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OPINION ¿La ética global?Por Fernando Valero
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En Europa está ocurriendo un fenómeno interesante, por alguna razón que todavía no se sabe, los estudiantes hasta ahora insensibles a todo lo político han decidido salir en mansalva a las calles a protestar de la guerra contra Sadam Hussein, como Sadam es impresentable dicen que salen por las muertes inocentes que hace la guerra, eso que eufemísticamente se llama “daños colaterales” que no son otra cosa que muertos y muertos inocentes.
Todo eso está muy bien, y nadie que sea un buen nacido puede estar de acuerdo con la guerra, en genérico, el problema es descubrir porque esta guerra ha despertado esas sensibilidades tan especiales.
Adam Michnik director del diario polaco la Gazeta Wyborcza ha publicado un artículo que titula “Nosotros los traidores”. El diario alemán Die Tageszeitung constató que Václav Havel, Adam Michnik y György Konrád, percibidos en el pasado en Occidente como símbolos de la moralidad, hoy son apologistas de Estados Unidos. El diario alemán habló de traición. Por primera vez mencionó nuestros apellidos juntos Timothy Garton Ash, hace más de veinte años, cuando Havel y yo estábamos en la cárcel y Konrád no podía publicar en Hungría por culpa de la censura.”
La biografía de los citados no ofrece duda de su calidad democrática y también moral y por eso Michnik afirma: “En la esfera moral me planteo la pregunta de si la guerra contra el régimen de Irak es justa y respondo: sí, es una guerra justa, como lo fue la guerra de Polonia contra Hitler y la de Finlandia contra Stalin.”
A fin de dar elementos de juicio el autor sigue afirmando “Havel, Konrád y yo somos miembros de pueblos que sufrieron mucho por culpa de los regímenes totalitarios. Somos también personas de excelente memoria y esas dos circunstancias nos permiten sacar conclusiones útiles de la terrible lección del 11 de septiembre de 2001. De la misma manera que el asesinato de Mateotti reveló el carácter verdadero del fascismo italiano y del régimen de Mussolini, del mismo modo que los grandes procesos de Moscú desenmascararon la esencia criminal del sistema de Stalin e igual que la Noche de los Cristales dejó al desnudo la esencia letal del nazismo de Hitler, el derrumbamiento de las Torres Gemelas fue el anuncio de que el mundo se enfrentaba a un nuevo reto totalitario. La violencia, el fanatismo y la mentira lanzaron un ataque frontal contra los valores democráticos.”
Y como tiene algunas ideas claras no tiene empacho en decir “Entiendo cuán complejo es el mundo. Comprendo cuán complejas son las relaciones existentes entre lo que podemos desear y lo que estamos en condiciones de conseguir. Soy consciente del dramatismo de la guerra de Chechenia, pero precisamente por eso no digo que Putin es igual que Stalin. Recuerdo los difíciles momentos que vivieron las relaciones de Francia con Costa de Marfil, pero no digo que Chirac es como Mussolini. Por la misma razón no me entusiasman las relaciones que tiene Estados Unidos con regímenes dictatoriales, como el de Arabia Saudí, pero pienso que la democratización de Irak podrá influir de manera positiva sobre los regímenes de Oriente Medio.
No nos gusta la política interior de Bush, sus proyectos de espiar a los ciudadanos o la retórica integrista cristiana de muchos miembros importantes del Partido Republicano. Pero pienso que la democracia norteamericana, enriquecida por las lecciones del macartismo y del escándalo del Watergate, estará en condiciones de defenderse ante un emponzoñamiento de la sociedad abierta. Me preocupa que la política de Bush pueda liquidar los principios del humanitarismo en la política internacional, pero pienso que para esos principios es más peligrosa la tolerancia ante las dictaduras totalitarias y el encubrimiento cobarde de los crímenes de regímenes como los de Irak, Corea del Norte, Libia y Cuba.”
