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EL ÁGORA El déjà vu de un sueñoCuarenta años después del 68 -una mirada a lo ocurrido en México y El SalvadorDespués del mayo francés el mundo cambió de rumbo, los jóvenes se unieron para luchar contra el status quo, a su manera, con sus consignas utópicas y sus pies haciendo ruido en las manifestaciones callejeras. En Latinoamérica, al contrario que en Francia, el combate gubernamental de estos movimientos inauguró décadas de represión política y derramamiento de sangre. Sin embargo, el sueño no muere –aunque parezca- y muchos todavía creen que se puede “ser realista y pedir lo imposible”. Lauri García Dueñas
La tarde del 2 de octubre de 1968, miles de estudiantes y simpatizantes se manifestaban en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, Ciudad de México. A eso de las seis de la tarde, miembros del batallón Olimpia –quienes vestían de civil y usaban un guante o pañuelo blanco en la mano izquierda para reconocerse- dispararon a los militares que guardaban la manifestación para dar la impresión de que eran los estudiantes quienes los atacaban y justificar el asesinato de varios dirigentes del movimiento. Pero la confusión causada por los balazos hizo que los militares y francotiradores no solo dispararan contra los líderes estudiantiles, sino que dirigieran sus armas a quemarropa y mataran a decenas de estudiantes. Hasta la fecha no se sabe con exactitud cuántas fueron las víctimas, pero organismos humanitarios sitúan la cifra en más de 300, cuando en un principio el gobierno del presidente Gustavo García Ordaz aseguró que eran 20.
Así lo han narrado diferentes fuentes presenciales de los hechos o los reportes históricos que recogen los detalles de una de las tardes más oscuras de la historia de México. El 12 de octubre del 68, y luego de la masacre de estudiantes, el presidente mexicano inauguraría los XIX Juegos Olímpicos con el lema “La Olimpiada de la Paz”. Un grupo de manifestantes le lanzaron un papalote negro al palco presidencial, como señal de que la memoria colectiva no iba a olvidar a los mártires de la plaza de las Tres Culturas. El 68 en México sigue siendo un capítulo doloroso para toda esa generación de estudiantes; ahora maestros, padres de familia y algunos todavía miembros de la izquierda; quienes no olvidan los hechos ocurridos. Cuando en una conversación se pronuncia el año se-sen-ta-y-o-cho, algo se corta en el aire y la rabia o tristeza despierta de entre las entrañas del tiempo transcurrido. En ese especial año de 1968, en El Salvador, los espacios políticos iban cerrándose cada vez más y los maestros también formaban parte de un ambiente de clara ebullición social. El 15 de mayo de 1968 finalizó la primera gran batalla social de los maestros aglutinados en ANDES 21 de Junio, según el libro “La Segunda Batalla de Andes” de la fallecida Mélida Anaya Montes, figura emblemática de la izquierda salvadoreña. El texto señala que: “Durante 58 días maestros, obreros, empleados, señoras de los mercados, niños, estudiantes, dirigentes políticos, habían acudido a la plaza de la Dignidad Magisterial a mítines que se iniciaban a las 7 a.m. y a veces llegaban a las dos de la madrugada”. Estas luchas gremiales recordaban la memoria de los obreros asesinados Saúl Contreras y Oscar Martínez, así como la del estudiante de 17 años, Balmore Saca. Así, El Salvador iniciaba un período de crisis y enfrentamientos políticos y militares, ante la imposibilidad de ciertos sectores de acceso a una verdadera participación política. En ambos países se vivía pues “una situación parecida pero con distinto toque” como dijo el historiador Ricardo Ribera en una actividad en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) el pasado 29 de mayo, en donde la Embajada de Francia conmemoró la trascendencia del mayo francés. El también historiador Carlos Cañas Dinarte reflexiona sobre los cambios ocurridos en ese año en el mundo entero: “por un lado, la juventud asumió un protagonismo político que antes no había tenido, es decir, llevaron el compromiso literario