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El destino de los soldados

El Batallón Cuscatlán se dirige a la mayor trampa mortal en el Iraq de la posguerra. Najaf, una de las ciudades más sagradas del Islam, es también el escenario de las grandes disputas por el poder y los fundamentalismos religiosos.
Christian Guevara Guadrón
cartas@elfaro.net
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Najaf y Karbala son ciudades santas para el Islam, monumentos religiosos invaluables para el oriente medio, y el sitio de destino de los 720 soldados salvadoreños que conforman el Batallón Cuscatlán y que fueron ofrecidos por el Presidente Francisco Flores para tareas de "reconstrucción". Sin imaginarlo, esos compatriotas uniformados de militares arribarán a uno de los lugares más importantes para los millones de creyentes en el poder y la fe de Alá.

En Najaf se encuentra la tumba de Alí Ibn Abi Talib, uno de los legendarios imanes del Islam, primo y yerno de Mahoma y el iniciador de un cisma en esa religión. Pero los líderes muertos no preocupan a nadie, mucho menos a Washington. Mil 400 años después, una nueva figura política y religiosa domina Najaf. Es Baqir al-Hakim, uno de los ayatolas más influyentes de la minoritaria pero poderosa comunidad de shiítas y quien es ahora una permanente sombra en los planes del Presidente George W. Bush.

Los shiítas han gobernado Iraq desde hace muchos años, primero bajo la gracia del Imperio Británico y después bajo la conducción de Sadam Husein, hasta que vino un rompimiento en 1980. Pero aún controlan la mayor parte de la riqueza del país, y han afirmado durante siglos su arraigado nacionalismo y gritan a los cuatro vientos que no les gusta el control extranjero.

Su líder, Baqir al-Hakim, tuvo que exiliarse en 1980 después de que osó desafiar a la guardia imperial de Husein. Desde el extranjero, dirigió las milicias Badr, un pequeño ejército compuesto de expertos y recios combatientes que fueron un permanente dolor de cabeza para Husein. Dos días después de la caída del dictador iraquí a manos de las tropas anglo estadounidenses, Baqir al-Hakim entró a Iraq y fue aclamado por miles de shiítas.

Al mismo tiempo que millares proclamaban la llegada del ayatola de Najaf, gritaban improperios en contra de Ahmad Chalabi, el líder de los exiliados iraquíes y que cuenta con la simpatía del presidente Bush para asumir la dirección de Iraq. "No vamos a aceptar ningún gobierno impuesto por los extranjeros", vociferaba la multitud al paso de Baqir al-Hakim, quien ha afirmado públicamente que desea hacerse del poder en esa nación.

Gustavo Sierra, un periodista argentino, definió muy bien el escenario de tensión que se vive en Karbala y en Najaf. "Ahí puede ser lanzada la primera piedra de una intifada shiíta contra el ejército de ocupación". Una guerra que ya los voceros del Pentágono la definieron como "guerra de guerrillas" y que ha costado la vida de más de 400 soldados estadounidenses o europeos.

La situación en esas dos ciudades es para ponerle de punta los pelos a cualquiera, y hasta los líderes religiosos más destacados corren peligro. El mayor de los ayatolas de Najaf, Ali Sistani, pidió a los shiítas no oponerse a la invasión. El resultado fue que los iraquíes leales a Sadam Husein juraron matarlo. Un día después de que las tropas estadounidenses entraron a Bagdad, Sistani pidió a los invasores que se fueran. Los iraquíes que pedían a gritos la caída del régimen iraquí también juraron matarlo. En resumen, ahora hay una disputa por quién mata a Sistani.

La situación caótica no termina ahí. Si Sistani es asesinado, millones de musulmanes que lo ven como su máximo líder (y no solo en Iraq) tomarán venganza atacando a los ayatolas rivales y a sus fieles. Es más, la guerra religiosa ya comenzó y su primera víctima fue el ayatola Abdul Mayid.

Mayid, de quien se sospechaba tenía vínculos con los servicios militares británicos y que poseía en sus arcas millones de dólares, entró desde Kuwait acompañando a los soldados británicos. Dos horas después de haber entrado a Najaf fue fatalmente apuñalado. Muy pocos lo lloraron y su muerte sólo sirvió para que la sed de sangre se hiciera evidente.

Todos los analistas concuerdan en que, tras la caída de Husein, son los ayatolas los que tendrán el verdadero poder en Iraq. Una figura nombrada por Estados Unidos y sin el consenso de los principales líderes religiosos será un líder de papel, una figura decorativa ante el mundo en el extranjero y un posible blanco de un intento de asesinato. Si Bush lo impone, está creando un futuro mártir.

Sólo hay tres naciones en el mundo controladas por los ayatolas shiítas: Iraq, Irán y Líbano. Las dos últimas son verdaderos dolores de cabeza para Washington. Irán forma parte del llamado "eje de mal" creado por Estados Unidos para denominar a las naciones que muestran una férrea oposición a sus políticas. Líbano es el país de las guerrillas del Hezbolá, especialistas en formar atacantes suicidas que no dudan en volarse en pedazos creyendo en la "guerra santa". Sadam Husein, sin proponérselo, se había convertido en un verdadero dique de contención de todo ese fanatismo religioso.

Baqir al-Hakim es ahora el verdadero líder del Iraq después de la ocupación y de los millones de fieles shiítas. El representante de Mahoma ha decidido que su residencia será Najaf, la zona donde los salvadoreños del Batallón Cuscatlán estarán sirviendo bajo el mando de las tropas del ejército polaco.

 


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