Publicidad

Madres en el país de la inquisición

María Edis se golpeó el vientre tres días antes de abortar. Del quirófano pasó a las bartolinas, de las bartolinas a la cárcel y de la cárcel a la tumba. Tenía 31 años. Cristina tenía 18 años cuando perdió a su segundo hijo y fue castigada con 30 años de prisión. Una revisión de su caso determinó que los jueces se excedieron y quedó libre cuando ya había estado presa más tiempo que el que ameritaba.

Patricia Carías y Jimena Aguilar

 
 

Raquel, sobrina de María Edis, en su casa en cantón Las Mesas, Cacaopera, Morazán. Foto Bernat Camps
 
Raquel, sobrina de María Edis, en su casa en cantón Las Mesas, Cacaopera, Morazán. Foto Bernat Camps

Cristina y María Edis se conocieron a mediados de 2009. A ambas el Estado había llegado a sacarlas de entre las sábanas donde se recuperaban del quirófano, las hizo convalecer en bartolinas y las condenó a prisión. Las dos mujeres alegaron que habían sufrido abortos espontáneos, pero en un país como El Salvador el aborto es un asunto de inquisición. Con pruebas con escaso fundamento y a veces contradictorias entre sí, los jueces las sentenciaron a prisión con argumentos moralistas. Para María Edis, la sentencia fue a morir en la cárcel.

Las vidas de estas mujeres se cruzaron fugazmente en Cárcel de Mujeres, donde ambas purgaban su condena, víctimas de la ley más radical del continente en materia de aborto. El Salvador, Nicaragua y Chile comparten la característica de que su ley no permite el aborto ni siquiera en los casos en que este pone en peligro la vida de la madre.

A María Edis la condenaron gracias al testimonio incriminatorio de su padre, quien alega que nunca dijo lo que los fiscales investigadores levantaron en el acta que le hicieron firmar. Tomás, el padre de María Edis, no sabe leer ni escribir y dice que pusieron en su boca palabras que nunca mencionó. Cuando puso su dedo pulgar a modo de firma, lo hizo porque los investigadores le aseguraron que aquellos papeles solo recogían lo que él acababa de decir.

A Cristina el Estado la condenó a 30 años. Pasó cuatro en la cárcel y quedó libre después de que una revisión determinó que los jueces se habían excedido. A Cristina la defendió una abogada proporcionada por el Estado que ni siquiera sabía el nombre de la acusada en el momento de la audiencia de sentencia.

Las de Cristina y María Edis son dos historias de la lucha desigual entre individuos impotentes ante el aplastante peso de un Estado inquisidor que ni siquiera otorga las mínimas garantías constitucionales. 

Cristina contra el mundo

Poco a poco regresaba. Era de madrugada y la noche anterior no había terminado bien. Cristina acababa de salir del quirófano y su cabeza todavía daba vueltas. Estaba en una sala de espera del Hospital de San Bartolo, rodeada de camillas con otras personas que también se recuperaban de los efectos de la anestesia. Mientras esperaba que la trasladaran a la sala de recuperación, vio cómo, paso a paso, una figura oscura se le acercó hasta pararse junto a ella.

-¿Cómo te llamás? ¿Dónde vivís?

Cristina, desde su camilla, solo veía una mancha borrosa que le hablaba con una voz femenina y se imponía en el ambiente. A medida despertaba, la mente se le aclaraba. Los borrones empezaban a delinearse y el mundo a detenerse. Es una médica, pensó en un inicio. Luego se percató de que la mujer no tenía una bata blanca sino un atuendo oscuro. Después vio que tampoco llevaba un gafete que dijera “doctora” seguido de algún apellido, sino una placa dorada en el pecho. La figura preguntaba y Cristina respondía. Lo que le dijo a las 3 de la mañana de ese domingo, la dejó fría:

-Mirá, después de que salgás de aquí vas detenida.

-¿Y por qué? -le preguntó.

Cristina vivía con su madre y su padrastro en una colonia del oriente de la capital. Cinco horas antes de despertar en el hospital, a las 10 de la noche del sábado, se había levantado para ir a la cocina a tomar un agua azucarada porque no se había sentido bien durante el día. Pensó que la bebida le asentaría el estómago. Regresó a la cama donde dormía su hijo de dos años, Daniel, un bebé moreno y regordete que nació cuando ella tenía 16 años. Y ahora, a sus 18 años, estaba en una camilla de hospital luchando por estar consciente y a la vez por entender qué sucedía. Venía del quirófano y lo que esa mujer con una placa dorada en el pecho le decía es que iba a convalecer en las bartolinas.

-Y, ¿por qué? -preguntó, mientras el miedo empezaba a instalarse en su cuerpo.

-Vas detenida por la muerte de tu bebé -le respondió la agente.

***

Pasaron seis meses desde aquella madrugada de octubre de 2004. Era mayo de 2005 y Cristina se encontraba en una audiencia preliminar. Afortunadamente tenía una abogada defensora que estaba a punto de iniciar la argumentación en su favor. Natalia Durán, defensora pública adscrita a la Procuraduría General de la República, se puso de pie en una de las salas del Juzgado de Paz de Ilopango, y se dispuso a aplastar a la parte acusadora:

-Estoy aquí para defender a la señora... -dijo Durán, sin poder terminar la oración.

El suspenso no obedecía a un afán premeditado de causar sensación. La pausa de la abogada obedecía a que Durán había olvidado el nombre de su defendida, que a un lado veía cómo su futuro estaba en manos de esta mujer que ni siquiera era capaz de haber memorizado un nombre. Durán ni siquiera podía recordar un nombre y un apellido juntos: Cristina Quintanilla. Entonces volvió la mirada hacia la acusada y le pidió auxilio.

-Estoy aquí para defender a la señora... hija, ¿cómo te llamás?

Esta era la cuarta vez que Cristina veía a su defensora en este proceso por homicidio culposo. Enfrentaba la posibilidad de que la sentenciaran a entre dos y cuatro años de cárcel y su abogada defensora ni siquiera sabía su nombre. Era el peor escenario al cabo de aquellos siete meses desde cuando la había interrogado la agente policial al despertar de la anestesia.

Después de aquel interrogatorio de madrugada, Cristina pasó seis días en las bartolinas de Apulo. En la audiencia inicial, una jueza decidió que la acusación en contra suya no tenía bases y la absolvió. Cristina estaba libre, pero la Fiscalía apeló, ganó la apelación y se le abrió el camino hacia el juicio. Entonces su caso pasó a manos de Natalia Durán, la abogada que no sabía su nombre.

En esos primeros meses de 2005, Cristina estaba desesperada. A pesar de que estaba a la espera de un juicio por homicidio culposo, no la habían detenido provisionalmente y hacía todo lo que podía para conseguir los papeles que fueran necesarios en su juicio. Los iba a traer a donde fuera, incluso al hospital de San Miguel, donde alguna vez tres años atrás la habían operado del apéndice. El día antes de la vista pública, cuando el Tribunal Segundo de Sentencia de San Salvador decidiría si era culpable o no, Cristina fue a buscar a su defensora, pero esta le dijo que en ese momento no tenía tiempo. A Cristina no le importó y le dijo que la esperaría hasta que la pudiera recibir porque necesitaba hablar con ella para escuchar su consejo. Esperaba alguna guía de la abogada, pero de esta solo recibió unas palabras poco reconfortantes: “Diga lo que usted ya sabe, usted tiene que decir lo que usted ya sabe”.

***

Un día, la mamá de Cristina viajaba en bus con su nieto Daniel. Ya había pasado el juicio y desde entonces el hijo de Cristina había quedado al cuidado de Felícita. Esta seguía viviendo en el mismo apartamento. Abuela y nieto salían de San Bartolo, la colonia donde vivían, y para entonces Daniel ya sabía dónde estaba su mamá.

Iban en el bus, uno a la par del otro, cuando algo afuera llamó la atención de Daniel. Tiró de la ropa de su abuela y esta trataba de ignorarlo.

-¡Mami, mami! -le dijo, al ver el edificio donde él sabía que estaba su mamá.

Felícita hacía como que no escuchaba y buscaba una conversación distractora con una señora que viajaba en el bus. Pero Daniel le quería recordar a todo pulmón lo que ella quería llevar en secreto.

-¡Mami, mami, ahí es donde está mi mami, ¿vea?! -le dijo. Y como Felícita seguía hablando con la otra señora, Daniel insistió-. ¡Le estoy diciendo que vea para donde está mi mami! -reclamó.

Ese edificio que Daniel sabía reconocer a sus cinco años de edad es conocido como Cárcel de Mujeres, en Ilopango.

Las primeras veces que Felícita llevó a su nieto a visitar a su madre este todavía iba en brazos, era un niño de apenas tres años. Todavía no entendía dónde estaba Cristina. Pero un día alguien le rompió la burbuja y le contó que Cristina estaba en prisión. Entonces Daniel llegó reclamándole a su abuela. Su madre no estaba trabajando, estaba en prisión.

Cuando enfrentó a su abuela le preguntó si era cierto lo que decía la fulana, que su mamá saldría cuando él tuviera treinta años. Era cierto. Cristina se enfrentó ante una acusación de homicidio culposo por la cual le darían entre dos a cuatro años, pero terminó siendo condenada a 30 años de prisión. Felícita no sabía cómo decirle que era cierto, que no volvería a ver a su madre afuera de esas paredes hasta que fuera un hombre, que su mamá no lo acompañaría en su graduación así como no estuvo junto a él para su primer día de escuela, y le respondió que no, que su mamá saldría pronto. “Es que la gente si uno está moribundo, lo terminaba”, dice ahora Felícita, con un poco de amargura en la voz.

La siguiente en enfrentarse con las preguntas de Daniel fue Cristina. En la siguiente visita a Cárcel de Mujeres, Cristina se tuvo que enfrentar con las preguntas de su hijo. Quería que le explicara qué era el lugar donde estaba. Cristina no sabía muy bien cómo responderle y empezó a decirle la versión light de lo que es una cárcel. Es un colegio, es otra cosa, es cualquier cosa, todo para darle una versión menos dura, para no oscurecerle la realidad a su hijo. Daniel permaneció en silencio un momento y luego aplastó la explicación de su madre: él ya sabía qué era ese lugar, porque cuando llegaba lo revisaban. Era una cárcel.

La cara de Cristina cambió. Le preocupaba la pregunta que le seguía a esa afirmación. Le preocupaba que Daniel le preguntara qué había hecho para que la metieran presa. Le preocupaba que le preguntara cómo era eso que había sido sentenciada a 30 años de prisión por haber matado al bebé que llevaba en el vientre cuando Daniel tenía dos años.

***

Cristina Quintanilla en su cuarto, observa un albúm de fotos de la familia. Foto Frederick Meza
 
Cristina Quintanilla en su cuarto, observa un albúm de fotos de la familia. Foto Frederick Meza

En 2002 Cristina todavía era una niña. Una niña criando a un niño. Siguió los pasos de su madre o la maldición de un país pobre, donde casi una tercera parte de los embarazos corresponden a adolescentes. Tuvo su primer hijo a los 16 años, la edad que tenía su mamá cuando ella nació. En 2004 Cristina estaba acompañada y esperaba su segundo hijo. Cuando tenía un mes de embarazo, su pareja se fue a Estados Unidos y le mandaba remesas semanales. En septiembre de ese año, Cristina cumplió 18 años. Su pareja ahorraba para el día del parto porque este significaría un gasto más fuerte. En octubre, Cristina tenía 7 meses de embarazo y junto a su madre planeaba un babyshower. Ya tenía ropa para su bebé, pero todavía no sabía el sexo de la criatura. Este sería una sorpresa.

El 23 de octubre de ese año la vida de Cristina cambió. Todo empezó con un malestar estomacal. A las 10 de la noche, se levantó a tomar un agua azucarada y volvió a la cama. Cinco horas más tarde, aquella policía le decía que iban a enviarla a prisión por haber matado al bebé que llevaba dentro.

En el hospital oía las palabras de la oficial, pero no las entendía o no las quería creer. ¿Cómo iría a prisión en el estado en que estaba? Le acababan de hacer un legrado y seguía en la camilla del hospital. Pero estaba en un país donde las mujeres que tienen un aborto -cualquier tipo de aborto- están catalogadas de antemano como delincuentes. Una mujer que tiene un aborto es perseguida hasta entre las sábanas. Son manchas que resaltan más, que se agarran en hospitales y se encuentran más fácil que aquellas que dejan 12 homicidios diarios en un país violento.

Desde 1998, con el último Código Penal, El Salvador se convirtió en un Estado implacable en temas de aborto. Todo tipo de aborto inducido es considerado delito, incluso aquel que antes no se castigaba porque el embarazo representaba un peligro para la salud de la mujer, porque era producto de una violación o porque se presumiera que el feto tenía graves problemas físicos o síquicos.

Durante su corta estadía en la sala de recuperación, un agente acompañaba siempre a Cristina, pero esta seguía sin digerir la posibilidad de ir a la cárcel. No podía ser verdad. Hasta cuando un abogado de la Procuraduría llegó a asesorarla y le dijo que sí, que iría a prisión porque la acusaban de la muerte de su recién nacido.

Al día siguiente la Policía la llevó en la cama de un pick up hasta las bartolinas de Apulo. En ese momento la acusación era de aborto, un delito por el que podía recibir de dos a ocho años de cárcel. Cuando llegó a las bartolinas, le quitaron los medicamentos que le habían dado en el hospital. No podían entrar nada más que ella y su ropa.

En el acta levantada por los agentes de la PNC se le acusaba del delito de aborto. Seis días después el cargo mutó a homicidio agravado. Seis meses más tarde fue acusada de homicidio culposo y cuatro meses después, en agosto de 2005, a Cristina le terminaron dando una sentencia por homicidio agravado.

Cristina pasó seis días en las bartolinas hasta la audiencia inicial en la que se le acusaba de homicidio agravado. Ante las pruebas de la Fiscalía, la jueza de Paz de Ilopango decidió que no procedía la acusación y la absolvió de todos los cargos. Pero la Fiscalía apeló y cuando en abril de 2005 logró que se reabriera el caso, redujo el cargo a homicidio culposo, que es provocar una muerte sin la intención de causarla. Esta modificación se debió a que la autopsia del bebé no determinaba la causa de muerte. Fue en esta etapa cuando la Procuraduría le asignó a la abogada Natalia Durán.

Pasaron 10 meses desde la noche cuando despertó en el hospital de San Bartolo hasta cuando escuchó su sentencia, en agosto de 2005. Cristina sabía que estaba en problemas, pues la Fiscalía estaba pidiendo condena por un delito que acarreaba hasta cuatro años de cárcel. Con lo que no contaba Cristina era con que el tribunal decidiría que no bastaba el cargo por el que la acusaba la Fiscalía, sino que la condenaría a 30 años de prisión por homicidio agravado.

***

Aquel 23 de octubre, a las 10 de la noche, Cristina veía una película en su cama mientras Daniel, su hijo, que entonces tenía dos años, dormía a su lado. Todo el día había estado con diarrea y se levantó para tomar agua azucarada. Esto que le sucedía iba a ser utilizado meses más tarde para condenarla a 30 años de cárcel, gracias a un informe de Medicina Legal que contradecía otro informe de Medicina Legal.

Entonces, Cristina vivía con su madre, Felícita, y su padrastro, Moisés, en un apartamento en Jardines de San Bartolo. Para llegar ahí hay que pasar un laberinto de calles hasta encontrarse con el que parece ser un callejón sin salida. A un lado hay semiescondida una calle de tierra que lleva hasta una serie de cajones de cemento apilados de dos en dos a los que llaman apartamentos. En el fondo de esa calle de tierra, en el segundo piso de uno de esos cajones, vive Felícita. Desde la puerta de entrada al apartamento se puede ver un muro blanco junto a un palo de mango con un tatuaje que anuncia quien manda: MS en letras góticas seguidas de “mara salvatrucha” en cursivas.

Un pasillo de dos metros por cinco hace de comedor, sala y bodega de electrodomésticos. Moisés repara aparatos electrónicos y los mantiene apilados. A la derecha hay dos puertas que llevan a los cuartos, primero el de Felícita y su esposo, y luego el que entonces era de Cristina. Al final del pasillo, a la izquierda, está el baño.

Cuando Cristina estaba embarazada de su segundo bebé, Felícita trabajaba en una maquila. Aquel sábado regresó a su casa por la tarde y encontró a Cristina con diarrea. No le podía dar nada porque estaba embarazada y la medicina le podría hacer daño al niño. Felícita le sugirió que fueran al hospital para que la revisaran, pero su hija le dijo que esperaran a ver si empeoraba o no. Todo empeoró.

A la medianoche, dos horas después de tomar su agua azucarada, Cristina se volvió a levantar. Salió del cuarto y caminó un par de metros hasta llegar al baño. Entró, se sentó en la taza del inodoro y ahí quedó un bebé de siete meses de gestación.

Durante el juicio, una de las pruebas en contra de Cristina fue el testimonio de una experta de Medicina Legal, quien dijo que los dolores estomacales que sufrió la acusada eran en realidad dolores de parto. Esta aseguraba que la confusión entre ambos es exclusiva de las mujeres que por primera vez tienen un bebé. “La mujer que ha parido por segunda vez tiene que saber que son los dolores de parto y no simples dolores estomacales”, afirmó la médica forense Carolina Eugenia Paz Barahona. Esa explicación, según la Fiscalía, probaba que Cristina sabía que estaba por dar a luz y aun así no actuó para buscar ayuda. Y no buscó ayuda porque quería deshacerse de su bebé.

El 24 de octubre de 2004, cuando a la casa de Cristina se presentaron Fiscalía y Medicina Legal a hacer la inspección para levantar el cadáver del bebé, el acta del procedimiento consigna que el cuerpo que estaba en el piso del baño correspondía a un bebé de siete meses de gestación. Ese dato lo sustentan las firmas del fiscal y del médico forense William Hernández Pineda.

Ya en la audiencia de sentencia, lo que la experta de Medicina Legal aportó fue una cosa muy distinta. Según Paz Barahona, el bebé de Cristina tenía mucho más tiempo de gestación que los siete meses apuntados por su colega Hernández Pineda. “... La viabilidad se ve después de las 37 semanas de gestación en adelante, que el bebé ya tenía entre 40 y 42 semanas, ya de tiempo maduro y ya estaba preparado para la vida extrauterina”, dijo la médica forense, citada en la sentencia. Según el documento, entonces, Cristina tenía entre 10 y 10 meses y medio de embarazo cuando dio a luz.

***

Era poco después de la medianoche y Cristina estaba en al baño. No tenía fuerzas y vio que había perdido mucha sangre. Estaba sentada sobre el inodoro, semidesnuda y sangrando en una celda diminuta de dos metros por uno. Con las pocas fuerzas que le quedaban, logró golpear un poco la puerta de metal, mover la manija lo suficiente para abrirla y dejar salir un gemido silencioso en busca de ayuda: “¡Mamáááá...!”.

Felícita no sabe si es que alcanzó a escuchar el llamado de su hija o si la necesidad de ir al baño la despertó, pero a las 12:15 se levantó y caminó hacia el baño. Cuando abrió la puerta vio que Cristina estaba sentada en el retrete. Pero estaba rara. Parecía que se estaba cayendo y estaba pálida.

-Cristina, ¿qué pasó? -preguntó Felícita, con preocupación.

-El niño, el niño se me ha ido al servicio -logró balbucear Cristina, mientras su mamá veía que el baño estaba lleno de sangre.

