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Aniversario de La masacre de El Mozote

“Aún no puedo dormir por las noches”

A 24 años de la mayor matanza de civiles ejecutada por la Fuerza Armada en la guerra civil, las voces de aquel 11 de diciembre vuelven a oírse. Una mujer, Rufina, se ha convertido en el grito que recuerda uno de los hechos más crudos del conflicto. Testigo de las violaciones, torturas y asesinatos, recuerda lo ocurrido.
Christian Guevara/ Fotografías de Walter Sotomayor
cartas@elfaro.net
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Rufina Amaya, la única sobreviviente de la sacre de El Mozote, asegura estar convencida que es necesario seguir recordando y contando la historia sufrida en El Mozote, aunque al mismo tiempo dice que aún es demasiado duro para ella.

Más de dos décadas después de ver morir a sus hijos, a su esposo y a casi todos sus vecinos, Rufina Amaya, una mujer de 63 años, de caminar lento y mirada clara pero triste, aún no puede olvidar cuando el ejército salvadoreño masacró a todos sus familiares y conocidos justo en los albores de la guerra civil.

Amaya fue una de las pocas sobrevivientes de la peor matanza de civiles que haya ocurrido en El Salvador, que se cobró, según algunas fuentes, más de mil víctimas. El hecho ocurrió el 11 de diciembre de 1980 en El Mozote, un pequeño caserío del municipio de Meanguera, cerca de la frontera con Honduras, en la zona norte de Morazán.

Rodeada de Fidelia, su hija mayor y también sobreviviente de la matanza, y de varios nietos, Rufina Amaya no duda en calificar de “martirio” evocar ese momento, mientras descansa en su casa después de asistir a la conmemoración del aniversario de la masacre. “Por las noches no puedo dormir. Me levanto, no estoy bien, aunque lo he superado”, narra mientras sus ojos se llenan de lágrimas y mueve nerviosamente entre sus manos un pequeño pañuelo.

Aunque hubo varios sobrevivientes, que lograron escapar horas antes del operativo militar, Rufina pasó a convertirse en el principal testigo del hecho, porque la suerte le permitió conservar la vida después de haberse escapado de los soldados y escondido en un arbusto dentro del poblado. Desde ese lugar, pudo observar con detalles lo que pasó.

La guerra civil y el destino llevarían a Rufina a ser la primera en denunciar el hecho, en la navidad de ese año, en una emisión de la entonces clandestina Radio Venceremos, y su relato fue parte principal de varias publicaciones en los periódicos estadounidenses. Con el paso del tiempo, ha sido la principal fuente de información para los estudios que han realizado las misiones de Naciones Unidas y que continúa realizando la Oficina de Tutela Legal del Arzobispado de San Salvador.

 

Fidelia Ramos, hija de Rufina, cuanta haber sobrevivido a la masacre porque en ese momento no estaba junto a su madre. “Si yo después la anduve cargando a ella (a Rufina) porque había quedado bien débil”, recordó Fidelia junto a su familia.

Desde la firma de la paz, en enero de 1992, que puso fin al conflicto armado entre la guerrilla y el gobierno, Amaya ha asistido religiosamente a los actos durante el aniversario de la masacre. “Tengo que estar presente porque yo soy el fondo de esa declaración tan grande, si yo no hubiera dicho nada no supiera nada de lo que le pasó a esa gente”, afirma.

Una vida que cambió

Rufina había nacido y crecido en El Mozote. Estaba casada con Domingo Claros, otro lugareño, y había procreado cuatro hijos. El tranquilo ritmo de la familia, en ese poblado a 160 kilómetros de San Salvador, había sido interrumpido un par de años antes de la década de los 80, cuando las agrupaciones izquierdistas comenzaron a agruparse en una guerrilla armada y se había concentrado en la zona norte de Morazán y Chalatenango, considerados como las principales “zonas rojas comunistas” por los gobiernos de turno. El Mozote estaba en el centro de unos de los principales objetivos de los militares salvadoreños.

 

Veintitrés años después la familia de Rufina ha vuelto a ser numerosa. En una humilde casa, cercana a la comunidad Segundo Montes, Rufina pasa sus días junto a sus hijas, nietos y biznietos.

Pero el caserío era un lugar singular. Ahí los católicos eran minoría, al contrario de todos los poblados de los alrededores, y la Teología de la Liberación impulsada por algunos sacerdotes en la zona ni la presencia de dirigentes guerrilleros no habían tenido gran impacto. Además, sus relaciones con la Fuerza Armada siempre habían sido estables porque no eran colaboradores de la guerrilla. Fidelia asegura que, incluso, ocho días antes de la masacre, las mujeres habían cocinado durante una semana para alimentar a un grupo de soldados.

