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EDITORIAL El impulso electoralEl Faro
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Pero la composición de la nueva dirigencia es también una confesión de culpas. Han salido los empresarios financieros, incapaces de estrechar el vínculo partidario con los votantes, y han sido sustituidos por elementos propios de a vieja guardia arenera. No es casual que su nuevo presidente, José Antonio Salaverría, provenga del sector cafetalero, uno de los más olvidados por las políticas económicas del actual gobierno y de los que más han recriminado a Francisco Flores la falta de apoyo a la agricultura.
Tampoco lo es el retorno por la puerta ancha de Mario Acosta, uno de los más antiguos rostros del partido y absolutamente identificado con la ideología de derecha que parió a ARENA en los años ochenta; un crítico de la política empresarial de la actual administración y de la postulación de candidaturas no identificadas históricamente con la derecha, y uno de los más estrechos vínculos entre la dirigencia del partido y sus bases históricas.
Develado el cambio de rumbo arenero, el país cuenta ahora con los dos principales partidos manejados por sus líderes históricos, más identificados con las batallas de la guerra fría que con el debate sobre las necesidades actuales del país. Tanto el FMLN como ARENA se definen cada vez más por su antagonismo recíproco, y parecen haber renunciado a la generación de nuevo pensamiento político.
Endiosados unos por su recién triunfo electoral, y borrachos de emotividad otros con su reivindicación ideológica surgida de la derrota de quienes quisieron darle una nueva cara a su partido, parece difícil evitar una mayor polarización en el espectro político de cara a las elecciones del próximo año.
En medio, Francisco Flores enfrenta la recta final de su mandato decidido a dejar en sus últimos meses la huella de una presidencia hasta hoy marcada por el distanciamiento con su partido, con la oposición y con la ciudadanía. Parece difícil, mientras él piensa en su herencia política y su reconciliación con la ciudadanía, y su partido en conservar la presidencia, que la relación entre ambos mejore.
El año político que apenas comienza se presenta, pues, complicado y tenso. En la carrera presidencial, los principales partidos, convertidos en máquinas concentradas exclusivamente en la contienda electoral, cierran por naturaleza los espacios de diálogo e incrementan los enfrentamientos como herramienta para fortalecer su discurso y debilitar al contrario.
Y con una nueva Asamblea que apenas tomará posesión hará falta un enorme esfuerzo para que los diputados, representantes de los ciudadanos, armonicen los intereses nacionales con los partidarios, al mismo tiempo que dialogan con el Ejecutivo. La legislatura 2003-2006 nace secuestrada por las presidenciales del año que viene y herida de populismo.
Entramos pues en doce meses de política viciada y gravemente corruptora, a la espera aún de liderazgos en los principales partidos, capaces de vencer la fuerza gravitatoria de la vieja política nacional. Sólo queda la esperanza de que el interés electoral mueva al Frente y a la presuntamente renovada ARENA hacia candidatos de perfil más moderno y visionario que sus respectivas dirigencias. Y la esperanza de que esos candidatos se conviertan en los referentes de futuro que necesita nuestro país. Las oportunidades, en esa materia, se siguen agotando, y no cabe esperar mucho más.
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