Felícita quedó impactada con las palabras de su hija. Por un momento se detuvo, sin saber qué hacer, pero pronto reaccionó. Levantó a su hija y la hizo a un lado. Entonces fue cuando vio lo que estaba descansando en el inodoro. Era una chibola de piel y sangre. Era su nieto.

Ante esta imagen, dio la vuelta y regresó a su cuarto para despertar a su esposo, quien seguía dormido sin saber lo que pasaba a su alrededor. Necesitaba su ayuda, su hija se estaba sangrando y el bebé estaba en el inodoro.

Mientras su esposo terminaba de despertarse, corrió de nuevo a donde su hija. No la podía dejar ahí tirada, sin ropa y llena de sangre. Cerca del baño mantenía una bata larga, la agarró y con ella la cubrió. Entonces, Felícita, una mujer de alrededor de 1.55 metros de estatura, levantó a su hija que la igualaba en altura y la movió un par de metros hasta sentarla en una silla junto a la puerta de su cuarto. Para entonces Cristina estaba inconsciente y no podía sostenerse en la silla.

Moisés llegó y vio cómo del baño salía un rastro de sangre hasta donde estaban las dos mujeres. Se acercó al baño. Desde ahí salió una voz temblorosa que pedía una toallita. Felícita corrió al cuarto y buscó una toalla de mano. Con ella, Moisés tomó al bebé que estaba dentro del servicio, lo sacó y lo puso sobre el piso del baño, cubriendo el cuerpo con la toalla en forma de manto fúnebre.

Cristina seguía perdiendo sangre y su madre le pidió a Moisés que fuera a donde una vecina, la niña Julia, para ver si ella les prestaba un carro para llevarla al hospital. La vecina les dijo que su hijo no estaba y que le diría a su esposo, pero que este estaba tomado. Ya no había tiempo que perder porque Cristina se moría.

-No, Felícita, esta niña se nos va a morir, llamemos a la Policía a que nos ayude a auxiliarla para que la llevemos al hospital -dijo Moisés-.

Ahora Felícita no sabe si hicieron lo correcto al llamar a la Policía para que los ayudara. Ese grito de ayuda resultó en una condena a 30 años de cárcel para su hija. La Policía ni siquiera llegó a tiempo para llevarla al hospital y fue el vecino quien terminó ayudándolos.

Los tres jueces del Tribunal Segundo de Sentencia de San Salvador detectaron en esos minutos un pecado de Cristina: su instinto materno debió de haber prevalecido sobre la pérdida de sangre y debió haberle dicho que antes de desmayarse tenía que haber ayudado a su hijo. La mujer no debió desmayarse sino salir en busca de ayuda. Cristina tenía conocimiento de lo que pasaba a pesar de estar perdiendo sangre y según la Fiscalía ella abandonó a su bebé. “El padrastro llama a la Policía y es él quien saca al bebé de la taza del sanitario, pues la madre lo abandona”, dicen los jueces en su sentencia.

Otro pecado que le atribuyen a Cristina es haber supuestamente desoído a su instinto de madre. “La posición de garante de quien omite el actuar pudiendo hacerlo, se desprende del hecho natural, moral de ser madre del recién nacido”, dice la sentencia, que también acusa a Cristina de haber buscado la muerte de su hijo: “La encausada tuvo la posibilidad de evitarlo si así lo hubiera querido”.

***

Cristina Quintanilla en su casa de habitación en el cantón El Brazo, San Miguel. Foto Frederick Meza
 
Cristina Quintanilla en su casa de habitación en el cantón El Brazo, San Miguel. Foto Frederick Meza

Desde el 16 de agosto de 2005, el día en que entró a la cárcel, Cristina se levantaba todos los días a las 5 de la mañana. Tenía una rutina estricta. A las semanas de haber entrado, Cristina supo que perdió varias oportunidades para salir de la cárcel. Su abogada defensora podría haber apelado el caso, podría haberlo metido a casación, pero no le dijo nada y en ese momento ya había pasado el tiempo para hacer algo.

Una de esas mañanas, Cristina se despidió de sus compañeras con una voz alegre. Por la tarde regresaría a su hogar. Partiría para no regresar. Al final del día regresó a la misma celda en un segundo piso de Cárcel de Mujeres donde se encontraban las mismas mujeres de las que se había despedido como si nunca fuera a regresar. Así bromeaba. Bromeaba imaginando que nunca volvería a dormir en esa celda. Pero su despedida solo la llevaba a los talleres vocacionales o al gimnasio, a la escuela o a alguna otra actividad que hiciera pasar las horas hasta que nuevamente regresaba a la cama que compartía con otra mujer.

Cuando entró a prisión, Cristina solo había estudiado hasta noveno grado y adentro obtuvo su título de bachiller. Pero quizás lo más importante fue lo mucho que aprendió de leyes aunque dice que nunca quisiera ser abogada porque sabe lo sucio que es el sistema. Ahora, Cristina se lamenta haber dejado en manos de esa persona su vida y dice que si entonces hubiera sabido lo poco de leyes que sabe ahora, ella misma se hubiera defendido en el juicio. Incluso su madre aprendió de leyes. “Ahora, hasta por una gallina me pelearía, pero entonces no sabía ni qué era una vista pública”, dice Felícita entre risas.

Dentro de las celdas hay tres tipos de camas: la cueva, cama baja y cama alta. Cama alta es la cama de arriba de los camarotes, cama baja es la siguiente y la cueva es dormir en un colchón sobre el suelo debajo del camarote. En cada una de estas duermen dos mujeres. Al principio Cristina dormía en cama alta. Dos años después de haber entrado a prisión pasó a cama baja.

Antes de su mudanza empezó a perder peso. Estaba delgada. Delgadísima. Perdía peso y se sentía mal y en la clínica del penal la examinaron. En su orina aparecieron rastros de sangre y tenía fiebre. El resultado de los exámenes mostró que tenía una infección en las vías urinarias para la que le recetaron diclofenac, un medicamento que sirve para desinflamar y calmar el dolor pero que no combate la infección y cuyo uso prolongado puede perjudicar el funcionamiento de los riñones.

La medicina no servía y Cristina la dejó de tomar, dejando registro de que se rehusaba a tomar el medicamento que le daba la clínica. Pasó cinco meses enferma. Esmeralda, su mamá sustituta dentro de la cárcel, le ayudaba a ir al baño y le lavaba los pies porque le costaba agacharse. Entonces todavía eran amigas, pero luego Esmeralda se enojó con ella por un chisme que llegó a sus oídos y ya no se hablaron. “Ahí casi no hay amigas”, dice Cristina con un poco de tristeza en su voz.

Pero no toda la gente era mala. Una orientadora la veía y decía que Cristina casi volaba dentro de sus pantalones y a fuerza de amenaza de un informe de mala conducta la obligó a llevar pegada a la cadera una botella de Coca Cola llena de agua para que se curara de la infección. Fue ella quien la movió a una cama baja.

Un año después de ese episodio pasó algo en la celda vecina a la de Cristina. En la noche se escuchaban gritos y golpes dentro de la celda. Las internas de las celdas gritaban “¡emergencia!, ¡emergencia!”, pero nadie acudió al auxilio. Los gritos se detuvieron y la calma reinó en el segundo piso del sector C y el día siguiente amaneció con el descubrimiento del cadáver de la única mujer que dormía en esa celda.

La mujer que murió aquella noche, Martita, dormía sola en una celda pequeña y tenía como vecinas de un lado a 150 internas en un pabellón y alrededor de 100 en el otro. Dormía sola porque golpeaba a las demás. Según Cristina tenía esquizofrenia y siempre andaba como ida, como fuera de sí y sin ningún motivo soltaba un golpe en contra de alguna interna que no se lo podía regresar porque ellas serían las que recibirían el informe y no Martita.

Todos los días una orientadora se acercaba a su celda y le daba una pastilla, pero ese día nadie llegó y por la noche empezó a golpear la celda. Cristina cree que también tenía epilepsia porque le daban ataques en los que perdía el control de su cuerpo y al día siguiente de los gritos y golpes amaneció ahogada en su propio vómito. Su único visitante era un anciano de 90 años.

Para entonces Cristina solo había cumplido el 10% de su pena, tres años de los 30 que tendría que vivir entre celdas, muertes, corrupción y pocas amigas. La habían condenado a 30 años porque aunque inicialmente el delito que le imputó la Fiscalía fue homicidio culposo -con entre dos y cuatro años de cárcel debido a que no actuó para que el bebé se salvara-, el tribunal la encontró culpable de homicidio agravado. El salto a homicidio agravado se dio porque Medicina Legal dijo que el bebé de Cristina respiró durante dos horas después de nacer. Esta conclusión la obtuvieron a través de dos pruebas de laboratorio, que en otros países ya no se utilizan porque son poco certeras. A estas se les denomina docimasias. Una es la docimasia óptica, que consiste en ver si los pulmones están inflados o no. Según el reporte de la forense estos no estaban retraídos, pero tampoco ocupaban el total de la cavidad torácica. La segunda prueba es la docimasia hidrostática que implica sumergir los pulmones en agua y ver si flotan o no. Si flotan, el bebé respiró; si no flotan, no respiró. Pero esta prueba da pie a falsos positivos porque los pulmones pueden flotar debido a los gases de putrefacción que el cuerpo empieza a liberar dos horas después de la muerte. La forense hizo la autopsia a las 10:30 de la mañana de aquel domingo, 10 horas después de que Cristina se desmayara encima del inodoro.

El estudio de surfactante sí puede determinar esto. El surfactante es un líquido que lubrica y separa los pulmones. En cuanto empieza la respiración las características químicas de este cambian. “Esas son pruebas de la edad de piedra porque eso es de un país sin recurso que se hace porque no hay nada más. Un pulmón puede flotar por oxígeno, gases de putrefacción o por enfermedades”, asegura un médico forense que además, ha recibido en su consultorio privado tres casos de mujeres de las que sospecha abortaron. Este médico cuenta que una vez no denunció porque recibió amenazas de parte del esposo de la paciente y en el otro caso no podía estar seguro de lo que sospechaba. En teoría, tampoco podría realizar abortos cuando hay un embarazo ectópico, es decir que el óvulo fecundado se aloja en las trompas de falopio y no en el útero, pero que él y la mayoría de médicos los realizan y no denuncian porque de no hacerlo esto significaría la muerte de la mujer. Se sienten acorralados por la ley y optan por lo que su conciencia les dicta.

La sentencia afirma que es un hecho que el bebé respiró alrededor de dos horas. Felícita encontró a su hija en el baño alrededor de las 12:15 de la noche. Uno de los agentes de la PNC que llegó al apartamento después de que llamaran pidiendo ayuda declaró que el operador de turno les informó de la llamada a la 1:30 de la madrugada. Cuando llegaron, encontraron al bebé bajo una toalla, muerto. Llamaron a los investigadores, que llegaron al apartamento a las 2:40 de la madrugada y a Cristina la arrestaron 50 minutos después. Entonces, si el bebé vivió aproximadamente dos horas, la Policía lo hubiera podido salvar si hubieran acudido prestos cuando los padres de Cristina pidieron ayuda.

La sentencia recoge todos estos testimonios y datos, y a pesar de eso, los jueces establecen como hechos unos muy diferentes a los que describen los testigos. Por ejemplo, que Felícita encontró a Cristina en el baño a las 12:30 de la noche, que justo en ese mismo momento, a las 12:30, llegó la Policía al apartamento y encontraron al bebé muerto. Y aunque su tesis elimina la posibilidad de que el bebé haya vivido dos horas, dan por hecho que el niño sí vivió dos horas.

En agosto de 2005 el Tribunal Segundo de Sentencia de San Salvador encontró culpable a Cristina y la sentenció a 30 años de cárcel por la muerte del niño que traía en su vientre. El 16 de ese mes entró a la cárcel, pero tuvo suerte. La noticia todavía no había salido en los periódicos y las demás internas no sabían por qué la habían sentenciado. Las mujeres que entran a la cárcel por aborto reciben una bienvenida especial por parte de las demás reclusas: golpes. La sentencia la firmaron los jueces José Luis Giammattei, María Ábrego y Alejandro Guevara.

***

La madre de Cristina la iba a ver cada vez que podía. Jueves, domingos, el día que fuera y que permitieran visitas en el penal. El día que Cristina no la viera entrar por ese portón que la separaba del mundo, sería el día en que muriera, le advirtió más de alguna vez su madre. Durante casi cuatro años Cristina la recibió en Cárcel de Mujeres. Hablaban, le llevaba dinero, ropa y comida. Durante esos años hasta pretendientes dentro del penal tuvo Felícita. Una compañera de celda le confesó a Cristina que le gustaba su madre. Cristina le pidió que no le volviera a mencionar eso.

El martes 11 de agosto de 2009, por la mañana, Felícita iniciaba la jornada. Estaba en su puesto haciendo lo mismo que hacía todos los días: echar tortillas. Frente a su puesto había fila de gente esperando. Mientras empezaba a amasar una tortilla, una vecina se le acercó. La niña Tita, la vecina, la abrazó, acercó su boca al oído de Felícita y le dijo que el licenciado le había hablado para pedirle que fuera a Cárcel de Mujeres. Felícita no entendía por qué y luego su vecina le explicó al oído:

-Niña Felícita, es que Cristina ya tiene la carta de libertad.

-Usted me está bromeando, me está mintiendo -le respondió, incrédula.

-No, el licenciado la está esperando en la entrada con la carta.

A pesar de la insistencia de su vecina, Felícita no creía lo que escuchaba. Tenía que oírlo de la boca del abogado. No lo creía porque este siempre le avisaba de cualquier cosa. Cada vez que él iba a ver a Cristina la llamaba para contarle. Y ahora, sobre algo tan importante, ¿no le iba a avisar? Igual, dejó su puesto y fue corriendo hacia la tienda para comprar una recarga de teléfono. Las tortillas se quemaron.

En ese momento Moisés estaba en la Electrónica 2000, en el centro de San Salvador, comprando repuestos para los aparatos que reparaba. Ya había hecho el pedido y el empleado los buscaba en el sistema. Lo único que le faltaba era pagar cuando recibió la llamada de su esposa Felícita, quien le hablaba para pedirle que fuera a Cárcel de Mujeres, pues ella no podía y alguien tenía que ir porque iban a sacar a Cristina. Cuando escuchó esto, Moisés creía que reabrirían el caso y que Cristina saldría para una audiencia, pero su esposa le explicó que no, que Cristina saldría de la cárcel para no volver más.

-No, no te puedo creer. ¡Gloria a Dios! ¡Aleluya! -gritó Moisés, en plena tienda Electrónica 2000 en el centro de San Salvador. Luego se volvió hacia el empleado y le dijo que ya no iba a querer los repuestos.

A las 10 de la mañana de ese martes, Dennis Muñoz, el abogado defensor de Cristina, recibió una notificación del Ministerio de Justicia en la que se acuerda disminuirle a su cliente la condena debido a un informe favorable de la Corte Suprema de Justicia.

Dos años antes, en mayo de 2007, Dennis conoció por primera vez el caso de Cristina Quintanilla, cuando un colega le pidió que lo revisara para ver si le interesaba representarla, pero sin cobrarle un centavo porque no podía pagarle. En cuanto revisó los expedientes este abogado que nunca había peleado por liberar a una mujer acusada de aborto o en este caso homicidio, decidió que la representaría porque creyó que la habían sentenciado injustamente. Cuando llegó a visitar a Cristina, esta le salió con patada al pecho. No era el primer abogado que venía a venderle la idea de su libertad y desde su juicio, cuando su abogada defensora no se acordó de su nombre, había perdido la confianza en los litigantes. Pero un par de años después de esa primera reunión, Dennis llegó a Cárcel de Mujeres para darle a Cristina dos noticias, una mala y una buena.

Desde aquella reunión, su abogado ya había tratado de obtener su libertad por medio de un indulto, pero este recurso no había tenido resultado debido al reporte de conducta que emitió el penal. En él decían que Cristina era alcohólica, drogadicta y lesbiana. Para Centros Penales, las preferencias sexuales eran criterio para juzgar la conducta de las mujeres presas y una mala conducta era ser homosexual. Cristina asegura que no era ninguna de las tres.

Casi seis años después de perder a su segundo hijo, Cristina Quintanilla tuvo una nueva bebé, Alejandra, ahora de dos meses de edad. Foto Frederick Meza
 
Casi seis años después de perder a su segundo hijo, Cristina Quintanilla tuvo una nueva bebé, Alejandra, ahora de dos meses de edad. Foto Frederick Meza

En aquel momento ambos esperaban la respuesta de otros dos recursos: un hábeas corpus y la petición de conmutación de la pena, es decir un castigo menor a los 30 años. Aquel día de agosto Cristina fue la última clienta en hablar con Dennis. Cuando llegó, su abogado estaba raro, le ofrecía agua, gaseosa, se fue, regresó y no terminaba de decirle qué pasaba. Finalmente le anunció que portaba dos noticias, una mala y una buena. ¿Cuál quería escuchar primero? Por supuesto, la mala. Primero la noticia que le quitaría las esperanzas y luego aquella que le daría un poco de luz a su estadía en prisión. La mala noticia era que le habían denegado el hábeas corpus. ¿Y la buena? La buena noticia nunca se la dijo. En lugar de eso, le dio un papel de fecha 11 de agosto de 2009 membretado por el Ministerio de Justicia y le pidió que leyera en voz alta lo que decía. Entonces Cristina empezó a leer:

"El Presidente de la República, a través del Ministerio de Justicia y Seguridad Pública (…) acuerda: conceder a la señora Cristina Isabel Quintanilla la conmutación de la pena."

Mientras leía, pensaba que le habían bajado 20 años a su condena, que solo tendría que pasar seis años más en la cárcel para salir libre... y estaba contenta. El acuerdo decía que había que tomar en cuenta que en la audiencia inicial la jueza de Paz de Ilopango falló a favor de Cristina porque la Fiscalía no logró establecer los elementos necesarios para la acusación. Asimismo, que en ese proceso los elementos no eran suficientes para atribuirle la muerte de su hijo. El documento también decía que los jueces establecieron una sentencia que no concordaba con la acusación que se había hecho contra Cristina. "La Corte estimó que la pena impuesta a la sentenciada era excesiva, severa y sobre todo desproporcional”. Al informe de la Corte Suprema de Justicia solo tienen acceso los magistrados y el Ministerio de Justicia.

Luego, Cristina llegó a la parte que la impactó tanto como el día en que le anunciaron que iría a prisión durante tres décadas: “La conmutación se aplicará en el sentido de sustituir la pena principal de treinta años por la pena de tres años”.

No podía creer lo que leía. Lo veía y preguntaba qué significaba eso, qué significaba que al 30 le hubieran quitado ese cero si a ella le faltaban cinco días para cumplir cuatro años en prisión. ¿Qué quería decir eso? Las palabras se le iban, se le atascaban en la lengua y las lágrimas empezaban a llenar sus ojos. Eso quería decir que ya había cumplido la pena y hasta había estado en prisión un año de más. Ese papel significaba su libertad, significaba no comer frijoles con una capa blanca encima, significaba no dormir en un catre junto a alguien más, significaba ver a su hijo, significaba salir de aquel espacio donde había estado confinada casi medio centenar de meses.

Aunque tenía un papel que decía que podía salir, Cristina estuvo dos largos días más en la cárcel, esperando una burocracia que parecía interminable para que su libertad fuera oficial ante el Estado que ahora reconocía su injusticia.

-Adiós, ya me voy -dijo Cristina, al entrar en la celda en la que vivía.

