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EL ÁGORA

XV Festival Creatividad sin Fronteras

Mi maratón teatral y una cabeza azul, azul

Cientos de ojos me miran, con asombro, envidia, temor, o una mezcla de todas esas cosas juntas. Estoy en un escenario, y me han transformado la cabeza. Tengo un par de enormes cachos que desafían la gravedad, y el cabello y la cara pintados en mezclas de azules, celestes y grises. Cuando me levanto del banquillo de peluquería, el público aplaude. Me toman no sé cuántas fotografías. He dejado de ser una persona ordinaria para convertirme en un ser fantástico sacado del imaginario de La Guerra de las Galaxias…

Ruth Grégori / Foto: José Cabezas
cartas@elfaro.net
Publicada el 22 de abril de 2008- 10:15 a.m. - El Faro

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Sábado 19 de abril, 3:00 P.M. Centro Comercial Galerías.

A través de un espejo de distorsión, como los de las de las ferias o los circos, veo cómo le crecen cachos a mi cabeza, y cómo diversos matices de azul van adueñándose de mi pelo y mi cara.

Me siento un poco cohibida al sentir que cientos de ojos atestiguan la metamorfosis que sufre mi cabeza, y cuyo destino final desconozco. Intento leer en ellos algún gesto que evidencie si les gustan o les disgustan las protuberancias que empiezan a salir de mi cráneo; pero no es fácil.

A través de la pared transparente del ascensor, una familia entera abre la boca y los ojos al descubrirme, como si yo fuese alguna criatura insólita e inverosímil.

Fafá y Cecile ofician el ritual con diversos artificios que tienen embrujados a los presentes, mientras el único integrante masculino del conjunto crea música e inunda la plazuela de un ambiente de circo.

Las dos mujeres visten igual: falda holgada, chaleco y camisas de mangas principescas. Sus ojos lucen unas enormes pestañas plateadas, y su rostro pintado de blanco tiene dibujada una hilera de puntos negros en torno a una pequeña boca roja que recuerda a las Geishas.

Sus ropas, la música, su porte de sacerdotisas de ritual de feria medieval y sus artificios de transformación permiten a los presentes atestiguar el prodigio de la peluquería como arte de transformación de cabezas. Este es el modo en que la singular compañía española “Sienta la cabeza” consigue borrar la frontera teatro-realidad, al convertir al público en protagonista y testigo del misterio de la representación.  

Me miro en el espejo y no puedo evitar preguntarme por qué mi peluquera escogió hacerme cachos… -¿Será que tengo tipo de villana?-, pienso-. Cuando comienza a pintarme el pelo de azul noto que mi peinado tiene cierta similitud a la moda interplanetaria de ficciones como la célebre saga de jedis de George Lucas o Star Trek. Cuando Cecile termina conmigo, tengo un pensamiento claro: Me siento como un personaje de La Guerra de las Galaxias.

Cuando me levanto el público aplaude entusiasta desde la plaza central de eventos y las terrazas de los tres pisos de Galerías. Entonces se amontona una multitud de manos que se agitan ansiosamente en busca del siguiente turno para el proceso de transformación.

Apenas bajo del escenario me persiguen los flashes de cámara, preguntan mi nombre, me piden entrevistas…  También me piden posar junto a una chica que luce una red multicolor esculpida sobre su cabeza, que a mi me evoca un arco iris y a ella la hace sentir como un jardín.

Fernando Umaña, director del Festival Centroamericano Creatividad sin Fronteras que incluyó en el programa de su XV edición a la peculiar compañía española, me retó a llegar así a la función nocturna en el Teatro Luis Poma. Le explico entonces que mi intención para ese sábado es hacer una maratón de teatro: tres funciones en un día.

Un escudo para-realidad

Sábado 19 de abril, 6:15 P.M. Museo Nacional de Antropología (MUNA).

Llego a la función con quince minutos de retraso, luego de cambiarme la ropa de calle por un atuendo negro que combine mejor con los nuevos colores que exhibe mi cabeza. Las edecanes y organizadores incrédulas, y una de ellas no es capaz de evitar el impulso de rebote que describió su cuello por la sorpresa.

Entro a la sala, que ya está oscura, y no tardo nada en encontrar una butaca frente al escenario desde el cual un hombre grita en una jerigonza incomprensible. Viste una túnica blanca de hospital, está despeinado y descalzo, y se encoge como bebé a medida se escucha un sonido de metrallas. Se trata de “Ecos. Tributos a los desconocidos”, una obra en la que un solo actor encarna a un hombre desquiciado que revive en su mundo imaginario las torturas y horrores del campo de batalla.