No quiero aburrirles con más citas en donde Michnik señala que hay tensiones y la democracia puede permitirse contradicciones a su interior, que el mundo es complejo y Putin no es Stalin aunque la guerra de Chechenia también plantea serios problemas aunque no son lo mismo que los genocidios de Stalin. El problema del fondo es que estamos viviendo tiempos muy, muy difíciles y por ello termina su artículo analizando quizás la simplificación del dilema más complejo: “Es paradójico ver el peligro totalitario en las actuaciones de Bush y defender a la vez a Sadam Husein. Se trata de algo tan absurdo que no se puede aceptar”.
Quizás la cuestión vaya por una ética global, ética que tenemos que construir si deseamos que el mundo sea coherente y no ofrezca las impresionantes desigualdades que hoy ofrece y quizás los países del primer mundo deban aceptar que entre todos se debe construir un mundo nuevo que haga renacer como un Ave Fénix a unas nuevas Naciones Unidas sin derechos de vetos y un mejor reparto del derecho de voto. Y quizás, dicen algunos, que ello deba comenzar por aceptar que alguien de momento haya roto la baraja y así se explica que, como dice el editorialista del periódico Hispanidad que Colin Powell, quien, no nos propone una ética, sino que, simplemente, la impone. Bajo el ético título de “Vamos a liberar Iraq”, Powell nos explica que la ética del futuro ya está aquí, bueno, más bien en Bagdad, y sus mandamientos son fáciles de explicar. La cosa consiste en “poner grandes sumas de dinero estadounidense a disposición de aquellos países que asuman un verdadero compromiso con la democracia, que se comprometan a gobernar justamente, a invertir en la gente y a abrazar la libertad económica”.
Al parecer, este último punto resulta fundamental, es el primer y más importante mandamiento, porque Powell insiste: “Ahora se nos brindan muchas oportunidades gracias al final de la Guerra Fría: la relación con Rusia y China, que hace sólo 15 ó 20 años no podíamos ni imaginar, la oportunidad de unirnos y derrotar al que, tal vez sea el mayor azote sobre la faz de la tierra, el sida, la oportunidad de firmar acuerdos sobre libre comercio”. Está claro, el librecambismo es el primer principio de la nueva ética global.
Incluso Powell tiene tiempo para referirse a “la oportunidad de abordar la cuestión del hambre y todas esas otras cuestiones de carácter trasnacional que la gente quiere que abordemos”. Ya saben esas cuestiones un poco plastas que los impecunes y menesterosos gritan por las calles. Pues miren, si los Estados Unidos tienen que abordarlo, pues lo abordan y sanseacabó.
Eso sí, Powell nos recuerda que esa “gente del mundo” cuenta con que Estados Unidos, precisamente Estados Unidos, ejerza el liderazgo en la tarea, “liderazgo que proporcionaremos”, asegura el prócer. Uno diría que Powell está dispuesto a proporcionar el liderazgo... incluso a quienes no lo acepten, que a fin de cuentas lo hacen 'por su bien', con él me he enterado que la ética global es el viejo capitalismo, sólo que financiado por los Estados Unidos. Con él sé que la filosofía más profunda a la que puede aspirar el ser humano es el libre mercado. ¡Qué digo filosofía!: teología... y teología de Wall Street.
Parece nueva, pero la ética global es tan vieja, por lo menos, como el dramaturgo anglo-irlandés, Bernard Shaw, quien afirmaba lo siguiente: “La regla de oro es que no existe regla de oro. Hemos de discutir cada vez más los detalles, en arte, política y literatura. Importa lo que un hombre piense sobre los tranvías, lo que piense sobre Botticelli; pero lo que piense sobre el conjunto de todas las cosas no importa. Puede resolver y explorar un millón de objetos; pero no debe hallar ese extraño objeto que es el Universo; porque si lo hace, tendrá una religión y estará perdido. Todo importa excepto el todo”.
O sea, que, en nombre de la ética global, podemos hacer dos cosas: convertirnos en unos asnos incapaces de concebir cualquier principio absoluto, o rendirnos al superior criterio de Wall Street. Entre los dos, me quedo con ninguno.
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