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“No creo que hubiera otra opción que dialogar con las pandillas”

El encargado de supervisar el proceso de negociación con las pandillas asegura que la Organización de Estados Americanos estuvo implicada desde el inicio, y que la solución dialogada parecía inevitable. Afirma, además, que el presidente Funes ya ha aceptado hacer oficial el diálogo al nombrar a Munguía Payés para que le represente en la comisión técnica.

José Luis Sanz / Fotos Pau Coll

 
 

El Secretario de Seguridad Multidimensional de la OEA, Adam Blackwell (izquierda) visitó El Salvador la semana pasada para participar en un acto de destrucción de armas de fuego junto al Ministro de Defensa, Atilio Benítez Parada (centro).
 
El Secretario de Seguridad Multidimensional de la OEA, Adam Blackwell (izquierda) visitó El Salvador la semana pasada para participar en un acto de destrucción de armas de fuego junto al Ministro de Defensa, Atilio Benítez Parada (centro).

Adam Blackwell es un hombre práctico. De los que buscan soluciones técnicas y de corto plazo mientras otros debatimos qué es lo moralmente correcto y no queremos dejar de lado los posibles efectos secundarios de una decisión. Por eso es el aliado perfecto para los protagonistas de la negociación entre el gobierno salvadoreño y las pandillas Mara Salvatrucha y Barrio 18, proceso que seis meses después de hacerse público ha reducido los homicidios en dos tercios pero despierta todavía dudas y debates entre amplios sectores de la sociedad.

Para este diplomático canadiense, de amplia experiencia en procesos de diálogo y desarme en África, el debate sobre la negociación termina donde empiezan sus resultados. Asegura que en noviembre de 2011 El Salvador parecía condenado a seguir hundiéndose en una piscina de sangre y que la intención del ministro David Munguía Payés era agravar el problema enfrentando frontalmente -con lógica militar- a las pandillas. Sugiere que él tuvo parte de culpa en que el ministro cambiara de opinión y entendiera que el diálogo con los líderes de la MS-13 y Barrio 18 era la única solución razonable. En su relato del proceso que vendría después, la Organización de Estados Americanos tiene un papel mucho más protagónico del que hasta el momento se le ha atribuido.

En cuanto al futuro, pide paciencia pero se muestra optimista. Asegura que el presidente Mauricio Funes está apoyando el proceso de diálogo con más firmeza de la que aparenta y que ya ha aceptado que el Ejecutivo se incorpore a la mesa oficial de mediación que Raúl Mijango y ambas pandillas solicitan desde hace tres meses: “Respondió a mi exhortación y ha nombrado formalmente al ministro (Munguía Payés) como enlace (en la comisión técnica). Mirá... él está reconociendo la realidad y apoyándonos.”

¿Cómo se involucró exactamente la OEA en este proceso y con qué información partían?
En la asamblea general de la OEA que se celebró aquí en junio de 2010 ofrecimos hacer un diagnóstico profundo del sistema de seguridad de El Salvador, de los 17 subsectores del sistema, que incluyen el sistema penitenciario, reinserción, prevención, seguridad pública, etcétera. Y lo hicimos. Y el secretario general se lo presentó al gabinete de Seguridad, al presidente, a Hato Hasbún... dos semanas antes de que cambiaran al ministro (en noviembre de 2011). Yo estaba en un avión, volando hacia acá para presentarle ese diagnótico a Manuel Melgar y tener un diálogo más profundo con los distintos actores cuando cambiaron al ministro, y decidí volver a Washington. Desde ese punto de partida, la Secretaría de Seguridad Multidimensional, con el apoyo del secretario general (José Miguel Insulza), empezó a trabajar con el gobierno para buscar solución a los problemas más preocupantes. Y una de las cosas de las que nos dimos cuenta -no tienes que ser brillante para eso- es que había hacinamiento en los centros penales y una guerra contra 60 mil pandilleros en un país de 6 o 7 millones de habitantes, con instrumentos -Policía, sistema judicial...- que no eran los más fuertes del mundo. Y veíamos que esto iba a provocar más violencia (en el futuro), no menos.

