En la Biblia, los profetas hablan sobre el presente, no el futuro, y
los mártires proclaman su testimonio con sus vidas tanto como sus
muertes. En El Salvador, Óscar Romero fue un profeta y un mártir
mucho antes de convertirse en santo. Y es su vida tanto como su muerte
la que nos obliga a redefinir lo que "profeta" y "mártir"
significan en el mundo de todos los hombres y mujeres, los creyentes y
los ateos, los que son reconocidos como santos y los que no lo son.
El primer mensaje de un profeta es "¡No lo harás!"
- y no solamente "No pecarás". El primer mensaje de un
profeta es "No desperdicies tu vida buscando a Dios a expensas de
tus hermanos y hermanas". Un verdadero profeta se da cuenta de que
Dios está muy bien, gracias, y no necesita de las oraciones o alabanzas
de nadie para alegrarle Su día. Los ritos y prácticas religiosas
no tienen ningún efecto en Dios. No lo hacen feliz, así
como la ausencia de ellos tampoco lo entristece. Un verdadero profeta
se da cuenta de que Dios no quiere una religión. "Quiero amor,
no sacrificios" (Oseas 6:6). Dios no necesita atenciones, pero quiere
que la gente se atienda entre sí. "De cierto os digo que en
cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños
a mí me lo hicisteis" (Mateo 25:40).
El primer significado de la palabra "mártir" (Del griego
martys) no es "aquel que muere por sus creencias". El significado
más básico es "un testigo", alguien que ve -y
no sólo ve sino que entiende lo que ve y está convencido
y movido a la acción. Todo el mundo miraba a El Salvador en los
1970s y 1980s, pero sólo unos cuantos dieron testimonio de los
crímenes que estaban siendo perpetrados en los "más
pequeños de estos hermanos" y vieron después a través
de las causas y más allá hacia los remedios. Óscar
Romero fue uno de aquellos que en realidad vieron la sangre viviente del
pueblo salvadoreño siendo derramada, entendió por qué
y resolvió actuar contra el crimen. En ese momento se convirtió
en un mártir.
El segundo significado de "mártir" es uno que rinde testimonio
de lo que ve, proclamando esa realidad al ciego y al indiferente, y a
aquellos de buena voluntad que no han podido ver lo que está frente
a sus ojos. Al dar testimonio de los crímenes contra el pueblo,
un verdadero mártir se convierte en un profeta, uno que abandona
las comodidades de la sacristía y sale a las calles gritando "¡No
matarás!" y "¡Debes defender a los oprimidos!".
En este segundo sentido de la palabra, un mártir no es alguien
que muere por sus convicciones sino alguien que vive por ellas, sin temor
a morir, denunciando públicamente el derramamiento de la sangre
de la gente y activamente arrojando su peso contra los poderes que lo
están perpetrando.
En el tercer significado de "mártir," es solamente después
y debido al testimonio y la proclamación del testimonio que un
mártir puede tener que dar su vida por la causa con la cual se
ha identificado. El verdadero mártir está tan identificado
con su misión que puede decir: "Éste es mi cuerpo,
que está quebrado por vosotros". Pero paradójicamente,
aquellos que lo matan, que lo fuerzan a morir por su causa, pierden la
batalla en el mismo instante en que lo asesinan. Porque por ese mismo
hecho constituyen a su víctima en un mártir en el cuarto
sentido de la palabra:
"Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño".
Óscar Romero es ahora el "testigo fiel, el primogénito
de los muertos" (Revelación 1:5), que vive para siempre en
la gente cuya causa abanderó. Al mezclar su propia sangre con la
de los miles que murieron injustamente o dieron sus vidas luchando por
la justicia, ha despertado de la muerte, renacido en las vidas de todos
aquellos que ahora se convierten en testigos sin temor a la muerte, y
que "enseñan la justicia a la multitud" (Daniel 12:3).
Óscar Romero, profeta y mártir, ha transcendido los estrechos
límites de la religión complaciente y auto perpetuante mostrando
que la verdadera "obra de Dios" (opus Dei) está más
allá del temor a la muerte en lo que otro profeta y mártir
llamó el "Reino de Dios" - una vida comunal vivida rindiendo
testimonio de los muchos pobres y oprimidos- incesantemente, hasta que
"corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo"
(Amos 5:24).
Thomas Sheehan es profesor de Estudios Religiosos en la Universidad
de Stanford, y profesor emérito de Filosofía en la Universidad
Loyola en Chicago.