o nuestro enfoque sobre la reforma migratoria nos quedaremos siendo un partido de hombres blancos del sur… y no podremos ganar la presidencia”, dice.
Antes de la elección, Peter Hakim, un respetado latinoamericanista en Washington y presidente emérito del Diálogo Interamericano, hacia esta predicción: “Si Obama gana Nevada, Arizona, Nuevo México, Florida y Virginia, todos estados con importantes poblaciones migrantes, y Carolina del Norte vuelve a los republicanos, entonces creo que podemos ver un cambio en torno a la política migratoria en ambos partidos… De cualquier manera creo que será más fácil para Obama procurar un cambio en este tema.” Ese escenario, al final, se dibujó en el mapa electoral, y el mismo Presidente hizo del migratorio uno de los temas en el discurso de aceptación que pronunció en Chicago. A una semana de la elección, ya las trompetas suenan a favor de la reforma. Algunos analistas y la posición misma de los republicanos, empero, sugieren cautela, sobre todo porque antes de que cualquier discusión florezca en el Congreso no parece probable que el intenso ritmo de las deportaciones establecido por Obama en su primer periodo disminuya.
Boehner, quien al decir de medios de prensa como el Washington Post y el Wall Street Journal es ahora el republicano más influyente del país, ha cambiado posición respecto a la reforma: de negarse a discutirla ha pasado a estar “abierto a hablar sobre un problema que tenemos que solucionar de una vez por todas”; pero, desde el principio, se aseguró de dejar claro que no está pensando en una amnistía que garantice el camino a la ciudadanía para los 11 millones de indocumentados que viven aquí y que “asegurar la frontera” es fundamental. Lo último ha significado, sobre todo en la administración Obama, cifras récord de deportaciones. Graham y Schummer hablan en los mismos términos.
El ex funcionario republicano consultado para este análisis prevé una apertura importante en el Senado y en el liderazgo del partido, pero pronostica un camino muchísimo más difícil en la Cámara Baja.
- Boehner ha abierto la puerta a la reforma, pregunto.

- Quienes pueden apoyar la reforma hoy tienen un argumento electoral y político: si el partido no cambia su enfoque en esto le está cediendo a los demócratas una minoría que será mayoría tan pronto como 2035 en muchos estados, pero en la Cámara hay muchos congresistas republicanos que no se querrán comprometer con nada que tenga que ver con la reforma

- ¿Por la clientela política que deben atender?

- Tienes que entender que hay muchos lugares en Estados Unidos donde hay una clientela republicana que le tiene miedo a lo que se ha dado en llamar la hispanización de la sociedad.

- ¿Miedo a qué?