El 17 de febrero hubo en San Salvador una reunión, convocada por el nuevo ministro, David Munguía Payés, con los ministros de Defensa y de Seguridad y con los jefes de Policía y con inteligencia policial de Guatemala, Honduras y El Salvador. Y les repetí ese mensaje. En este punto empezamos a discutir con monseñor (Fabio Colindres), que como sabes es el obispo castrense, la búsqueda de alternativas. No únicamente la negociación con las maras, sino la posibilidad de crear juzgados de tratamiento de drogas para buscar alternativas al encarcelamiento de los adictos; la expansión de un proyecto de prevención y capacitación de los actores que trabajan con comunidades en riesgo; o el programa POETA, que capacita para la búsqueda de empleo y trabajo. Y de la profesionalización de la Policía. Una serie de cosas que eran parte de la evolución del diagnóstico, vistas las fuerzas y debilidades del sistema. Así e empezó poco a poco la discusión con monseñor, con mi staff, con otros actores, de la idea de buscar una alternativa. Eso fue en febrero o marzo. Ahí iniciaron las discusiones, al menos por mi parte. Lo que yo no sé es lo que estaba pasando mientras tanto.

Me llama la atención que hablara con Fabio Colindres en esas fechas.
Febrero o marzo.

El traslado de pandilleros que desvela este proceso fue los días 8 y 9 de marzo, y la figura de monseñor Colindres no aparece en público, vinculada a este proceso, antes del 20 de marzo. Hasta ese día, en que da una conferencia de prensa con Raúl Mijango, los salvadoreños no sabíamos de su participación en ninguna estrategia de seguridad.
Bueno, él bendijo esta reunión de los ministros en febrero.. Ahí entré en contacto con él... Y dos personas de mi staff más cercano son salvadoreñas y lo conocían desde antes... Mira, parte de lo que me preocupa... la crítica de los medios es parte de la democracia, pero estamos hablando de un proceso inédito, de un proceso en el que no hay manual. Yo llegué a Sri Lanka siendo muy joven, con los Cuerpos de Paz canadienses, y casi había una guerra civil entre los tamiles del norte y los cingaleses del sur. Toda mi vida he trabajado en Somalia, Ruanda, Congo... en países en conflicto. Y en la OEA llevamos ya 10 años acompañando el proceso de paz. En El Salvador nadie puede decir “decidimos hacer esto este día porque pensamos que sería el primer paso”. Esto evolucionó, y es la razón por la cual estamos casi seis meses más tarde, ocho viajes míos más tarde, poniendo un poco de orden y estructura al proceso con este comité técnico de seguimiento... Es lo mismo que pasó en Colombia con el Mapp: hubo un acuerdo con el gobierno y un compromiso con los distintos actores para crear una unidad que pudiera coordinarlos y empezar a poner por escrito planes y documentos. Lo que ha pasado en los últimos seis meses en El Salvador ha sido una evolución sin precedentes, y cada caso es distinto, cada paso ha sido distinto... ¿Qué hubiera pasado si el secretario general no hubiera aceptado ser garante de este proceso? No sé. ¿Qué hubiera pasado si cuando hicimos una conferencia de prensa a principios de mayo con el ministro, yo no hubiera aceptado declarar enfrente de todo el mundo que somos parte de esto y queremos seguir? Es muy difícil responder a la crítica en un proceso en el cual sabemos que no hay guía, no había plan, no había un documento.

Entiendo... pero es importante saber exactamente en qué etapa se involucra la OEA. Usted presentó ese diagnóstico al nuevo ministro, supongo.
Así es. En diciembre.

En aquel diagnóstico, ¿se proponía algún tipo de acercamiento con las pandillas?
No. Planteábamos las fortalezas y debilidades del sistema de seguridad del país enfocándonos en el hacinamiento, problemas de prevención, de reinserción, ¡y en la cantidad de mareros! Porque estamos hablando de que en Colombia se dice que hay 9 mil FARC en un país de 45 millones de habitantes y dos veces más grande que España. En El Salvador hay 60 mil pandilleros en un país chiquito. El contexto me preocupó, como preocuparía a cualquier persona. No hace falta ser brillante para ver el problema.