No era la primera vez que anunciaba su salida, pero sí fue la última. Después de tantas bromas y tantos adioses falsos nadie creía lo que decía hasta que les enseñó la carta de libertad.

***

Una bebé llora esta tarde de diciembre de 2010 sobre la cama de uno de los cuartos de aquel apartamento en San Bartolo. Llora pidiéndole a su madre que venga porque tiene hambre o calor o simplemente porque la quiere a su lado. Cristina se levanta, entra al cuarto y regresa con Alejandra, su hija de dos meses. Ha pasado más de un año desde que salió en libertad y ha regresado al lugar donde perdió a su segundo hijo.

El día en que salió resgresó a ese apartamento, pero solo se quedó una noche y después se fue a San Miguel, a la casa de su abuela, donde estaba su hijo Daniel, que ahora ya tiene 8 años. Las primeras semanas Daniel pasaba todo el tiempo a su lado y se ponía celoso cuando alguien se le acercaba mucho. La despertaba por las noches preguntándole si de verdad estaba ahí junto a él.

Después de siete años desde aquella noche cuando terminó en el hospital de San Bartolo, a Cristina no le gusta regresar al apartamento de su madre. Se siente incómoda estando en ese lugar que marcó los siguientes cuatro años de su vida, por el que se tuvo que acostumbrar a dormir con sus tenis a un lado por si pasaba alguna emergencia. Por el que se tuvo que acostumbrar a tener la pasta de dientes y el cepillo siempre cerca para que no se los robaran. Esos recuerdos la mantienen en San Miguel, donde busca el calor de las imágenes de su niñez y el abrigo de su abuela.

***

-... Hija, ¿cómo te llamás? -le preguntó la abogada defensora, Natalia Durán, durante la audiencia preliminar en mayo de 2005. Así empezó la defensa del caso de Cristina.

Durán montó su defensa sobre una cirugía que había sufrido Cristina. Trató de convencer a los jueces de que la pérdida del bebé se había debido a la apendicitis de su clienta. Pero quizás por el hecho de que esa cirugía había ocurrido casi cuatro años atrás, y porque posterior a la cirugía Cristina había tenido un parto sin mayor problema -el de Daniel-, Durán no logró persuadir a los jueces. Entonces vino la sentencia del tribunal: culpable de homicidio agravado. Los jueces sentenciaron que ella era responsable por la muerte de su hijo y por lo tanto tendría que pagar con 30 años de cárcel. En la misma sentencia comentaron que la eximían de cualquier responsabilidad civil porque ella era también víctima, que al ser la madre del difunto niño ella era víctima porque esta era una pérdida irreparable.

Cristina estaba anonadada. No dijo una palabra luego de escuchar la sentencia y se quedó sentada sin creer lo que había sucedido. Veía como su madre lloraba. Su abogada defensora se le acercó y le ofreció unas palabras de consuelo.

-No te preocupés, hija, vas a salir como una profesional... en 30 años algo vas a aprender ahí.

Los secretos de María Edis

Tomás, padre de María Edis, muestra la fosa séptica donde su hija sufrió un aborto espontáneo. Foto Bernat Camps
 
Tomás, padre de María Edis, muestra la fosa séptica donde su hija sufrió un aborto espontáneo. Foto Bernat Camps

María Edis comienza su tarea. La banca donde se sentó a bordar el día anterior sigue en la misma esquina de la habitación. Su mundo parece seguir la rutina diaria. Pero el mundo del ser que lleva pegado en el útero revolotea. La vida del bebé pende de un hilo. El ser se bate en el vientre de la mujer. Lo que María Edis ha cargado en sus entrañas durante los últimos nueve meses es un ser humano. Por lo tanto, en esta historia, un ser humano está a punto de morir.

***

La mujer caminaba sobre el pavimento caliente bañada por el intenso sol del mediodía. En aquella vía solitaria solo la acompañada la incertidumbre. Iba camino de la escuela a traer a los niños cuando, repentinamente, el horizonte se llenó con una caravana de vehículos que transitaban en dirección contraria a la de ella. Parecían llevar prisa y Francisca temió que algo andaba mal. Temió que aquellos vehículos se dirigieran a su casa. Súbitamente la calle se le volvió infinita y los pies le pesaron a cada paso. Sintió que sus piernas no respondían y la ansiedad le inundó el pecho.

Al regresar a casa, frente a la vereda que conduce a la vivienda de sus padres, vio los carros estacionados y un batallón de personas que habían invadido su propiedad.

-¿Dónde está? -le preguntó uno de los hombres, que parecían dirigir aquel operativo.

-No sé -le respondió ella, confundida.

-Si nos echás mentiras te vamos a llevar y por la mentira vas a ir presa -le advirtió, con frialdad.

-No, si yo no sé nada...

Poco a poco Francisca fue entendiendo que aquel contingente de extraños integrado por policías, fiscales, médicos forenses y bomberos era el inicio de una historia que iba a implicar que su hermana María Edis Hernández fuera condenada a morir en prisión.

***

Es un niño. El bebé que se mueve en el vientre de María Edis es un varón y se llamará Gabriel. María Edis no sabe que el nombre de su bebé significa ángel, que está escrito en hebreo, que hay personajes importantes que se llaman así. Para ella, el nombre solo es una forma de recordar a su hermano mayor. Aún así, el instinto de madre no podía fallar y a pesar de su corta vida Gabriel hizo honor al significado de su nombre. El bebé de María Edis demostró ser fuerte y valiente.

***

-Mamááá, mamááá... -gimió una voz cansada y moribunda desde la habitación...

Es una habitación oscura y pequeña, donde hay espacio solo para una cama y un chinero. Ahí estaba María Edis tumbada sobre la cama, con el cuerpo rendido, agonizando en medio de un charco de su propia sangre, con la soledad como único testigo.

La voz de María Edis atravesó las paredes anchas de la casa, y sus palabras resonaron en los oídos apropiados. De la habitación contigua surgió una voz de aliento:

-¿Qué pasó?

María Edis alcanzó a escuchar la respuesta y solo entonces cedió ante el dolor y cerró los ojos.

En la otra habitación, Anastasia molía el maíz. El almuerzo debía estar listo para cuando Tomás, su esposo, regresara a casa. La mujer continuó dando vuelta tras vuelta a la manija del molino, esperando una respuesta a su pregunta.

-¿Qué pasó? -había preguntado. Pero la repuesta nunca llegó.

Los hijos de María Edis, Santos y Tomás, escuchan con atención a su abuelo, quien cuenta la historia de cómo su madre fue condenada a 30 años de prisión. Foto Bernat Camps
 
Los hijos de María Edis, Santos y Tomás, escuchan con atención a su abuelo, quien cuenta la historia de cómo su madre fue condenada a 30 años de prisión. Foto Bernat Camps

Fue entonces cuando la intriga del silencio profundo llevaó a Anastasia hasta la habitación de María Edis. La situación con la que se topó la dejó perpleja. La sangre de María Edis había bañado el piso, las sábanas, la cama... Las preguntas se amotinaron en su cabeza ¿Qué pasó? ¿Y esta sangre? ¿Estás herida? La única que podía dar las respuestas estaba tendida sobre la cama, inconsciente y moribunda.

Anastasia estaba inmersa en un desconcierto total. “Se me va a morir”, pensaba. Sus temores y los nervios se combinaban, sus problemas cardíacos la volvían impotente ante la situación. No podía, no sabía cómo ayudar a su hija.

El problema se volvía más grave a cada minuto y las personas iban apareciendo poco a poco. A la agonía de Anastasia se unió Francisca, hermana menor de María Edis. No había teléfono para llamar al 911, no había carro para trasladar a María Edis al hospital, no había más que agua florida para mojar su cabeza y unas cuantas palmadas en la cara para que reaccionara.

En el caserío Las Mesas, de Cacaopera, Morazán, los servicios que para otros lugares son comunes, en este lugar son un lujo. Apenas hay vestigios de educación, transporte público y salud, mientras que el agua potable, la electricidad y la telefonía son sueños.

Media hora después de que María Edis perdiera la conciencia, Tomás, su padre, regresó a casa y encontró a su esposa e hijas viviendo la pesadilla más grande de sus vidas. Ambas hicieron lo que pudieron pero el remedio no surtía efecto.

De inmediato, Tomás pidió ayuda a uno de sus sobrinos para trasladar a María Edis en pick up hasta el Hospital Nacional de San Francisco Gotera. El hombre no comprendía qué pasaba pero sabía que ese podía ser el último día de la vida de su hija.

Alrededor de las 2 de la tarde de aquel 28 de febrero de 2008, Tomás y Francisca llegaron al hospital cargando el cuerpo de María Edis, quien aún no recuperaba la conciencia debido a la pérdida de sangre.

-Le hablaba pero no me respondía, no hablaba, estaba helada y pálida –recuerda Francisca.

***

Los días pasan y Gabriel crece cada vez más. El espacio es cómodo y siempre hay algo que hacer. La bolsa donde vive funciona como cápsula para viajar junto a su madre. A Gabriel y María Edis los une un lazo que va más allá de lo natural. Gabriel es el único que conoce por completo a su madre y María Edis es la única que sabe quién es Gabriel. Ambos comen, duermen y viven juntos. María Edis sabe qué ocurre con Gabriel y él es el único que podría contestar todos los qués, quiénes, dóndes y porqués que rodean a su madre.

***

Convencidos de que en el hospital recibirían la ayuda que necesitaban, los Hernández tuvieron que esperar. No había cupo, el hospital estaba lleno. Los casos se ordenaban de acuerdo con el grado de gravedad y al parecer María Edis no estaba lo suficientemente grave como para recibir la atención inmediata.

-Ahí no la atendían, nosotros sacamos el carretón para meterla, porque no podía estar sentada, solo acostada -cuenta Francisca.

El tiempo siguió su curso y María Edis siguió esperando. El dolor y la hemorragia de la mujer moribunda no dejaban de ser menos importantes que las demás emergencias que los médicos atendían ese día. La convicción de estar en el lugar apropiado se esfumaba con cada minuto que pasaba.

-Yo dije se va a morir aquí, porque ahí esas señoras no la atendían –dice Tomás, con indignación.

Después de tres horas en espera, Francisca regresó a casa y Tomás, como todo un padre protector y preocupado, siguió esperando junto a la camilla de María Edis.

A las 9 de la noche, tras ocho horas de espera, el turno para recibir la atención médica llegó. Al fin el caso de María Edis fue más importante y urgente que los demás. Al fin alguien le explicaría a Tomás qué le había sucedido a su hija. El campesino ansioso aguardó en la sala de espera con sus pensamientos anudados por la preocupación y la intriga.

A medida que avanzaban los minutos, médicos y enfermeras entraban y salían de la sala donde estaba María Edis. Algo andaba mal. Tomás entonces pensó en preguntar qué pasaba pero ninguno de los que entraban y salían daba respuestas.

-Es normal –pensó Tomás. El caso era grave, la vida de María Edis corría peligro y lo más adecuado era que varios médicos la trataran. Sin embargo, los pensamientos de Tomás se vinieron abajo cuando se sumaron policías y fiscales al grupo que entraba y salía de aquella habitación. La sala estaba llena y Tomás seguía sin poder entrar. Las dudas se le duplicaban.

Una hora después llegó la explicación que Tomás esperaba. Por fin el campesino podría comprender la situación. La médica que atendió a María Edis, Johana Vanesa Mata Herrera, se acercó y sin mediar saludo le preguntó:

-¿Y ese cordón? -inquirió la mujer, refiriéndose a la cuerda de tejidos que asomaba entre las piernas de María Edis...

El panorama dejó de ser una emergencia y pasó a ser un interrogatorio.

-Yo no sé -dijo Tomás, sorprendido, y quizás entonces comenzando a entender lo que le sucedía a su hija..

-Usted debe saber...

-No, yo no me he dado cuenta –contestó Tomás.

“La señora era bien enojada ahí y yo no sabía nada”, dice Tomás, refiriéndose a la médica. “Yo solo miraba que ahí donde estaba ella empezaron a entrar la Fiscalía y la Policía”, cuenta Tomás.

Esa misma noche las enfermeras y los médicos que vigilaban la sala del hospital donde se recuperaba María Edis fueron sustituidos por un agente de policía que custodió por los siguientes ocho días la entrada a la sala. El lugar a donde llegó María Edis pidiendo auxilio se convirtió en su cárcel.

En los días siguientes Francisca y Tomás continuaron visitando a María Edis. Para Francisca esos días representaron la última oportunidad de compartir con su hermana. Dos años después, se volverían a encontrar, pero esa vez María Edis viajaría en un ataúd.

***

Gabriel vive en lo secreto. Su mamá lo oculta bajo la piel. Nadie sabe que existe. Sin embargo, está lleno de vida, aún no nace pero es un bebé sano y fuerte. A sus nueve meses de existencia Gabriel ya conoce el mundo. Desde los cuatro meses escucha lo que está a su alrededor. Lo primero que escuchó fue el bum del corazón de su mamá. Un mes después ya podía enterarse de lo que pasaba del otro lado de la bolsa. Así conoció a su familia sin que esta lo conociera, se rio con sus hermanos sin que ellos supieran que lo hacía... Aunque no todo fue dulce: el mundo también se encargó de enseñarle a Gabriel algunas palabras amargas como rechazo, angustia, dolor y mentira.

***

Tomás dice que no sabe lo que firmó aquel 29 de febrero y que los investigadores no le dijeron nada preciso sobre aquel documento que le pidieron que suscribiera.

-No, nada. Ellos nos pidieron el dui y nos hicieron firmar. A mí me hicieron poner mi huella. Yo no sabía qué firmé, no me dijeron ni yo pregunté. Pero ahí yo supe porque una mujer policía me dijo: tu hija va a ir presa.

Tres años después, los ojos de Tomás se humedecen cuando recuerda el momento en el que “la autoridad”, como llama al grupo de policías, fiscales, médicos forenses y bomberos, invadió su casa.

Ese día, mientras María Edis se recuperaba en el hospital, Anastasia recibió a la autoridad en su casa. Minutos más tarde, se le unió Francisca. Ambas desconocían el procedimiento, por lo que terminaron sentadas en la sala de su casa sin saber qué hacer. Confundidas y asustadas se limitaron a responder las preguntas que hacían los fiscales.

-Siéntese ahí en esa hamaca y no se mueva que ahí debe estar -le decía uno de los fiscales a Anastasia.

-Si nos echás mentiras te vamos a llevar y por la mentira vas a estar presa -le recordaba otro policía a Francisca. Ambas intentaban contestar todo lo que la autoridad preguntaba.

Pronto las palabras quedaron impresas en el papel, las libretas se llenaban de apuntes, cada movimiento, cada detalle, cada titubeo de las mujeres se transformaba en declaraciones. Todas, palabras desconocidas para aquellas campesinas analfabetas. Todo iba al registro.

-La muchacha me escribía todo lo que yo le decía, no me creían porque ellos ya sabían. Pero yo no hablaba mentira porque yo no sabía -explica Anastasia.

En otro lado del terreno los bomberos comenzaban a levantar la plancha de cemento que cubría el servicio sanitario, que en estas zonas rurales no es más que un agujero profundo en el suelo coronado con una capa de concreto. Los bomberos escarbaban en la fosa séptica.

El rastro principal era sangre. Sangre en una sábana, sangre en una cama, sangre en el piso de una habitación y así buscaban todo tipo de detalles minuciosamente.

Para Tomás el interrogatorio no tuvo el mismo ímpetu.

-A mí fue poco lo que me preguntaron... a ella (Francisca) le preguntaron más -recuerda. Quizás porque él no estaba cuando los fiscales invadieron su propiedad.

Cuando el campesino regresó del hospital se topó con algunos de los fiscales que habían estado interrogando a María Edis la noche anterior. Tomás sabía qué buscaban y al igual que Anastasia y Francisca se limitó a contestar las preguntas que le hacían.

La autoridad, satisfecha con lo que había obtenido, terminó asegurándose de que las huellas de Tomás y Anastasia, junto a la firma de Francisca, quedaran impresas en las libretas de apuntes de la Fiscalía, junto a las respuestas que dieron, esas que en lenguaje policíaco eran “declaraciones”. El analfabetismo los hizo presas de sus palabras, su ignorancia y el temor ante una autoridad imponente no les permitió decidir si querían o no declarar.

Seis meses después, el 11 de agosto de 2008, todo estaba listo: el tribunal de sentencia estaba preparado para dictar una resolución. En este juicio no eran necesarios los testigos, no hacía falta que los padres de María Edis estuvieran presentes. Los argumentos presentados tenían el valor suficiente como para dictar una sentencia. Y concluyeron que María Edis era culpable.

***

Los cuerpos de María Edis y Gabriel descansan en el cementerio del Cantón Las Mesas en Cacaopera. Foto Bernat Camps
 
Los cuerpos de María Edis y Gabriel descansan en el cementerio del Cantón Las Mesas en Cacaopera. Foto Bernat Camps

Gabriel es un bebé tranquilo, nunca causa más complicaciones que las que debe. Esto le ayuda a vivir en secreto. Pero este mañana de jueves algo le incomoda, no está a gusto. Cree saber qué es lo que pasa: “Fue el golpe, fue el golpe”, se repite. No se ha sentido bien desde hace tres días, cuando su madre se cayó mientras iba por la vereda que conduce al pozo. Todo cambió desde aquella caída. El cuerpo de su madre y el guacal con ropa que su madre llevaba cayeron con fuerza sobre Gabriel y la cápsula en la que él vive se dañó.

***

Tomás es un campesino que no sabe leer ni escribir. Es de las personas a las que hay que sacarles a cucharadas las palabras. Pero casi tres años después de aquel incidente, parece saber con firmeza cuáles fueron las palabras que dijo a la autoridad. Lo extraño es que a estas alturas no sabe qué dice el papel de la sentencia que envió a su hija a la cárcel. Y mucho menos sabe que las supuestas palabras que dio a la autoridad y que selló con la huella de su pulgar fueron utilizadas para condenar a María Edis. Tomás no sabe que él levantó un denuncia que mandó a su hija a prisión.

Para la Fiscalía la declaración de Tomás era clara. Según el registro, las palabras de Tomás eran una denuncia. “Denuncia del señor Tomás Santos Hernández Saravia... en la que manifiesta: Que siente vergüenza porque el esposo de su hija está en los Estados Unidos, que su hija le comentó que salió embarazada de otro hombre y que el niño que parió está dentro del servicio sanitario; que ya se aseguró y que es cierto, ya que vio a su nietecito, que se considera ofendido. Además lo siente mucho por su hija pero eso nunca lo hubiera hecho de deshacerse del niño...”, reza el acta levantada por la Fiscalía el 29 de febrero de 2008.

Pero Tomás dice que él jamás dijo eso. Que firmó con la huella de su dedo porque le ordenaron que lo hiciera, y en el entendido de que era señal de respaldo a lo que acababa de decir.

-¿Usted le dijo a alguien que usted estaba avergonzado de su hija?

-No, si es mi hija.

-¿Usted dijo que María Edis había hecho algo malo?

-No. Solo escuché lo que me dijo la Policía ahí, que ella iba a estar presa. Y dije, bueno pues, yo no sé, pero si ustedes dicen que ella tiene la culpa, así va a ser.

Pero la versión de Tomás no es la única que no concuerda con el registro de la Fiscalía. El registro de la investigación también incluye a Anastasia y la versión es totalmente distinta a la que hoy en día ella cuenta. Para la Fiscalía, Anastasia fue cómplice de las acciones de su hija María Edis. “... Manifestando la señora Anastasia Méndez de Hernández que exactamente en la cama del segundo cuarto del costado izquierdo fue donde su hija sufrió un aborto, que sobre el suelo a la par de la cama encontró una pelota de sangre que fue a enterrar al cementerio municipal del caserío Las Mesas...”, dice el documento.