Una muerte sin sentido ideológico

¿Ustedes se llevaban bien con los soldados que estaban allí?

Fidelia: Estuvieron ocho días antes, casi una semana. Reclutaron gente de allí nomás para que les hiciera comida. A una prima de nosotros se la llevaron para que fuera a moler maíz.

Rufina: Robaban las gallinas de la casa, pero nadie les decía nada

¿Si no hubiera pasado lo de la masacre no hubiera entrado?

Fidelia: No, para qué íbamos andar allí. Después de la masacre, nosotros obligadamente andábamos, porque para dónde íbamos a agarrar.

¿Pero compartía los ideales de ellos?

Rufina: Ellos andaban unas clases del código, explicación de por qué se hace la guerra. Las causas eran justas como decían ellos. Había una mayoría que éramos pobres y sólo 14 familias eran los ricos en ese tiempo y estas estaban explotando a la mayoría. Yo era testigo, yo era cortadora de café, me iba a cortar a Santa Tecla, a San Salvador, a Santa Ana con mis hijos y éramos un esclavo porque miré sacar café en el lomo, de lejos y bien sudados y para pagar nos pagaban a la una o dos de la mañana y teníamos que desvelarnos toda la noche para sacar ese cinquito que ganábamos, éramos esclavos de los ricos, eso era verdad..

Fidelia: La guerrilla fue para nosotros como un refugio porque allí fui a estudiar y sólo había hecho hasta mi quinto grado.

¿Hasta que año estuvieron en la guerrilla?

Fidelia: Yo peleé hasta 1987

Rufina: A mi me mandaron para el exilio. Al año después que estaba haciendo la novena de mis hijos me fui para Colomoncagua porque me sentía enferma. Yo ni comía, pasaba días enteros que yo no comía, llegué a caminar con un bordón de palo.

¿Alguna vez habló con Atilio (Joaquín Villalobos, el principal comandante guerrillero)?

Rufina: Sí, hablé una vez con él en Perquín. Me dijo que nos iban a ayudar, eso fue como el 93. Cuando lo vimos en la guerra fue como en el 84.

¿Las apoyó?

Rufina: Nunca hemos recibido nada, Villalobos me dijo la vamos a ayudar, apoyar y todos se olvidaron de nosotros.

Después de la guerra no han decidido unirse con el FMLN

Rufina: Cuando la gente vivía en Colomoncagua vivía organizada, pero después cada quien hizo como pudo su vida

¿Cuando el FMLN se organizó como partido se afiliaron?

Rufina: Si, nos afiliamos, seguimos afiliadas

Fidelia: Pero solo por estar afiliadas, porque un trabajo no lo tiene de parte de ellos y como uno ya se aburrió de andar ahí

¿Por qué no participó en política, ya no cree en ellos a pesar de que la ayudaron a sobrevivir después de la masacre?

No, ya no creo en ellos, para mi son nada todos los políticos

El día que se tiñó de rojo la tierra

En esas fechas, el coronel Domingo Monterrosa, un afamado militar que murió en 1984, planeaba atacar la zona norte de Morazán y golpear duramente a la guerrilla ya que su principal objetivo era eliminar la comandancia general de los subversivos, destacada en la zona. Para la maniobra utilizaría al batallón Atlacatl, el equipo élite de la Fuerza Armada salvadreña, que había sido entrenado con esmero en las academias militares en Estados Unidos.

Un día antes de la llegada de los militares, Marcos Díaz, el dueño de la única tienda del lugar y el hombre más rico de El Mozote, había convocado a la mayoría de los pobladores del caserío para comunicarles que había tenido un encuentro con un oficial del ejército.

Según Díaz, el oficial le confió que lanzarían un gran operativo militar para despejar de guerrilleros la zona norte de Morazán y que, además, le había prometido que los habitantes de El Mozote no tenían nada que temer mientras se mantuvieran al interior de las casas. Rufina recuerda que "un montón de gente quería dejar el caserío, es que había un gran miedo... pero la mayoría de gente aceptó lo que él les aseguraba, porque, si dejaban el caserío, caían en el riesgo de ser atrapados durante el operativo.

 

Antonio Pereira, uno de los habitantes que repobló a El Mozote, recuerda con mucha claridad las ocasiones en que subía y bajaba cerros escapando de la muerte. “Cuando regresamos acá el monte había crecido y todas las casas estaban quemadas”, recordó.

Pero no todos confiaron en las palabras de Díaz y escaparon. Fidelia segura que salió del lugar justo antes del operativo y se refugió en un cerro cercano; y Antonio Pereira, hoy de 63 años, narró cómo lograr evadir la muerte al huir minutos antes del desembarco militar.

