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OPINION

Monseñor Romero y el Papa que el mundo necesita

María Teresa Jardí*
cartas@elfaro.net
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A 25 años de un crimen horrendo: el asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo
Romero. Crimen horrendo pero anunciado y permitido, el mundo es menos libre y la Iglesia, nuestra Iglesia, la Iglesia del Arzobispo asesinado en San Salvador, atraviesa por un trance que bien puede convertirla en enemiga de los millones de condenados por el imperialismo a la pobreza. Los pobres ya no encuentran en la Iglesia Católica la esperanza en Cristo que pastores, como Monseñor Romero, antes le daban al mundo con su ejemplo.

Uno más, el asesinato de Monseñor Romero, de los muchos crímenes impunes que contra sacerdotes, hermanas y laicos se han tolerado por iglesias y sociedades en nuestra América Latina. Crímenes que se han cometido porque se ha tolerado que se cometan. Crímenes imperdonables cometidos por gobernantes y militares vasallos que actúan bajo las órdenes y con la tutela del imperio asesino que nos tocó, en la distribución del mundo, a los pueblos latinoamericanos como vecino.

Crímenes doblemente inaceptables porque el único "delito" de las víctimas es cumplir al píe de la letra con el Evangelio que Cristo vino a enseñar a la Tierra. Crímenes avorosos por cumplir con el Evangelio que quiso enviarle el Padre a la humanidad para que se redimiera. Pero también, y sobre todo, para que la humanidad construyera, aquí y ahora, el Paraíso.

Siendo inminente la muerte de Su Santidad el Papa Juan Pablo II, los cardenales católicos tendrían que voltear la mirada a las enseñanzas que les dejó su hermano Monseñor Romero. Y el Espíritu Santo tendría que soplarles al oído las enseñanzas de los pobres, que convirtieron a Monseñor Romero, para convertirlos a ellos.

La humanidad hoy más que nunca necesita un Papa ya convertido por los pobres. Un Papa que crea, como Monseñor Romero creía, "… que los santos han sido los hombres más ambiciosos. Eso es lo que yo ambiciono para todos ustedes y para mí: que seamos grandes, ambiciosamente grandes, porque somos imágenes de Dios y no nos podemos contentar con grandezas mediocres…".

Un Papa que sepa, como llegó a saber Monseñor Romero, que "la verdadera persecución se ha dirigido al pueblo pobre, que es hoy el cuerpo de Cristo en la historia. Ellos son el pueblo crucificado como Jesús, el pueblo perseguido como el siervo de Yahvé. Ellos son los que contemplan en su cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo. Y por esa razón, cuando la Iglesia se ha organizado y unificado recogiendo las esperanzas y las angustias de los pobres, ha corrido la misma muerte de Jesús y de los pobres…".

Un Papa que conozca que "En un mundo de tanto cambio, tantas crisis, tantos retos… y tantas promesas también, no bastan las doctrinas e ideologías. Se necesita espíritu para dominar y orientar la vida y la historia; para que estas sean, en último término, promesas, más que absurdo o puro devenir; para que generen esperanza más que desesperanza o resignación; para que alienten a una práctica transformadora más que a la pasividad o al egoísmo…", como se señala en la contraportada del libro: "Liberación con Espíritu. Apuntes para una nueva espiritualidad", publicado por UCA editores, en 1985. Un libro escrito por el sacerdote jesuita, tan querido por los salvadoreños, Jon Sobrino, libro del que también tomo algunas de las muchas citas de lo que dijera Monseñor Romero quien sin duda llegó a la santidad por la política, pero sin dejar de lado la espiritualidad que le permitiera ver la realidad latinoamericana y en particular la salvadoreña desde Dios como Dios de la vida, porque, como bien dice también Sobrino, "El seguimiento de Jesús cobra hoy sus características desde la irrupción de pobre, exige caminar con ellos y ser para ellos", que fue a fin de cuentas lo que entendió Monseñor Romero y lo que necesita saber el nuevo Papa para reivindicar nuestra Iglesia como Iglesia de Cristo.


*La autora es defensora de los derechos humanos y periodista mexicana.


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