Al igual que Tomás, Anastasia es analfabeta, no sabe qué dice la sentencia pero está segura de que los que le preguntaron no creyeron su versión.

-La muchacha que me anotaba todo lo que yo decía no me creía, como ellos ya sabían. Pero yo no hablaba mentira porque yo no sabía. Ellos sabían porque a ella ya le habían sacado la verdad en el hospital. Ellos no me creyeron, ellos no me admitieron –dice la madre de María Edis, mientras las lágrimas comienzan a bajar por sus mejillas.

Fanny Echeverría, una de las fiscales del caso, desacredita las palabras de Anastasia e incluso habla de un proceso judicial que no llevó a cabo por falta de argumentos en el registro. “Ella sí sabía, la mamá sí sabía que ella estaba embarazada. Hay cosas que no quedaron escritas. Pero hay ciertas cuestiones por las que hubiese sido procesada incluso la señora. Además, a ellos se les lee y se les informa todo”, dice, vía telefónica.

Ninguna de las versiones se puede corroborar, pues la Fiscalía no lleva un registro de audios que sostengan las pruebas documentales que se presentan en el juicio.

En cuanto a las declaraciones de María Edis, Echeverría afirma que la joven nunca confirmó ni negó la acusación. “Ella calló siempre, no aceptó ni negó la responsabilidad”.

La Fiscalía también presentó el examen forense que determinaba que el bebé de María Edis nació vivo. Parte de la autopsia que se realiza a recién nacidos consiste en dos procedimientos, que para la ciencia moderna y las innovaciones en cuestión forense están desfasados, pero que en Medicina Legal son la solución práctica ante la falta de recursos. Se llaman docimasias y se realizan de dos formas: óptica e hidrostática.

Ambas prácticas se aplican en los pulmones del recién nacido y tienen el objetivo de verificar si el bebé nació vivo o no. La idea es sustentar con pruebas forenses la acusación de homicidio que la Fiscalía hace en contra de la madre.

La docimasia óptica, como su nombre lo dice, es una prueba visual. El forense observa si los pulmones del bebé están dilatados y a partir de ello formula una conclusión inicial. Para reafirmar este argumento el forense ejecuta una segunda prueba, la docimasia hidrostática, en la que parte el pulmón del bebé en trocitos que luego pone en un recipiente con agua. Si los trozos flotan se comprueba que el bebé respiró.

Este tipo de docimasias son calificadas por muchos como inexactas dado que cualquier circunstancia en el ambiente, como el calor, puede causar que un cuerpo sin vida despida gases, haciendo que se inflamen las diferentes cavidades, como los pulmones.

Sin embargo, en El Salvador este tipo de pruebas tienen el valor suficiente para procesar casos de abortos espontáneos como homicidios. En el caso de María Edis ambas pruebas fueron positivas. El bebé respiró y por ser un feto de término, el forense estima que pudo haber vivido de 10 a 15 minutos fuera del organismo de su madre.

La Fiscalía tenía sustentado el caso en esas pruebas y en la situación social que vivía María Edis. “El motivo era bien fuerte para poder hacer eso porque su esposo estaba fuera del país y nadie en la localidad sabía que ella estaba embarazada”, especula la fiscal Echeverría, sobre el móvil que según ella tuvo María Edis para abortar.

El caso de María Edis estaba en manos de un defensor público. Milton Evelio Amaya Díaz era el único que podía reunir las pruebas y los argumentos necesarios para desvencijar la historia de la Fiscalía. Sin embargo, Amaya Díaz no citó a ningún testigo y ni siquiera visitó a la familia de la imputada.

Para el Tribunal de Sentencia de San Francisco Gotera las pruebas periciales, documentales y testimoniales que presentó la Fiscalía fueron suficientes para declararla culpable. El Tribunal, en su sentencia, dice que sustenta su fallo en que la Fiscalía mostró a una María Edis infiel a su esposo y carente de instinto materno, condiciones que la llevaron a decidir matar a su bebé.

“Sabía de su embarazo y que el mismo era producto de una infidelidad, pues era casada, por lo que teniendo capacidad de elección entre tenerlo, cuidarlo, alimentarlo y vivir por él, como naturalmente lo haría cualquier madre biológica, optó por un comportamiento contrario a la naturaleza misma… Y así esperó dar a luz al bebé para luego deshacerse de él arrojándolo ella misma a la fosa séptica”, resumen los jueces de sentencia Mario Alejandro Hernández Robles, quien presidió la audiencia, Oscar René Argueta Alvarado y Juan Carlos Flores Espinal.

En ninguna parte de la sentencia los jueces citan circunstancia o hecho o prueba científica alguna que relacione la muerte del bebé con un solo acto voluntario de María Edis. Sí alegan que María Edis violó las leyes de la naturaleza.

En cuanto a la declaración de María Edis, los tres jueces hombres discursan sobre el instinto maternal y arman una trama en la que la supuesta infidelidad de la acusada fue móvil para el homicidio del bebé. “Las declaraciones resultan inconcebibles y no caben como probables dentro de las reglas del correcto entendimiento humano, pues el instinto maternal es el de protección a su hijo (…) Pero en el presente caso la imputada en su afán de querer desprenderse del producto de su embarazo, pues era producto de una infidelidad... es que con todo conocimiento al verlo vivo buscó, de forma consciente, el medio y el lugar idóneo para hacerlo desaparecer quitándole así a su hijo la oportunidad de vivir, acción con la que afectó el bien jurídico protegido de la vida humana. Y en este caso resulta más reprochable que tal conducta provenga de una madre hacia su propio hijo”.

Los jueces también abundan en señalar supuestas violaciones a preceptos morales, que son prácticamente los únicos argumentos que esgrimen antes de resolver que María Edis es culpable. “Todos estos indicios recabados y valorados nos llevan a crearnos un estado de certeza positiva en primer lugar, de la muerte provocada del recién nacido. En segundo lugar, de la autoría directa de la imputada en la comisión del mismo, acción en la que prevaleció más su interés personal que la vida de su pequeño hijo”.

***

Gabriel ya tiene nueve meses y la cápsula se le hace pequeña para moverse. Su madre siente dolores en el vientre, pero no contracciones. Gabriel insiste: “Fue el golpe, fue el golpe...” El dolor la paraliza, una migraña le tortura el cerebro y María Edis corre al inodoro. Su cuerpo parece comenzar a defecar sin su ayuda...

***

¿Cuánto tiempo puede pasar una mujer sin que alguien más advierta que está embarazada? En el caso de María Edis la respuesta suena a una versión floja de los hechos. La incontinencia, los mareos y las ganas de ir al retrete, todos se alinearon en contra del mayor de los secretos de María Edis.

Para María Edis, séptima de nueve hermanos, la vida no solo estuvo rodeada de misterio, y tragedias. Hubo palabras gratas como amor y alegría. En un tiempo conoció el amor, en todas sus dimensiones. Tuvo familia, tuvo pareja, fue madre. Y ese sentimiento, precisamente, la llevó a tomar las decisiones más importantes de su vida.

En el año 2000 María Edis comenzó a asistir a la iglesia por su cuenta. Católica de nacimiento, la joven se integró a un grupo de jóvenes católicos de la parroquia de Cacaopera. Ahí conoció a Mario, joven campesino de quien se enamoró.

El sentimiento y la pasión llevaron al primer embarazo de María Edis. La idea de ser padres sin estar casados no dejaba de incomodarles, pero ambos asumieron la responsabilidad de tener a su hijo.

Nadie de su familia tenía idea de lo que sucedía. Las molestias del embarazo pasaron inadvertidas. “Ni se le echaba de ver nada cuando ella le dijo a mi mami y ya tenía tres meses. A veces vomitaba pero yo pensaba que era que algo le había caído mal”, recuerda Francisca.

Para Tomás, su padre, la sorpresa del primer embarazo de su hija fue aun mayor. “Ya hasta cuando tenía cinco meses se lo noté. No notamos porque quizás se socaba”, supone Tomás.

El secreto dejó de serlo cuando el embarazo fue obvio. Entonces Mario y María Edis, de 25 y 22 años de edad, respectivamente, decidieron que era hora de casarse y vivir juntos. La pareja contrajo nupcias y se instaló en Albania, un caserío situado cerca de la casa de los padres de Mario.

La presión social, el embarazo repentino, el estar lejos de su hogar y la soledad fueron más fuertes que cualquier otro sentimiento para María Edis, quien decidió regresar a su hogar y finalizar su embarazo junto a sus padres. Ahí, con la ayuda de su madre, dio a luz a su primer hijo, Santos. Nunca regresó a la casa de Mario, aunque la situación no era definitiva.

La relación seguía avanzando y los encuentros amorosos tomaron fuerza nuevamente. Tres años más tarde, en 2003, María Edis ya esperaba a su segundo hijo. A Santos de tres años se le sumó Tomás.

Ese mismo año, tras ir y venir en la relación con María Edis, Mario decidió emigrar hacia los Estados Unidos buscando, como muchos salvadoreños, una mejor vida para él y su familia.

Durante los siguientes cinco años, la relación continuó, la comunicación con Mario no se rompió. Cada domingo, María Edis junto a Santos y Tomás subían al cerro que está frente a su casa para lograr captar la señal de teléfono celular y esperar la llamada de Mario. Durante la semana, María Edis viajaba hasta la casa de su hermana Gloria, donde esperaba alrededor de cinco horas mientras cargaba el teléfono celular que utilizaba para hablar con Mario.

La ayuda económica de Mario comenzó siendo suficiente para mantener a María Edis y sus hijos. Pero con el pasar del tiempo esta, al igual que la comunicación, el amor y todo, fue mermando. Los 100 dólares mensuales pronto comenzaron a ser 50 dólares mensuales. Los 50 dólares mensuales se transformaron en 50 dólares trimestrales, 50 dólares al tiempo... Ya en 2008 la relación amorosa era casi nula y las remesas eran esporádicas.

Fue entonces cuando María Edis comenzó a sentir los resultados fríos del fenómeno de la migración. El olvido y el desinterés de Mario se hicieron evidentes para los que aquí lo esperaban. La soledad halló cabida en María Edis. “A ella le pegaba una gran tristeza, a veces lloraba mucho y se deprimía”, cuenta Anastasia. La rutina, los quehaceres, la soledad y las responsabilidades de hogar resultaron en una depresión.

***

La cápsula que hasta hoy sirve de refugio a Gabriel se está transformando. Gabriel está más incómodo que nunca. “Fue el golpe, fue el golpe”... La fuerza es cada vez mayor y Gabriel lucha con todas sus fuerzas por mantenerse dentro de la bolsa, pero la situación está más allá de su control...

***

María Edis conocía la razón de su depresión, pero desconocía lo que pasaba con su organismo. Como toda persona criada en el campo abierto, su cuerpo había desarrollado defensas altas. Las gripes, calenturas, dolores de cabeza esporádicos no significaban nada. Todo se resolvía con una visita a la clínica y unas cuantas píldoras.

Cuando el malestar comenzó a ser constante, María Edis notó cambios en su cuerpo. Pequeñas bolas comenzaron a crecer en su cuello, la migraña se tornó intensa y el cuerpo poco a poco se debilitaba. Como siempre, la solución fue una visita a la clínica y unas cuantas píldoras.

Parecía que las bolitas que crecían en el cuello de la joven no eran cuestión para preocuparse. La enfermedad de María Edis no estaba diseñada para países subdesarrollados como El Salvador. El mal de Hodgkin representa el 1% de todos los cánceres conocidos. También conocido como linfoma de Hodgkin, es un cáncer que se origina en el tejido linfático, que forma parte del sistema inmunológico y del mecanismo de producción de sangre. El tejido linfático se encarga de distribuir glóbulos blancos en todo el organismo a través de conductos ubicados principalmente en el cuello, las axilas y la ingle, que son conocidos como ganglios linfáticos. Con el cáncer, los ganglios linfáticos se inflaman y forman pequeñas masas o bolitas.

María Edis no tenía ni la menor idea de lo que pasaba en su organismo. Nadie le dijo que las bolitas que tenía en el cuello eran tumores. Nadie le habló de la palabra cáncer, nadie le explicó que esa palabra se relacionaba, en muchos sentidos, con otra palabra que ella sí conocía: muerte. “Ella había ido a pasar consulta en la clínica de rodeo para que le dieran algunas pastillitas, también iba al control de Gotera con los niños, pero nunca le dijeron nada de las bolitas”, explica Anastasia.

La vida siguió su rumbo, los días siguieron pasando y María Edis volvió a toparse con el sentimiento que alguna vez la hizo feliz. Hacía más de cinco años que su esposo se había marchado y la relación había muerto. Una vez más, alguien hacía resurgir del olvido todas las emociones gratas que conlleva el enamoramiento. La mujer olvidada volvió a sentirse importante para un hombre. María Edis cedió ante la idea de un romance secreto y prohibido. Como en muchas otras ocasiones, nadie supo quién, dónde, cómo, cuándo ni por qué.

Los viajes al centro de Cacaopera comenzaron a ser frecuentes. María Edis esperaba con ansias el día de hacer los comprados de la quincena. Era la oportunidad perfecta para encontrarse con su amante, quien laboraba como motorista de la ruta 377, la única que brinda acceso a la zona. Nadie supo a ciencia cierta cuánto duró el amorío ni cómo se dio.

Todo pintaba bien, nadie sospechaba de la relación, todo parecía caminar sobre ruedas hasta que la menstruación cesó por dos meses consecutivos. Entonces María Edis comprendió la gravedad de la situación: estaba embarazada de un hombre que no era su esposo.

***

Sin mayor esfuerzo aquello que el cuerpo de María Edis quiso expulsar ha salido. El dolor intenso cesa, la presión se esfuma, lo que ella cree son heces ha salido. Para María Edis la tragedia estomacal parece haber terminado... lo que ella no imagina es que la tragedia a duras penas comienza...

***

María Edis no sabía qué le ocurría a su cuerpo, ni que la enfermedad que padecía se relacionaba con una palabra que ella sí conocía bien: muerte.

Aquel encuentro que ella y su familia tuvieron con la autoridad a finales de febrero de 2008 no había sido el primero para los Hernández. Con seis de nueve hijos muertos, los Hernández escribieron una historia de tragedias y pobreza. Homicidio, alcoholismo, problemas mentales, enfermedades inciertas, migración y todo tipo de desventuras construían el linaje.

Los esposos Hernández han vivido en el cantón Las Mesas desde que tienen memoria. Todos sus hijos fueron criados en la misma casa de bajareque, con estilo rural, paredes gruesas repelladas con cemento y techo de teja con altura baja.

Los nueve hermanos Hernández Méndez se criaron a la buena de Dios, con el único fin de ayudar a sus padres en el trabajo de campo, los quehaceres del hogar y posteriormente formar sus hogares propios. En el proceso, cada uno se enfrentó a una suerte distinta, escribiendo una historia de pobreza cada vez más lúgubre.

El hermano mayor, Gabriel Hernández, murió en 2004, tras ser tiroteado a quemarropa por agentes de la PNC. Los problemas de salud mental no controlados lo llevaron a asesinar a dos niños que vivían en el mismo caserío. La tragedia afectó profundamente a la familia, que aún no supera la pérdida.

Antes de Gabriel, los Hernández ya habían perdido a otros hijos, Esteberio y Santos. El primero murió ahogado junto a su caballo, cuando debido a las lluvias una de las quebradas en la zona se desbordó. Esteberio quiso cruzar el cauce y la corriente lo arrastró. El segundo enfrentó problemas de alcoholismo que un día lo hicieron confundir veneno con alcohol, lo que le provocó la muerte.

Otras dos pérdidas abonaron a la desgracia de los Hernández Méndez: la muerte de dos hermanas por enfermedades no identificadas. Una de ellas de siete años de edad y la otra de siete meses. La familia aún no entiende qué les causó la muerte. La razón se resume en “enfermedades que les dan a los niños”.

Sobreviven solo tres hijas. Reina de la Paz emigró hacia los Estados Unidos y continúa en contacto con sus familiares. Gloria se casó y vive en un cantón cercano. Francisca, la menor, también se casó y vive a pocos metros de la casa de sus padres.

***

María Edis continúa sentada en la taza del inodoro. Siente el cuerpo débil y siente que no es la misma, que algo le falta. Se levanta con dificultad y camina hasta su habitación... entonces se percata: su falda está empapada en sangre... La cápsula de Gabriel está rota y Gabriel no está, no lo siente en sus entrañas... está a punto de perder la conciencia y alcanza a gemir: “Mamáááá...”

***

“El tribunal, por unanimidad, falla: condénese a la señora María Edis Hernández Méndez de Castro a una pena de treinta años de prisión por la comisión del delito de Homicidio Agravado en perjuicio de su hijo recién nacido - dictado el 11 de Agosto de 2008”.

La condena no era solo para María Edis. Santos y Tomás fueron condenados a vivir sin su madre, los Hernández fueron condenados a vivir con el castigo del juicio social, Gabriel fue condenado a ser conocido como el bebé que nadie quiso.

María Edis se acostumbró a su nuevo hogar tras las rejas. Pero el castigo no era suficiente. Aquellas cosas que olvidó la alcanzaron. Entonces recordó que su cuerpo no solo había alojado a un bebé, sino que había mostrado unas bolitas en su cuello. Por sus venas circulaba el veneno que le causaría la muerte. El cáncer que María Edis nunca se trató se había desarrollado. Y justo cuando pensaba que iba a vivir los próximos 30 años en la cárcel, comprendió que ella iba a salir de la cárcel en un ataúd.

El mundo siguió su rumbo, y las noticias llegaron a oídos de Mario, el esposo de María Edis. El hombre, molesto, tomó el teléfono y habló con Tomás. Estaba indignado y no quería saber más de la familia de María Edis. Lo único que quería era alejar a sus hijos de los Hernández Méndez.

-Yo me sentí mal, le bajé el teléfono y ya no quise hablar con él –cuenta Tomás.

Mario seguía inconforme y no paró. Un mes después de la llamada a Tomás, un grupo de abogados visitó la casa de los Hernández, pues llegaban a traer a Santos y a Tomás para llevarlos con sus abuelos paternos.

-Tres veces vinieron pero los niños no se querían ir. Se ponían a llorar. Nosotros los teníamos listos con ropita y todo pero ellos no se quisieron ir.

Francisca y Tomás sueltan una risa mientras recuerdan cómo lo niños se resistían a dejar su hogar. Así, Santos y Tomás se quedaron. Mario nunca volvió a tener contacto con ellos. Mario y su familia se desentendieron por completo de los Hernández Méndez.

Del otro lado de las rejas, María Edis esperaba las visitas mientras luchaba contra el mal de Hodgkin. Tomás, el que según la autoridad puso la denuncia en contra de su hija, fue el único que cada mes visitó a María Edis en la cárcel. En un inicio las visitas eran en San Miguel, en el Centro Penal de Mujeres de esa ciudad.

Tres meses después la enfermedad de María Edis obligó a que se hiciera un traslado hasta Cárcel de Mujeres en Ilopango, así podría recibir el tratamiento adecuado en el Hospital Rosales. Ahí María Edis se sometió a una cirugía que extirparía las bolitas de su cuello. Sin embargo, el resultado no fue el esperado, pues el cáncer había avanzado demasiado y no quedaba más que someterse al tratamiento con quimioterapia.

