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OPINION Romero: Un hombre inserto en la HistoriaHéctor Dada Hirezi
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Hace veinte y cinco años, un lunes 24 de marzo de 1980, una bala
asesina terminó con la vida terrena de Monseñor Óscar
Arnulfo Romero. En un país en el que una abrumadora mayoría
se confesaba seguidora de la palabra de Jesús de Nazareth, personeros
de una derecha cerrada ante la necesidad de cambios a favor de la justicia
llevaban al privilegio del martirio a quien sin temores aplicaba la verdad
evangélica a la realidad del país. Más aún,
esa misma noche hubo alegría en muchos hogares de familias proclamadas
católicas: ¡había sido liquidado el Obispo comunista!
Ahora, un cuarto de siglo más tarde, su memoria no ha sido borrada
pero no puede negarse que su figura sigue siendo presentada con significados
contradictorios sin respetar muchas veces el sentido real de la vida de
este salvadoreño singular. Algunos lo reivindican - o lo rechazan
- como una especie de icono de la izquierda revolucionaria; para otros,
es casi un escándalo que la Comisión para la Doctrina de
la Fe de la Iglesia Católica haya determinado que su palabra es
completamente fiel a la doctrina oficial de la Iglesia; no pocos -ante
lo que consideran una canonización inevitable - intentan limar
las aristas más agudas de su pensamiento, vaciando de contenido
y de sentido el testimonio de su vida; no falta, a Dios gracias, un número
creciente de salvadoreños y extranjeros esparcidos por el mundo
que buscan al Romero real, al siervo de Dios entregado al servicio del
pueblo que le fue confiado.
Las grandes figuras de la historia sólo pueden ser juzgadas en
el contexto en el que realizaron las acciones que les permiten ser considerados
como tales. Romero es fruto de lo que él en sí mismo era
- un hombre de profunda fe, y por ello de gran respeto a la dignidad de
los demás y fiel a los mandatos de la Iglesia - y de lo que le
exigió la realidad de la diócesis que se le confió
en 1977. Desde tiempo atrás, por la preocupación por los
pobres que siempre mostró Monseñor Chávez y González
y por la creciente movilización social frente a una profunda crisis
estructural, la Iglesia de la arquidiócesis de San Salvador debió
decir su palabra, tuvo que aplicar la palabra de Dios, frente a y al interior
de una sociedad con altos niveles de conflicto y ante disputas cada vez
más polarizadas, que aun se interiorizaban en el seno mismo de
la Iglesia.
En sus experiencias episcopales previas Romero fue siempre fiel a la
labor pastoral de la Iglesia. El 10 de febrero de 1980, a pocas semanas
de su martirio, lo dijo con estas palabras: "La Iglesia no se puede
casar con (ningún proyecto político). La Iglesia sólo
está casada con el Señor para poder juzgar con libertad
(...) a todos los
proyectos de todas las políticas del mundo". Entonces, aplicó
este principio con discreción, actuando más a través
del contacto personal que por la vía de la acción pública
para la defensa de la vida y de la justicia social. Esto fue malinterpretado
por los sectores más conservadores de nuestro país, que
pensaron que con su nombramiento el Vaticano había impuesto la
sensatez a los cristianos radicalizados, exigiendo el abandono de la pastoral
social de Chávez y González.
Sin embargo, esta visión se mostró totalmente equivocada, y la realidad no fue como ellos la preveían, y quizá tampoco como la preveía Mons. Romero. Al asumir el mando de la arquidiócesis el Espíritu Santo lo colocaba al frente de esa Iglesia conflictuada, con la obligación de encarnarse en un país convulso política y socialmente, con una base eclesial con alto grado de organización y muy exigente de una postura consecuente con el Evangelio. Era la etapa final del autoritarismo de base oligárquica, que enfrentaba una profunda crisis de gobernabilidad ante la pérdida de sus bases materiales de sustentación a causa de la internación de la crisis económica mundial y de la agudización de los procesos sociales internos, en un contexto de exacerbación de las tensiones de la guerra fría.
Trató de evitar el conflicto armado con llamados a la razón,
a la defensa de la vida, a poner los ojos en los más pobres, que
no habían sido beneficiados por la etapa de crecimiento y ahora
pagaban desproporcionadamente los costos de la crisis. Su voz, como cabeza
visible de la arquidiócesis, se convirtió en la última
esperanza de un
pueblo que veía caer sobre sus hombros la carga de un conflicto
armado entre hermanos, en el que se mezclaban en una combinación
explosiva los intereses de los segmentos nacionales antagónicos
con los de las grandes potencias del mundo.
Desde el poder agonizante la lógica era la liquidación del "enemigo", como forma de lograr lo que ellos creían posible: la restitución del orden tradicional del Estado salvadoreño. Fue inevitable la tensión entre el mensaje de Romero y esta visión intolerante, radical y contraria al mensaje cristiano; negarse a nombre del Evangelio a aceptar la división de la sociedad en dos bandos irreconciliables, sin más opción que la destrucción mutua, era obstaculizar a quienes veían en ese diseño contrainsurgente la única forma de defender sus intereses, encubiertos en el discurso de la defensa del orden occidental y cristiano. Su muerte adquiere su lógica desde esta perspectiva. Y por ello es mártir, por haber sido asesinado por insistir que nuestra fe exigía una oposición radical a un proyecto que iba en contra de los principios éticos sostenidos por la Iglesia.
Hoy que recordamos su martirio, debemos sacar una lección de la vida y la palabra del salvadoreño más ilustre que nos ha dado la historia. Más que transformaciones básicas de la lectura que él hacía de la palabra de Dios, lo que encontramos son respuestas diferentes ante realidades distintas a las que ella debe aplicarse. Esa necesaria "conversión cotidiana" a la que los cristianos estamos obligados no es más que la aceptación de la necesidad de leer el Evangelio desde la realidad concreta del pueblo de Dios, diferente en cada momento histórico, lo que obliga a aplicarlo de manera distinta ante circunstancias en las que se interpretan de manera diversa las exigencias del Espíritu de Dios en la historia.
Eso mismo decía Monseñor Romero en diciembre de 1979: "El
tremendo papel de la Iglesia es mantener en la historia de los hombres
el proyecto de la historia de Dios. Reflejar esa historia de Dios en los
acontecimientos concretos del pueblo para poder aprobar todo aquello que
refleje ese proyecto de la salvación de Dios en la historia; y
con la santa libertad de Dios, también, rechazar en la historia
de los hombres todo aquello que no corresponde al proyecto, al designio
de Dios que quiere salvar a la humanidad." No basta con recordarlo.
Quienes integramos la Iglesia - jerarquía y comunidad de fieles
- debemos ser consecuentes con su palabra, que es fiel al espíritu
del Evangelio y a las enseñanzas de la Iglesia.
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