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Orden y poder de EE.UU. en el medio oriente. La era post-Sadam

Por David Hernández
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1. Consolidación hegemónica imperialista de los EE.UU. en el planeta

En estas semanas de conmoción bélica recuerdo una encendida discusión en la antigua Unión Soviética, poco antes de la llegada al poder de Mijáil Gorbachov, con uno de sus altos dirigentes, en Kiev, quien borró de un plumazo mis ilusiones anti-imperialistas. El poderío económico-militar de los Estados Unidos (EE.UU.) es imparable. La última oportunidad para atajarlo fue la revolución de octubre, y la dejamos pasar”, me confesó serenamente. Se trataba del padre de mi ex-esposa rusa, quien ostentaba una cartera ministerial clave en el gobierno soviético y tenía acceso a información estratégica, que manejaba con relativa imparcialidad.

A estas alturas aquellas palabras han dejado de ser proféticas y los EE.UU. se han convertido en una hiperpotencia en el plano militar, lo cual les ha permitido no sólo despreciar a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Unión Europea (UE), sino dictar las condiciones de sus guerras. Rusia, China y Corea del Norte tienen con su armamento nuclear, por el momento, la garantía de que la disuación atómica aún puede funcionar. Los EE.UU. sólo intervienen en guerras que saben que van a ganar. En este sentido, han aprendido bien la lección de Viet-Nam.

La Tercera Guerra Mundial, que en el lenguaje estratégico de los servicios especiales de la ex-URSS y los EE.UU. duró desde la entrada del Ejército Rojo en Berlín en abril de 1945 hasta la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989, fue ganada por los EE.UU. y tuvo como consecuencia directa la desintegración de la URSS y del sistema socialista mundial. Dicha guerra, conocida también como guerra fría, fue librada a lo largo y ancho del planeta, desde Corea y Viet-Nam, pasando por Grecia, Italia, Francia, Egipto, Argelia, Africa y terminando con Guatemala, Cuba, República Dominicana, Chile o Centroamérica. El social-capitalismo de China, la dictadura nacionalista de Corea del Norte, la reconversión capitalista vietnamita o el esperpéntico experimento del Tiranosaurio Fidel Castro Ruz (o Rex) en Cuba, podrán ser todo lo se quiera, menos socialismo. En este sentido los EE.UU., al parecer, triunfaron con su modelo económico imperialista basado en el capitalismo salvaje y una globalización hecha a su medida y antojo. La “tercera vía” que proponía un “capitalismo con rostro humano” propugnada por Tony Blair hace un par de años, se quedó en lo que siempre fue, sólo buenas intenciones, como lo demuestra la actual política de vasallaje del gobierno británico hacia los EE.UU. al grado de haber convertido a Inglaterra en un Estado más de la Unión Americana. De buenas intenciones está empedrado el camino a los infiernos.

Después del derrumbe del campo socialista, los círculos de poder neoconservadores en EE.UU. se encontraban a la espera de acontecimientos trascendentales contra sus intereses, para echar a andar su maquinaria de guerra y desplegar sobre la mesa del Pentágono el nuevo mapa de las relaciones internacionales. La chispa que vino a encender dichos planes fue el 11 de Septiembre. Ya el mismo 18 de septiembre, una semana después, el Subsecretario de Defensa de EE.UU., Paul Wolfowitz, le explicaba al Ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Joschka Fischer, los planes de invasión de Afganistán e Irak por parte de los EE.UU., dentro de una estrategia general para el Medio Oriente que tiene por objetivo rediseñar todo el mapa geopolítico de la región, instalando por medio de invasiones militares o por medio de presiones económico-políticas, régimenes pro-norteamericanos.

2. Un nuevo orden en el Medio Oriente

Basados en una sarta de imbecilidades seudo-religiosas (“Dios bendiga América”), mediante las cuales los EE.UU. son el pueblo elegido por Dios para llevar la democracia al planeta y para cumplir una misión divina en la tierra, el grupo neoconservador que gobierna la Casa Blanca se ha lanzado de lleno a reinventar a su manera todo el espectro geopolítico del Medio Oriente. Antecedentes históricos y teóricos no les faltan, sobre todo si se tiene en cuenta su “Manifest Destiny” o la doctrina Monroe de “America para los americanos” que les permitió convertir el resto del continente americano en su patio trasero.