- A diferencia de migraciones anteriores, como las asiáticas o incluso las europeas, en que los migrantes estaban restringidos a zonas geográficas, a los Chinatowns y los Little Italy, la migración hispana ha sido transversal geográficamente y ha tenido una influencia cultural mucho más grande: en las costas se habla español en casi todos lados… Es irónico, porque se ha alimentado un miedo a nivel macro, pero en las comunidades la convivencia es más fluida…
Eric Hershberg, director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la American University, coincide en que durante un buen tiempo la narrativa republicana, y de analistas conservadores no partidarios, alimentó el miedo y el odio. “Los resultados electorales van a forzar un cambio en el tema migratorio, pero eso no significa que no habrá conflictos en el seno del partido republicano, entre un grupo que la puede apoyar con el argumento de que favorece a gente trabajadora, temerosa de Dios, y de que la frontera ya está controlada, y un grupo que la seguirá viendo como una forma de favorecer a una América no-blanca que ha violado la ley”.
Del lado demócrata, los voceros más combativos de la reforma, como el representante de Illinois Luis Gutiérrez ya pidieron públicamente a Obama que haga de la reforma integral la prioridad de su agenda legislativa. “La reforma debe ser prioritaria porque es la lucha de derechos civiles más urgente de nuestros tiempos”, escribió Gutiérrez en el Washington Post.
En 2006, Demetrious Papademetrious, dirigente del influyente Instituto de Políticas Migratorias de Washington, me dijo, en el marco de la discusión sobre reforma migratoria que impulsaban entonces los senadores Ted Kennedy (demócrata de Massachusetts) y McCain (republicano de Arizona), que nada pasaría si el Presidente George Bush no invertía suficiente capital político en ella. Bush invirtió capital entonces, pero no le alcanzó, debido a la férrea oposición que encontró en su partido y también entre senadores demócratas como el de Illinois, Barack Obama, quien se opuso a la medida para satisfacer a su propia clientela política entonces, los sindicatos. En 2012, según Peter Hakim, el compromiso de la Casa Blanca sigue siendo indispensable: “Nada pasará si no hay interés personal del presidente”.
Cuba, América Latina, El Salvador.
Las sillas se amontonan recostadas en la pared entre las dos grandes puertas de madera por las que se entra a la sala de audiencias del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de los Estados Unidos, en la cuarta planta del edificio de oficinas Dirksen, uno de los que sirve a la cámara alta al costado este del Capitolio. Es un lugar común: luego de una elección, los pasillos de estos edificios se llenan de muebles, de los que se van porque perdieron y de los nuevos que llegan. El interior de la sala de audiencias es, en estos días, un esqueleto de madera sin alfombras, sujeto a renovación. En este cuarto, el año pasado, se vio confirmada la embajadora Mari Carmen Aponte como jefa de misión diplomática en El Salvador después de un crudo pleito legislativo que la puso en medio de los senadores Robert Menéndez (demócrata de Nueva Jersey), quien era su principal valedor, y Jim DeMint (republicano de Carolina del Sur), su principal detractor, y en medio de un capítulo más de la narrativa política que ha marcado el enfoque político del congreso de los Estados Unidos a América Latina con tonos heredados de la Guerra Fría y la bipolaridad que empezó a morir a finales del siglo pasado en el resto del mundo. DeMint revolvió viejas acusaciones contra Aponte por una investigación desechada por el FBI en la que se la relacionó con un cubano.
En las recientes elecciones presidenciales en Estados Unidos también se jugaban puestos en el Senado y en la Cámara de Representantes. Todos los resultados, desde los que atañen a la Casa Blanca hasta los que resuenan en edificios como el Dirksen, podrían, al decir de algunos analistas, modificar de alguna manera las aproximaciones políticas de Washington a nuestra parte del mundo.
Por ahora, en los pasillos del Senado, ronda la especulación sobre el posible nombramiento de John Kerry, demócrata de Massachusetts y ex candidato presidencial, como Secretario de Defensa o como Secretario de Estado en sustitución de Hillary Clinton, a quien ya los medios perfilan como pre candidata presidencial para 2016. Si Kerry se va tocaría a Menéndez, por antigüedad, sucederlo al frente del poderoso Comité de Exteriores del Senado. El senador de Nueva Jersey es progresista en temas sociales, pero muy conservador en temas de política exterior: “Para apoyar la agenda de Obama desde el comité, si queda ahí, Menéndez pondrá como condición que Obama no se mueva un ápice en su política hacia Cuba, que mantenga el embargo y que no flexibilice su posición respecto a La Habana y los países Alba”, me dijo un asistente legislativo cercano al Comité de Exteriores.
Menéndez ha sido, también, uno de los Senadores que ha estado pendiente de Centro América y El Salvador. Fue él quien firmó, junto al republicano Marco Rubio de la Florida, una carta para expresar preocupación por la crisis de poderes en El Salvador en agosto de 2012. Hasta esas dos oficinas, las de Menéndez y Rubio, han llegado también lobistas de la calle K a exponer casos como el de la minera Pacific Rim para pedir a los senadores que intervengan ante el gobierno de Mauricio Funes en el pleito que la compañía canadiense ya perdió en varias instancias legales. La comunicación del senador de Nueva Jersey con la embajadora Aponte, además, es fluida. Todo eso hace pensar que, de llegar a la silla, Robert Menéndez tendrá renovada influencia en temas centroamericanos y salvadoreños, una que tendería, en temas geopolíticos, a favorecer más a la derecha.