Las visitas de Tomás ya no pudieron ser tan frecuentes. Los 15 dólares que gastaba en cada viaje le impedían visitar a María Edis cada mes. Además tenía que llevar al menos 25 dólares que le dejaba a su hija. Anastasia y Francisca debían esperar más tiempo, pues se conformaban con lo poco que Tomás contaba sobre María Edis.

Solo dos años después del aborto, Anastasia por fin volvió a ver a su hija. Tomás logró ahorrar unos centavos para poder pagar el pasaje de ambos y trasladarse al penal en Ilopango. La emoción del momento era incontrolable. Y María Edis supo que ese era el momento indicado para despedirse de sus padres.

-La última vez que la fui a ver ella me abrazó y me dijo que la perdonara. “Mamita, ¿me perdona por no haberle dicho? Yo de aquí ya no voy a salir, son 30 años que me han dado”, recuerda Anastasia que le dijo su hija.

Estas fueron las últimas palabras de María Edis que Anastasia escuchó.

La enfermedad comenzó a consumir rápidamente a María Edis. Sabiendo que no le quedaba mucho tiempo, quería ver a sus hijos. Pensó que ella no podía volver a su hogar y que sus hijos no podían llegar a visitarla.

María Edis pidió un último deseo y alguien se lo concedió. Un miembro del equipo de médicos que la atendía viajó hasta la casa de María Edis, conoció a su familia y tomó fotografías de sus hijos. De regreso en el hospital, le mostró las fotos de los niños. El gesto de aquel samaritano -cuyo nombre nadie parece recordar- ayudó a que María Edis se fuera en paz el 30 de abril de 2010.

***

Gabriel ya no repite más “Fue el golpe, fue el golpe”. Gabriel ya no come, duerme ni vive junto a su madre. Gabriel ya no sabe los qués, los quiénes, los dóndes ni los porqués que rodean a su madre. Gabriel ya no ríe en secreto con sus hermanos ni escucha más el bum del corazón de su mamá. Gabriel y su mamá viajan por caminos separados y dentro de 26 meses se reencontrarán en una palabra muy conocida para su madre: muerte.

Foto de María Edis en la pared de su casa paterna.
 
Foto de María Edis en la pared de su casa paterna.



-Mirá, después de que salgás de aquí, vas detenida.

-¿Y por qué? -le preguntó.

Cristina vivía con su madre y su padrastro en una colonia del oriente de la capital. A las 10 de la noche del sábado se levantó y fue a la cocina a tomar un agua azucarada porque no se había sentido bien durante el día. Pensó que la bebida le asentaría el estómago. Regresó a la cama donde dormía su hijo de dos años, Daniel, un bebé moreno y regordete que nació cuando ella tenía 16 años. Y ahora, a sus 18 años, estaba en una camilla de hospital luchando por estar consciente y a la vez por entender qué sucedía. Venía del quirófano y lo que esa mujer con una placa dorada en el pecho le decía es que iba a convalecer en las bartolinas.

-Y, ¿por qué? -, preguntó mientras el miedo empezaba a buscar lugar en su cuerpo que todavía estaba desubicado.

-Vas detenida por la muerte de tu bebé -le respondió la agente que la había interrogado.

* * *

Pasaron seis meses desde aquella madrugada de octubre de 2004. Era mayo de 2005 y Cristina se encontraba en una audiencia preliminar. Afortunadamente tenía una abogada defensora que estaba a punto de iniciar la argumentación en su favor. Natalia Durán, defensora pública adscrita a la Procuraduría General de la República, se puso de pie en una de las salas del Juzgado de Paz de Ilopango, y se dispuso a aplastar a la parte acusadora:

-Estoy aquí para defender a la señora... -dijo Durán, sin poder terminar la oración.

La abogada había olvidado el nombre de su defendida, que a un lado veía cómo su futuro estaba en manos de esta mujer que ni siquiera era capaz de haber memorizado un nombre. Durán ni siquiera podía recordar un nombre y un apellido juntos: Cristina Quintanilla. Entonces volvió la mirada hacia la acusada y le pidió auxilio.

-... Hija, ¿cómo te llamás?

Esta era la cuarta vez que Cristina veía a la persona que estaba a cargo de su defensa en un juicio por homicidio culposo. Enfrentaba la posibilidad de que la sentenciaran a entre dos y cuatro años de cárcel y su abogada defensora ni siquiera sabía su nombre.

Después de aquel 24 de octubre en el que una agente de policía le dijo que iría presa, Cristina pasó seis días en las bartolinas de Apulo. En la audiencia inicial, una jueza decidió que la acusación en contra suya no tenía bases y la absolvió. Cristina estaba libre, pero la Fiscalía apeló, ganó la apelación y se le abrió el camino hacia el juicio. Entonces su caso pasó a manos de Natalia Durán, la abogada que no sabía su nombre.

En esos primeros meses de 2005, Cristina estaba desesperada. A pesar de que estaba a la espera  de un juicio por homicidio culposo, no la habían detenido provisionalmente y hacía todo lo que podía para conseguir los papeles que fueran necesarios en su juicio. Los iba a traer a donde fuera, incluso al hospital de San Miguel donde alguna vez la operaron del apéndice. El día antes de la vista pública, cuando el tribunal segundo de Sentencia decidiría si era culpable o no, Cristina fue a buscar a su defensora, pero esta le dijo que en ese momento no tenía tiempo. A Cristina no le importó y le dijo que la esperaría hasta que la pudiera recibir porque necesitaba hablar con ella. Esperaba alguna guía de la abogada, pero de esta solo recibió unas palabras poco reconfortantes: “ Diga lo que usted ya sabe, usted tiene que decir lo que usted ya sabe”.

* * *

La mamá de Cristina viajaba en bus con su nieto. Ya había pasado el juicio y desde entonces el hijo de Cristina había quedado al cuidado de su mamá. Felícita seguía viviendo en el mismo apartamento. El bus se movía. Abuela y nieto salían de San Bartolo, la colonia donde vivían. En ese momento, Daniel ya sabía dónde estaba su mamá.

Estaban en el bus, uno a la par del otro. Algo fuera de la ventana del bus llamó la vista de Daniel. Era un imán. Lo vio y lo gritó. Su abuela también tenía que verlo. Era importante y él lo sabía. Tiraba de la ropa de su abuela, señalaba fuera de la ventana. Quería la atención de su abuela y la obligaría a ver lo que estaba fuera de ese bus. Ese día no visitarían a Cristina, pero el camino que recorrían pasaba junto a Cárcel de Mujeres y cuando Daniel vio el edificio donde estaba su madre se inquietó y empezó a buscar la atención de su abuela, quien trataba de ignorarlo.

-¡Mami, mami! -le decía, mientras Felícita se hacía la que no escuchaba y buscaba una conversación distractora con una señora que viajaba en el bus.

Siempre que pasaba junto a ese lugar, Felícita sabía quién estaba ahí. Aunque fuera hablando con alguien, aunque no volteara a ver directamente, ella sabía que su hija estaba ahí, en una celda, pero Daniel le quería recordar a todo pulmón lo que ella quería llevar en secreto.

-¡Mami, mami! Ahí es donde está mi mami, ¿vea? -le decía, mientras Felícita hablaba con la señora-. ¡Le estoy diciendo que vea  para donde está mi mami! -aclamaba Daniel en medio del bus repleto de gente para que su abuela le prestara atención-.

Las primeras veces que Felícita del Carmen llevó a su nieto a visitar a su madre este todavía iba en brazos, era un niño de apenas tres años. Todavía no entendía dónde estaba Cristina. Pero un día alguien le rompió la burbuja y le contó que Cristina estaba en prisión. Entonces Daniel llegó reclamándole a su abuela. Su madre no estaba trabajando, estaba en prisión.  

Cuando enfrentó a su abuela le preguntó si era cierto lo que decía la fulana, que su mamá saldría cuando él tuviera treinta años. Era cierto. Cristina se enfrentó ante una acusación de homicidio culposo por la cuál le darían entre dos a cuatro años, pero terminó siendo condenada a 30 años de prisión. Felícita no sabía cómo decirle que era cierto, que no volvería a ver a su madre afuera de esas cuatro paredes hasta que fuera un hombre, que su mamá no lo acompañaría en su graduación así como no estuvo junto a él para su primer día de escuela, y le respondió que no, que su mamá saldría pronto. “Es que la gente si uno está moribundo, lo terminaba”, dice ahora Felícita, con un poco de amargura en la voz.

La siguiente en enfrentarse con las preguntas de Daniel fue Cristina. En la siguiente visita a Cárcel de Mujeres, Cristina se tuvo que enfrentar con las preguntas de Daniel, quien le pidió que hablaran. Quería que le explicara qué era el lugar donde estaba. Cristina no sabía muy bien cómo responderle y empezó a decirle la versión light de lo que es una cárcel. Es un colegio, es otra cosa, es cualquier cosa, todo para darle una versión menos dura, para no oscurecerle la realidad a su hijo. Daniel permaneció en silencio un momento y luego aplastó la explicación de su madre: él ya sabía qué era ese lugar, porque cuando llegaba lo revisaban. Era una cárcel.

La cara de Cristina cambió. Le preocupaba la pregunta que le seguía a esa afirmación. Le preocupaba que Daniel le preguntara qué había hecho para que la metieran presa. Le preocupaba que le preguntara cómo era eso que había sido sentenciada a 30 años de prisión por haber matado al bebé que llevaba en el vientre cuando Daniel tenía dos años.

* * *

En 2002 Cristina todavía era una niña. Una niña criando a un niño. Siguió los pasos de su madre o la maldición de un país pobre, donde casi una tercera parte de los embarazos corresponden a adolescentes. Tuvo su primer hijo a los 16 años, la edad que tenía su mamá cuando ella nació. En 2004 Cristina estaba acompañada y esperaba su segundo hijo. Cuando tenía un mes de embarazo, su pareja se fue a Estados Unidos y le mandaba remesas semanales. En septiembre de ese año, Cristina cumplió 18 años. Su pareja ahorraba para el día del parto porque este significaría un gasto más fuerte. En octubre, Cristina tenía 7 meses de embarazo y junto a su madre planeaba un babyshower. Ya tenía ropa para su bebé, pero todavía no sabía el sexo de la criatura. Este sería una sorpresa.

El 23 de octubre de ese año la vida de Cristina cambió. Todo empezó con un malestar estomacal.  A las 10 de la noche, se levantó a tomar un agua azucarada y volvió a la cama. Cinco horas más tarde, aquella policía le decía que iban a enviarla a prisión por haber matado al bebé que llevaba dentro.

En el hospital oía las palabras de la oficial, pero no las entendía o no las quería creer. ¿Cómo iría a prisión en el estado en que estaba? Le acababan de hacer un legrado y seguía en la camilla del hospital. Pero estaba en un país donde las mujeres que tienen un aborto -cualquier tipo de aborto- están catalogadas de antemano como delincuentes. Una mujer que tiene un aborto es perseguida hasta entre las sábanas. Son manchas que resaltan más, que se agarran en hospitales y se encuentran más fácil que aquellas que dejan 12 homicidios diarios en un país violento.

Desde 1998, con el último Código Penal, El Salvador se convirtió en un Estado implacable en temas de aborto. Todo tipo de aborto inducido es considerado delito, incluso aquel que antes no se castigaba porque el embarazo representaba un peligro para la salud de la mujer, porque era producto de una violación o porque se presumiera que el feto tenía graves problemas físicos o síquicos.

Durante su corta estadía en la sala de recuperación, un agente acompañaba siempre a Cristina, pero esta seguía sin digerir la posibilidad de ir a la cárcel. No podía ser verdad. Hasta cuando un abogado de la Procuraduría llegó a asesorarla y le dijo que sí, que iría a prisión porque la acusaban de la muerte de su recién nacido.

Al día siguiente la Policía la llevó en la cama de un pick up hasta las bartolinas de Apulo. En ese momento la acusación era de aborto, un delito por el que podía recibir de dos a ocho años de cárcel. Cuando llegó a las bartolinas, le quitaron los medicamentos que le habían dado en el hospital. No podían entrar nada más que ella y su ropa.

En el acta levantada por los agentes de la PNC se le acusaba del delito de aborto. Seis días después el cargo mutó a homicidio agravado. Seis meses más tarde fue acusada de homicidio culposo y cuatro meses después, en agosto de 2005, a Cristina le terminaron dando una sentencia por homicidio agravado.

Cristina pasó seis días en las bartolinas hasta la audiencia inicial en la que se le acusaba de homicidio agravado. Ante las pruebas de la Fiscalía, la jueza de Paz de Ilopango decidió que no procedía la acusación y la absolvió de todos los cargos. Pero la Fiscalía apeló y cuando en abril de 2005 logró que se reabriera el caso, redujo el cargo a homicidio culposo, que es provocar una muerte sin la intención de causarla. Esta modificación se debió a que la autopsia del bebé no determinaba la causa de muerte. Fue en esta etapa cuando la Procuraduría le asignó a la abogada Natalia Durán.

Pasaron 10 meses desde la noche cuando despertó en el hospital de San Bartolo hasta cuando escuchó su sentencia, en agosto de 2005. Cristina sabía que estaba en problemas, pues la Fiscalía estaba pidiendo condena por un delito que acarreaba hasta cuatro años de cárcel. Con lo que no contaba Cristina era con que el tribunal decidiría que no bastaba el cargo por el que la acusaba la Fiscalía, sino que la condenaría a 30 años de prisión por homicidio agravado.

* * *

Aquel 23 de octubre, a las 10 de la noche, Cristina veía una película en su cama mientras Daniel, su hijo, que entonces tenía dos años, dormía a su lado. Todo el día había estado con diarrea y se levantó para tomar agua azucarada. Esto que le sucedía iba a ser utilizado meses más tarde para condenarla a 30 años de cárcel, gracias a un informe de Medicina Legal que contradecía otro informe de Medicina Legal.

Entonces, Cristina vivía con su madre, Felícita, y su padrastro, Moisés, en un apartamento en Jardines de San Bartolo. Para llegar ahí hay que pasar un laberinto de calles hasta encontrarse con el que parece ser un callejón sin salida. A un lado hay semiescondida una calle de tierra que lleva hasta una serie de cajones de cemento apilados de dos en dos a los que llaman apartamentos. En el fondo de esa calle de tierra, en el segundo piso de uno de esos cajones, vive Felícita. Desde la puerta de entrada al apartamento se puede ver un muro blanco junto a un palo de mango con un tatuaje que anuncia quien manda: MS en letras góticas seguidas de “mara salvatrucha” en cursivas.

Un pasillo de dos metros por cinco hace de comedor, sala y bodega de electrodomésticos. Moisés repara aparatos electrónicos y los mantiene apilados. A la derecha hay dos puertas que llevan a los cuartos, primero el de Felícita y su esposo, y luego el que entonces era de Cristina. Al final del pasillo, a la izquierda, está el baño.

Cuando Cristina estaba embarazada de su segundo bebé, Felícita trabajaba en una maquila. Aquel sábado regresó a su casa por la tarde y encontró a Cristina con diarrea. No le podía dar nada porque estaba embarazada y la medicina le podría hacer daño al niño. Felícita le sugirió que fueran al hospital para que la revisaran, pero su hija le dijo que esperaran a ver si empeoraba o no. Todo empeoró.

A la medianoche, dos horas después de tomar su agua azucarada, Cristina se volvió a levantar. Salió del cuarto y caminó un par de metros hasta llegar al baño. Entró, se sentó en la taza del inodoro y ahí quedó un bebé de siete meses de gestación.

Durante el juicio, una de las pruebas en contra de Cristina fue el testimonio de una experta de Medicina Legal, quien dijo que los dolores estomacales que sufrió la acusada eran en realidad dolores de parto. Esta aseguraba que la confusión entre ambos es exclusiva de las mujeres que por primera vez tienen un bebé. “La mujer que ha parido por segunda vez tiene que saber que son los dolores de parto y no simples dolores estomacales”, afirmó la médica forense Carolina Eugenia Paz Barahona. Esa explicación, según la Fiscalía, probaba que Cristina sabía que estaba por dar a luz y aun así no actuó para buscar ayuda. Y no buscó ayuda porque quería deshacerse de su bebé.

El 24 de octubre de 2004, cuando a la casa de Cristina se presentaron Fiscalía y Medicina Legal a hacer la inspección para levantar el cadáver del bebé, el acta del procedimiento consigna que el  cuerpo que estaba en el piso del baño correspondía a un bebé de siete meses de gestación. Ese dato lo sustentan las firmas del fiscal y del médico forense William Hernández Pineda.

Ya en la audiencia de sentencia, lo que la experta de Medicina Legal aportó fue una cosa muy distinta. Según Paz Barahona, el bebé de Cristina tenía mucho más tiempo de gestación que los siete meses apuntados por su colega Hernández Pineda. “... La viabilidad se ve después de las 37 semanas de gestación en adelante, que el bebé ya tenía entre 40 y 42 semanas, ya de tiempo maduro y ya estaba preparado para la vida extrauterina”, dijo la médica forense, citada en la sentencia. Según el documento, entonces, Cristina tenía entre 10 y 10 meses y medio de embarazo cuando dio a luz.

* * *

Era poco después de la medianoche y Cristina estaba en al baño. No tenía fuerzas y vio que había perdido mucha sangre. Estaba sentada sobre el inodoro, semidesnuda y sangrando en una celda diminuta de dos metros por uno. Con las pocas fuerzas que le quedaban, logró golpear un poco la puerta de metal, mover la manija lo suficiente para abrirla y dejar salir un gemido silencioso en busca de ayuda: “¡Mamáááá...!”.

Felícita no sabe si es que alcanzó a escuchar el llamado de su hija o si la necesidad de ir al baño la despertó, pero a las 12:15 se levantó y caminó hacia el baño. Cuando abrió la puerta vio que Cristina estaba sentada en el retrete. Pero estaba rara. Parecía que se estaba cayendo y estaba pálida.

-Cristina, ¿qué pasó? -preguntó Felícita, con preocupación.

-El niño, el niño se me ha ido al servicio -logró balbucear Cristina, mientras su mamá veía que el baño estaba lleno de sangre.

Felícita quedó impactada con las palabras de su hija. Por un momento se detuvo, sin saber qué hacer, pero pronto reaccionó. Levantó a su hija y la hizo a un lado. Entonces fue cuando vio lo que estaba descansando en el inodoro. Era una chibola de piel y sangre. Era su nieto.

Ante esta imagen, dio la vuelta y regresó a su cuarto para despertar a su esposo, quien seguía dormido sin saber lo que pasaba a su alrededor. Necesitaba su ayuda, su hija se estaba sangrando y el bebé estaba en el inodoro.

Mientras su esposo terminaba de despertarse, corrió de nuevo a donde su hija. No la podía dejar ahí tirada, sin ropa y llena de sangre. Cerca del baño mantenía una bata larga, la agarró y con ella la cubrió. Entonces, Felícita, una mujer de alrededor de 1.55 metros de estatura, levantó a su hija que la igualaba en altura y la movió un par de metros hasta sentarla en una silla junto a la puerta de su cuarto. Para entonces Cristina estaba inconsciente y no podía sostenerse en la silla.

Moisés llegó y vio cómo del baño salía un rastro de sangre hasta donde estaban las dos mujeres. Se acercó al baño. Desde ahí salió una voz temblorosa que pedía una toallita. Felícita corrió al cuarto y buscó una toalla de mano. Con ella, Moisés tomó al bebé que estaba dentro del servicio, lo sacó y lo puso sobre el piso del baño, cubriendo el cuerpo con la toalla en forma de manto fúnebre.

