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San Salvador, 28 de julio - 3 de agosto de 2003
 
 
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La Ley anti maras

Hermann Bruch
cartas@elfaro.net
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El tema es bastante espinudo por varias razones. Primero, porque el problema se ha convertido en una calamidad nacional. Segundo, porque las causas del problema son muchas y, la responsabilidad del Estado y por ende, de los gobiernos de turno, es rayana con el delito culposo. Tercero, porque nuestra indolencia ciudadana es vergonzosa y a la larga, la principal de todas las causas.

Como sociedad hemos entrado en la vertiginosa carrera del consumismo, de la irresponsabilidad y de la pérdida de valores. Hemos pasado de ser una sociedad provinciana, con pincelazos de victoriana y matices liberales al destape irresponsable provocado por la inevitable inserción de nuestro país a la globalización y un mal entendido y maliciosamente mal aplicado modelo neoliberal (disculpen el trabalenguas).
Nuestras autoridades, si es que califican para ser llamadas así, han actuado en los últimos años con una inexplicable desidia en todos los campos del quehacer social, muy notoriamente en el de salud, en el de educación y en el de vivienda, sin dejar de lado el irrespeto absoluto al medio ambiente.

Dentro de este calamitoso estado de cosas sólo podemos esperar problemas y, éstos no se dejan esperar por mucho tiempo. Por dondequiera que dirigimos nuestra atención, encontramos focos de infección social. Familias destruidas, irresponsabilidad paternal, violencia intrafamiliar, niños abandonados, son sólo algunas de las evidencias del deterioro social en que vivimos. Sumado a ello el abandono en que se encuentra una gran parte de nuestro territorio, especialmente en las grandes concentraciones urbanas, en donde el Estado y sus principales expresiones no están presentes, el derrumbe es inevitable. Las remesas familiares no son sólo de dinero sino también de expresiones culturales mórbidas, ajenas a nuestra propia incultura, acompañadas físicamente de sus principales embajadores: las maras. Estas agrupaciones delincuenciales, que de alguna forma han venido a llenar el vacío dejado por la institución familiar derruida.

Nuestras gentes viajaron al norte en busca del sueño americano y se encontraron con una mala pesadilla aderezada de un dinero que muchas veces no alcanza para mejorar su condición social y educacional, pero sí abunda para satisfacer necesidades sórdidas y alcanza para hacer envíos a la familia distante que quedó atrapada en los cantones de nuestro moribundo territorio. Y cuando la presencia en el país del norte se hace difícil o imposible, estas lacras sociales nos son devueltas por las autoridades de aquel país y llegan al nuestro a corromper la poca tranquilidad y paz social que, poco a poco y de manera muy precaria, hemos ido construyendo luego de años de conflicto bélico.

Las maras son lo que nos asusta directamente. Sus integrantes están cerca de nosotros y por lo tanto nos llenamos de miedo y de inseguridad. Es por ello que aplaudimos cualquier intento por detener a estos delincuentes. Arremeter en contra de este flagelo social es una de tantas responsabilidades del Estado, pero no la única. Es imprescindible llegar al fondo del problema, buscar las causas que están detrás de estas manifestaciones del cáncer social y desarrollar los mecanismos y las acciones necesarias para su extirpación.

Se habla hasta la saciedad de que las causas del mal están todas enraizadas en la pobreza. Tal vez sea cierto en parte, pero es de supina liviandad dejar allí el análisis y no profundizar más, pues la pobreza en sí misma tiene componentes no sólo de tipo económico, sino cultural, histórico, ambiental y geográfico. Sin pretender hacer de este artículo una pieza de análisis científico (porque carezco de los conocimientos necesarios para poder desarrollarlo) no quisiera terminar sin antes mencionar un aspecto que es, a mi entender, una de las causas de mayor incidencia en todo este problema de la delincuencia juvenil.

La corrupción, el crimen organizado entrelazados ambos para poder dar paso a uno de los más lucrativos y repugnantes negocios de nuestros tiempos, el de las drogas y todos sus tinglados laterales como el lavado de dinero, son todos aspectos que debieran despertar nuestra atención. El silencio cómplice de pensadores, analistas, profesionales y no pocos representantes del quehacer religioso, nos coloca en un delicado entredicho. El crimen en sí mismo es fácil de criticar y combatir, pero si se trata de criticar y combatir la evidencia del mismo en su más común expresión, la repentina opulencia económica de parte de muchas personas sin un aparente origen de sus dotes económicas, es más complicada y, la hipocresía que nos abate nos impide muchas veces delatar estos casos pues corremos el riesgo de ser vistos como detractores de un sistema que se dice, es el que nos conduce al progreso.

El discurso más común para hacer una evaluación de nuestros logros, es casi siempre enfocado a la aparición de nuevos edificios, nuevos y lujosos centros comerciales, residencias de lujo por doquier, todo inexplicablemente en un período que, de igual forma, es definido por la mayoría de analistas como de estancamiento económico (gracias a Dios ya no se habla de desaceleración). El más sencillo análisis debiera inducirnos a cuestionar cómo es todo esto posible, pero no se hace pues la conclusión única sería la aceptación del hecho que, detrás de todo esto al menos, hay gato encerrado o, parafraseando a Shakespeare, algo huele tremendamente mal en la comarca.


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