Según el Informe de la Comisión de la Verdad, el batallón Atlacatl entró en la tarde del 10 del diciembre al caserío y obligó a todos los habitantes a que salieran de sus casas y que se formaran en filas en la pequeña plaza del lugar. A la medianoche, se ordenó a todos que regresaran a sus casas.

Pereira aseguró que los soldados entraron disparando y que él logró huir en medio de las balas “mapacheando” (reptando) por una quebrada que quedaba justo detrás de su casa. Su mujer, Natalia Guevara, y sus tres hijos menores no pudieron huir y que quedaron refugiados en la casa. Sería la última vez que los vería con vida.

 

El Mozote estaba atestado de gente, pues por el temor del operativo muchos otros moradores de otros lados habían llegado a refugiarse. En total, se calcula que había entre seiscientas y ochocientas personas, la mayoría niños.

En la madrugada del 11 de diciembre, los soldados comenzaron a golpear furiosamente las puertas y sacaron a la gente a la calle, formaron grupos de hombres, mujeres y niños. Los hombres fueron llevados a la iglesia y las mujeres y los niños fueron encerrados en una casa.

Poco después, en grupos de cinco y vendados y amarrados de manos, los hombres eran sacados de la iglesia hacia la plaza y fusilados. Los pocos que quedaban agonizando eran brutalmente decapitados con golpes de machete en la nuca. "A las doce del mediodía ya habían terminado de matar a todos los hombres", recuerda Rufina. Domingo Claros, el esposo de Rufina, fue uno de los primeros en morir. "Iba en uno de los primeros grupos, pero comenzó a forcejear y le dispararon. Estaba vivo, un soldado se acercó y con un machete lo degolló".

Las mujeres no corrieron mejor suerte. Los soldados entraron a la fuerza en la pequeña casa y comenzaron a seleccionar a las mujeres más jóvenes. La mayoría de madres se opuso, pero fueron sometidas con golpes de culata de fusil o a patadas. Algunas, para horror de los niños y las mujeres, fueron asesinadas en el mismo lugar. Las jóvenes fueron llevadas a las afueras del caserío para ser violadas. Un testigo que ha permanecido en el anonimato durante todo el proceso de investigación, un hombre obligado a servir como guía por los oficiales del Atlacatl, reconoció que las adolescentes fueron violadas durante todo ese día. "Los soldados hablaban sobre las violaciones. Contaban y bromeaban sobre lo mucho que les habían gustado las niñas de doce años". Después de violarlas, los soldados las mataban a tiros o las decapitaban. Pereira también fue testigo de los ultrajes.

Las mujeres fueron asesinadas con el mismo método practicado a los hombres: se les transportaba en grupos de cinco y se les fusilaba; posteriormente se decapitaban los cadáveres o a las agonizantes.

 

Un monumento con el nombre de todas las mujeres, hombres, niñas y niños que fueron asesinados en El Mozote fue construido en la plaza del caserío. Todos los años, llegado el once de diciembre, los habitantes realizan actividades para recordar la historia vivida.

En el penúltimo grupo iba Rufina, pero dos de las mujeres que iban con ella armaron una trifulca, pidiendo a gritos por su vida y tratando de huir. Rufina aprovechó la confusión y escapó. Permaneció toda la noche escondida y pudo ver cómo los soldados terminaban de matar a las mujeres y a todos los niños, incluso a los recién nacidos. Después permaneció escondida ocho días en una cueva cercana a El Mozote, hasta que fue hallada por una tropa de guerrilleros que la recogió, le dio atención médica y la transportó a un campo de refugiados.

Verdad a medias

Antes de que Rufina se marchara a los refugios, el equipo de prensa de la clandestina Radio Venceremos la entrevistó y el 24 de diciembre publicó la noticia de la masacre. La Junta de Gobierno y la Embajada de Estados Unidos declararon que el informe "era propaganda izquierdista" y que "provenía de fuentes consideradas no confiables".

El caso sería permanentemente acallado durante once años más, hasta que el caso el 26 de octubre de 1990, cuando un campesino llamado Pedro Chicas Romero puso una denuncia penal y abrió un proceso formal en el Juzgado de Primera Instancia de San Francisco Gotera. Hasta la fecha, el caso tiene el estado de “sobre averiguar”, que significa que está abierta la investigación pero que no se tienen pistas claras de los responsables del delito.

Hasta la fecha, se han recobrado 265 cadáveres, la mayoría de mujeres y niños, y un equipo argentino de forenses trabaja en la zona para completar las investigaciones. Pero los trabajos avanzan lento, este año sólo se han recuperado tres cadáveres, y no hay señales de que el actual gobierno haya mostrado disposición a desenterrar la verdad.

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