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NOTICIAS Un Viernes Santo, dos muertosGracia Alfaro
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A las puertas de la iglesia El Calvario miles de fieles revivieron la muerte de Jesús a manos de los romanos; unos vendieron dulces, panes y productos taiwaneses. Otros llegaron a demostrar su fe.
Desde 1660, los católicos de la capital llegan cada Viernes Santo a los portales del Templo. Este 18 de abril, a la una de la tarde, seis salvadoreños vestidos de romanos crucificaron una vez más al Jesús de madera. A tres cuadras del lugar y en un espacio menos sacro, justo en el momento en que se repetía el rito de la lanza en el costado derecho del crucificado, un cuchillo de cocina atravesó siete veces el cuerpo de una mujer. Las manos del asesino eran las de su propio esposo.
En la venta de tortas “Los Tres Hermanos” quedó el cuerpo de la difunta, de 18 años, ante la mirada atónita de unos cuantos comensales y de las vendedoras del lugar. El marido huía, mientras a tres cuadras los romanos, ante una asistencia que tímida gritó “crucifíquenlo, crucifíquenlo”, se rifaban las ropas del Nazareno.
Las alfombras en contra de la guerra y en honor al Santo día todavía
estaban en construcción. Después de la rifa de los ropajes,
los fieles se retiraron y el Cristo se quedó en la cruz hasta las
3 de la tarde, hora en que lo bajaron del madero para llevarlo a su entierro.
Y con la procesión en marcha, el muerto real, la mujer de 18 años
que murió con menos gloria que la representación religiosa
y más pena para sus familiares, fue retirada del piso donde falleció
a la misma hora que el hijo de Dios.
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