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EDITORIAL Catarsis vacacionalEL FARO
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Pero son indudablemente las 78 víctimas mortales de actos de violencia las que con mayor gravedad deberían hacernos despertar del letargo nacional en que nos hemos sumido por obra y gracia del cansancio y la desesperanza. El altísimo abstencionismo en las pasadas elecciones era uno de los síntomas, el paulatino y errático incremento de la población reclusa es otro. La perversa asociación entre tiempo vacacional y violencia armada es una tercera llamada que no conviene ignorar.
Urge desempolvar los ambiciosos tratados sobre cultura de paz que se publicaron de la mano de los acuerdos de 1992 y recuperar el compromiso individual y colectivo con la convivencia y la tolerancia. La corrupción del contenido último del texto firmado en Chapultepec nos ha deparado, once años después, un sistema basado en la desconfianza y el chantaje a todos los niveles.
La confesa sustitución del consenso rentable como objetivo por la negociación con un objetivo común como marco perpetuo del quehacer político; la parca difusión en nuestro sistema educativo del sistema general de derechos, humanos y civiles, frente a la continua llamada a la represión estructural de la violencia a cualquier precio; y el respaldo institucional a la imposición como cauce de resolución de conflictos, tanto en problemas nacionales como en el orden internacional arrojan un esquema de valores que lejos de escandalizarse por el cáncer de la violencia social y tratar de extirpar sus raíces ataca a los síntomas y busca culpables.
La ausencia de guerra, afortunada ciertamente, no puede ser vista superficialmente como paz. En tal clima de violencia social como el que afecta a nuestra sociedad, amparado por la desesperanza, y la falta de oportunidades y de cultura de paz, no ha habido aún programas capaces de insertar a los salvadoreños en una nueva dinámica, en la que primen la tolerancia y el diálogo como solución a los problemas.
Hay intentos aislados, admirables, pero incapaces de cambiar el rostro nacional debido a la falta de voluntad de todos aquellos que tienen capacidad real de impulsar cambios en el país. La paz es un compromiso que todos, como sociedad, asumimos en 1992. Es un reto impostergable, y debería ser una prioridad en todos los programas políticos y sociales. La verdadera raíz de la violencia no se combate sólo con un aparato policial que lo más que puede hacer es llenar las cárceles de criminales, sino con cambios estructurales en todos los niveles, desde la educación básica hasta los programas penitenciarios, pasando por la economía, los beneficios sociales y la seguridad nacional.
La tarea no es fácil, pero la alarmante cifra dejada por estas vacaciones debería significar un llamado desesperado, urgente, a unir fuerzas en cada espacio institucional, en cada municipio o barrio, en cada familia o grupo, para cambiar una historia que no podemos seguir escribiendo con balas y cuchillos.
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