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Delfina Sánchez, vendedora: “Mi vacación es trabajar”Mientras miles de salvadoreños utilizan sus vacaciones de Semana Santa para descansar o salir a pasear, unos pocos cientos de vendedores aprovechan las fiestas para alimentar su economía familiar. Una mujer de 68 años vende sus productos bajo el ardiente sol en la playa. Para ella, las vacaciones trabajadas son una de sus principales fuentes de ingresos.Daniel Valencia
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Buenas tardes, disculpe…
Si mi amor, ¿qué va a llevar? Le tengo coctelitos de concha
y camarón.
(Para no ser rechazados por la amable anciana, decidimos comprarle un “coctelito”. Ese debería ser el gancho para hablar con ella).
Deme uno de conchas. Veo que le ha ido bien en la venta…
¡Uhh! Esto ha estado bonito. Este es el tercer canasto que vacío
en el día. Imagínese: en cada canasto vendo 15 platos y
cada uno cuesta tres dólares.
No tiene problemas con el dólar ¿verdad?
Fíjese que al principio costaba aprenderse los vueltos, pero ahora
ya es más fácil. Aunque a veces me “enganchan”
con los vueltos o a veces yo “engancho”. Pero es sin querer…
¡ja! ¡ja! ¡ja!
En vacaciones vende bastante…
¡Claro! Todos los días, desde el lunes, he vendido entre
cinco y seis canastos.
Y en época normal, ¿cuánto vende por día?
¡Uy! Ahí sí es feo, mire. Apenas sale lo del gasto.
Hay días que no se vende nada. Sólo los fines de semana,
que se viene algún que otro bolo y compra coctelitos para acompañar…
Pero no llego a los 30 platos.
(Mientras habla con nosotros, el suculento platillo ha sido transformado. Un poco de limón, sal, tomate y cebolla picada, unas gotas de salsa inglesa y el toque final).
¿Va a querer chilito?
No, gracias. Mire, pero no sólo los bolitos le compran…
¿O sí?
Viera que la mayoría… Pero no, no sólo los bolitos.
También la gente que no toma compra bastante. Me da no sé
qué que los que toman sean los que más me compran, porque
es peligroso andar bolo en la playa.
¿Por qué lo dice?
Es que el año pasado vino un cliente que me compró un plato
y se fue con sus amigos. Después me dí cuenta de que los
socorristas lo estaban sacando del agua sin vida. Pobrecito. Era así,
como usted…
¿Cómo?
Así, jovencito. Y se miraba buena persona.
(La anciana recoge su canasto y se pone a caminar. “Vaya los cócteles de concha y camarón”, grita. Decidimos seguirla para continuar la conversación).
¿Y cómo le va con la competencia?
Eso no es problema. ¡Mire la cantidad de gente que viene a la playa!
A eso póngale que las que vendemos así los cócteles,
de cliente en cliente, lo vendemos más barato que en los ranchos
o restaurantes. El único problema es el sol. Viera que a uno de
viejita ya le pega más fuerte… (se ríe).
Pero usted se ve saludable.
Eso es por fuera, pero viera por dentro…
(Un grupo de “los que más le compran” se acerca a preguntarle por la mercancía. Para no incomodarla, decidimos hacerle la última pregunta).
¿Usted no piensa descansar y tomar vacaciones?
¡Cómo va a creer! Si esto he hecho toda mi vida. Además,
qué vamos a comer mi familia y yo si no trabajo. Trabajar es mi
vacación, una vacación muy bien pagada.
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