Cristina seguía perdiendo sangre y su madre le pidió a Moisés que fuera a donde una vecina, la niña Julia, para ver si ella les prestaba un carro para llevarla al hospital. La vecina les dijo que su hijo no estaba y que le diría a su esposo, pero que este estaba tomado. Ya no había tiempo que perder porque Cristina se moría.

-No, Felícita, esta niña se nos va a morir, llamemos a la Policía a que nos ayude a auxiliarla para que la llevemos al hospital -dijo Moisés-.

Ahora Felícita no sabe si hicieron lo correcto al llamar a la Policía para que los ayudara. Ese grito de ayuda resultó en una condena a 30 años de cárcel para su hija. La Policía ni siquiera llegó a tiempo para llevarla al hospital y fue el vecino quien terminó ayudándolos.

Los tres jueces del Tribunal Segundo de Sentencia de San Salvador detectaron en esos minutos un pecado de Cristina: su instinto materno debió de haber prevalecido sobre la pérdida de sangre y debió haberle dicho que antes de desmayarse tenía que haber ayudado a su hijo. La mujer no debió desmayarse sino salir en busca de ayuda. Cristina tenía conocimiento de lo que pasaba a pesar de estar perdiendo sangre y según la Fiscalía ella abandonó a su bebé. “El padrastro llama a la Policía y es él quien saca al bebé de la taza del sanitario, pues la madre lo abandona”, dicen los jueces en su sentencia.

Otro pecado que le atribuyen a Cristina es haber supuestamente desoído a su instinto de madre. “La posición de garante de quien omite el actuar pudiendo hacerlo, se desprende del hecho natural, moral de ser madre del recién nacido”, dice la sentencia, que también acusa a Cristina de haber buscado la muerte de su hijo: “La encausada tuvo la posibilidad de evitarlo si así lo hubiera querido”.

* * *

Desde el 16 de agosto de 2005, el día en que entró a la cárcel, Cristina se levantaba todos los días a las 5 de la mañana. Tenía una rutina estricta. A las semanas de haber entrado, Cristina supo que perdió varias oportunidades para salir de la cárcel. Su abogada defensora podría haber apelado el caso, podría haberlo metido a casación, pero no le dijo nada y en ese momento ya había pasado el tiempo para hacer algo.

Una de esas mañanas, Cristina se despidió de sus compañeras con una voz alegre. Por la tarde regresaría a su hogar. Partiría para no regresar. Al final del día regresó a la misma celda en un segundo piso de Cárcel de Mujeres donde se encontraban las mismas mujeres de las que se había despedido como si nunca fuera a regresar. Así bromeaba. Bromeaba imaginando que nunca volvería a dormir en esa celda. Pero su despedida solo la llevaba a los talleres vocacionales o al gimnasio, a la escuela o a alguna otra actividad que hiciera pasar las horas hasta que nuevamente regresaba a la cama que compartía con otra mujer.

 Cuando entró a prisión, Cristina solo había estudiado hasta noveno grado y adentro obtuvo su título de bachiller. Pero quizás lo más importante fue lo mucho que aprendió de leyes aunque dice que nunca quisiera ser abogada porque sabe lo sucio que es el sistema. Ahora, Cristina se lamenta haber dejado en manos de esa persona su vida y dice que si entonces hubiera sabido lo poco de leyes que sabe ahora, ella misma se hubiera defendido en el juicio. Incluso su madre aprendió de leyes. “Ahora, hasta por una gallina me pelearía, pero entonces no sabía ni qué era una vista pública”, dice Felícita entre risas.

Dentro de las celdas hay tres tipos de camas: la cueva, cama baja y cama alta. Cama alta es la cama de arriba de los camarotes, cama baja es la siguiente y la cueva es dormir en un colchón sobre el suelo debajo del camarote. En cada una de estas duermen dos mujeres. Al principio Cristina dormía en cama alta. Dos años después de haber entrado a prisión pasó a cama baja.

Antes de su mudanza empezó a perder peso. Estaba delgada. Delgadísima. Perdía peso y se sentía mal y en la clínica del penal la examinaron. En su orina aparecieron rastros de sangre y tenía fiebre. El resultado de los exámenes mostró que tenía una infección en las vías urinarias para la que le recetaron diclofenac, un medicamento que sirve para desinflamar y calmar el dolor pero que no combate la infección y cuyo uso prolongado puede perjudicar el funcionamiento de los riñones.

La medicina no servía y Cristina la dejó de tomar, dejando registro de que se rehusaba a tomar el medicamento que le daba la clínica. Pasó cinco meses enferma. Esmeralda, su mamá sustituta dentro de la cárcel, le ayudaba a ir al baño y le lavaba los pies porque le costaba agacharse. Entonces todavía eran amigas, pero luego Esmeralda se enojó con ella por un chisme que llegó a sus oídos y ya no se hablaron. “Ahí casi no hay amigas”, dice Cristina con un poco de tristeza en su voz.  

Pero no toda la gente era mala. Una orientadora la veía y decía que Cristina casi volaba dentro de sus pantalones y a fuerza de amenaza de un informe de mala conducta la obligó a llevar pegada a la cadera una botella de Coca Cola llena de agua para que se curara de la infección. Fue ella quien la movió a una cama baja.

Un año después de ese episodio pasó algo en la celda vecina a la de Cristina. En la noche se escuchaban gritos y golpes dentro de la celda. Las internas de las celdas gritaban “¡emergencia!, ¡emergencia!”, pero nadie acudió al auxilio. Los gritos se detuvieron y la calma reinó en el segundo piso del sector C y el día siguiente amaneció con el descubrimiento del cadáver de la única mujer que dormía en esa celda.

La mujer que murió aquella noche, Martita, dormía sola en una celda pequeña y tenía como vecinas de un lado a 150 internas en un pabellón y alrededor de 100 en el otro. Dormía sola porque golpeaba a las demás. Según Cristina tenía esquizofrenia y siempre andaba como ida, como fuera de sí y sin ningún motivo soltaba un golpe en contra de alguna interna que no se lo podía regresar porque ellas serían las que recibirían el informe y no Martita.

Todos los días una orientadora se acercaba a su celda y le daba una pastilla, pero ese día nadie llegó y por la noche empezó a golpear la celda. Cristina cree que también tenía epilepsia porque le daban ataques en los que perdía el control de su cuerpo y al día siguiente de los gritos y golpes amaneció ahogada en su propio vómito. Su único visitante era un anciano de 90 años.

Para entonces Cristina solo había cumplido el 10% de su pena, tres años de los 30 que tendría que vivir entre celdas, muertes, corrupción y pocas amigas. La habían condenado a 30 años porque aunque inicialmente el delito que le imputó la Fiscalía fue homicidio culposo -con entre dos y cuatro años de cárcel debido a que no actuó para que el bebé se salvara-, el tribunal la encontró culpable de homicidio agravado. El salto a homicidio agravado se dio porque Medicina Legal dijo que el bebé de Cristina respiró durante dos horas después de nacer. Esta conclusión la obtuvieron a través de dos pruebas científicas, que en otros países ya no se utilizan porque son poco certeras.  A estas se les denomina docimasias. Una es la docimasia óptica que consiste en ver si los pulmones están inflados o no. Según el reporte de la forense estos no estaban retraídos, pero tampoco ocupaban el total de la cavidad torácica. La segunda prueba es la docimasia hidrostática que implica sumergir los pulmones en agua y ver si flotan o no. Si flotan, el bebé respiró; si no flotan, no respiró. Pero esta prueba da pie a falsos positivos porque los pulmones pueden flotar debido a los gases de putrefacción que el cuerpo empieza a liberar dos horas después de la muerte. La forense hizo la autopsia a las 10:30 de la mañana de aquel domingo, 10 horas después de que Cristina se desmayara encima del inodoro.

El estudio de surfactante sí puede determinar esto. El surfactante es un líquido que lubrica y separa los pulmones. En cuanto empieza la respiración las características químicas de este cambian. “Esas son pruebas de la edad de piedra porque eso es de un país sin recurso que se hace porque no hay nada más. Un pulmón puede flotar por oxígeno, gases de putrefacción o por enfermedades”, asegura un médico forense que además, ha recibido en su consultorio privado tres casos de mujeres de las que sospecha abortaron. Este médico cuenta que una vez no denunció porque recibió amenazas de parte del esposo de la paciente y en el otro caso no podía estar seguro de lo que sospechaba. En teoría, tampoco podría realizar abortos cuando hay un embarazo ectópico, es decir que el óvulo fecundado se aloja en las trompas de falopio y no en el útero, pero que él y la mayoría de médicos los realizan y no denuncian porque de no hacerlo esto significaría la muerte de la mujer.

La sentencia afirma que es un hecho que el bebé respiró alrededor de dos horas. Felícita encontró a su hija en el baño alrededor de las 12:15 de la noche. Uno de los agentes de la PNC que llegó al apartamento después de que llamaran pidiendo ayuda declaró que el operador de turno les informó de la llamada a la 1:30 de la madrugada. Cuando llegaron, encontraron al bebé bajo una toalla, muerto. Llamaron a los investigadores, que llegaron al apartamento a las 2:40 de la madrugada y a Cristina la arrestaron 50 minutos después. Entonces, si el bebé vivió aproximadamente dos horas, la Policía lo hubiera podido salvar si hubieran acudido prestos cuando los padres de Cristina pidieron ayuda.

La sentencia recoge todos estos testimonios y datos, y a pesar de eso, los jueces establecen como hechos unos muy diferentes a los que describen los testigos. Por ejemplo, que Felícita encontró a Cristina en el baño a las 12:30 de la noche, que justo en ese mismo momento, a las 12:30, llegó la Policía al apartamento y encontraron al bebé muerto. Y aunque su tesis elimina la posibilidad de que el bebé haya vivido dos horas, dan por hecho que el niño sí vivió dos horas.

En agosto de 2005 el Tribunal Segundo de Sentencia de San Salvador encontró culpable a Cristina y la sentenció a 30 años de cárcel por la muerte del niño que traía en su vientre. El 16 de ese mes entró a la cárcel, pero tuvo suerte. La noticia todavía no había salido en los periódicos y las demás internas no sabían por qué la habían sentenciado. Las mujeres que entran a la cárcel por aborto reciben una bienvenida especial por parte de las demás reclusas: golpes. La sentencia la firmaron los jueces José Luis Giammattei, María Ábrego y Alejandro Guevara.

* * *

La madre de Cristina la iba a ver cada vez que podía. Jueves, domingos, el día que fuera y que permitieran visitas en el penal. El día que Cristina no la viera entrar por ese portón que la separaba del mundo, sería el día en que muriera, le advirtió más de alguna vez su madre. Durante casi cuatro años Cristina la recibió en Cárcel de Mujeres. Hablaban, le llevaba dinero, ropa y comida. Durante esos años hasta pretendientes dentro del penal tuvo Felícita. Una compañera de celda le confesó a Cristina que le gustaba su madre. Cristina le pidió que no le volviera a mencionar eso.

El martes 11 de agosto de 2009, por la mañana, Felícita iniciaba la jornada. Estaba en su puesto haciendo lo mismo que hacía todos los días: echar tortillas. Frente a su puesto había fila de gente esperando. Mientras empezaba a amasar una tortilla, una vecina se le acercó. La niña Tita, la vecina, la abrazó, acercó su boca al oído de Felícita y le dijo que el licenciado le había hablado para pedirle que fuera a Cárcel de Mujeres. Felícita no entendía por qué y luego su vecina le explicó al oído:

-Niña Felícita, es que Cristina ya tiene la carta de libertad.

-Usted me está bromeando, me está mintiendo -le respondió, incrédula.

-No, el licenciado la está esperando en la entrada con la carta.

A pesar de la insistencia de su vecina, Felícita no creía lo que escuchaba. Tenía que oírlo de la boca del abogado. No lo creía porque este siempre le avisaba de cualquier cosa. Cada vez que él iba a ver a Cristina la llamaba para contarle. Y ahora, sobre algo tan importante, ¿no le iba a avisar? Igual,  dejó su puesto y fue corriendo hacia la tienda para comprar una recarga de teléfono. Las tortillas se quemaron.

En ese momento Moisés estaba en la Electrónica 2000, en el centro de San Salvador, comprando repuestos para los aparatos que reparaba. Ya había hecho el pedido y el empleado los buscaba en el sistema. Lo único que le faltaba era pagar cuando recibió la llamada de su esposa Felícita, quien le hablaba para pedirle que fuera a Cárcel de Mujeres, pues ella no podía y alguien tenía que ir porque iban a sacar a Cristina. Cuando escuchó esto, Moisés creía que reabrirían el caso y que Cristina saldría para una audiencia, pero su esposa le explicó que no, que Cristina saldría de la cárcel para no volver más.

-No, no te puedo creer. ¡Gloria a Dios! ¡Aleluya! -gritó Moisés, en plena tienda Electrónica 2000 en el centro de San Salvador. Luego se volvió hacia el empleado y le dijo que ya no iba a querer los repuestos.

A las 10 de la mañana de ese martes, Dennis Muñoz, el abogado defensor de Cristina, recibió una notificación del Ministerio de Justicia en la que se acuerda disminuirle a su cliente la condena debido a un informe favorable de la Corte Suprema de Justicia.

Dos años antes, en mayo de 2007, Dennis conoció por primera vez el caso de Cristina Quintanilla, cuando un colega le pidió que lo revisara para ver si le interesaba representarla, pero sin cobrarle un centavo porque no podía pagarle. En cuanto revisó los expedientes este abogado que nunca había peleado por liberar a una mujer acusada de aborto o en este caso homicidio, decidió que la representaría porque creyó que la habían sentenciado injustamente. Cuando llegó a visitar a Cristina, esta le salió con patada al pecho. No era el primer abogado que venía a venderle la idea de su libertad  y  desde su juicio, cuando su abogada defensora no se acordó de su nombre, había perdido la confianza en los litigantes. Pero un par de años después de esa primera reunión, Dennis llegó a Cárcel de Mujeres para darle a Cristina dos noticias, una mala y una buena.

Desde aquella reunión, su abogado ya había tratado de obtener su libertad por medio de un indulto, pero este recurso no había tenido resultado debido al reporte de conducta que emitió el penal. En él decían que Cristina era alcohólica, drogadicta y lesbiana. Para Centros Penales, las preferencias sexuales eran criterio para juzgar la conducta de las mujeres presas y una mala conducta era ser homosexual. Cristina asegura que no era ninguna de las tres.

En aquel momento ambos esperaban la respuesta de otros dos recursos: un hábeas corpus y la petición de conmutación de la pena, es decir un castigo menor a los 30 años. Aquel día de agosto Cristina fue la última cliente en hablar con Dennis. Cuando llegó, su abogado estaba raro, le ofrecía agua, gaseosa, se fue, regresó y no terminaba de decirle qué pasaba. Finalmente le anunció que portaba dos noticias, una mala y una buena. ¿Cuál quería escuchar primero? Por supuesto, la mala. Primero la noticia que le quitaría las esperanzas y luego aquella que le daría un poco de luz a su estadía en prisión. La mala noticia era que le habían denegado el hábeas corpus. ¿Y la buena? La buena noticia nunca se la dijo.  En lugar de eso, le dio un papel de fecha 11 de agosto de 2009 membretado por el Ministerio de Justicia y le pidió que leyera en voz alta lo que decía. Entonces Cristina empezó a leer:

-El Presidente de la República, a través del Ministerio de Justicia y Seguridad Pública (…) acuerda: conceder a la señora Cristina Isabel Quintanilla la conmutación de la pena.

Mientras leía, pensaba que le habían bajado 20 años a su condena, que solo tendría que pasar seis años más en la cárcel para salir libre... y estaba contenta. El acuerdo decía que había que tomar en cuenta que en la audiencia inicial la jueza de Paz de Ilopango falló a favor de Cristina porque “la Fiscalía no logró establecer los elementos necesarios para la acusación (…) y que los mismos no eran suficientes para atribuirle la muerte de su hijo; asimismo, la Corte estimó que la pena impuesta a la sentenciada era excesiva, severa y sobre todo desproporcional”.

Luego llegó a la parte que la impactó tanto como el día en que le anunciaron que iría a prisión durante tres décadas: “La conmutación se aplicará en el sentido de sustituir la pena principal de treinta años por la pena de tres años”.

No podía creer lo que leía. Lo veía y preguntaba qué significaba eso, qué significaba que al 30 le hubieran quitado ese cero si a ella le faltaban cinco días para cumplir cuatro años en prisión. ¿Qué quería decir eso? Las palabras se le iban, se le atascaban en la lengua y las lágrimas empezaban a llenar sus ojos. Eso quería decir que ya había cumplido la pena y hasta había estado en prisión un año de más. Ese papel significaba su libertad, significaba no comer frijoles con una capa blanca encima, significaba no dormir en un catre junto a alguien más, significaba ver a su hijo, significaba salir de aquel espacio donde había estado confinada casi medio centenar de meses.

Aunque tenía un papel que decía que podía salir, Cristina estuvo dos largos días más en la cárcel, esperando una burocracia que parecía interminable para que su libertad fuera oficial ante el Estado que ahora reconocía su injusticia.

-Adiós, ya me voy -dijo Cristina, al entrar en la celda en la que vivía.

No era la primera vez que anunciaba su salida, pero sí fue la última. Después de tantas bromas y tantos adioses falsos nadie creía lo que decía hasta que les enseñó la carta de libertad.

* * *
                                                                                 
Una bebé llora esta tarde de diciembre de 2010 sobre la cama de uno de los cuartos de aquel apartamento en San Bartolo. Llora pidiéndole a su madre que venga porque tiene hambre o calor o simplemente porque la quiere a su lado. Cristina se levanta, entra al cuarto y regresa con Alejandra, su hija de dos meses. Ha pasado más de un año desde que salió en libertad y ha regresado al lugar donde perdió a su segundo hijo.

El día en que salió resgresó a ese apartamento, pero solo se quedó una noche y después se fue a San Miguel, a la casa de su abuela, donde estaba su hijo Daniel, que ahora ya tiene 8 años. Las primeras semanas Daniel pasaba todo el tiempo a su lado y se ponía celoso cuando alguien se le acercaba mucho. La despertaba por las noches preguntándole si de verdad estaba ahí junto a él.

Después de siete años desde aquella noche cuando terminó en el hospital de San Bartolo, a Cristina no le gusta regresar al apartamento de su madre. Se siente incómoda estando en ese lugar que marcó los siguientes cuatro años de su vida, por el que se tuvo que acostumbrar a dormir con sus tenis a un lado por si pasaba alguna emergencia. Por el que se tuvo que acostumbrar a tener la pasta de dientes y el cepillo siempre cerca para que no se los robaran. Esos recuerdos la mantienen en San Miguel, donde busca el calor de las imágenes de su niñez y el abrigo de su abuela.

* * *                       
-… Hija, ¿cómo te llamás? -le preguntó la abogada defensora, Natalia Durán, durante la audiencia preliminar en mayo de 2005. Así empezó la defensa del caso de Cristina.

Tres meses después, esa defensa rendiría frutos. Ya habían pasado 10 meses desde su llegada al hospital de San Bartolo y Cristina estaba en la sala del Tribunal Segundo de Sentencia de San Salvador, esperando que los jueces decidieran su destino. La acusaban de homicidio culposo, un delito por el cual se puede recibir hasta cuatro años de prisión.

