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Plática con Rigoberto Media, "Maca" , entrenador de marcha

“Si me gano una medalla olímpica, yo me voy de aquí”

Brujo, boxeador, cristiano evangélico, marchista, ascensorista y entrenador… El cerebro tras los pasos de Cristina López, la primera salvadoreña en ganar una medalla de oro en unos juegos panamericanos, ha tenido una vida versátil. Le encanta conversar, cuestionar y señalar lo que a su juicio es el deporte salvadoreño y, en especial, el atletismo. Entre risas, sándwiches y bromas, este cubano revela algunos lapsos de su vida, sus deseos de alcanzar una medalla olímpica y su amistad con los marchistas salvadoreños que incluso lo han llegado a considerar como un padre.  

Rodrigo Baires y Alexis Henríquez/ Fotos de Luis Tovar
cartas@elfaro.net
Publicada el 17 de septiembre de 2007 - El Faro

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Públicamente conocemos a Cristina López, pero no conocemos a Rigoberto Medina, a Maca. Ese que trabajó en el fútbol ecuatoriano, el ex atleta y que reparó ascensores.
¿Eso quién te lo dijo?

Ya ves, estamos en la jugada.
Sí, ya los vi. Bueno, yo tuve una vida bien difícil de chamaco. Nací en el interior de la isla (de Cuba), en la provincia de Sancti Spíritus.

¿Cómo difícil?
Yo era bien pobre. Yo dormía en el piso. Tuvimos una infancia bien perra. Fui descalzo a la escuela. Ahora tengo un hermano que es un gran médico cubano.

¿Eso fue antes de la revolución?
No, después de la revolución. Al principio de la revolución fue dura la cosa en Cuba. Después se fue arreglando. Mi papá trabajaba cuatro o cinco meses en el año. ¿Entiendes?, una jodida de trabajo. Muchas veces no teníamos arroz para comer y machacábamos los fideos con una botella y hacíamos con grillos casamiento con fideos.

Arroz con grillo.
Fideo con grillo. Cuando niño, robé gallinas, me metía en los patios para ir a robar gallinas. Al llegar a mi casa, le decía a mi mamá que me la habían regalado. Ha sido una infancia bien dura, brother. Pero doy gracias a Dios, compadre. Fui convencido de que Dios existe.

¿Te contactás con tu familia ahora?
Si, nos hablamos. Tengo una sobrinita que no conozco.

¿Cuántos hermanos son?
Somos cuatro hermanos. Dos hembras y dos varones. Yo le digo “sobrina”. He hablado con ella por teléfono. Ella me dice, “¿quién tú eres?” y yo le digo, “el de la foto”. Y dice “¿el tío mío, por qué no vino a verme?”. Mis hermanos son profesionales. Uno es médico, la otra es licenciada en Economía. Es la que lleva la economía en un hospital. Otra trabaja en una empresa ganadera, es economista también.

¿Cuándo entra la marcha en tu vida?
En el año 1972 me fui para La Habana, por el deporte, y ya me quedé viviendo ahí. Después arrastré a toda mi familia para La Habana. Soy cristiano, acepté a Cristo como mi salvador personal y estoy convencido de que Dios me dio un don para la marcha. Pero entonces no había visto nunca marchar a nadie, no sabía lo que era la marcha.

¿Qué deporte practicabas?
¿Yo? boxeo - eché cuatro peleas oficiales –, baloncesto y béisbol, que jugaba de pitcher y lo hacía bastante bien.

¿Y dejaste el béisbol y el boxeo, que son los deportes nacionales de Cuba, por la marcha?
Es que había una situación bien crítica en mi familia, bien difícil económicamente, y me becaron, me llevaron a una escuela en el campo. Ahí había un pasillo bien largo y me ponía a competir con los muchachos, a ver quién caminaba más rápido… y les ganaba siempre. Pero entonces jugaba baloncesto, porque no había béisbol, hasta que un día llegaron unos profesores de educación física de otro internado y dijeron que querían gente para ir a una competencia de marcha. Todos preguntaron qué era eso. Cuando les dijeron que era de caminar rápido, los muchachos me fueron a buscar a mí.