¿Para ver que el contexto exigía un tipo de solución diferente al que se había venido buscando?
Sí. Sí. Pero nadie tenía un mapeo de cómo se iba a manejar la situación los primeros meses. Yo sinceramente estaba más enfocado en la depuración de los centros penales. Hay 8 mil presos que han terminado su condena o que no recibieron condena. Y en una mejora en toda la cadena de instituciones que tienen que funcionar bien para recuperar la credibilidad en el sistema de seguridad.

¿Cuándo supo usted que se estaba produciendo este diálogo a través de mediadores?
No puedo poner fecha exacta... pero fue a finales de febrero o principios de marzo. El problema es que nadie pensaba que íbamos a seguir negoc... negociando no, discutiendo con dos grupos de pandilleros que están en dos cárceles distintas, no aislados, y que seis meses más tarde habríamos llegado al punto de poner una estructura más formal y disciplinada a esto. Si alguien dice que en febrero teníamos todo esto ya mapeado, miente.

Entiendo. A muchos salvadoreños puede sorprenderles la normalidad con la que se asume el diálogo -en El Faro lo llamamos negociación pero lo importante no son los términos- con las pandillas. Usted compara este caso con el de las FARC en lo numérico...
Solo para que se entienda la dimensión.

No digo que lo equipare, pero parte de la sociedad salvadoreña se pregunta hasta qué punto establecer un contacto con las pandillas, abrir esta vía de solución, debilita al Estado o es en sí mismo un reconocimiento de la debilidad del Estado.
Es comprensible que haya dudas, pero... En cualquier proceso transformativo, en África del Sur o en otros lugares, en los cuales he tenido el lujo de haber participado, puedes actuar como el avestruz, esconder la cabeza y pretender que no hay problemas, o puedes buscar soluciones a esos problemas. Yo no soy experto en El Salvador, yo no conocía este país hasta hace dos años, pero las maras tenían organización, tenían estructura, tenían fuerza, tenían comunidades, tenían intereses, tenían riqueza... Mucho antes de que la OEA llegara, la mara era una fuerza importante. ¿Que estamos legitimando a un grupo de criminales? ¡Ya estaban legitimados! ¡Ya existían! Estamos hablando de 60 mil personas, una fuerza que existía... Y me sorprendió, hablando con estos muchachos, que a pesar de que están cubiertos de tatuajes y están viviendo en condiciones muy difíciles, son un grupo inteligente, que sabe razonar y expresarse, que puede entender las realidades. Esto me impresionó mucho. Yo esperaba lo que se ve en las películas: a delincuentes viviendo en situaciones horribles y adaptándose al ambiente. Pero es al contrario: están luchando contra el ambiente. Y lo que yo he visto, y he hablado con ellos en muchos centros penales, es que son muy inteligentes.

¿Las pandillas son conscientes de su fuerza política? Y no me refiero a política partidaria, sino a su capacidad de incidencia en la sociedad. ¿Están en esta negociación ejerciendo esa fuerza?
Son más conscientes de su poder en la sociedad que de su influencia en la política (partidaria) diaria. Por supuesto, todo politico convierte lo que está pasando en su propio interés, pero mi impresión es que ellos entienden su impacto en la comunidad, el impacto en sus propias comunidades. No veo que les preocupe la política del día a día de El Salvador. Les interesa que las comunidades entiendan su fuerza económica y su fuerza violenta.

