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En nombre de Dios

Luis Fernando Valero
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George Bush está convencido que es presidente de los Estados Unidos de Norteamérica por una decisión divina, así lo explico en una reunión que celebró hace pocas semanas con organizaciones religiosas. Ha manifestado que dará, favorecerá, legislará para que más de 50.000 millones de dólares vayan a parar a organizaciones caritativas dependiente de varias religiones para que ayuden a los necesitados. Evidentemente esos fondos se recortaran de las ayudas sociales que el gobierno norteamericano da como un principio de igualdad entre los ciudadanos. No es broma que los gobernantes entiendan que son elegidos por Dios, en Ibero América saben bien de los peligros de esas convicciones, no hay peor cosa que un dictador que se cree en misión sagrada, de Guatemala a Argentina la historia de nuestros países está plagada de tiranos que, en nombre de Dios, “limpiaron” la tierra de pecadores. Desafortunadamente, muchos “pecadores” coincidían con los que no pensaban como el dictador de turno.

En España, por aquello de la Madre Patria, desde la Inquisición en adelante la caterva histórica que ha tenido de iluminados en nombre de Dios arrasaron el país, es demasiado numerosa, el último, que murió en 1975, firmaba las sentencias de muerte agarrando con la mano izquierda el brazo de Santa Teresa que se había apropiado como botín de guerra y con la otra mano firmaba “santificadamente” condenas a muerte. En Argentina, aun pervive en la memoria visual la cara beatifica del dictador Videla leyendo la obra “Camino” mientras se le juzgaba.

Ahora Bush debe estar feliz la cruzada contra el mal ha ganado otra batalla, la lástima es que lo mismo, pero en nombre de Alá lo afirmaba Sadam y él no menos buscado Bin Laden, sin olvidar a Jomeini y otros “santos varones” en este caso judíos que en nombre de Yahvé no han tenido ningún escrúpulo en poner una bomba en una escuela palestina donde han muerto decenas de niños y adolescentes para vengar la muerte, también, de niños judíos. Mal negocio para el ser humano cuando los políticos tienen que recurrir a Dios para justificar sus actos, evidentemente esto es una coartada, pues, ¿quién se atreve a decir que Dios se equivoca?

El problema estalla cuando en nombre del mismo Dios dos dirigentes dicen cosas contrarias como ha sido el caso de Bush y el papa Juan Pablo II con respecto a la guerra de Irak.

Que estamos ante un nuevo neoprotestantismo en los EE.UU. no cabe ninguna duda y lo que es claro es que en frente de esta visión del mundo tendrán otra visión igualmente extrema con lo cual la muerte está asegurada. Ahí esta la Jijadh Islámica para confirmarlo o los miles de fedayines que están dispuestos a ser suicidas para ir al Paraíso prometido por Alá y Mahoma a consecuencia de morir en la Guerra Santa.

Era impresionante ver la entrevista de un “pobre” hombre egipcio en un tono de fanatismo, digno de mejor causa, que afirmaba arrobado que había abandonado a su mujer y sus cuatro hijas en El Cairo, que ya no las vería nunca más, pues se había convertido en un fedayin dispuesto al suicidio para matar al invasor de Irak.
En Hispanoamérica se ha visto como desde la teología de la liberación y el desencuentro del Vaticano con ésta corriente, han sido millones de campesinos pobres los que han dejado esta religión y se han abrazado a corrientes neocatecomunales y de otras adscripciones cristianas para encontrar la paz divina.
La verdad es que todo esto pinta mal pero no da la impresión que desde los organismos que deberían aportar tranquilidad se haga mucha cosa, cada quien se encastra más en sus posiciones y torres de marfil, desde el papa actual que sigue santificando personas de un solo lado, léase de la cruzada española o a católicos francamente reaccionarios, machistas y xenófobos y a otros “mártires”, léase Mons. Romero, ven paradas o relentizadas sus causas o a posiciones como la de los ortodoxos judíos o la del mismo Bush que reclama la lucha contra el imperio del mal y llama diablo a sus enemigos.

Por ello quizás fuera bueno releerse el principio del fundador de “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios” sin mezclar las cosas y participar del criterio de que el hecho religioso a estas alturas de la civilización es un hecho individual y personal que nada tiene que ver con la vida política y el Estado de Derecho que tiene otras reglas y otros planteamientos.

Meter a Dios en estos berenjenales no conduce a nada más que a la imposición y a la larga al enfrentamiento y no hace falta más que repasar la historia de la humanidad para darse cuenta que esa etapa deberíamos superarla y en cambio ahora da la impresión que está sufriendo un tremendo “revival”. Como decía mi abuelita: “Que Dios nos coja confesados”. Amén.


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