Junto a ella estaba Durán, quien acababa de intervenir. Durán montó su defensa sobre una cirugía que había sufrido Cristina. Trató de convencer a los jueces que la pérdida del bebé se había debido a la apendicitis de su cliente. Pero quizás por el hecho de que esa cirugía había ocurrido casi cuatro años atrás, y porque posterior a la cirugía Cristina había tenido un parto sin mayor problema -el de Daniel-, Durán no logró persuadir a los jueces. Entonces vino la sentencia del tribunal: culpable de homicidio agravado. Los jueces sentenciaron que ella era responsable por la muerte de su hijo y por lo tanto tendría que pagar con 30 años de cárcel. En la misma sentencia comentaron que la eximían de cualquier responsabilidad civil porque ella era también víctima, que al ser la madre del difunto niño ella era víctima porque esta era una pérdida irreparable.

Cristina estaba anonadada. No dijo una palabra luego de escuchar la sentencia y se quedó sentada sin creer lo que había sucedido. Veía como su madre lloraba. Su abogada defensora se le acercó y le ofreció unas palabras de consuelo.

-No te preocupés, hija, vas a salir como una profesional... en 30 años algo vas a aprender ahí.

MARÍA EDIS
María Edis comienza su tarea. La banca donde se sentó a bordar el día anterior sigue en la misma esquina de la habitación. Su mundo parece seguir la rutina diaria. Pero el mundo del ser que lleva pegado en el útero revolotea. La vida del bebé pende de un hilo. El ser se bate en el vientre de la mujer. Lo que María Edis ha cargado en sus entrañas durante los últimos nueve meses es un ser humano. Por lo tanto, en esta historia, un ser humano está a punto de morir.
***
La mujer caminaba sobre el pavimento caliente bañada por el intenso sol del mediodía. En aquella vía solitaria solo la acompañada la incertidumbre. Iba camino de la escuela a traer a los niños cuando, repentinamente, el horizonte se llenó con una caravana de vehículos que transitaban en dirección contraria a la de ella. Parecían llevar prisa y Francisca temió que algo andaba mal. Temió que aquellos vehículos se dirigieran a su casa. Súbitamente la calle se le volvió infinita y los pies le pesaron a cada paso. Sintió que sus piernas no respondían y la ansiedad le inundó el pecho.
Al regresar a casa, frente a la vereda que conduce a la vivienda de sus padres, vio los carros estacionados y un batallón de personas que habían invadido su propiedad.
-¿Dónde está? -le preguntó uno de los hombres, que parecían dirigir aquel operativo.
-No sé -le respondió ella, confundida.
-Si nos echás mentiras te vamos a llevar y por la mentira vas a ir presa -le advirtió, con frialdad.
-No, si yo no sé nada...
Poco a poco Francisca fue entendiendo que aquel contingente de extraños integrado por policías, fiscales, médicos forenses y bomberos era el inicio de una historia que iba a implicar que su hermana María Edis Hernández fuera condenada a morir en prisión.
***
Es un niño. El bebé que se mueve en el vientre de María Edis es un varón y se llamará Gabriel. María Edis no sabe que el nombre de su bebé significa ángel, que está escrito en hebreo, que hay personajes importantes que se llaman así. Para ella, el nombre solo es una forma de recordar a su hermano mayor. Aún así, el instinto de madre no podía fallar y a pesar de su corta vida Gabriel hizo honor al significado de su nombre. El bebé de María Edis demostró ser fuerte y valiente.
***
-Mamááá, mamááá... -gimió una voz cansada y moribunda desde la habitación...
Es una habitación oscura y pequeña, donde hay espacio solo para una cama y un chinero. Ahí estaba María Edis tumbada sobre la cama, con el cuerpo rendido, agonizando en medio de un charco de su propia sangre, con la soledad como único testigo.
La voz de María Edis atravesó las paredes anchas de la casa, y sus palabras resonaron en los oídos apropiados. De la habitación contigua surgió una voz de aliento:
-¿Qué pasó?
María Edis alcanzó a escuchar la respuesta y solo entonces cedió ante el dolor y cerró los ojos.
En la otra habitación, Anastasia molía el maíz. El almuerzo debía estar listo para cuando Tomás, su esposo, regresara a casa. La mujer continuó dando vuelta tras vuelta a la manija del molino, esperando una respuesta a su pregunta.
-¿Qué pasó? -había preguntado. Pero la repuesta nunca llegó.
Fue entonces cuando la intriga del silencio profundo llevaó a Anastasia hasta la habitación de María Edis. La situación con la que se topó la dejó perpleja. La sangre de María Edis había bañado el piso, las sábanas, la cama... Las preguntas se amotinaron en su cabeza ¿Qué pasó? ¿Y esta sangre? ¿Estás herida? La única que podía dar las respuestas estaba tendida sobre la cama, inconsciente y moribunda.
Anastasia estaba inmersa en un desconcierto total. “Se me va a morir”, pensaba. Sus temores y los nervios se combinaban, sus problemas cardíacos la volvían impotente ante la situación. No podía, no sabía cómo ayudar a su hija.
El problema se volvía más grave a cada minuto y las personas iban apareciendo poco a poco. A la agonía de Anastasia se unió Francisca, hermana menor de María Edis. No había teléfono para llamar al 911, no había carro para trasladar a María Edis al hospital, no había más que agua florida para mojar su cabeza y unas cuantas palmadas en la cara para que reaccionara.
En el caserío Las Mesas, de Cacaopera, Morazán, los servicios que para otros lugares son comunes, en este lugar son un lujo. Apenas hay vestigios de educación, transporte público y salud, mientras que el agua potable, la electricidad y la telefonía son sueños.
Media hora después de que María Edis perdiera la conciencia, Tomás, su padre, regresó a casa y encontró a su esposa e hijas viviendo la pesadilla más grande de sus vidas. Ambas hicieron lo que pudieron pero el remedio no surtía efecto.
De inmediato, Tomás pidió ayuda a uno de sus sobrinos para trasladar a María Edis en pick up hasta el Hospital Nacional de San Francisco Gotera. El hombre no comprendía qué pasaba pero sabía que ese podía ser el último día de la vida de su hija.
Alrededor de las 2 de la tarde de aquel 28 de febrero de 2008, Tomás y Francisca llegaron al hospital cargando el cuerpo de María Edis, quien aún no recuperaba la conciencia debido a la pérdida de sangre.
-Le hablaba pero no me respondía, no hablaba, estaba helada y pálida –recuerda Francisca.  
* * *
Los días pasan y Gabriel crece cada vez más. El espacio es cómodo y siempre hay algo que hacer. La bolsa donde vive funciona como cápsula para viajar junto a su madre. A Gabriel y María Edis los une un lazo que va más allá de lo natural. Gabriel es el único que conoce por completo a su madre y María Edis es la única que sabe quién es Gabriel. Ambos comen, duermen y viven juntos. María Edis sabe qué ocurre con Gabriel y él es el único que podría contestar todos los qués, quiénes, dóndes y  porqués que rodean a su madre.
* * *
Convencidos de que en el hospital recibirían la ayuda que necesitaban, los Hernández tuvieron que esperar. No había cupo, el hospital estaba lleno. Los casos se ordenaban de acuerdo con el grado de gravedad y al parecer María Edis no estaba lo suficientemente grave como para recibir la atención inmediata.
-Ahí no la atendían, nosotros sacamos el carretón para meterla, porque no podía estar sentada, solo acostada -cuenta Francisca.
El tiempo siguió su curso y María Edis siguió esperando. El dolor y la hemorragia de la mujer moribunda no dejaban de ser menos importantes que las demás emergencias que los médicos atendían ese día. La convicción de estar en el lugar apropiado se esfumaba con cada minuto que pasaba.
-Yo dije se va a morir aquí, porque ahí esas señoras no la atendían –dice Tomás, con indignación.
Después de tres horas en espera, Francisca regresó a casa y Tomás, como todo un padre protector y preocupado, siguió esperando junto a la camilla de María Edis.
A las 9 de la noche, tras ocho horas de espera, el turno para recibir la atención médica llegó. Al fin el caso de María Edis fue más importante y urgente que los demás. Al fin alguien le explicaría a Tomás qué le había sucedido a su hija. El campesino ansioso aguardó en la sala de espera con sus pensamientos anudados por la preocupación y la intriga.
A medida que avanzaban los minutos, médicos y enfermeras entraban y salían de la sala donde estaba María Edis. Algo andaba mal. Tomás entonces pensó en preguntar qué pasaba pero ninguno de los que entraban y salían daba respuestas.
-Es normal –pensó Tomás. El caso era grave, la vida de María Edis corría peligro y lo más adecuado era que varios médicos la trataran. Sin embargo, los pensamientos de Tomás se vinieron abajo cuando se sumaron policías y fiscales al grupo que entraba y salía de aquella habitación. La sala estaba llena y Tomás seguía sin poder entrar. Las dudas se le duplicaban.
Una hora después llegó la explicación que Tomás esperaba. Por fin el campesino podría comprender la situación. La médica que atendió a María Edis, Johana Vanesa Mata Herrera, se acercó y sin mediar saludo le preguntó:
-¿Y ese cordón? -inquirió la mujer, refiriéndose a la cuerda de tejidos que asomaba entre las piernas de María Edis...
El panorama dejó de ser una emergencia y pasó a ser un interrogatorio.
-Yo no sé -dijo Tomás, sorprendido, y quizás entonces comenzando a entender lo que le sucedía a su hija..
-Usted debe saber...
-No, yo no me he dado cuenta –contestó Tomás.
“La señora era bien enojada ahí y yo no sabía nada”, dice Tomás, refiriéndose a la médica. “Yo solo miraba que ahí donde estaba ella empezaron a entrar la Fiscalía y la Policía”, cuenta Tomás.
Esa misma noche las enfermeras y los médicos que vigilaban la sala del hospital donde se recuperaba María Edis fueron sustituidos por un agente de policía que custodió por los siguientes ocho días la entrada a la sala. El lugar a donde llegó María Edis pidiendo auxilio se convirtió en su cárcel.
En los días siguientes Francisca y Tomás continuaron visitando a María Edis. Para Francisca esos días representaron la última oportunidad de compartir con su hermana. Dos años después, se volverían a encontrar, pero esa vez María Edis viajaría en un ataúd.  
* * *
Gabriel vive en lo secreto. Su mamá lo oculta bajo la piel. Nadie sabe que existe. Sin embargo, está lleno de vida, aún no nace pero es un bebé sano y fuerte. A sus nueve meses de existencia Gabriel ya conoce el mundo. Desde los cuatro meses escucha lo que está a su alrededor. Lo primero que escuchó fue el bum del corazón de su mamá. Un mes después ya podía enterarse de lo que pasaba del otro lado de la bolsa. Así conoció a su familia sin que esta lo conociera, se rio con sus hermanos sin que ellos supieran que lo hacía... Aunque no todo fue dulce: el mundo también se encargó de enseñarle a Gabriel algunas palabras amargas como rechazo, angustia, dolor y mentira.
***
Tomás dice que no sabe lo que firmó aquel 29 de febrero y que los investigadores no le dijeron nada preciso sobre aquel documento que le pidieron que suscribiera.
-No, nada. Ellos nos pidieron el dui y nos hicieron firmar. A mí me hicieron poner mi huella. Yo no sabía qué firmé, no me dijeron ni yo pregunté. Pero ahí yo supe porque una mujer policía me dijo: tu hija va a ir presa.
Tres años después, los ojos de Tomás se humedecen cuando recuerda el momento en el que “la autoridad”, como llama al grupo de policías, fiscales, médicos forenses y bomberos, invadió su casa.
Ese día, mientras María Edis se recuperaba en el hospital, Anastasia recibió a la autoridad en su casa. Minutos más tarde, se le unió Francisca. Ambas desconocían el procedimiento, por lo que terminaron sentadas en la sala de su casa sin saber qué hacer. Confundidas y asustadas se limitaron a responder las preguntas que hacían los fiscales.
-Siéntese ahí en esa hamaca y no se mueva que ahí debe estar -le decía uno de los fiscales a Anastasia.
-Si nos echás mentiras te vamos a llevar y por la mentira vas a estar presa -le recordaba otro policía a Francisca.  Ambas intentaban contestar todo lo que la autoridad preguntaba.
Pronto las palabras quedaron impresas en el papel, las libretas se llenaban de apuntes, cada movimiento, cada detalle, cada titubeo de las mujeres se transformaba en declaraciones. Todas, palabras desconocidas para aquellas campesinas analfabetas. Todo iba al registro.
-La muchacha me escribía todo lo que yo le decía, no me creían porque ellos ya sabían. Pero yo no hablaba mentira porque yo no sabía -explica Anastasia.
En otro lado del terreno los bomberos comenzaban a levantar la plancha de cemento que cubría el servicio sanitario, que en estas zonas rurales no es más que un agujero profundo en el suelo coronado con una capa de concreto. Los bomberos escarbaban en la fosa séptica.
El rastro principal era sangre. Sangre en una sábana, sangre en una cama, sangre en el piso de una habitación y así buscaban todo tipo de detalles minuciosamente.
Para Tomás el interrogatorio no tuvo el mismo ímpetu.
-A mí fue poco lo que me preguntaron... a ella (Francisca) le preguntaron más -recuerda. Quizás porque él no estaba cuando los fiscales invadieron su propiedad.
Cuando el campesino regresó del hospital se topó con algunos de los fiscales que habían estado interrogando a María Edis la noche anterior. Tomás sabía qué buscaban y al igual que Anastasia y Francisca se limitó a contestar las preguntas que le hacían.
La autoridad, satisfecha con lo que había obtenido, terminó asegurándose de que las huellas de Tomás y Anastasia, junto a la firma de Francisca, quedaran impresas en las libretas de apuntes de la Fiscalía, junto a las respuestas que dieron, esas que en lenguaje policíaco eran “declaraciones”. El analfabetismo los hizo presas de sus palabras, su ignorancia y el temor ante una autoridad imponente no les permitió decidir si querían o no declarar.
Seis meses después, el 11 de agosto de 2008, todo estaba listo: el tribunal de sentencia estaba preparado para dictar una resolución. En este juicio no eran necesarios los testigos, no hacía falta que los padres de María Edis estuvieran presentes. Los argumentos presentados tenían el valor suficiente como para dictar una sentencia. Y concluyeron que María Edis era culpable.
***
Gabriel es un bebé tranquilo, nunca causa más complicaciones que  las que debe. Esto le ayuda a vivir en secreto. Pero este  mañana de jueves algo le incomoda, no está a gusto. Cree saber qué es lo que pasa: “Fue el golpe, fue el golpe”, se repite. No se ha sentido bien desde hace tres días, cuando su madre se cayó mientras iba por la vereda que conduce al pozo. Todo cambió desde aquella caída. El cuerpo de su madre y el guacal con ropa que su madre llevaba cayeron con fuerza sobre Gabriel y la cápsula en la que él vive se dañó.
* * *
Tomás es un campesino que no sabe leer ni escribir. Es de las personas a las que hay que sacarles a cucharadas las palabras. Pero casi tres años después de aquel incidente, parece saber con firmeza cuáles fueron las palabras que dijo a la autoridad. Lo extraño es que a estas alturas no sabe qué dice el papel de la sentencia que envió a su hija a la cárcel. Y mucho menos sabe que las supuestas palabras que dio a la autoridad y que selló con la huella de su pulgar fueron utilizadas para condenar a María Edis. Tomás no sabe que él levantó un denuncia que mandó a su hija a prisión.
Para la Fiscalía la declaración de Tomás era clara. Según el registro, las palabras de Tomás eran una denuncia. “Denuncia del señor Tomás Santos Hernández Saravia... en la que manifiesta: Que siente vergüenza porque el esposo de su hija está en los Estados Unidos, que su hija le comentó que salió embarazada de otro hombre y que el niño que parió está dentro del servicio sanitario; que ya se aseguró y que es cierto, ya que vio a su nietecito, que se considera ofendido. Además lo siente mucho por su hija pero eso nunca lo hubiera hecho de deshacerse del niño...”, reza el acta levantada por la Fiscalía el 29 de febrero de 2008.
Pero Tomás dice que él jamás dijo eso. Que firmó con la huella de su dedo porque le ordenaron que lo hiciera, y en el entendido de que era señal de respaldo a lo que acababa de decir.
-¿Usted le dijo a alguien que usted estaba avergonzado de su hija?
-No, si es mi hija.
-¿Usted dijo que María Edis había hecho algo malo?
-No. Solo escuché lo que me dijo la Policía ahí, que ella iba a estar presa. Y dije, bueno pues, yo no sé, pero si ustedes dicen que ella tiene la culpa, así va a ser.
Pero la versión de Tomás no es la única que no concuerda con el registro de la Fiscalía. El registro de la investigación también incluye a Anastasia y la versión es totalmente distinta a la que hoy en día ella cuenta. Para la Fiscalía, Anastasia fue cómplice de las acciones de su hija María Edis. “... Manifestando la señora Anastasia Méndez de Hernández que exactamente en la cama del segundo cuarto del costado izquierdo fue donde su hija sufrió un aborto, que sobre el suelo a la par de la cama encontró una pelota de sangre que fue a enterrar al cementerio municipal del caserío Las Mesas...”, dice el documento.
Al igual que Tomás, Anastasia es analfabeta, no sabe qué dice la sentencia pero está segura de que los que le preguntaron no creyeron su versión.
-La muchacha que me anotaba todo lo que yo decía no me creía, como ellos ya sabían. Pero yo no hablaba mentira porque yo no sabía. Ellos sabían porque a ella ya le habían sacado la verdad en el hospital. Ellos no me creyeron, ellos no me admitieron –dice la madre de María Edis, mientras las lágrimas comienzan a bajar por sus mejillas.
Fanny Echeverría, una de las fiscales del caso, desacredita las palabras de Anastasia e incluso habla de un proceso judicial que no llevó a cabo por falta de argumentos en el registro. “Ella sí sabía, la mamá sí sabía que ella estaba embarazada. Hay cosas que no quedaron escritas. Pero hay ciertas cuestiones por las que hubiese sido procesada incluso la señora. Además, a ellos se les lee y se les informa todo”, dice, vía telefónica.
Ninguna de las versiones se puede corroborar, pues la Fiscalía no lleva un registro de audios que sostengan las pruebas documentales que se presentan en el juicio.
En cuanto a las declaraciones de María Edis, Echeverría afirma que la joven nunca confirmó ni negó la acusación. “Ella calló siempre, no aceptó ni negó la responsabilidad”.
La Fiscalía también presentó el examen forense que determinaba que el bebé de María Edis nació vivo. Parte de la autopsia que se realiza a recién nacidos consiste en dos procedimientos, que para la ciencia moderna y las innovaciones en cuestión forense están desfasados, pero que en Medicina Legal son la solución práctica ante la falta de recursos. Se llaman docimasias y se realizan de dos formas: óptica e hidrostática.
Ambas prácticas se aplican en los pulmones del recién nacido y tienen el objetivo de verificar si el bebé nació vivo o no. La idea es sustentar con pruebas forenses la acusación de homicidio que la Fiscalía hace en contra de la madre.
La docimasia óptica, como su nombre lo dice, es una prueba visual. El forense observa si los pulmones del bebé están dilatados y a partir de ello formula una conclusión inicial. Para reafirmar este argumento el forense ejecuta una segunda prueba, la docimasia hidrostática, en la que parte el pulmón del bebé en trocitos que luego pone en un recipiente con agua. Si los trozos flotan se comprueba que el bebé respiró.
Este tipo de docimasias son calificadas por muchos como inexactas dado que cualquier circunstancia en el ambiente, como el calor, puede causar que un cuerpo sin vida despida gases, haciendo que se inflamen las diferentes cavidades, como los pulmones.
Sin embargo, en El Salvador este tipo de pruebas tienen el valor suficiente para procesar casos de abortos espontáneos como homicidios. En el caso de María Edis ambas pruebas fueron positivas. El bebé respiró y por ser un feto de término, el forense estima que pudo haber vivido de 10 a 15 minutos fuera del organismo de su madre.
La Fiscalía tenía sustentado el caso en esas pruebas y en la situación social que vivía María Edis. “El motivo era bien fuerte para poder hacer eso porque su esposo estaba fuera del país y nadie en la localidad sabía que ella estaba embarazada”, especula la fiscal Echeverría, sobre el móvil que según ella tuvo María Edis para abortar.
El caso de María Edis estaba en manos de un defensor público. Milton Evelio Amaya Díaz era el único que podía reunir las pruebas y los argumentos necesarios para desvencijar la historia de la Fiscalía. Sin embargo, Amaya Díaz no citó a ningún testigo y ni siquiera visitó a la familia de la imputada.
Para el Tribunal de Sentencia de San Francisco Gotera las pruebas periciales, documentales y testimoniales que presentó la Fiscalía fueron suficientes para declararla culpable. El Tribunal, en su sentencia, dice que sustenta su fallo en que la Fiscalía mostró a una María Edis infiel a su esposo y carente de instinto materno, condiciones que la llevaron a decidir matar a su bebé.
“Sabía de su embarazo y que el mismo era producto de una infidelidad, pues era casada, por lo que teniendo capacidad de elección entre tenerlo, cuidarlo, alimentarlo y vivir por él, como naturalmente lo haría cualquier madre biológica, optó por un comportamiento contrario a la naturaleza misma… Y así esperó dar a luz al bebé para luego deshacerse de él arrojándolo ella misma a la fosa séptica”, resumen los jueces de sentencia Mario Alejandro Hernández Robles, quien presidió la audiencia, Oscar René Argueta Alvarado y Juan Carlos Flores Espinal.
En ninguna parte de la sentencia los jueces citan circunstancia o hecho o prueba científica alguna que relacione la muerte del bebé con un solo acto voluntario de María Edis. Sí alegan que María Edis violó las leyes de la naturaleza.
En cuanto a la declaración de María Edis, los tres jueces hombres discursan sobre el instinto maternal y arman una trama en la que la supuesta infidelidad de la acusada fue móvil para el homicidio del bebé. “Las declaraciones resultan inconcebibles y no caben como probables dentro de las reglas del correcto entendimiento humano, pues el instinto maternal es el de protección a su hijo (…) Pero en el presente caso la imputada en su afán de querer desprenderse del producto de su embarazo, pues era producto de una infidelidad... es que con todo conocimiento al verlo vivo buscó, de forma consciente, el medio y el lugar idóneo para hacerlo desaparecer quitándole así a su hijo la oportunidad de vivir, acción con la que afectó el bien jurídico protegido de la vida humana. Y en este caso resulta más reprochable que tal conducta provenga de una madre hacia su propio hijo”.
Los jueces también abundan en señalar supuestas violaciones a preceptos morales, que son prácticamente los únicos argumentos que esgrimen antes de resolver que María Edis es culpable. “Todos estos indicios recabados y valorados nos llevan a crearnos un estado de certeza positiva en primer lugar, de la muerte provocada del recién nacido. En segundo lugar, de la autoría directa de la imputada en la comisión del mismo, acción en la que prevaleció más su interés personal que la vida de su pequeño hijo”.

