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NOTICIAS “En semana santa, la vida es más sabrosa”De lunes santo a Domingo de Resurrección, El Salvador descansa. Para la mayoría de salvadoreños no hay trabajo ni preocupaciones, no hay problemas, sólo satisfacciones.Daniel Valencia
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Al igual que Cativo, miles de salvadoreños disfrutaban del cálido clima del mar. Cual hormigas en hormiguero, la cantidad de personas que abarrotaban la playa parecía hacer rebalsar las concurridas aguas del pacífico. El Majagual cobraba vida.
“Vaya, vaya, pruebe su cóctel de conchas”, gritaba una vendedora. “Pásela bonito, pásela barato”, decía un señor mientras ofrecía en alquiler los últimos dos ranchos de paja que le quedaban. Mientras, en el agua, las risas de los niños al ser tumbados por las olas se mezclaban con los gritos de alegría de los más jóvenes.
Cativo hacía caso omiso de las ofertas y la diversión y prefería meditar. Se levantó, estiró su cuerpo un poco y se volvió a sentar. “¿Qué le puedo decir? Esto es vida”.
El tiempo transcurrió y llegó el mediodía. Los salvavidas luchaban con sus pitos para alejar a le gente del agua pero era imposible. Cativo hizo una seña a sus hijos y sacó el almuerzo del maletín. Unos emparedados de pollo y unas gaseosas brillaban en el menú familiar.
Mientras comía, don Rafael habló de su vida. “Nosotros venimos de Chalatenango. En el año no hay tiempo para salir a pasear debido al trabajo. Es muy ‘penqueado’. Yo soy jornalero y como verá no tengo muchos ingresos, así que cuando hay alguna excursión para estas fechas, somos los primeritos en apuntarnos. No importa que sea sólo un día, nosotros lo disfrutamos mucho”, relató.
“La hora del zope”, como dijeron algunos veraneantes, había llegado. La una de la tarde y el sol imponía su calor. Algunos osados no acataban “el tiempo de la digestión” recomendado por los salvavidas y se adentraban al mar. Cativo era uno de ellos.
“A las tres nos vamos y por ‘babosadas’ no voy a dejar de disfrutar. El trabajo para uno de pobre es bien pesado y casi no hay tiempo para disfrutar estos ‘volados’”, se quejó.
Sus tres hijos y su esposa lo acompañaron a jugar en la orilla del mar. Las olas los revolcaban de un lado a otro mientras sus carcajadas embellecían el acto. Como una copia perfecta, alrededor de Cativo otra familia realizaba el mismo ritual y a la par de ésta otra parecida. El Majagual se multiplicaba.
Llegó la hora de rebato y la familia de Cativo comenzó a alistarse. Con cuidado, su esposa cambiaba a los pequeños que habían quedado como camarones debido a la asoleada. La comitiva con la que viajaban caminaba lentamente hacia la salida donde los esperaba el autobús.
Cativo se detuvo un momento y nos dijo: “Usted quería saber por qué vengo a la playa en Semana Santa. Pues mire, todo el año es de trabajo y casi no hay tiempo para la familia. Para mí, la Semana Santa no es la de misas, es la de acercamiento con mi familia. Y qué mejor lugar para disfrutar y estar en familia que el mar”, reflexionó.
Camino unos cuantos pasos y concluyó: “Yo no creo que en el mar la vida es más sabrosa… ¡En semana santa la vida es más sabrosa!”. Amén.
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