Da la impresión de que son las pandillas las que están liderando este proceso, desde esa fuerza.
No, yo creo que las maras son parte (del proceso) y por eso estamos creando este comité. Como en otros países, si esto va a ser sostenible hay que buscar un diálogo nacional, un consenso nacional. Hay que hablar francamente de lo que está pasando, con todos los actores. Y esto es lo agotador: hay que hablar con los partidos, con la Iglesia, con las víctimas, con las comunidades, hay que escuchar a las maras, hay que hablar con la Policía, hay que hablar con los municipios, con casi toda la sociedad. Hay que crear un consenso nacional sobre la idea de que la sociedad tiene que reconciliarse con un grupo de criminales -como con los excombatientes hace 20 años-, y hay que buscar una forma de reintegración de los que estén listos para ser insertos en la sociedad, que no serán todos, y ellos aceptan eso. Lo admiten en las conversaciones que tenemos, que son muy francas. Como yo le decía a uno de ellos: “Mira, pintado como estás, si vamos a un Pollo Campero buscando trabajo, ¿a quién piensas que va a contratar el gerente?” Y me dijo: “A ti, por supuesto. Lo tengo claro. Yo he cometido errores y estoy listo a aceptar mi castigo. Pero no quiero que mi esposa y mis niños sean víctimas por mis delitos.” Esto es parte de un largo proceso de reconciliación, de recuperación del tejido social. Esto no va a terminar mañana o en seis meses. Va a necesitar tiempo.

Se especula, y es una preocupación lícita, con la posibilidad de que las pandillas estén reforzándose durante la tregua y que, a pesar de dejar la violencia o ejercerla de otra manera, su estructura se fortalezca y no dejen de ser grupos criminales organizados. ¿Ha hablado de esto con las autoridades?
Todo el mundo se preocupa por la evolución de las maras. Cualquier país, no solo El Salvador, se pregunta: ¿qué hacemos con la juventud? En México hay 11 millones de “ninis” -ni educación, ni trabajo, ni oportunidades-; es una bomba de tiempo en muchos países. ¿Cómo buscar soluciones al desarrollo socioeconómico, a las debilidades del sistema educativo...? Yo soy el secretario de seguridad multidimensional pero me siento el secretario de la prosperidad, porque solo con acceso a oportunidades, a educación, vamos a salir de esto.

Sin duda el caldo de cultivo de las pandillas en Centroamérica son ciertas estructuras sociales, la desigualdad, la marginalidad... pero la pandilla tiene muchos rostros y matices. Hay clicas que tienen un desarrollo criminal tal vez menos violento pero más sofisticado, vinculado al narcotráfico, a la corrupción del Estado... La duda es si este proceso servirá para atender la parte más social del fenómeno pero lo que quede de la pandilla será un grupo más organizado, más sólido, que genere otros problemas para la sociedad. ¿Se ha discutido eso?
Sí, claro, hemos discutido todas las posibilidades. Pero como decía antes, nadie tiene una bola de cristal para ver el futuro con claridad total. Mi experiencia en otros países, en otro continente, es que mucha de la fuerza de este cambio viene de las comunidades, que están agotadas de ser víctimas y victimarios. Es parte de lo que está pasando aquí. Los jefes de los mareros están alcanzando cierta edad y madurez. No creo que nadie tenga toda la causa ni toda la solución a esto en una fórmula matemáticamente perfecta. Eso no existe.

Pero insisto: ¿Cuál es la respuesta para esa parte de la ciudadanía que teme que este proceso fortalezca a estos grupos criminales?
Yo les diría: ¿cuál es su sugerencia? ¿Qué solución proponen? Hay mucha crítica, pero no he escuchado otras opciones. A alguien que me planteara esa duda, le diría: “Te entiendo... pero dime entonces qué otra cosa hacer. ¿Cuál es tu plan, basado en otras experiencias en el mundo?” La duda es importante. Las preguntas, la transparencia, son importantes en una sociedad madura, pero cuando criticas tienes que presentar alternativas. Volvamos a mi primera reunión con el ministro, en diciembre de 2011: tienes 60 mil pandilleros, un hacinamiento del 300% en el sistema carcelario, un hacinamiento del 400% en las bartolinas policiales, y acabas de ser declarado por la ONU el país más violento del mundo. Esa era la situación hace un año. Yo estuve en Ginebra cuando la ONU hizo esa declaración, y todo el mundo pensó que esta declaración fue la razón por la cual cambiaron al ministro (Melgar), aunque no fue así. Pero fue una declaración brutal. Yo me sentí mal por el país: ser declarado por Naciones Unidas como el país más violento ¡en el mundo! ¡Más incluso que las zonas de combate! Ese era el contexto hace un año, en noviembre... ¿Qué hacer? ¿Qué hacer ante esos 60 mil pandilleros? La gente olvida el contexto. Creo que hemos progresado mucho y, aunque tengamos dudas y hagamos preguntas, y aunque busquemos a otros expertos y a otras personas que podrían ayudar, no debemos olvidar el contexto de noviembre del año pasado.

