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OPINION

Recordando a Tito

Claribel Alegría
cartas@elfaro.net
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Nunca he conocido a alguien con tan agudo sentido de humor. Empezabas por burlarte de ti mismo. Sabías lo que eras pero querías preservarte de la seriedad, de la solemnidad. Te burlabas de todo lo que amabas, porque amabas con alegría. Te reías del otro como te reías de ti mismo.

Recuerdo una vez en México, cuando con José Durand, un gran amigo tuyo, escritor peruano, decidieron disfrazarse de pordiosero y de lazarillo. José era un hombre alto, corpulento, tú, con tu metro sesenta de estatura, no le llegabas ni al hombro.
Se apostaron en una esquina de una calle del D.F. José, con su bastón blanco y los ojos entornados era el pordiosero y tú, con una escudilla entre las manos, el lazarillo. Muerto de risa nos contabas que habían recogido algunos pesos y se habían ido a celebrar a una taberna.

Siempre nos ayudaste a vivir. Nunca hubo odio ni sarcasmo en tu humor. Tu humor era constructivo, alegre, generoso, jamás destructivo.

Cuando cayó Arbenz, cuando terminó la maravillosa "primavera guatemalteca", saliste de Bolivia, donde eras consejero en la Embajada de Guatemala, y te viniste a Chile. Aún en esos días te afloraba el humor. Te recuerdo sonriente, con tu habitual timidez, diciéndonos mientras te tirabas los pelos de las cejas, que tu destino era ser Embajador en los Países Bajos.

Nos reuníamos a menudo con Manuel Rojas, el gran Manuelón, Gonzales Vera, otro humorista finísimo, Pepe Donoso, Mauricio Amster, para sólo citar a los más asiduos. En Chile escribiste Mr. Taylor. Fue ese cuento tu respuesta a la intervención yanqui en Guatemala para derrocar a Arbenz. Encendiste la ira de las autoridades migratorias norteamericanas y tuviste problemas

Dejaste Chile en el 56 y ya nuestros encuentros fueron más esporádicos. Nos enviabas tus libros y Bud y yo los devorábamos. Eras un orfebre de la palabra. -Yo no escribo -te escuché decir alguna vez- sólo corrijo. Qué maravilla tu cuento del Dinosaurio, por ejemplo. En una sola línea todo un cuento perfecto.

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí."

Italo Calvino, que te admiraba muchísimo, decía que a él le habría encantado escribir ese cuento.

Bárbara Jacobs, una muchacha maravillosa y de gran talento, fue tu compañera por muchos años. Además de amantes, eran cómplices ustedes, daba alegría verlos juntos, formaban una de esas parejas insólitas, que ni la muerte puede separar.
Nos visitaron en Deyá y fuimos a ver la cueva de Raimundo Lulio y encontramos una botella vieja que aún conservo, porque Bud juraba que era la botella en la cual Lulio confeccionó el cognac por primera vez.

Estuvieron ustedes presentes en un bello homenaje que le hicimos a Robert Graves cuando cumplió noventa años. Tú te refieres a eso en tu libro "La Letra E".

Nos vimos también en Cuba y en Nicaragua. Tanto tú como Barbarita, así la llamabas, amaron la Revolución Sandinista. Visitaron muchos lugares de Nicaragua, hablaron con cantidad de gente, te entusiasmaste de nuevo, volviste a creer que había una salida para nuestros pueblos.

Cuántos recuerdos, cuántas nostalgias, Tito. La última vez que hablamos por teléfono, hace un par de meses, nos juramos vernos a corto plazo. Cómo iba yo a suponer que te nos ibas a ir tan pronto.


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