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EL ÁGORA Nuestra señora consentidaAristides Vargas y su Malayerba volvieron al Festival Centroamericano de Teatro para presentar, por tercera vez, la favorita del público salvadoreño: Nuestra Señora de las Nubes. Carlos Dada Por alguna razón anclada en nuestra historia reciente, una obra que habla del exilio se adueñó del público teatral salvadoreño. Tres viajes, tres éxitos rotundos. Es injusto, desde luego, atribuir sólo al tema el efecto de la obra. Aristides Vargas, el autor, actor y director, ha escrito un texto hermoso, donde las palabras juegan y se convierten en las caricias nostálgicas de dos exiliados que se encuentran un día, en una calle. “Los exiliados somos gente triste, propensos a recordar cosas que nunca sucedieron… a imaginar cosas que no van a pasar”. El exiliado reinventa su país mientras bebe, como canta Sabina, un vino amargo. Pero hay mucho tiempo también para las alegrías. De la mano de Rosario Francés, su mujer, Aristides Vargas monta un espectáculo en el que la memoria distorsionada de la distancia va cobrando vida. Los recuerdos de ese pueblo tan surrealista como todo este continente, un pueblo apropiadamente llamado Nuestra Señora de las Nubes.
Óscar y Bruna se encuentran casualmente, y se van reconociendo de a poco, como una cantante calva. Ambos son de Nuestra Señora de las Nubes, y comienzan a hablar de eso que los une: la imagen que han preservado, y recreado, de su pueblo. Del niño Meme y su abuela, la cronista y geneáloga; del gobernador y su esposa idiota –“¿Qué hago yo?” “¿Tú? Nada”- de la fundación de Nuestra Señora… de los muchachos que lanzan piropos a las muchachas. “Qué extraño”, dice Bruna. “Seguir extrañando un lugar tan perverso y creer que es el mejor lugar”. Hay mucho de eso en el exilio de millones de salvadoreños que salieron expulsados por el conflicto armado o por la falta de oportunidades. Hay mucho de eso en el autor mismo, un argentino que se radicó en Ecuador durante los años de la dictadura militar. Hay también de eso en la familia de Francés, una actriz española que anoche, en el Teatro Luis Poma, se reencontró con su familia salvadoreña tras muchos años de separaciones. En el escenario, lo que hay son dos maletas que contienen pocos elementos necesarios para cambiar de personaje (apenas unas gorras, una manta, un abrigo… la sencillez es elegancia); y dos actores que tienen, además de gran calidad, una gran virtud: se divierten mucho con lo que hacen, y lo transmiten a un público entregado desde que se apaga la luz de la sala. A esta obra la precede su fama, pero no se le impone. Es ya un clásico de la dramaturgia latinoamericana, escrito por uno de los mayores autores contemporáneos. Y ha crecido tanto que ya no le pertenece. Nuestra Señora de las Nubes ha sido publicada y montada en varios países de América Latina, y es ya un referente del teatro nuestro. Pero la versión de Vargas es la versión de Vargas. La presentó por primera vez en El Salvador hace tantos años que parece ahora una memoria de exiliados también: en el Teatro Nacional, un escenario del cual todavía algunos padres le hablan a sus hijos. Y desde aquella primera función, la obra se convirtió casi en una leyenda. Éramos pocos los asiduos al teatro que no la habíamos visto. Pero en el transcurso de ocho años se habló siempre de ella. Ahora, que ha venido por tercera vez, el público lo agradece de pie, y lo mismo hará esta noche cuando presente su última función, a las ocho, en el Teatro Luis Poma. |
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