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OPINION Armas inteligentes, inteligencias desarmadasPor David Escobar Galindo
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La guerra que se libra actualmente en Iraq es una especie de experimento explosivo de la nueva era. Una vez disuelta la tensión entre las superpotencias, que prevaleció entre l945 y l989, la dinámica mundial está en suspenso. Ha comenzado a dibujarse un escenario multipolar, a la luz de los dinamismos aún fragmentarios de la globalización; pero lo cierto, en el terreno militar, es que sólo queda una superpotencia, y eso se hace sentir en la atmósfera internacional. Es, por consiguiente, un mundo menos controlable, y por ende más inseguro, que aquel de los tiempos en que el poderío nuclear tanto de Estados Unidos como de la Unión Soviética servía de eficaz disuasivo de aventuras bélicas que fueran capaces de traspasar ciertos límites.
El fundamentalismo islámico radical jugó una carta temeraria el 11 de septiembre de 2001. Obra de locura fanática más que de cálculo estratégico, según todos los indicios. Para decirlo en salvadoreño, le tocó los huevos al tigre; y eso ha desatado una cadena de acontecimientos cuyas consecuencias están abiertas a lo imprevisible. La guerra en Iraq es una de esas consecuencias. Casi todo el mundo se pregunta: ¿Qué clase de guerra es ésta? ¿Una guerra preventiva, como dicen los estrategas estadounidenses? ¿Una guerra santa, como claman voces fundamentalistas islámicas? ¿Una guerra de sustitución, para poner el escarmiento antes de la ofensa, como señalan algunos analistas? ¿Una guerra del petróleo? ¿Una guerra geopolítica? ¿Qué clase de guerra es ésta?
Lo más probable es que sea una guerra con un poco de todo eso. Es decir, una guerra que resume variados propósitos e intereses. De ser así, será una guerra abierta, que no se agotará cuando las bombas dejen de caer y cuando las balas dejen de oírse. Comparada con ésta, la campaña de Afganistán –que tuvo un apoyo internacional casi unánime—fue un paseo de domingo. En este caso, se tendrá guerra para rato, y no porque los iraquíes fieles a Sadam o temerosos de él puedan resistir mucho, sino porque las derivaciones de la acción militar seguirán repercutiendo y rebotando en los muros de un entorno cultural y político que está muy lejos de poder ser regidos por los valores y normas que son paradigmas en Occidente.
Una vez que pase el fragor de la batalla contra el régimen despótico de Husein, las tareas por hacer son inmensas, y no sólo en Iraq. Más complejo aún es el destino de Naciones Unidas, que se ha quedado casi en el aire en lo que fuera antes su espacio de poder real: el Consejo de Seguridad. Ahora vemos con nitidez que el Consejo de Seguridad era poderoso en el ambiente de la tensión bipolar, porque le daba cierta legalidad a la tensión militar entre las grandes potencias. Cuando tal tensión desapareció, el Consejo ya no tiene esa función, y en realidad ninguna otra de semejante envergadura. De esta crisis, el Consejo de Seguridad ha salido maltrecho y humillado. Veremos si puede recuperar algo de su prestigio, más allá de las formalidades intrascendentes.
Esta experiencia complica todavía más la eventual construcción
de un nuevo orden internacional. ¿A partir de qué podría
emprenderse esa tarea en las circunstancias presentes? ¿A partir
del fracaso de Naciones Unidas para lograr el entendimiento que evitara
la guerra o que la convirtiera en una acción de amplio apoyo? ¿A
partir de la preeminencia militar estadounidense, puesta en evidencia
sin reservas en esta campaña? ¿A partir de un ejercicio
de principios, que no están en su mejor momento? Nadie se atreve
ni siquiera a hablar del tema. Las armas son ahora “inteligentes”,
lo cual es una paradoja macabra. Las inteligencias están, en cambio,
desarmadas. Y ese es el verdadero conflicto de nuestro tiempo.
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