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San Salvador, 21 de julio - 27 de julio de 2003
 
 
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OPINION / EDITORIAL

La desintegración centroamericana

El Faro
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La visita del presidente español, José María Aznar, sirvió para confirmarlo: la integración centroamericana sigue siendo una utopía cuyas promesas son incapaces de vencer la visión feudal de los mandatarios.

En plenas negociaciones de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos que, para bien o para mal -y esto depende en gran medida de la capacidad de los países del istmo por negociar en bloque y con seriedad-, se perfila como un importante cambio para la región; y con la manifiesta voluntad europea de firmar con Centroamérica un Acuerdo de Libre Asociación que incluya un TLC e importantes preferencias, los gobiernos de la región deciden nuevamente privilegiar los intereses personales y sectoriales y echar para atrás un difícil camino que ya comenzaba a dar algunos frutos.

El resto del mundo ha repetido hasta el cansancio que por separado los países centroamericanos no poseen ningún atractivo; que la integración regional es indispensable para aspirar a tener algún peso en el concierto internacional; que nadie está dispuesto a negociar con pequeños mercados; que la clave para el desarrollo regional está en los grandes proyectos conjuntos. Pero quienes lo dicen, por más razón que tengan, no conocen Centroamérica, ni las peculiares formas de administrar el poder.

Los presidentes han decidido perpetuar la miopía heredada desde el Siglo XIX, que ha privilegiado las relaciones entre estos países con base en las diferencias más que en los aspectos comunes o en la riqueza y las posibilidades de la región vista como un conjunto. Temen perder una parte del poder local a costa de una integración, aunque esta prometa traer beneficios a la población.

De otra manera es imposible explicarse la absurda cancelación de la cumbre que los mandatarios centroamericanos tenían programado sostener tras la partida de Aznar, desperdiciando, nuevamente, una oportunidad de oro para ponerse de acuerdo de cara a los nuevos retos que enfrenta el istmo.

Hay problemas, y eran de esperarse. Unificar criterios entre siete países no es cosa fácil. Pero ante ellos, con mayor razón, resulta decepcionante la falta de responsabilidad, voluntad y madurez de los gobernantes centroamericanos para ponerse de acuerdo y afrontar una situación que no tiene escapatoria, y en la que, mientras no unifiquen criterios, las decisiones seguirán siendo tomadas por agentes externos que aprovechan la debilidad para imponer condiciones.

Dos problemas terminaron con la cumbre programada. El primero es la negociación del TLC con Estados Unidos, en la que nuevamente los gobiernos han decidido partir de las diferencias. Guatemala ha dado la nota discordante, ofreciendo abrir unilateralmente su mercado en una diversidad de sectores para los cuales, por las características propias de cada economía, otros países requieren algún grado de proteccionismo.

Pero ello se da también porque Centroamérica, a estas alturas, ha decidido entrarle a un TLC sin haber hecho la tarea previa: unificar las economías nacionales y preparar a la industria y el comercio local. La región negocia ahora a tropezones un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos sin haber siquiera logrado la integración aduanera, y tiene ya a la vista las negociaciones con Europa.

Lo segundo raya en lo absurdo: la falta de consenso entre los mandatarios para apoyar a un solo candidato a la Secretaría General de la OEA ha traído mayor divisionismo y disputas personales que han puesto en riesgo el avance de la integración.

Las aspiraciones del presidente salvadoreño, Francisco Flores, y del expresidente costarricense, Miguel Ángel Rodríguez, por hacerse con la silla, han abierto nuevos flancos y ocasionado disputas que afectan a todos los planes de integración regional.

La contienda personal, previo acuerdo de todos los países en que apoyarán a un solo candidato, alteró la posición conjunta en la recién pasada Cumbre del Grupo de Río, en Lima, Perú, y estancó la reunión con Aznar en San Salvador la semana pasada.

La región ha llegado a un punto en que es imposible esquivar las demandas del mundo globalizado. Las resistencias de los gobernantes ante una inevitable realidad que exige la integración centroamericana no puede traer más que perjuicios. Ese fue el mensaje de Aznar desde que puso un pie en San Salvador, pero nadie lo escuchó.

A la hora de la verdad, los mandatarios siguen aferrados a esquemas provincianos, en países pobres que urgen de cambios estructurales. No se puede ya hablar del libre comercio en términos absolutos, como si por naturaleza fuera positivo, o negativo. Los resultados dependen de cómo se abra el mercado regional. Más allá del comercio, el istmo urge de infraestructura planificada ya no como proyectos nacionales, sino conjuntos. Lamentablemente, a la hora de la verdad, los mandatarios se hacen muy pequeños. Y mientras por un lado se maneja el discurso de derribar las barreras internacionales, por el otro se han reforzado los muros que separan a estos pequeños países. Eso sólo puede entenderse como falta de visión, de perspectivas y de grandeza.

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