al terreno de las ideas y la acción política. Por otra parte, lo que cambió fue el concepto de la universidad, a la que desde entonces se debe ver como un agente y promotor del cambio social”. Sobre la aparente falta de ideales de las nuevas generaciones Cañas opina: “creo que lo que ha pasado es que los movimientos sociales contemporáneos y la juventud mundial del presente carece de una formación teórica y práctica en el terreno del compromiso y la política”. Y agrega como ejemplo: “es decir, quieren hacer cosas y cambiar el mundo (con libras de amor, un techo para mi país, etc.), pero sin cuestionar el status quo, lo cual no se puede, porque tarde o temprano llegás a la conclusión de que las desigualdades en un país como El Salvador son estructurales y requieren tratamientos desde el terreno de las ideas, el debate político y la comunicación política. Y eso asusta a muchos jóvenes, que ven en la política un terreno de acción desacreditado y corrupto”. La conmemoración
Los panelistas fueron Benjamín Moallic, estudiante de doctorado en la Escuela de Altos Estudios Sociales (EHESS), de Paris, con la ponencia “Mayo 68: Francia entre revolución y crisis. Perspectivas sociológicas para el debate”; José Ramón Catalán, maestro del departamento de filosofía de la UCA, con "Mayo 68: fin de la sociedad del espectáculo" y Ricardo Ribera, también profesor del mismo departamento, presentando: "1968 en Francia y América Latina: una coyuntura excepcional". Las exposiciones abordaron perspectivas muy diversas, desde la academia y una abundancia de citas teóricas, tanto del mayo francés (ver recuadro) como de las consecuencias de éste y los hechos que ocurrieron en el mismo año en México y El Salvador. Moallic aseguró que la juventud es un término de la burguesía, como lo dice el sociólogo Pierre Bordieu, puesto que los obreros no pueden gozar de esa edad pues pasan directamente de niños a adultos al ser incorporados como fuerza de trabajo a las fábricas. Criticó que en Francia, el movimiento no concluyó con éxito puesto que no se logró una verdadera y natural articulación de los intereses estudiantiles y los de la clase obrera. Acusó a varios de los protagonistas del mayo francés de poner en boca de los obreros palabras y consignas que no pertenecían a su clase y explicó que este movimiento en Francia se gestó por un grupo de jóvenes “desclasificados” que asistían a la universidad pero que sabían que, por las devaluaciones de los títulos y el aumento de la oferta de profesionales, esto no sería suficiente para encontrar una colocación laboral que les garantizara una buena forma de vida. Polémico, el profesor Ramón Catalán dijo que el mayo francés era “memorable” más no histórico pues no había sido una revolución que cambiase las estructuras del sistema vigente. Aunque reconoció la voluntad de los jóvenes de luchar contra el totalitarismo. Además recordó la frase dicha sobre el capitalismo que sostiene que “hasta la revolución puede convertirse en mercancía” pues en los sesentas ya se vendían a precios excesivos todos los implementos necesarios para lucir como hippies, y para los nostálgicos del 68 ahora las empresas de diseño venden a precios también excesivos adoquines, en recuerdo a las barricadas levantadas por los jóvenes en esa época. Ricardo Ribera, quien plagó su ponencia de humor y anécdotas, subrayó que una de las consecuencias más importantes de mayo del 68 fue que surgieron nuevos sujetos sociales como las feministas y los ecologistas y que en El Salvador, dada la coyuntura, el gobierno dejó de confiar en los sacerdotes, los maestros y los médicos (por su adhesión gremial a la lucha de izquierda) y solo pudo confiar en el jefe de la guardia, a quien encargó reprimir a los opositores. Además leyó una carta muy emotiva dirigida a su hija, y publicada en este semanario en el 2002, que versa sobre el ideal de tender puentes entre esta generación y la de nuestros padres, justamente con el afán de seguir creyendo en la utopía de “ser realista y pedir lo imposible”.
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