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San Salvador, 18-24 de agosto de 2003
 
 
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OPINION / PARA EL DEBATE

USA UNPLUGGED

Ricardo Ribera
cartas@elfaro.net
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Un apagón como el del pasado jueves, 14 de agosto, sólo ha tenido en Nueva York dos precedentes, en 1965 y 1977. En las dos ocasiones anteriores se generó un verdadero caos y los saqueos contribuyeron a dramatizar la emergencia. Esta vez, sin embargo, todo transcurrió en relativa calma. Incluso se reportaron menos acciones violentas de lo habitual, en la normalmente agitada vida de la gran metrópolis. A pesar de que la falla eléctrica fue de mayor magnitud, afectando diez estados norteamericanos y varias regiones canadienses, los reportes iniciales han dado la cifra global de 50 millones de personas afectadas, habiendo durado no menos de 29 horas lo álgido de la crisis. Sólo se reportan en la gran urbe tres víctimas mortales como consecuencia de la situación.

El ex ministro de energía, el señor Richardson, comentó que el problema consiste en que "somos una superpotencia, pero tenemos una red de distribución de energía eléctrica propia del Tercer Mundo". Cabe el comentario de que a los habitantes de una nación desarrollada la suspensión del fluido eléctrico los pilla menos preparados que a nosotros. Un país como el nuestro, donde los cortes de energía son frecuentes (inexplicables e inexplicados) la gran mayoría de industrias, centros comerciales y edificios públicos cuentan con plantas propias de emergencia para hacer frente a los habituales apagones. Son las "ventajas" del subdesarrollo.

Por otra parte, el desarrollo implica mayor dependencia a la tecnología, de modo que al irse la luz quedan "ciegos" desde los semáforos hasta los sistemas computarizados de control de hospedaje en los hoteles, la red de cajeros automáticos y las agencias bancarias, el "metro" o tren subterráneo (¡no tenemos, gracias a Dios!), los ascensores (no habiendo casi edificios altos, son escasos en nuestra ciudad capital) y los aparatos de aire acondicionado (aquí la mayoría ni suda, de tan adaptada que está la majada al calorcito del trópico).

Bajar a pie ochenta pisos, quedarse por dos horas varado en mitad del túnel del metro para salir finalmente a pie, tener que caminar cincuenta cuadras para llegar a casa: sin duda ha sido una experiencia traumática para muchos ciudadanos neoyorquinos. Otros se resignaron a no regresar esa noche a sus casas y convirtieron las calles en una fiesta. Se espera un "baby boom" dentro de nueve meses, al igual que en 1965 y 1977. Bastó que se fuera la luz para que miles diesen a luz. "Hijos del apagón". Cosas de la vida, que es astuta.

¿Las causas del apagón? Un misterio. Que probablemente se desvelará en los próximos días, una vez la comisión investigadora conjunta de Canadá y Estados Unidos llegue a sus conclusiones. En un inicio el espectáculo que ofrecieron las autoridades de ambos países fue lamentable: cada cual le echaba la culpa al vecino, arriesgando las explicaciones más peregrinas. Lo que queda claro es que a las ventajas de la interconexión eléctrica - que funciona entre ambos países norteamericanos y que también se ha impulsado en nuestra región - han de sumarse los riesgos, los efectos en cadena cuando algo falla. La única forma de preservar a la capital federal fue desconectar Washington de la red común. Aplicar la receta que el egipcio Samir Amin recomendaba para sacar a Africa del subdesarrollo y del atraso: la "desconexión". En este caso, no una desconexión de los mercados globales, tan sólo respecto del mercado eléctrico.

Y es que, en nuestra opinión ahí radica la causa profunda de la emergencia eléctrica en Estados Unidos: la privatización de la generación y distribución de la energía eléctrica. Hasta el propio presidente Bush lo ha reconocido indirectamente al afirmar que es necesaria más supervisión estatal, inversión en las plantas generadoras y en el mantenimiento de la red. Cobros altos y bajos costos es la lógica que rige el mercado para las empresas eléctricas; la iniciativa privada no invierte si el Estado no la obliga. El resultado es: energía cara y una red obsoleta, que no aguanta las sobrecargas de demanda pico. La consecuencia: una enorme vulnerabilidad. Esta vez sin acción terrorista alguna, la superpotencia se desconecta sola. Son los USA unplugged. Extraño e inquietante.

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