¿Dice que no quedaba otra opción?
Mirá... Eres demasiado joven para recordar la guerra civil en España y en mi país (Canadá) nunca hemos tenido una guerra civil... Pero una guerra abierta de un gobierno contra 60 mil pandilleros bien equipados, bien armados e inteligentes, con jerarquía, estructura, recursos... No sé... No creo que hubiera otra opción.

La OEA se ha comprometido a ser garante y observadora del proceso y los compromisos de las partes. La parte de observar la entendemos todos pero, ¿en qué consiste ser garante?
Garante para mí es una palabra muy grande. Yo me hubiera sentido más cómodo con “acompañantes” o “amigos del proceso”. Pero, ¿cómo ser el garante? Pues viajando cada mes. Me estoy reuniendo con los partidos, la Policía, la sociedad civil, el sector privado, los mediadores, los donantes, los diplomáticos, los dueños de los medios de comunicación... para tratar de buscar este consenso y que se deje madurar el proceso y se ponga una estructura detrás. Que es precisamente el momento en el que estamos.

¿Coincide con lo que ha venido diciendo Raúl Mijango de que es el momento de formalizar la negociación, el diálogo?
Sí. Todo el mundo dice que el rol del gobierno es ambiguo, pero el gobierno tiene que respetar las leyes. Es muy difícil, muy complicado. Ha habido muchas críticas en Colombia cuando el gobierno anunció allí que estaba negociando en secreto (con las FARC).

Aquí el gobierno creó un sistema de trabajo que le permitía impulsar indirectamente el diálogo.
El gobierno facilitó. Tal vez no fueron los actores principales, pero sin ningun lugar a dudas facilitaron.

¿Cómo que no fueron los actores principales? El gobierno, el ministro y Raúl Mijango invitaron a Colindres a unirse a la mediación.
Yo creo que fue al revés.

Así nos lo contaron ellos tres.
Yo creo que fue al revés. Pero esto no es importante. Siempre digo que el éxito tiene muchos padres y el fracaso no tantos. El gobierno facilitó...

Es importante que la gente sepa qué rol tuvo cada actor en este proceso.
Sí, pero yo creo que cada actor decide su rol y no voy a criticar a nadie. Esto ha sido un proceso que evolucionó. Fue un poco improvisado, en un sentido positivo de la palabra. Ahora que lo dices, estoy pensando que tengo la lista de mis viajes, pienso que puedo documentar mi memoria de esta experiencia, porque en tu artículo, por ejemplo, las fechas no coinciden, y puedo verlo por mis viáticos y mi calendario. Pero esto no es importante; lo importante son los resultados.

Si usted nos confirma las fechas reales y hemos dado una versión equivocada, estamos dispuestos a corregir nuestro artículo.
Está bien, pero mirá... Mi primera reunión con el ministro Munguía Payés fue cortés, pero él iba a resolver el problema en forma muy, digamos, militar: estructurada, disciplinada... y después ha ido evolucionando. Y mi primer contacto con monseñor, lo mismo. Yo creo que esto es muy positivo. Todo el mundo debe contar su experiencia desde su propio punto de vista; esto es saludable, no veo problema en eso. Pero los resultados son más importantes que quién inició qué y en qué fecha.