Ahora han comprendido que el Medio Oriente también es su patio trasero. Irak, país clave en el Medio Oriente, jugará en el futuro un papel similar al que jugó Alemania Occidental en Europa durante la guerra fría, sirviendo como una gigantesca base militar desde la cual el ejército norteamericano se desplazará por la región. Los planes de los estadounidenses para el Irak post-Sadam van más allá de la derrota del dictador. La Administración Bush pondrá un gobierno fantoche en Irak, con algunos personajes del exilio y del Kurdistán, pero el verdadero poder lo ejercerá una especie de Proconsulado constituido por el general retirado Buck Walters, al mando de la zona del Sur de Irak; por el general retirado Bruce Moore, que gobernará el centro iraquí y por la actual embajadora de EE.UU. en Yemen, Barbara Bodine, que gobernará el norte de Irak. El mando supremo de este Protectorado o Neocolonia lo ejercerá el general Tommy Franks. Esto, de acuerdo a las declaraciones extraoficiales que se barajan en Washington, en un esquema propiciado nada menos que por el mismo secretario de Defensa, Donald Rumsfeld.

Suma y sigue: la Administración Bush ha decidido dejar fuera de la toma de decisiones en el Irak post-Sadam a la ONU, mientras que a la OTAN le asigna el papel de futuros veladores del orden y a la Unión Europea el papel de pagadores a fondo perdido, ya que todas las obras de reconstrucción en Irak han sido ya otorgadas a las compañías y consorcios estadounidenses, la mayoría ligados al grupo neoconservador de la Casa Blanca y el Pentágono. Los negocios y la política corren paralelos en Washington.

Poco pueden hacer los europeos, en especial el eje París-Berlín-Moscú, para contrarrestar los planes de EE.UU., ya que la multipolaridad que ellos proponen, es vista en EE.UU. como una amenaza a la unipolaridad estadounidense. Pero también por otros motivos. A pesar de que la UE juega todavía un importante rol político en la arena mundial, y a pesar de que constituye a nivel económico el segundo contrapeso a la hegemonía económica de EE.UU., en el plano militar tienen muchas décadas de desventaja frente a los EE.UU.

Washington anima siempre a los europeos a que se armen y dediquen más recursos a sus presupuestos militares, en un esfuerzo por meterlos de lleno al carril de una irracional carrera armamentista. Pero el Pentágono atiza estos planes mientras los europeos no constituyan amenaza alguna para sus fuerzas armadas. En el hipotético momento en que los europeos lograsen constituir un ejército que pueda contraponerse al de EE.UU. acabarían los reclamos retóricos de los halcones del Pentágono exigiendo a la UE más presencia militar y menos protagonismo político.

Como hace casi cien años, el destino y la historia de los árabes están escritos de nuevo por designios imperialistas. Después de la Primera Guerra Mundial los imperialistas británicos y franceses diseñaron con sus tiralíneas y compases en las mesas de París y Londres las fronteras del mundo árabe, luego de haber traicionado la promesa de darles total independencia si se unían a la Triple Entente para derrotar al imperio otomano. Ahora de nuevo el futuro del mundo árabe se decide en una metrópoli imperial, Washington.

Sin embargo, como escribió el clásico estratega alemán von Clausewitz, “trás las nieblas de la guerra” siempre se esconden otros conflictos. Uno de ellos es el enorme disenso mundial, en primer lugar de la UE, Rusia y China, con la programada “Pax americana” del siglo XXI. Otro, tanto o más peligroso para los EE.UU., es el fomento del nacionalismo panárabe trás esta invasión a Irak que, como lo ha profetizado amargamente un político nada sospechoso de ser anti-estadounidense, el Presidente de Egipto Hosni Mubarak, puede estar dando desde ya nacimiento a más de cien Osamas Bin Laden.

El grito de batalla “Alah-Akwar” (“Dios es grande) de parte del pueblo panárabe radicalizado por la estupidez imperialista de Bush y Cía., puede terminar dando al traste con los criminales planes político-militares estadounidenses en el Medio Oriente.

David Hernández, PhD en Filología y M.A. en Ciencias Políticas, escribe desde Alemania


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