Actores argentinos se toman el Festival Centroamericano de Teatro
La compañía argentina Timbre 4 abrió el XV Festival Centroamericano de Teatro con una puesta en escena cuyos méritos residen fundamentalmente en sus actores. La temporada comienza de buena forma, y promete un festejo digno.
Carlos Dada cartas@elfaro.net Publicada el 18 de abril de 2008- 03:15 p.m. - El Faro
Ocho personajes en busca de autor abrieron el miércoles pasado el XV Festival Centroamericano de Teatro en San Salvador. Ocho actores argentinos paseándose con un texto que quiso ser más que ellos, y que nunca lo fue. Porque los actores se levantaron a la altura de la puesta en escena, por encima de sus parlamentos.
La Omisión de la Familia Coleman, del grupo teatral Timbre 4, retrata una familia disfuncional hasta el absurdo, con personajes muy bien definidos que se juegan al límite entre el humor negro y la crudeza descarada. Pero el riesgo no sólo es valiente, sino acertado.
La familia Coleman tarda demasiado acaso en informarnos qué es o a qué juega. Quince minutos iniciales pesadísimos en los que más de alguno abandona la sala ante el aparente sinsentido a ritmo lento que tiene enfrente. Pero pronto todo comienza a tomar forma. Los personajes se dibujan con individualidad y fuerza, y las relaciones de esta familia, en la que el absurdo extraordinario y la incomunicación son cosas de rutina, abren paso a ese humor que solo tiene sentido cuando destapa la epidermis, y nos mete entre las paredes de la habitación en la que conviven irremediablemente la abuela cuerda y cariñosa, la madre que sigue jugando el rol de niña perdida, un hijo cínico, loco y cruel, otro que busca el escape y una hija que asume el papel de jefa de ese manicomio disfrazado de hogar del que todos, menos el hijo cruel y la abuela, quieren escaparse.
Es difícil imaginar esta obra en manos de una compañía de otro país. Es acaso demasiado argentina. Y es, también, demasiado sobrada. Una tijera podría sentarle muy bien al texto, para evitarnos diálogo tras diálogo que no hacen avanzar la obra y que parecen estar ahí para el pavoneo de su autor (el también director de la obra, Claudio Tolcachir). Es difícil pedirle a un director que se percate de los errores de su propio texto.
No hay juegos escenográficos. Una luz demasiado convencional y una estética sencilla y fea contrastan con actuaciones sólidas que intentan la locura de jugar al naturalismo en los territorios del absurdo. Ahí reside la fuerza de la obra. Con muy pocos elementos, en la tradición del teatro austero que no hace uso de otras herramientas que no sean la actuación, los argentinos se lucen, y lo hacen bien.
El resultado es positivo, una digna apertura de un festival de teatro que en este, su aniversario número quince, promete una temporada de gran altura.