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OPINION

Óscar Romero, profeta y mártir

Thomas Sheehan*
cartas@elfaro.net
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En la Biblia, los profetas hablan sobre el presente, no el futuro, y los mártires proclaman su testimonio con sus vidas tanto como sus muertes. En El Salvador, Óscar Romero fue un profeta y un mártir mucho antes de convertirse en santo. Y es su vida tanto como su muerte la que nos obliga a redefinir lo que "profeta" y "mártir" significan en el mundo de todos los hombres y mujeres, los creyentes y los ateos, los que son reconocidos como santos y los que no lo son.

El primer mensaje de un profeta es "¡No lo harás!" - y no solamente "No pecarás". El primer mensaje de un profeta es "No desperdicies tu vida buscando a Dios a expensas de tus hermanos y hermanas". Un verdadero profeta se da cuenta de que Dios está muy bien, gracias, y no necesita de las oraciones o alabanzas de nadie para alegrarle Su día. Los ritos y prácticas religiosas no tienen ningún efecto en Dios. No lo hacen feliz, así como la ausencia de ellos tampoco lo entristece. Un verdadero profeta se da cuenta de que Dios no quiere una religión. "Quiero amor, no sacrificios" (Oseas 6:6). Dios no necesita atenciones, pero quiere que la gente se atienda entre sí. "De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños a mí me lo hicisteis" (Mateo 25:40).

El primer significado de la palabra "mártir" (Del griego martys) no es "aquel que muere por sus creencias". El significado más básico es "un testigo", alguien que ve -y no sólo ve sino que entiende lo que ve y está convencido y movido a la acción. Todo el mundo miraba a El Salvador en los 1970s y 1980s, pero sólo unos cuantos dieron testimonio de los crímenes que estaban siendo perpetrados en los "más pequeños de estos hermanos" y vieron después a través de las causas y más allá hacia los remedios. Óscar Romero fue uno de aquellos que en realidad vieron la sangre viviente del pueblo salvadoreño siendo derramada, entendió por qué y resolvió actuar contra el crimen. En ese momento se convirtió en un mártir.

El segundo significado de "mártir" es uno que rinde testimonio de lo que ve, proclamando esa realidad al ciego y al indiferente, y a aquellos de buena voluntad que no han podido ver lo que está frente a sus ojos. Al dar testimonio de los crímenes contra el pueblo, un verdadero mártir se convierte en un profeta, uno que abandona las comodidades de la sacristía y sale a las calles gritando "¡No matarás!" y "¡Debes defender a los oprimidos!". En este segundo sentido de la palabra, un mártir no es alguien que muere por sus convicciones sino alguien que vive por ellas, sin temor a morir, denunciando públicamente el derramamiento de la sangre de la gente y activamente arrojando su peso contra los poderes que lo están perpetrando.

En el tercer significado de "mártir," es solamente después y debido al testimonio y la proclamación del testimonio que un mártir puede tener que dar su vida por la causa con la cual se ha identificado. El verdadero mártir está tan identificado con su misión que puede decir: "Éste es mi cuerpo, que está quebrado por vosotros". Pero paradójicamente, aquellos que lo matan, que lo fuerzan a morir por su causa, pierden la batalla en el mismo instante en que lo asesinan. Porque por ese mismo hecho constituyen a su víctima en un mártir en el cuarto sentido de la palabra:

"Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño". Óscar Romero es ahora el "testigo fiel, el primogénito de los muertos" (Revelación 1:5), que vive para siempre en la gente cuya causa abanderó. Al mezclar su propia sangre con la de los miles que murieron injustamente o dieron sus vidas luchando por la justicia, ha despertado de la muerte, renacido en las vidas de todos aquellos que ahora se convierten en testigos sin temor a la muerte, y que "enseñan la justicia a la multitud" (Daniel 12:3).

Óscar Romero, profeta y mártir, ha transcendido los estrechos límites de la religión complaciente y auto perpetuante mostrando que la verdadera "obra de Dios" (opus Dei) está más allá del temor a la muerte en lo que otro profeta y mártir llamó el "Reino de Dios" - una vida comunal vivida rindiendo testimonio de los muchos pobres y oprimidos- incesantemente, hasta que "corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo" (Amos 5:24).



Thomas Sheehan es profesor de Estudios Religiosos en la Universidad de Stanford, y profesor emérito de Filosofía en la Universidad Loyola en Chicago.

 
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