¿Estaban más interesadas en el diálogo las pandillas que el gobierno cuando esto empezó?
(Piensa unos segundos) No... Yo creo que, aunque suene ingenuo, hubo un agotamiento colectivo. Hubo una serie de circunstancias. Formo parte de una comisión para reformar el sistema de seguridad en Honduras, y eso empezó por el asesinato del hijo de la rectora de la UNAH, porque había un agotamiento de la sociedad civil y todo el mundo dijo “basta, hay que hacer algo”. Mi impresión es que eso mismo pasó en El Salvador. No creo que haya un documento que pueda decir en qué día, a qué hora, todo el mundo cambió su punto de vista. Fue una evolución.

Tal vez con el tiempo, con el proceso más consolidado, hablarán de esa etapa.
Sí, supongo. Yo, por mi parte, voy a documentar mis dos años de experiencia en El Salvador, que inició en la asamblea general que hubo aquí en junio de 2010, y en la visita que el presidente hizo a Washington a finales de ese año, en la que nos pidió un plan de acción sobre seguridad. Creo que ha llegado el momento de hacerlo, de documentarlo, porque hay tantos rumores, sospechas, dudas sobre los motivos...

Le ofrecemos nuestro periódico para publicar esa memoria.
Ja ja ja ja.

Tanto Raúl Mijango como las pandillas insisten en que se cree una mesa oficial de negociación. Usted esta mañana, en conferencia de prensa, ha sugerido que la comisión técnica es la respuesta a esa demanda, que la comisión técnica es esa mesa oficial de negociación. ¿La comisión técnica tiene esa función, oficializar el diálogo?
Sí, esa es la idea. Si lees él último comunicado de las maras, publicado el lunes 24, ellos están aceptando y citando la importancia de la creación de este comité técnico como enlace con el gobierno y el sector privado, y coordinado por la OEA como entidad independiente. Una comisión que involucra a los ocho partidos políticos, los dueños de los medios de comunicación, los negociadores Mijango y Colindres... Esto permitirá un proceso más sostenido. Todo el mundo ha admitido eso.

¿Incluido el presidente de la República? Funes ha repetido...
Sí.

Insisto, el presidente se ha expresado en dirección contraria a la propuesta de Mijango. Es tajante al decir que no va a haber ningún tipo de negociación.
Creo que estamos usando demasiado la palabra negociación. Esto es una mediación. Si vas al sitio web de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos hay un excelente documento que se llama “Informe sobre los Derechos Humanos de las personas privadas de Libertad en las Américas” . Si vas a los documentos y tratados internacionales, hay un acuerdo mínimo sobre cómo deben ser los centros penales. No estoy inventando nada. El presidente formalmente, claramente, está apoyando la creación de este comité técnico. Él respondió a mi exhortación y ha nombrado formalmente al ministro como enlace. Mirá... él está reconociendo la realidad y apoyándonos.

¿Cuándo va a comenzar a operar de manera estable este comité?
Vamos a nombrar a alguien para empezar la oficina en los próximos días. Trabajará desde la oficina de la OEA aquí. Ya tenemos los términos de referencia del grupo, un borrador del plan que voy a compartir con los demás miembros del comité para su aprobación, y en el momento en que me den luz verde vamos a comenzar. Es lo que muchos de los donantes están buscando. Nos han dicho: muéstrenos los términos de referencia, el plan de trabajo, y por supuesto apoyaremos.

No le pido que adivine en qué tipo de acuerdos terminará este proceso, pero, ¿es un objetivo de este proceso la desarticulación de las pandillas?
Eventualmente.