***
Gabriel ya tiene nueve meses y la cápsula se le hace pequeña para moverse. Su madre siente dolores en el vientre, pero no contracciones. Gabriel insiste: “Fue el golpe, fue el golpe...” El dolor la paraliza, una migraña le tortura el cerebro y María Edis corre al inodoro. Su cuerpo parece comenzar a defecar sin su ayuda...
***
¿Cuánto tiempo puede pasar una mujer sin que alguien más advierta que está embarazada? En el caso de María Edis la respuesta suena a una versión floja de los hechos. La incontinencia, los mareos y las ganas de ir al retrete, todos se alinearon en contra del mayor de los secretos de María Edis.
Para María Edis, séptima de nueve hermanos, la vida no solo estuvo rodeada de misterio, y tragedias. Hubo palabras gratas como amor y alegría. En un tiempo conoció el amor, en todas sus dimensiones. Tuvo familia, tuvo pareja, fue madre. Y ese sentimiento, precisamente, la llevó a tomar las decisiones más importantes de su vida.
En el año 2000 María Edis comenzó a asistir a la iglesia por su cuenta. Católica de nacimiento, la joven se integró a un grupo de jóvenes católicos de la parroquia de Cacaopera. Ahí conoció a Mario, joven campesino de quien se enamoró.
El sentimiento y la pasión llevaron al primer embarazo de María Edis. La idea de ser padres sin estar casados no dejaba de incomodarles, pero ambos asumieron la responsabilidad de tener a su hijo.
Nadie de su familia tenía idea de lo que sucedía. Las molestias del embarazo pasaron inadvertidas. “Ni se le echaba de ver nada cuando ella le dijo a mi mami y ya tenía tres meses. A veces vomitaba pero yo pensaba que era que algo le había caído mal”, recuerda Francisca.
Para Tomás, su padre, la sorpresa del primer embarazo de su hija fue aun mayor. “Ya hasta cuando tenía cinco meses se lo noté. No notamos porque quizás se socaba”, supone Tomás.
El secreto dejó de serlo cuando el embarazo fue obvio. Entonces Mario y María Edis, de 25 y 22 años de edad, respectivamente, decidieron que era hora de casarse y vivir juntos. La pareja contrajo nupcias y se instaló en Albania, un caserío situado cerca de la casa de los padres de Mario.
La presión social, el embarazo repentino, el estar lejos de su hogar y la soledad fueron más fuertes que cualquier otro sentimiento para María Edis, quien decidió regresar a su hogar y finalizar su embarazo junto a sus padres. Ahí, con la ayuda de su madre, dio a luz a su primer hijo, Santos. Nunca regresó a la casa de Mario, aunque la situación no era definitiva.
La relación seguía avanzando y los encuentros amorosos tomaron fuerza nuevamente. Tres años más tarde, en 2003, María Edis ya esperaba a su segundo hijo. A Santos de tres años se le sumó Tomás.
Ese mismo año, tras ir y venir en la relación con María Edis, Mario decidió emigrar hacia los Estados Unidos buscando, como muchos salvadoreños, una mejor vida para él y su familia.
Durante los siguientes cinco años, la relación continuó, la comunicación con Mario no se rompió. Cada domingo, María Edis junto a Santos y Tomás subían al cerro que está frente a su casa para lograr captar la señal de teléfono celular y esperar la llamada de Mario. Durante la semana, María Edis viajaba hasta la casa de su hermana Gloria, donde esperaba alrededor de cinco horas mientras cargaba el teléfono celular que utilizaba para hablar con Mario.
La ayuda económica de Mario comenzó siendo suficiente para mantener a María Edis y sus hijos. Pero con el pasar del tiempo esta, al igual que la comunicación, el amor y todo, fue mermando. Los 100 dólares mensuales pronto comenzaron a ser 50 dólares mensuales. Los 50 dólares mensuales se transformaron en 50 dólares trimestrales, 50 dólares al tiempo... Ya en 2008 la relación amorosa era casi nula y las remesas eran esporádicas.
Fue entonces cuando María Edis comenzó a sentir los resultados fríos del fenómeno de la migración. El olvido y el desinterés de Mario se hicieron evidentes para los que aquí lo esperaban. La soledad halló cabida en María Edis. “A ella le pegaba una gran tristeza, a veces lloraba mucho y se deprimía”, cuenta Anastasia. La rutina, los quehaceres, la soledad y las responsabilidades de hogar resultaron en una depresión.
***
La cápsula que hasta hoy sirve de refugio a Gabriel se está transformando. Gabriel está más incómodo que nunca. “Fue el golpe, fue el golpe”...  La fuerza es cada vez mayor y Gabriel lucha con todas sus fuerzas por mantenerse dentro de la bolsa, pero la situación está más allá de su control...
***
María Edis conocía la razón de su depresión, pero desconocía lo que pasaba con su organismo. Como toda persona criada en el campo abierto, su cuerpo había desarrollado defensas altas. Las gripes, calenturas, dolores de cabeza esporádicos no significaban nada. Todo se resolvía con una visita a la clínica y unas cuantas píldoras.
Cuando el malestar comenzó a ser constante, María Edis notó cambios en su cuerpo. Pequeñas bolas comenzaron a crecer en su cuello, la migraña se tornó intensa y el cuerpo poco a poco se debilitaba. Como siempre, la solución fue una visita a la clínica y unas cuantas píldoras.
Parecía que las bolitas que crecían en el cuello de la joven no eran cuestión para preocuparse. La enfermedad de María Edis no estaba diseñada para países subdesarrollados como El Salvador. El mal de Hodgkin representa el 1% de todos los cánceres conocidos. También conocido como linfoma de Hodgkin, es un cáncer que se origina en el tejido linfático, que forma parte del sistema inmunológico y del mecanismo de producción de sangre. El tejido linfático se encarga de distribuir glóbulos blancos en todo el organismo a través de conductos ubicados principalmente en el cuello, las axilas y la ingle, que son conocidos como ganglios linfáticos. Con el cáncer, los ganglios linfáticos se inflaman y forman pequeñas masas o bolitas.
María Edis no tenía ni la menor idea de lo que pasaba en su organismo. Nadie le dijo que las bolitas que tenía en el cuello eran tumores. Nadie le habló de la palabra cáncer, nadie le explicó que esa palabra se relacionaba, en muchos sentidos, con otra palabra que ella sí conocía: muerte. “Ella había ido a pasar consulta en la clínica de rodeo para que le dieran algunas pastillitas, también iba al control de Gotera con los niños, pero nunca le dijeron nada de las bolitas”, explica Anastasia.
La vida siguió su rumbo, los días siguieron pasando y María Edis volvió a toparse con el sentimiento que alguna vez la hizo feliz. Hacía más de cinco años que su esposo se había marchado y la relación había muerto. Una vez más, alguien hacía resurgir del olvido todas las emociones gratas que conlleva el enamoramiento. La mujer olvidada volvió a sentirse importante para un hombre. María Edis cedió ante la idea de un romance secreto y prohibido. Como en muchas otras ocasiones, nadie supo quién, dónde, cómo, cuándo ni  por qué.
Los viajes al centro de Cacaopera comenzaron a ser frecuentes. María Edis esperaba con ansias el día de hacer los comprados de la quincena. Era la oportunidad perfecta para encontrarse con su amante, quien laboraba como motorista de la ruta 377, la única que brinda acceso a la zona. Nadie supo a ciencia cierta cuánto duró el amorío ni cómo se dio.  
Todo pintaba bien, nadie sospechaba de la relación, todo parecía caminar sobre ruedas hasta que la menstruación cesó por dos meses consecutivos. Entonces María Edis comprendió la gravedad de la situación: estaba embarazada de un hombre que no era su esposo.
***
 Sin mayor esfuerzo aquello que el cuerpo de María Edis quiso expulsar ha salido. El dolor intenso cesa, la presión se esfuma, lo que ella cree son heces ha salido. Para María Edis la tragedia estomacal parece haber terminado... lo que ella no imagina es que la tragedia a duras penas comienza...
***
María Edis no sabía qué le ocurría a su cuerpo, ni que la enfermedad que padecía se relacionaba con una palabra que ella sí conocía bien: muerte.
Aquel encuentro que ella y su familia tuvieron con la autoridad a finales de febrero de 2008 no había sido el primero para los Hernández. Con seis de nueve hijos muertos, los Hernández escribieron una historia de tragedias y pobreza. Homicidio, alcoholismo, problemas mentales, enfermedades inciertas, migración y todo tipo de desventuras construían el linaje.
Los esposos Hernández han vivido en el cantón Las Mesas desde que tienen memoria. Todos sus hijos fueron criados en la misma casa de bajareque, con estilo rural, paredes gruesas repelladas con cemento y techo de teja con altura baja.
Los nueve hermanos Hernández Méndez se criaron a la buena de Dios, con el único fin de ayudar a sus padres en el trabajo de campo, los quehaceres del hogar y posteriormente formar sus hogares propios. En el proceso, cada uno se enfrentó a una suerte distinta, escribiendo una historia de pobreza cada vez más lúgubre.
El hermano mayor, Gabriel Hernández, murió en 2004, tras ser tiroteado a quemarropa por agentes de la PNC. Los problemas de salud mental no controlados lo llevaron a asesinar a dos niños que vivían en el mismo caserío. La tragedia afectó profundamente a la familia, que aún no supera la pérdida.
Antes de Gabriel, los Hernández ya habían perdido a otros hijos, Esteberio y Santos. El primero murió ahogado junto a su caballo, cuando debido a las lluvias una de las quebradas en la zona se desbordó. Esteberio quiso cruzar el cauce y la corriente lo arrastró. El segundo enfrentó problemas de alcoholismo que un día lo hicieron confundir veneno con alcohol, lo que le provocó la muerte.
Otras dos pérdidas abonaron a la desgracia de los Hernández Méndez: la muerte de dos hermanas por enfermedades no identificadas. Una de ellas de siete años de edad y la otra de siete meses. La familia aún no entiende qué les causó la muerte. La razón se resume en “enfermedades que les dan a los niños”.
Sobreviven solo tres hijas. Reina de la Paz emigró hacia los Estados Unidos y continúa en contacto con sus familiares. Gloria se casó y vive en un cantón cercano. Francisca, la menor, también se casó y  vive a pocos metros de la casa de sus padres.   
***
María Edis continúa sentada en la taza del inodoro. Siente el cuerpo débil y siente que no es la misma, que algo le falta. Se levanta con dificultad y camina hasta su habitación... entonces se percata: su falda está empapada en sangre...  La cápsula de Gabriel está rota y Gabriel no está, no lo siente en sus entrañas... está a punto de perder la conciencia y alcanza a gemir: “Mamáááá...”
***
“El tribunal, por unanimidad, falla: condénese a la señora María Edis Hernández Méndez de Castro a una pena de treinta años de prisión por la comisión del delito de Homicidio Agravado en perjuicio de su hijo recién nacido - dictado el 11 de Agosto de 2008”.
La condena no era solo para María Edis. Santos y Tomás fueron condenados a vivir sin su madre, los Hernández fueron condenados a vivir con el castigo del juicio social, Gabriel fue condenado a ser conocido como el bebé que nadie quiso.
María Edis se acostumbró a su nuevo hogar tras las rejas. Pero el castigo no era suficiente. Aquellas cosas que olvidó la alcanzaron. Entonces recordó que su cuerpo no solo había alojado a un bebé, sino que había mostrado unas bolitas en su cuello. Por sus venas circulaba el veneno que le causaría la muerte. El cáncer que María Edis nunca se trató se había desarrollado. Y justo cuando pensaba que iba a vivir los próximos 30 años en la cárcel, comprendió que ella iba a salir de la cárcel en un ataúd.
El mundo siguió su rumbo, y las noticias llegaron a oídos de Mario, el esposo de María Edis. El hombre, molesto, tomó el teléfono y habló con Tomás. Estaba indignado y no quería saber más de la familia de María Edis. Lo único que quería era alejar a sus hijos de los Hernández Méndez.  
-Yo me sentí mal, le bajé el teléfono y ya no quise hablar con él –cuenta Tomás.
Mario seguía inconforme y no paró. Un mes después de la llamada a Tomás, un grupo de abogados visitó la casa de los Hernández, pues llegaban a traer a Santos y a Tomás para llevarlos con sus abuelos paternos.
-Tres veces vinieron pero los niños no se querían ir. Se ponían a llorar. Nosotros los teníamos listos con ropita y todo pero ellos no se quisieron ir.
Francisca y Tomás sueltan una risa mientras recuerdan cómo lo niños se resistían a dejar su hogar. Así, Santos y Tomás se quedaron. Mario nunca volvió a tener contacto con ellos. Mario y su familia se desentendieron por completo de los Hernández Méndez.
Del otro lado de las rejas, María Edis esperaba las visitas mientras luchaba contra el mal de Hodgkin. Tomás, el que según la autoridad puso la denuncia en contra de su hija, fue el único que cada mes visitó a María Edis en la cárcel. En un inicio las visitas eran en San Miguel, en el Centro Penal de Mujeres de esa ciudad.  
Tres meses después la enfermedad de María Edis obligó a que se hiciera un traslado hasta Cárcel de Mujeres en Ilopango, así podría recibir el tratamiento adecuado en el Hospital Rosales. Ahí María Edis se sometió a una cirugía que extirparía las bolitas de su cuello. Sin embargo, el resultado no fue el esperado, pues el cáncer había avanzado demasiado y no quedaba más que someterse al tratamiento con quimioterapia.   
Las visitas de Tomás ya no pudieron ser tan frecuentes. Los 15 dólares que gastaba en cada viaje le impedían visitar a María Edis cada mes. Además tenía que llevar al menos 25 dólares que le dejaba a su hija. Anastasia y Francisca debían esperar más tiempo, pues se conformaban con lo poco que Tomás contaba sobre María Edis.
Solo dos años después del aborto, Anastasia por fin volvió a ver a su hija. Tomás logró ahorrar unos centavos para poder pagar el pasaje de ambos y trasladarse al penal en Ilopango. La emoción del momento era incontrolable. Y María Edis supo que ese era el momento indicado para despedirse de sus padres.
-La última vez que la fui a ver ella me abrazó y me dijo que la perdonara. “Mamita, ¿me perdona por no haberle dicho? Yo de aquí ya no voy a salir, son 30 años que me han dado”, recuerda Anastasia que le dijo su hija.
Estas fueron las últimas palabras de María Edis que Anastasia escuchó.
La enfermedad comenzó a consumir rápidamente a María Edis. Sabiendo que no le quedaba mucho tiempo, quería ver a sus hijos. Pensó que ella no podía volver a su hogar y que sus hijos no podían llegar a visitarla.
María Edis pidió un último deseo y alguien se lo concedió. Un miembro del equipo de médicos que la atendía viajó hasta la casa de María Edis, conoció a su familia y tomó fotografías de sus hijos.  De regreso en el hospital, le mostró las fotos de los niños. El gesto de aquel samaritano -cuyo nombre nadie parece recordar- ayudó a que María Edis se fuera en paz el 30 de abril de 2010.
***
Gabriel ya no repite más “Fue el golpe, fue el golpe”. Gabriel ya no come, duerme ni vive junto a su madre. Gabriel ya no sabe los qués, los quiénes, los dóndes ni los porqués que rodean a su madre. Gabriel ya no ríe en secreto con sus hermanos ni escucha más el bum del corazón de su mamá. Gabriel y su mamá viajan por caminos separados y dentro de 26 meses se reencontrarán en una palabra muy conocida para su madre: muerte.


Apoya el periodismo incómodo

Si te parece valioso el trabajo de El Faro, apóyanos para seguir. Únete a nuestra comunidad de lectores y lectoras que con su membresía mensual o anual garantizan nuestra sostenibilidad y hacen posible que nuestro equipo de periodistas llegue adonde otros no llegan y cuente lo que otros no cuentan o tratan de ocultar.
Te necesitamos para seguir incomodando al poder.
¿Aún no te convences? Conoce más sobre cómo se financia El Faro y quiénes son sus propietarios acá.

Publicidad
Publicidad

 CERRAR
Publicidad