Cada 24 de junio –el día de San Juan Bautista- y cada 24 de diciembre, los indígenas debían hacer un tributo a la corona de España. Se hacía parte en moneda y el resto en “tantas gallinas”. Por suerte, los mismos españoles habían traído las aves, sino no había con qué pagarlo.
La famosa gallina india llegó con los conquistadores. Muy europea ella, se llamaba gallina de Castilla y, claro está, llegó para quedarse.
No venía sola. Como esas tías viejas invitadas, cada vez que los españoles tocaban tierra traían mucha comida. Llegaron a mano llena con arroz, limones, cabras, ovejas, aves de corral, mango, guineo y hasta abejas italianas. Y, claro está, también como buenas tías, se adaptaron a comer todos los animales de nombres extraños que acá ya eran banquete indígena: garrobo en alhuashte, tepezcuintle, cusuco, tacuazín blanco, taltuza y cotuza. Así lo muestran investigaciones que señalan que, por ejemplo, en Ciudad Vieja -sitio donde se ubicó San Salvador de 1528 a 1545- se hallaron restos de caracoles de jute, comida indígena que al parecer gustó a los extranjeros.
En suma, desde que se conocen, conquistador y conquistado se han encontrado en el campo de batalla, en la cama y en la mesa. Y en esta última mezclaron sabores indígenas y europeos que se transformaron en platos típicos: la sopa de gallina india, la sopa con chipilín o mora y el arroz con todo.
No hay vuelta. Somos mestizos. Comemos lo que comemos porque un continente puso el cacao y el otro la caña de azúcar.

