¿Nunca cachimbeó a nadie en el bus?
No, no, no.
¿Y en la calle, con un particular?
No, no andaba peleando.
Uno creyera que cuando uno entrena boxeo luego anda por la calle de bravito. ¿No andaba de peleonero por Cujutepeque?
No, si yo era bien querido en Cojute. Me preparé para varias peleas internacionales o de campeonato allá. Yo vivía cerca del cerro de Las Pavas, abajito. Pero me iba a dormir ahí. Primero, para no estar con la mujer; y lo segundo para estar en aire puro. Ahí vivía y prácticamente solo bajaba a comer. Desde aquí llegaban a entrenarme un profesor mexicano y los diarios llegaban a tomarme fotos. El profesor llegaba con todos los sparrings y ahí entrenábamos en el cerro. En los palos de amate colgábamos los sacos y teníamos peras y todo. Ahí teníamos los guantes y nos dábamos duro. Ahí entrenaba tres veces por semana y dos venía para aquí (a San Salvador).
¿En qué año fue eso?
En 1975, ya cuando estaba de profesional. Ahí llegaban a entrenarme y llegaban los montones de muchachos a entrenar y a ver los entrenos. Para varias peleas me preparé así.
¿No le afectaba la fama?
¿Cómo?
La fama. Dice que salía mucho en los periódicos.
Si solo en la casa pasaban los periodistas. Tenía más fama que “el Famoso” Hernández.
Ja, ja, ja.
Sí, solo veía que me aburrían porque ahí pasaban los periodistas en la casa, tomándome fotos a mí y a mi familia. Cuando corría y todo, me tomaban foto. Pero lo bueno es que cuando uno está en esa parte es no ser turbio con la gente, ser normal. Porque si a uno se le suben los humos, ahí cae mal todo deportista. Cuando yo estaba en ese apogeo era cuando más bueno era con la gente, más tranquilo... así tiene que ser uno, no porque haya sido famoso uno u obtiene sus resultados va a ver de menos a lo demás deportistas, a los compañeros o a la gente. Eso fue lo que yo hice. No ve que cuando llegaba a Cojutepeque, a cualquier parte que llegaba a comer, nunca me dejaba pagar. “¡Vení, Chuvalo!”, me decían y me pagaban la comida y todo. Y viera qué bonito se ponía eso en el cerro de Las Pavas. Por eso les digo a los muchachos: “Lloren el tiempo”, porque el tiempo pasa rápido y uno no siente cuando ya ha pasado. Mire, como tengo tiempo de ser entrenador, he conocido babosos fuertes, buenos y todo y cuando veo, ya con el tiempo, ya se han acabado para el boxeo amateur.
Usted conocía el boxeo salvadoreño, sabía que no había promotores y que era bien difícil salir adelante. ¿Por qué hacerse entrenador en esas condiciones?
Quería seguir boxeando y para no retirarme del todo me hice entrenador. Podía sacar pisto con eso. Y ahorita, como entrenador, creo que soy de los más regulares que hay aquí.
¿Quién fue su primer alumno?
Empecé entrenando en la Arena Santa Anita. Después, ya como a los dos años, ya agarré a las selecciones. Y trabajé en el Gimnasio Valencia, donde salieron buenos boxeadores como los tres Dimas Valle. René, uno de ellos, fue campeón centroamericano y de El Caribe. A él lo llevamos a pelear el título, lo preparamos en México y lastimosamente se perdió contra un nicaragüense.
¿Esa ha sido su mayor satisfacción como entrenador?
Sí, y sacar la mayoría de campeones de aquí. He hecho uno centroamericano y del Caribe, que fue René, y solo centroamericanos profesionales, como siete.
¿Y amateurs?
Ya ni me acuerdo. ¡Un resto! Hace poco hice como cuatro, de estos que entrenan aquí en la Villa Centroamericana.
¿Y no le dan ganas de subirse al ring de nuevo?
Siempre entreno, pero ya no peleo. ¿Para qué va a estar pegando uno de viejo? No, ya mucho peleé, ya mucha riata aguanté. Eso es una tontera. Yo entreno solo por mi cuerpo, por mantenerme bien.
¡George Foreman e Evander Holyfield lo hicieron!
Pero que esos son fuera de lo común. Holyfield está peleando a los 60 y pico de años.
¿Y por qué lo hacen? ¿Eso es porque tienen un físico extraordinario?
Será por eso, porque pisto tienen. Son millonarios pero se meten a pelear. Les gusta, pues.
¿Cuál es el secreto para ser un buen boxeador?
Entrenar duro y hacerle caso al entrenador. Es que para ser campeón no solo es de pegar duro. Hay que enseñarles a moverse, a caminar, a pararse... uno como entrenador tiene que tener talento para enseñar. No solo porque fui un gran boxeador voy a ser bueno entrenando, no. He estudiado bastante, he sacado cursos en Cuba, en México y en Panamá. He ido exclusivamente a sacar esos cursos de entrenador.
Usted es entrenador de boxeo y taxista, ¿no?
Nunca dejé la manejada. Uno se acostumbra. El taxi siempre lo tengo.
¿Qué le da más: el taxi o el boxeo?
El boxeo. Es que la taxiada no da ya, solo sirve para dar vuelta y vuelta. Saca sus centavos y se puede vivir si uno se dedica solo a eso, pero es muy aburrido estarse parado esperando clientes.
¿Para ser boxeador le tiene que gustar a uno que le peguen en la cara?
No, mientras menos le peguen a uno, mejor.
Igual, a mí me daría terror que me rajaran la cara. Ni me lo quisiera imaginar.
No, mire este pencazo de cortaduras que he tenido. Él también tiene sus cortaduras, como si hubiera sido boxeador (señala al rostro de Rodrigo Baires).
¡No, yo era travieso de chiquito nada más! ¿Se acuerda quién le hizo cada una de esas cortaduras?
Sí, hom´be, claro que sí. ¡No me voy a acordar! Un panameño, un mexicano, unos costarricenses... si uno se acuerda.
¿Y la peor cortadura?
Una vez que un panameño baboso me dio un cabezazo ya descaradamente... pero lo noqueé.
Ja, ja.
Me dijo mi entrenador: “Si en este round no lo noqueás –que era el séptimo-, te paran la pelea”. Estaba sangrando y salí a matarlo.
¿Recuerda como se llamaba?
Patricio Maxwell. Era famoso.
“¡Vení!”, le dijo.
Ah, lo agarré hasta que... lo masacré a verga porque si no, perdía. Esa pelea ya la tenía perdida porque el doctor había dicho que un round más y que iba a pararla.
¿Esos cabezazos los dan a propósito?
Pues sí, si uno ahí es pícaro. Es que mire, ya uno como profesional mete el codo, mete la cabeza.
¡En serio!
Sí, a quién es más pícaro. Y uno aprende todo eso. Porque fíjese que cuando estaba de profesional decía: “¿Para que meter tanto codo y andar con bayuncadas?”. Pero que, uno con el tiempo, ¡huevos! Hasta las rodillas mete uno a veces. En esto de aquí (señala la parte externa de la pierna) se pega con la rodilla para que quede patojo.
¡La chapina!
Sí, aquí se le mete y queda patojo, y ahí lo agarra a verga. Esas son las cosas que uno aprende. O uno tira el guante al lado de la cabeza, lo jala y le pasa raspando la cara.
¡En serio!
Son mañas. O agarra el guante del otro y pega al hígado. Son babosadas y picardías que uno aprende.
Pero eso es prohibido.
Sí, pero de una amonestación a un nocaut.