En la Cámara Baja las cosas también cambiarán. Ileana Ros-Lethinen, la influyente representante cubano-americana de la Florida, vocera del más ferviente anticastrismo y de muestras constantes de repudio a los gobiernos de la esfera Alba, dejará la presidencia del Comité de Exteriores de esa cámara: aunque su silla en el congreso no estuvo en disputa en la pasada elección, ella tendrá que dejar la presidencia del comité por un límite de tiempo impuesto por el partido republicano a sus congresistas. El sucesor natural de Ros-Lethinen era Connie Mack, también de la Florida, sin embargo, este representante buscó una silla en el Senado y perdió, con lo que ha quedado definitivamente fuera de Capitol Hill. Las presidencias de los comités tocan a los republicanos, quienes mantuvieron mayoría en la Cámara de Representantes, y según los nombres que se bajaran en los pasillos, es Ed Royce, de California, quien tiene más posibilidades de quedarse en el puesto de Exteriores. Esto implicaría, dice un ex funcionario del Ejecutivo de George Bush, que el enfoque de la Cámara Baja seguirá siendo conservador, pero puede empezar a dejar de estar centrado solo en Cuba.
En este escenario, al final, como dice el analista Peter Hakim, mucho dependerá de lo que el Presidente Obama decida hacer en su segundo periodo. “Obama podría tener la oportunidad de cambiar la política hacia Cuba si gana… podríamos ver una flexibilización real de las restricciones hacia Cuba.”
“El tema de Cuba será tan grande como la administración quiera que sea. Hay muchas variables políticas, por ejemplo, si el proceso de negociación con las Farc es exitoso, eso podría darle más aire a Obama y Cuba podría beneficiarse”, dice una asistente legislativa del partido demócrata
Y el ex funcionario republicano remata: “Se dice que los presidentes ocupan el segundo periodo para hacer política exterior, porque tienen menos restricciones. Yo creo que Obama ha ganado con suficiente holgura como para satisfacer a su base más liberal en el tema de Cuba. Además, los cubanos de Florida son hoy tercera generación y son menos radicales en esto.”
Podría haber, se percibe, algún cambio en los matices, pero, al decir de todos los entrevistados, tendrán que ver con el tema cubano y muy poco contras agendas en América Latina. En la parte de ese discurso que tiene que ver con Centroamérica, con las izquierdas y derechas en la región, todo seguirá, advierte un ex asistente legislativo demócrata, dominado por la inercia. “El Departamento de Estados es una máquina gigantesca y lenta. Si el próximo Secretario de Estado se compromete respecto a Cuba, eso influirá en la visión hacia Venezuela, y eso, al final, también puede influir en la visión sobre América Central; pero te digo que, al no ser prioridades de política exterior, estos temas han estado dominados por burócratas que siguen viéndolo todo en blanco y negro”, explica.
El tema del narcotráfico, otro de los que pueblan las conversaciones políticas entre Washington y Mesoamérica, no aparece en los análisis, o aparece muy poco. La conclusión es, también, que poco cambiará. “Nada. El enfoque en el tema de la guerra contra la droga será igual, poco a poco hay una tendencia aquí a introducir temas como la prevención y la sociedad civil en esta narrativa, pero el enfoque será el mismo”, advierte un asistente legislativo demócrata.
La identidad republicana
De vuelta a los mapas de la elección, y a como terminaron pintados, a quiénes terminaron pintándolos de azul o rojo. Y de vuelta al mapa del voto latino, y a los referentes políticos que los latinos están llevando a puestos de elección pública en condados, estados y en el gobierno federal.
Queda claro, por los resultados, que es el Grand Old Party, como también se conoce al partido republicano, el que está en la encrucijada. “El partido de Lincoln, el mismo que abolió la esclavitud, no ha entendido, no sabe qué hacer con las minorías. Seguimos pensando que este es un país blanco, y creemos que la mejor aproximación a los latinos, por ejemplo, es nombrarlos blancos honorarios, que es lo que hemos hecho con gente como Marco Rubio o Ted Cruz (senador republicano por la Florida del primero, mencionado además como potencial vicepresidenciable para 2016; senador cubano-americano ultraconservador por Texas el segundo). Debemos resolver eso”, advierte el analista del partido republicano.
El profesor Hershberg, de la American University, dice que los republicanos y la campaña de Romney creyeron que si vendían con suficiente fuerza los fracasos de Obama, los latinos no votarían por él. “Pensaron que se trataba de vender mejor las posiciones del partido a los latinos, pero no era así, los republicanos habían vendido muy bien sus posiciones a los latinos, pero no se las compraron”. Este catedrático advierte otra cosa: “el latino vota como el negro, es decir, puede votar por un candidato blanco o por uno negro si es este quien le ofrece lo que quiere, y lo que el latino quiere son soluciones migratorias y sociales”.
El caso de Ted Cruz, hijo de un migrante cubano y favorito del ultraconservador Tea Party, es un buen ejemplo de esta tesis, según la cual no basta nominar a un latino para ganar el voto de los latinos. Cruz ganó en Texas por un cómodo margen de 16 puntos a su contrincante, un demócrata anglosajón. Sin embargo, al ver el voto por origen étnico, los latinos votaron más por el contendiente que por Cruz.
Barack Obama logró el 71% del voto latino, algo solo superado por Bill Clinton en 1996, y suficiente para encender las alarmas en el partido republicano. “Se viene una guerra sangrienta en ese partido alrededor de estos temas”, advierte Hershberg. Los números, pero también las palabras de alarma que llegan de líderes más progresistas en temas latinos e incluso de política exterior dentro del partido republicano, son los que hoy alimentan los análisis optimistas para lo que el funcionario republicano llama la América no blanca.
Y en aquellos condados del sur de Maryland o el norte de Virginia, donde el voto salvadoreño empieza a ser decisivo, la importancia política de esa comunidad es ya incuestionable entre los políticos locales. Después de todo, como me dijo Gilberto Zelaya, el neoyorquino de origen salvadoreño que es funcionario electoral en el sur de Maryland, “crealo cuando le dicen que en este país el voto es un arma importante”.


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