Estaba chiquito. No tenía shorts ni zapatillas. Lo que hice fue remangarme el pantalón, quitarme los zapatos, sacarme la camisa y arriba. Recuerdo que gané el tercer lugar y los que me ganaron tenían cinco años más. Entonces nos mandaron a los Juegos Provinciales. No había pista de atletismo. Marcaron un carril en el estadio de béisbol y ahí les gané a todos, hasta a los que eran de categorías superiores.

¿Qué edad tenías?
14 ó 15 años. Después me llevaron a la eliminatoria de los Juegos Escolares, donde quedé en segundo lugar. El chico que me ganó me había sacado una vuelta y el año anterior había sido el campeón de Cuba. Entonces, su entrenador, Obdulio Rubí, decidió llevarme a entrenar con él para los Juegos Escolares Nacionales. Ahí le gané a este chico y así fue como decidieron llevarme para La Habana.

Llegamos seis juveniles y ocho marchistas en el equipo mayor. La primera vez, me llevaron al estadio Cerro Pelado, que era donde estaba el equipo nacional de atletismo, a una eliminatoria de 10 kilómetros y cogí el tercer lugar general. Entonces me dijeron: “Estás muy joven para llevarte al equipo nacional”. Pero aún así fui a Ponce, Puerto Rico, a un Centroamericano y del Caribe, donde agarré el bronce. Recuerdo que perdí con Enrique Vera, que era el recordista mundial de 50 kilómetros. Después de eso fue que empezaron a darme bombo y me hizo mucho daño eso.

¿Bombo?
Sí, eso de que te alababan demasiado. En mi país, el deportista arrastra mujeres. Yo, blanquito, con el pelo largo, con ropa buena y, además, bailaba bonito… pues, ahí estaba la pila de mujeres. Un año después, en 1976, me castigaron por primera vez. Entonces estudiaba en el Fajardo Provincial (la Escuela Superior de Educación Física Manuel Fajardo), en la liza de hacerme entrenador y me botaron de la escuela. Empecé a faltar a los entrenamientos y ahí fue que empecé a tomar. Ese año no hice nada.

Me llamaron hasta febrero de 1977 y me sacaron la sanción. Ese mismo año, con cinco meses de entrenamiento, fui a Jalapa, México, a un Centroamericano y del Caribe de Atletismo a agarrar medalla.  Ahí ganó Ramón González, que estaba fuera de liga… Regresé a Cuba y fui a Europa.

¿Y el “bombo” te mató?
La fama me empezó a matar en serio. En 1979, fui a prepararme a México y gané bronce en un Centroamericano en Guadalajara, que lo ganó Daniel Bautista y Félix Gómez. Luego estaba el Panamericano; pero justo en ese momento me regresaron a Cuba porque me obligaron a casarme.

¿Casarte? ¿Cómo así?
Me obligaron los padres de una chica.

¿Y cómo te obligaron a casarte?
Me echaron a la policía. Yo estaba con una chica, tenía relaciones con ella, y los padres me obligaron a casarme. Fue un escándalo, un escándalo… Bueno, fui a los Panamericanos pero abandoné la competencia. Me había ganado el puesto pero estaba matado, ¿me entiende? Entonces, cuando llegué a Cuba me sentaron y me volvieron a castigar. Ya estaba terminando de estudiar en el Manuel Fajardo; casado – bueno, la primera vez que me casé, y necesitaba trabajar.  Fue cuando pasé un curso con un amigo y por las tardes, en lugar de entrenar, me iba a reparar ascensores y cosas de esas. Así podía ver un dinero para poder escapar de la situación en la que estaba.

¿Y dejaste de lado la marcha?
Bueno… en ese mismo año… ¿Es hablar de mi vida no?

