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Un problema de institucionalidad

Sandra de Barraza
cartas@elfaro.net
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De una vez por todas deberíamos entender que lo que sucede o deja de suceder en el país no es de exclusiva responsabilidad del más alto nivel del Ejecutivo. Lamentablemente es un hecho que los medios de comunicación basados en sucesos diarios que hacen noticia, unido al bajo nivel educativo de toda la población, hacen creer que el poder total y las decisiones que afectan el diario vivir y convivir dependen de lo que diga o deje de decir la presidencia del ejecutivo. Ciertamente no dudo que el estilo, el perfil, la capacidad y la disposición de un funcionario electo democráticamente para que administre los recursos del país, determinan las posibilidades del desarrollo y los espacios para la democracia basada en el pluralismo y el respeto a las diferencias. Sin embargo, es un hecho que su poder de decisión e influencia se da en un espacio en el que participan 180 mil personas con atribuciones y funciones que están comprometidas con el desarrollo y el bienestar de la población.

Convencida de esto, es un hecho significativo las implicaciones que han tenido las declaraciones y compromisos presidenciales como consecuencia de los resultados de las elecciones del 16 de marzo. Los resultados y los cuatro compromisos que públicamente anuncio, han hecho que las instituciones directamente vinculadas se pongan, como quien dice, a trabajar en lo que justifica la razón de ser del cargo y de la institución. Para el caso, el Consejo Superior del Trabajo que tiene una subcomisión histórica que asume la tarea de evaluar el salario mínimo, ha organizado sesiones maratónicas para responder a la demanda de la la presidencia de la republica. Me imagino que las discusiones y las propuestas están condicionadas por las declaraciones presidenciales sobre el tema y que difícilmente dirán que no es posible ni conveniente incrementar el salario mínimo por las condiciones de competitividad de las micro y pequeñas empresas. Porque de haber asumido con responsabilidad su tarea, seguramente desde hace dos o tres años tendrían que haberse pronunciado sobre el tema. De haber asumido su tarea, periódicamente estarían siendo noticia de primera plana.

El otro caso es el de la Superintendencia General de Energía y Telecomunicaciones (SIGET) quien a pesar de la constante crítica sobre el comportamiento de los precios de la generación y distribución, hasta esta semana se ha atrevido a solicitar a una de las generadoras más grandes, explicación sobre su participación en el mercado. Así, han pasado prácticamente cuatro años de la presente administración en la que todos los ciudadanos hemos planteado fuertes criticas y lamentos por el impacto que el rubro de energía tiene en el presupuesto familiar, y es hasta ahora, como resultado de la “lectura del mensaje” que los ciudadanos le han dado al gobierno, que el tema empieza a tratarse de una manera atropellada. Y el otro caso, es el de la Superintendencia de Pensiones, que afirma públicamente su incapacidad de evaluar la adecuación y pertinencia del nuevo sistema sino se logra una madurez de al menos 10 años. Y para entonces, quien sabe como estaremos.

El principal problema de los ciudadanos, y no quiere reconocerse, es el de empleo productivo. Es un hecho que las oportunidades están concentradas en la región metropolitana y que estas son insuficientes para absorber ni siquiera el crecimiento natural de la población económicamente activa. Más allá del gran San Salvador, la gente tiene como única alternativa de sobrevivencia y oportunidad de desarrollo, la emigración porque más allá del gran San Salvador, la base empresarial, la inversión y la generación de nuevas fuentes de empleo es prácticamente nula. Mas allá del gran San Salvador, el dinamismo de la economía lo impone el sector informal de la economía y este sector, esta al margen de las responsabilidades sociales y laborales. En determinados lugares de oriente el dinamismo esta generado por el contrabando, y en esto, según afirma la población, tiene ventajas lucrativas no solo el que pone la cara sino toda una cadena que llega hasta el centro de poder en el gran San Salvador.

Si las instituciones, los funcionarios y los empleados tan solo hicieran el trabajo para el que fueron contratados o elegidos, en su momento, con responsabilidad, realismo y con compromiso con la población y no con dogmatismos que distorsionan el diario vivir, seguramente los resultados electorales habrían sido sustancialmente distintos, pero nos habrían privado de la dinámica que se ha generado en las instituciones que parecen con letargo e irrelevancia.

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