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EL ÁGORA Cuando pase el temblorEl Teatro de los Andes vuelve al Festival Centroamericano de Teatro poniendo un terremoto en escena. La representación boliviana cosechó un generalizado aplauso de pie. Carlos Dada
El 13 de enero de 2001, en el rastro que servía de morgue improvisada en Las Colinas, Santa Tecla, un reportero televisivo se metió y comenzó a destapar ante las cámaras los restos humanos que la tierra había devuelto y que los socorristas y voluntarios ponían uno al lado de otro. Otro reportero, encima del desastre, se acercó a un hombre que buscaba aún fuerzas para seguir sacando tierra con la pala y le preguntó: “¿Cómo se siente?” Estas son historias reales. Como reales pretenden ser también las que presenta el Teatro de los Andes, de Bolivia, en el trabajo testimonial titulado En un Sol Amarillo. Memorias de un Temblor. Los terremotos, en Bolivia no son muy distintos a los salvadoreños. En medio del dolor y las pérdidas, se cuelan siempre políticos corruptos, militares sinvergüenzas y reporteros oportunistas.
Aiquile y Totora, dos pueblos de la Cochabamba, fueron golpeados por un terremoto de 6,8 grados Richter cuando apenas iniciaba el 22 de mayo de 1998. Fue el peor movimiento de tierra en la historia de Bolivia. Pero no para todos. El Teatro de los Andes asegura que todos los parlamentos corresponden a testimonios reales de sobrevivientes del terremoto de Aiquile, reconstruidos y ensamblados para la puesta en escena. Un soldado, hurgando entre las ropas de algún desaparecido, en tono marcial se cuadra ante su superior y grita “¡Gracias terremoto, gracias!”.
La puesta en escena de los bolivianos es escenográficamente impecable. Son pocos los elementos, utilizados de manera creativa, logrando un efecto mágico sobre el escenario. Entre el juego de luces y los movimientos de mesas, sillas y la tierra bajo la cual quedaron los muertos, hay un despliegue austero pero magistral de lenguaje teatral. Deslumbrante y muy efectivo. Otra cosa es la dramaturgia. Y aquí admito que voy contra la corriente, porque la función cerró con un nutrido aplauso de pie de los espectadores que no terminé de entender. Es que En un Sol Amarillo es un album de retratos, un desfile de personajes que, si bien es fiel al teatro testimonial, no termina de salir de los estereotipos y las caricaturas de damnificados, de políticos, de militares, de reporteros. En nuestro 2001, algunos periodistas trabajaron maratónicas jornadas bajo condiciones extremas. Y los que destaparon cuerpos o importunaron a los damnificados fueron apenas una minoría. Otros prefirieron tomar una pala, o internarse en los pueblos de San Vicente para narrar no solo el desastre sino también la coordinación de la ayuda. Ese 2001 tuvo también héroes y no sólo gañanes entre los ciudadanos. Los estereotipos pueden funcionar muy bien para la comedia, pero son nefastos para hacer un discurso politico. Y la obra del Teatro de los Andes es un discurso político. Cuando se quiere hablar de un político demagogo y corrupto se crea un personaje de un politico demagogo y corrupto, no se pasea alguien enfundado en una bandera recitando dos parlamentos para retirarse del escenario. Porque entonces no hay personajes, sino apenas un disfraz creado para el discurso. Porque entonces el discurso político es demasiado simplista.
Es indudable que para espectadores “terremoteados”, como los llamó un buen amigo, es una especie de desahogo ver puestas en escena, con gran calidad, sus propias experiencias y críticas, y es un desahogo placentero tener objetos en la mano para arrojarlos directamente a politicos y empresarios oportunistas. La obra funciona, y funciona bien. Aunque a mi me haya parecido demasiado fácil, demasiado superficial, demasiado obvia. La gente a mi lado, la gente adelante de mí, la gente atrás de mí, salió fascinada… reivindicada. |
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