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OPINION / EDITORIAL Solo falta el centroEl Faro
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Pero mientras los grandes partidos tradicionales se preparan para la contienda y hacen ajustes en sus equipos y presupuestos publicitarios, casi un tercio de la última votación, encarnada en los partidos CDU y PDC, en los múltiples movimientos más o menos articulados que resultaron de la desaparición de seis partidos y, cómo no, en el PCN, no encuentran el camino hacia una candidatura definida, sea esta conjunta o individual.
El caso de la coalición de centro es sin duda el más traumático de los que siguen en espera. Su frágil equilibrio interno, partiendo de que se haya logrado ese equilibrio, que probablemente es dar demasiado beneficio a la duda y a las versiones oficiales de sus líderes, sigue alimentando a los más recelosos de la viabilidad del proyecto. Muchos de ellos, aún hoy, tratan de guardar la ropa al tiempo que fingen saltar al agua de la “alianza cívico política de convocatoria amplia”, como presumen llamarla.
Como han reconocido todos y cada uno de los implicados, siempre señalando a los demás, por supuesto, el enemigo del centro está en casa, en sus desconfianzas, y en los intereses individuales que se imponen sobre los partidarios… o en las visiones partidarias que se enquistan sobre las pura y abiertamente políticas. La coalición sigue sin tener una estructura clara ni unos protagonistas incuestionables. A ocho meses de la votación, persisten las miradas de reojo y las trincheras con puerta de escape trasera.
Además, si hablamos de tiempos, todas las partes implicadas en este esfuerzo que dice querer convertirse en opción sólida de gobierno, alternativa a las extremas, coinciden en señalar que es ya demasiado tarde para poder aspirar a crecer, electoralmente y como proyecto, lo suficiente como para aspirar a gobernar en marzo de 2004.
Y está siendo paradójicamente, esa certeza, basada a partes iguales en la falta de autoconfianza y en la dificultad de abrirse espacio entre las maquinarias electorales de ARENA y el FMLN, sus depurados votos duros y el monolítico abstencionismo que nadie se atreve a descifrar positivamente, la que mantiene petrificada la capacidad de decisión del centro político.
La espera de un Héctor Silva salvador, que resuelva por la vía del carisma y las trayectoria de encuestas los problemas de tiempo y, por qué no decirlo, hasta de espacio, se ha convertido en la única apuesta de buena parte del centro, todavía más preocupado el control político de sus respectivas estructuras que de la incidencia en la población y el lanzamiento hacia los votantes de un mensaje de optimismo.
Así las cosas, la decisión, una vez más, y es la enésima, del ex alcalde de San Salvador se torna clave, no tanto por el valor específico de su candidatura cuanto por su posible poder curativo interno en la coalición, en el caso de que se decida a ejercer el liderazgo que ha ahorrado prudentemente durante los últimos seis años.
Pero aún así, no cabe llamarse a engaño: la candidatura de Silva, de darse, recuperaría para el centro una oportunidad que sus actores se han dedicado a despreciar insistentemente, pero no solucionaría el que ha sido el mal endémico de ese proyecto desde su concepción: la falta de voluntad de asumir el riesgos. Siguen presentes los miedos a compartir escenario y encuadre de cámara unos con otros, y sobre todo a poner el trabajo político de cada uno sobre la mesa, aun a riesgo de que a medio o largo plazo, si el proyecto fracasa, sea el otro el que saque el mayor beneficio.
Con ese temor, en estos momentos nadie en el centro se arremanga la camisa y trabaja. Y sin trabajo político, ni Silva, ni el Salvador del Mundo transfigurado, lograrán resultados. En una campaña que se preveía triangular por primera vez en nuestra reciente democracia, puede que acaben campeando las dos consabidas opciones. Un riesgo y un síntoma nada alentador de asfixia democrática y falta de verdaderos liderazgos.
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