Se lo planteo al revés: ¿concibe un final exitoso sin que se desarticulen las pandillas?
(Piensa unos segundos) Agruparse está en la naturaleza humana. Ha sido así desde el inicio de los tiempos. No vamos a eliminar estos grupos al 100%. Pero hay que buscar qué hay en el fondo de esto. Cuál es el motor de esto. Si podemos en el largo plazo eliminar estas causas de fondo, la necesidad de maras, de violencia, va a desaparecer. Pero repito, aunque no sea tal vez políticamente correcto y yo sea un ingenuo: después de la guerra civil en El Salvador y después de todos los grupos militares en Colombia hablamos de desmovilización. Aquí necesitamos un proceso de desmovilización, dehabilitación y reinserción. No todos (los implicados) son criminales. Hay comunidades que vivían de la criminalidad pero no son criminales, y hay que recuperar a esa gente, con capacitación, con educación, con trabajo, con oportunidades. Eso va a llevar tiempo, como llevó tiempo en América Central en los años 90. Acabamos de celebrar 20 años del proceso de paz en El Salvador, y recuerdo un artículo que leí cuando vine a la celebración: “¿Qué paz?”, decía. Hace un año teníamos la tasa más alta de homicidios del mundo. No olvides ese contexto.

Por último: hace un mes se difundió una frase suya en la que anunciaba que regresaría a El Salvador a finales de septiembre para la entrega de 3 mil armas y se entendió que el desarme de las pandillas continuaba. Al final no ha sido así. De hecho el día 25 las autoridades y la OEA destruyeron unas armas que no tienen nada que ver con las que entregaron las pandillas en la plaza Barrios. ¿Qué sucedió? ¿Fue una confusión o se frustró ese sengundo desarme parcial?
Probablemente fue un problema por mi mal español. Cuando yo empecé a hablar de un desarme voluntario de las maras, en abril, todo el mundo me decía que estaba loco, pero logramos hablar con ellos, hubo una entrega simbólica... Y estamos continuando con la entrega de más armas.

Aún no se ha producido ninguna entrega más.
Se van a destruir 6 mil armas antes de fin de año.

Las que se destruyeron el día 25 eran de procesos judiciales celebrados entre 2001 y 2008, según la Fiscalía. No hablo de eso. No hablo de armas arrebatadas a las pandillas, sino del desarme voluntario.
Sobre eso, te puedo decir que estamos en un proceso para que haya otra entrega voluntaria de armas.

¿Se está discutiendo con las pandillas para que hagan otra entrega de armas?
Así es. Y hay voluntad. Pero esto toma tiempo. Es complicado. Si recuerdas, en la entrega simbólica que se hizo en plaza Barrios no había Policía.

La Policía estaba en el perímetro de la plaza y acudió a recoger las armas cuando los pandilleros que las entregaron ya se habían marchado. Evidentemente era algo coordinado.
Sí, pero no había Policía. Nosotros no quisimos poner al secretario general ni a los embajadores en peligro, porque la idea fue que dos representantes de cada pandilla entregaran 50 armas de cada una. Esto va poco a poco... El proceso de investigación de cada arma, con su número de registro, y su destrucción, es complejo.

Me incomoda esa insistencia en generar confusión, en mezclar en esto la destrucción de armas, que no tiene nada que ver con la tregua. No hablo de eso.
Entiendo, entiendo. A ti te interesa la entrega voluntaria. Estamos en el proceso para una segunda entrega voluntaria de armas, y no puedo decir si será de 800, 3 mil, 500 mil o 100 armas. Estamos en eso.

¿Esperaba usted que el segundo desarme fuera en septiembre?
A mí me gustaría hacerlo en diciembre, creo que sería una muestra importante de buena fe y de confianza. Una señal importante. Pero repito: en términos de seguridad, de procedimiento, de acuerdos, esa ceremonia en plaza Barrios ha sido lo más complicado de todo lo que se ha hecho hasta ahora.

La Fuerza Armada destruyó el miércoles 26 un total de 828 armas de fuego relacionadas con casos judiciales de los años 2001 a 2008. Entre esas armas no estaban las 77 entregadas por las pandillas en julio, que siguen en fase de investigación.
 
La Fuerza Armada destruyó el miércoles 26 un total de 828 armas de fuego relacionadas con casos judiciales de los años 2001 a 2008. Entre esas armas no estaban las 77 entregadas por las pandillas en julio, que siguen en fase de investigación.


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