El hombre manipula una máscara blanca que parece gritarle, unas botas que golpean salvajemente distintos puntos de su cuerpo, y una soga que le estrangula… No logro comprender del todo las locuras de ese hombre que, en vivo y en directo, orina en una cacerola para luego bañarse en su propio orín; pero frente a esa angustia desbordada me siento alegre de estar cargando mi pequeño pedazo de fantasía en la cabeza… Me hace sentir protegida, como si tuviese alguna especie de campo magnético que me hiciera inmune a las alucinaciones de ese tipo de locura…

La siguiente cita es a las 8:00 p.m. en el Teatro Luis Poma, y decido salir a esperar a la calle frente a la Feria Internacional mientras llegan a recogerme. Entonces dos niñas, vendedoras de rosas, se detienen junto a mí.

.Regáleme eso… (dice una señalando el volumen de mi pelo)
.No puedo, es mi pelo.
.Ah, yo pensaba que era un sombrero.
-¿Y podemos tocar?- preguntan, y antes de que termine de responder ya están jalando los cachos…
-¡Qué duro! ¿Y le cuesta quitárselo…?

Las chicas siguen preguntando, mientras varios conductores o pasajeros se me quedan viendo y ríen desconcertados –más o menos como si hubiesen visto un extraterrestre…-, hasta que sienten satisfecha su curiosidad y se van…

Con todo y tráfico llego al teatro pocos minutos antes de que abran el telón. Fernando Umaña pregunta qué me retrasó y me urge a aprovechar los últimos instantes antes de que empiece la obra para pasearme por la sala. Entonces empieza el desfile por el pasillo entre las butacas de la sala del Poma.

Entro y las cabezas giran en torno a mí, maravilladas unas, incrédulas otras. Algunos conocidos me saludan cuando logran reconocerme luego de la sorpresa inicial. Creo que, en el fondo, muchos me sonríen con una especie de gratitud por trastocar con mi imagen el mundo cotidiano y refrescar la monotonía con fragmentos de mundos imposibles, pero ahí presentes, palpables.

Se apagan las luces y comienza la tragicomedia “Mi muñequita”, de los uruguayos Complot. Un papá, una mamá, una hija, la muñeca de la hija, el tío y el mayordomo bailan, cantan y repiten un estribillo que de manera encubierta resume la historia. Un coro de voces alternan frases atropelladas: “Ya no creerán en nada, ni en las mujeres, ni en los hombres… solo en ella, quien ve mejor sin ver, piensa mejor sin pensar… ella es mi muñequita…”/“No es una herida física pero a la niña le duele como si lo fuera”/“¿Puedo contar una historia…?”

La muñeca, símbolo de la transmisión contradictoria de los roles que la sociedad impone a las mujeres, es el refugio de la fantasía inocente de una niña abusada sexualmente por su tío. La niña sufre además la falta de cariño de una madre que la califica de tarada porque todavía juega con muñecas; pero ella misma sostiene diálogos secretos con la muñeca de su hija. Madre e hija logran por fin una sincronía cuando la nena ya ha perdido la inocencia y es instruida por su progenitora en el arte de ser la muñeca seductora… Pero la tragedia se ha desencadenado ya, el padre asesina a su hermano, abusador de su hija; la madre termina asesinando a su esposo por hacer de ella una muñeca, la hija termina asesinando a la madre…

De manera paradójica, aparece un lado cómico. A través del conjunto de juegos corporales y crueles bromas que aparentan trivializar el horror de esos seres enfermizos, el humor negro logra subrayar el escalofriante privilegio de atestiguar el mundo del abuso sexual infantil.

Termina “Mi muñequita” con la sala entera de pie, y entonces pienso que en mi cabeza ando más que una muñeca: un mundo estelar.

Entonces me llevo mi parte teatral conmigo al bar “La Lumbre”, donde una vez más la gente me mira como un ser llegado de otro planeta. Me saludan, me preguntan dónde me hicieron “eso”, se toman fotos conmigo, y un abusivo pasado de tragos pasa su mano lasciva por en medio de los cachos que salen atrás de mi cabeza.

Hacia las dos de la mañana las cervezas y los cigarros han despintado ya mis labios azules, pero el ritual para deshacer mi peinado a lo “Amidala” me lleva más tiempo del que Cecile invirtió en darme una cabeza nueva.

Un río azul se lleva por el tragante de la regadera los últimos vestigios de mi cabeza de fantasía. He dejado de ser un personaje de galaxia imaginaria, pero sigo sintiendo que tengo una cabeza nueva.

Sentar la cabeza en un banquillo de experimentos de peluquería me hizo sentirla como nunca antes lo había hecho: como un nuevo acto de magia que aún hay que inventar.

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