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Después de la guerra

Pedro Gonzalez Olvera
cartas@elfaro.net
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Ahora que el régimen de Sadam Hussein ha llegado a su fin, aunque no se sepa todavía la suerte del dictador y se mantengan algunos focos de resistencia sobre todo en Tikrit, su ciudad natal, algunas cosas han quedado claras en todo este embrollo en el que el mundo entero ha estado sumido, desde el inicio del conflicto.

Queda claro:
- Que las armas de destrucción masiva (léase armas químicas y bacteriológicas) que fueron el pretexto inicial para lanzar un ataque contra Irak, no existían y que si alguna vez existieron fueron destruidas, como lo había demostrado el trabajo de los inspectores de la ONU.
Desde luego aún es posible que en una caverna lejana o en un desolado paraje desértico pueda encontrarse un laboratorio móvil capaz de producir algún tipo de gas perjudicial para la salud y la vida de los seres humanos que sean expuestos a sus efectos. Pero reconozcamos que esa posibilidad es casi nula y además ya no importa.
- Que la famosa Guardia Republicana no era sino un elemento de propaganda, de ambos lados, y que su supuesta capacidad bélica se había reducido a un ejército precariamente equipado, con escasa noción de la estrategia militar y harta de estar una vez y otra, en guerra.
- Que los “daños colaterales” fueron mayores que los ataques al enemigo, propiamente dichos, y que a algunas de las “bombas inteligentes” les falló el coeficiente intelectual, por lo que el pueblo iraquí fue el más lastimado por la guerra, pues además de las penurias padecidas durante la dictadura husseinita, como lo demuestran sus niveles de pobreza (en buena medida intensificados por el embargo a que estaba sometido su país), fue también el pagano en cuanto a muertos y heridos.
- Que no existe un grupo político nacional, con un liderazgo capaz de llenar el vacío que ha dejado el fin de la dictadura y que costará un enorme esfuerzo estructurar un nuevo gobierno, aceptado y aceptable por los integrantes de la comunidad iraquí, hoy en una situación de caos y anarquía, de dispersión absoluta y sin rumbo cierto.
- Que si la intención de los Estados Unidos no es imponer un protectorado en Iraq, tendrá que ser la ONU la encargada de establecer una administración internacional lo más rápido posible, que ayude a salir del marasmo en que se encuentra la sociedad civil y a reencontrar las formas de reorganización social, sobre las bases éticas de un nuevo contrato social, antes de que las bandas criminales que ya trabajan sin descanso en medio del caos social, se apoderen por la fuerza de las armas de una buena porción del poder político.
- Que, a pesar de que no se admita, existe gran animadversión en el Medio Oriente, en contra de Occidente, Estados Unidos e Inglaterra en particular, que hace más factible que nunca el escenario de “choque de civilizaciones”, previsto por Samuel Huntington hace algunos años.
- Que se ha abierto un proceso de rapiña en torno a lo que debe ser el esquema de reconstrucción de Irak, por el cual empresas de todo el mundo, incluso de países que se opusieron a la guerra, se afanan en obtener su tajada bajo la consigna de que lo que importa son las ganancias y no si una causa es justa o injusta.

Lo que ya no queda tan claro, es si los Estados Unidos tienen un plan para recomponer la situación en el Medio Oriente, que vaya más allá de las simplezas de querer imponer un modelo de democracia occidental a países y pueblos que tienen una concepción diferente de la vida y de la organización social; pero sobre todo, que de una solución justa y duradera para las partes involucradas en el conflicto entre Israel y el pueblo palestino, y que no signifique la existencia de dos pesos y dos medidas en la forma de resolver los problemas en la región.


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