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OPINION / DESDE HANNOVER Monseñor Romero, veinticinco aniversario de un martirioDavid Hernández
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Quizás no haya figura más representativa del drama que vivió durante la segunda mitad del siglo pasado El Salvador, que la de su Arzobispo Óscar Arnulfo Romero, asesinado de un balazo en el corazón disparado por un francotirador cuando oficiaba una misa de difuntos el 24 de marzo de 1980.
Monseñor Romero, "la voz de los sin voz", como fue conocido por su defensa de los derechos humanos en los sangrientos albores de la guerra fraticida que asoló a El Salvador entre 1980-1992, fue nombrado Arzobispo en 1977 por la jerarquía conservadora del Vaticano con el vistobueno de la oligarquía y el gobierno militar derechista.
Destinado a convertirse en un siervo más de las capas dominantes que gobernaban el país con mano de hierro desde una masacre de campesinos indígenas en 1932, Monseñor Romero se sintió profundamente conmovido cuando vió que sus hermanos de sacerdocio eran asesinados por las fuerzas represivas del gobierno. Esto le abrió al Arzobispo Romero los ojos a una lectura diferente de la realidad salvadoreña, donde unas seculares estructuras económicas y de poder concentradas en un puñado de familias oligárquicas controlaban y explotaban con mano férrea a través de dictaduras militares a la inmensa mayoría de la población salvadoreña.
Fue entonces cuando Monseñor Romero adoptó su "opción por los pobres" al hacer suyas las reclamaciones de justicia social, igualdad de oportunidades y reparto equitativo de la riqueza nacional que exigían las fuerzas políticas democráticas del país y los sectores progresistas de la iglesia católica agrupados en la "Teología de la Liberación".
Esta "opción por los pobres" le costó la vida, pues implicó entrar en una lucha a muerte contra las injustas estructuras de poder y represión, a las cuales no cesó de denunciar ni aún pocos minutos antes de su atroz asesinato. Eran los años en los cuales los escuadrones de la muerte cometían monstruosos asesinatos contra obreros, campesinos y opositores, en lo que ellos llamaban "castigos ejemplares" para detener la protesta social a nivel nacional.
El detonante que aceleró su asesinato fue el llamado en una de sus homilías a los agentes de la Guardia y la Policía Nacional para que no dispararan contra su pueblo: "Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y, ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: no matar. Ningún soldado esta obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios... "
El magnicidio de Monseñor Romero fue el inicio de una guerra fraticida en El Salvador, que terminaría formalmente doce años después con la firma de los Acuerdos de Paz de enero de 1992 en Chapultepec, México.
Su asesinato, dirigido desde la sombra por el jefe de los escuadrones de la muerte de esa época, el ex-mayor del Ejército retirado, Roberto D´Abuisson, no hizo más que señalar un camino a sus otros hermanos de sacerdocio, los jesuitas de la Universidad Católica de El Salvador, encabezados por el padre hispano-salvadoreño Ignacio Ellacuría, quienes serían cobardemente asesinados por elementos del ejército salvadoreño en noviembre de 1989.
A veinticinco años de su martirio, Monseñor Romero es hoy en El Salvador uno de los símbolos patrios que mejor representan el imaginario democrático del país, surgido luego de la firma de los Acuerdos de Paz. Su estatua ubicada a la par del patrón del país, El Divino Salvador del Mundo, en una de las principales avenidas de San Salvador, es la más representativa metáfora de lo que dicho personaje representa para su país, donde también hay calles y escuelas que llevan su nombre.
Lamentablemente, debido a la tácita ley de perdón y olvido que implicaron los Acuerdos de Paz, no ha sido posible escarbar hasta el fondo en las investigaciones que conduzcan a un veerdadero esclarecimiento de su asesinato. Un tribunal estadounidense condenó en septiembre pasado en un proceso civil al ex-capitán del Ejército salvadoreño Álvaro Rafael Saravia, lugarteniente del mayor D´Abuisson y actualmente prófugo de la justicia norteamericana, como uno de los autores materiales de dicho asesinato, toda vez que según su motorista, Amado Garay, fue dicho ex-capitán quién contrató al francotirador que asesinó a Monseñor Romero.
La figura de Monseñor Romero, quien está en proceso de canonización en Roma y probablemente será pronto beatificado por el Vaticano, trasciende el campo meramente religioso para convertirse en una figura emblemática a nivel nacional en El Salvador. Él mismo lo afirmó poco antes de su deceso, "Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño".
David Hernández, PhD en Filología escribe desde Alemania.
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