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OPINION / EDITORIAL

Vuelta a casa

El Faro
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Terminaron las vacaciones agostinas. Ese descanso de medio año, dedicado en honor al santo patrono salvadoreño, sirve también como una pausa en la rutina diaria y la oportunidad de retomar las actividades con nuevas energías para enfrentar lo que le va quedando a este 2003.

Pero también sirve para tomarse el tiempo necesario para hacerse, en una diminuta escala, las preguntas máximas: de dónde venimos y hacia dónde vamos en este 2003.

Venimos de una larguísima huelga de médicos que ha dejado una enorme huella en todo el quehacer nacional y que aún no ha sido totalmente desmontada; de dos extrañas elecciones internas en los principales partidos políticos que no se han podido librar de las dudas sobre la legitimidad de sus resultados; de una epidemia de neumonía que ya se cobró más de 300 muertes; de una violencia social que afecta ya a millones de salvadoreños y de una gran incertidumbre generada por los miedos que agitan, apenas calentando los motores de una campaña política clave, funcionarios, partidos y algunos medios de comunicación.

Venimos de un año caracterizado también por un esperanzador renacer de la vida artística y cultural. De uno de los mayores despilfarros propagandísticos por parte del Estado que recuerde la nación y de casos de corrupción ventilados pero no resueltos; venimos de un año que, políticamente, ha marcado ya el fin de la luna de miel nacida tras los Acuerdos de Paz.

De un año que ha estrenado Asamblea Legislativa y alcaldes, mientras los votantes siguen esperando el cumplimiento de las promesas de campaña. Y de una propuesta de ley antimaras que pretende revolucionar el concepto del derecho y el principio de inocencia.

Pero hay, a partir de ahí, buenas razones para ver mejor lo que nos va quedando del año. Los partidos políticos inician campaña y no tienen muchas opciones: o seguir creyendo que la historia se equivoca y que los votos se pueden conseguir alimentando los temores sobre el contrario, o sentarse a trabajar planes serios de gobierno para convencer con el argumento de que es posible hacer de este u mejor país para todos. A la vista de los resultados de las elecciones de marzo pasado, la segunda opción parece ser la más sensata y es, a todas luces, lo que más necesita el país.

A estas alturas parece cada vez más difícil que los diputados aprueben una ley antimaras como la que envió el mandatario, lo que también debería obligar al ejecutivo a abordar un grave problema social justamente desde esa perspectiva, y a volver más eficiente a un cuerpo de policía y a un sistema judicial que han sido incapaces de meter en prisión a criminales de macabro historial.

En el campo de la Salud, y tras la salida del titular del ramo, el Ministerio y el Ejecutivo deberían ahora pensar en salvar lo que les queda al mando de la administración del estado para proponer verdaderas soluciones. Y tanto ellos como la oposición política priorizar las necesidades nacionales sobre los intereses sectoriales, y permitir avanzar en el combate a epidemias y en la solución del conflicto gremial.

Las vacaciones permiten al menos vislumbrar un panorama alentador en este sentido, si no se peca de optimista. Pero al fin y al cabo la mayor parte de quienes han regresado de sus días de descanso no son quienes toman las decisiones nacionales, sino los que se reincorporaron ya a sus empleos para conseguir el sustento e intentar mejorar, o al menos mantener, las condiciones de vida de su familia. Por ellos, por quienes conforman la verdadera fuerza productiva del país, valdría la pena que los líderes nacionales se tomaran en serio su trabajo, para beneficio de todos, y nos permitieran mantener la esperanza en un cierre del año mucho mejor, trabajando con ética, responsabilidad y visión de nación. ¿Es mucho pedir?

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