Si, dale.
Bueno, en ese mismo año voy por primera vez a ver a un brujo.

¿La santería o la brujería?
El primero que conocí fue un santero, en 1979, y me hizo un “trabajo”. De ahí en adelante mi vida fue un desastre.

¿Un trabajo?
Sí, me hizo un trabajo para arreglar una situación que tenía en mi vida. No se a qué santo invocó, no sé si era Shangó, Obatalá o Yemayá. 

¿Y volviste a la marcha?
Sí, hice una marcaza a nivel mundial en los 10 kilómetros, el 20 de enero de 1980. Hice 42:02.4 minutos; luego fui el primer cubano en bajar de 1:30 horas en los 20 kilómetros; y puse ocho récords nacionales. Pero me metí más de lleno en la brujería y todo empezó a salirme mal después. Por ejemplo, si yo hacía un “trabajo” porque quería que a una persona la matara un carro… ese mismo día me daba un golpe un carro.

¿Cómo que te metiste de lleno?
De la brujería lo conocí todo y cada vez me fue peor. En 1983, en los Panamericanos de Caracas, participé y agarré séptimo u octavo lugar. Ese año había sido muy difícil porque se había ido mucha gente de Cuba y nos habían prohibido saludar a esta gente que está en Venezuela. Y yo saludé a esta gente y cuando regresé a la isla me mandaron a llamar; me sentaron y tenía que contarle al gobierno de qué había hablado con ellos.

Ese mismo año me divorcié y me volví a casar, esta vez con una bailarina del Tropicana, uno de los cabarets más famosos del mundo. Yo buscaba los altos kilates. Regresé de nuevo a competir en 1984, cuando impuse mi último récord nacional, y empecé a estudiar la licenciatura en Deportes durante cinco años. Ese tiempo fue un tiempo pésimo para mí: me casé dos veces en ese lapso, me emborrachaba, mujereaba… Recuerdo que me tomaba unas pastillas para poder competir… muy buenas que yo sabía que eran doping e igual me las tomaba.

Cuando estaba en el tercer año de la asignatura empecé a entrenar a unos niños y fue cuando me di cuenta de que Dios verdaderamente tiene un plan conmigo en esto de la marcha. No tenía nada, no estaba entrenando, estaba en la calle y un niño de esos quedó campeón escolar nacional. Entonces me empezaron a plantear que dejara el deporte y me dedicara a ser entrenador.

Ser deportista te había dado todo lo que tenías, incluyendo la fama y las mujeres, ¿no costó tomar la decisión de dejar esa vida y pasar a un segundo plano, a ser el entrenador y no el atleta?
A eso voy. En 1989 logré mi última marca en 20 kilómetros, 1:20:04 horas, y me retiré porque me cerraron las puertas completamente. Me dijeron “ya no”,  que había cometido muchas indisciplinas y que me dedicara a ser entrenador. Eso me puso mal. Empecé a fumar dos cajetillas diarias y a tomar. Me tomaba una botella de ron todos los días e iba a las fiestas a fajarme (pelear). Tenía problemas con todo el mundo… Era bien conflictivo, le metía botellazos al que se ponía enfrente.

Me hicieron un retiro bien bonito pero eso me mató. Me sentía incapaz de todo porque había sido un atleta con cierta fama en mi país y, de buenas a primeras, dejar el deporte era fuerte. Yo decía: “¿Qué voy a hacer como entrenador?”. Como atleta te buscaban las jevas, como entrenador no. Eso era en lo que pensaba y me mató. Me pasé unos años críticos. Empecé a andar con más mujeres y no dejé la brujería… es más me metí con un palero.

¿Qué es un palero?
Es un brujo malo… bueno, recuerdo que estaba en su casa esperándolo y su señora me decía “él ya viene” porque los sillones empezaban a mecerse. Los espíritus, los muertos que él tenía, llegaban antes a la casa. Un día que estábamos limpiando las prendas para brujería se veía a una persona fumando su cigarro cuando no había nadie.

       
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