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EL ÁGORA “Besos” entre apagonesEl escritor nacido en Valencia, Tomás Segovia, dio una conferencia-recital en la Casa del Poeta en la ciudad de México, entre el viento y los apagones que azotaron esa capital el miércoles 23 de enero. El sabio poeta, cuya obra es herencia en vida para la humanidad, habló de la tradición rota del verso medido; pero cuando arrobó al público fue al leer sus “Besos”. Texto y Foto: Lauri García Dueñas
Cuando los poemas de Tomás Segovia aparecieron recitados a viva voz en unas islas sonoras de la Biblioteca Central de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) el año pasado, cientos de estudiantes se turnaron para escucharlo. Estaba a la par de otros grandes escritores latinoamericanos que habían decidido poner voz a sus textos: Gabriel García Márquez, Juan José Arreola, José Emilio Pacheco. A pesar de ser casi un desconocido en Centroamérica, Segovia es una especie de mito en México, un país al que regresa de cuando en cuando a leer a públicos cautivados por la sonoridad de su obra. Un país que lo acogió en los años de la guerra civil española y que le dio una nueva nacionalidad y una educación universitaria y, posteriormente, trabajo hasta su retiro en el Colegio de México. Un país al que volvió la semana antepasada. Un grupo de mujeres poetas, fanáticas a capa y espada, fuimos a encontrarnos con el mito hace pocos días en la Casa del Poeta de la Ciudad de México. El efluvio fue indiscutible, y la influencia que sobre nuestros ánimos causó ha permanecido a pesar de los días, inspirando por completo las rutinas creativas de las declaradas fanáticas. Tomás dio una cátedra sobre el verso medido, sobre los grandes autores y complació a los que queríamos escuchar su voz grave para transportarnos por los rincones de sus palacios vacíos y sus nostalgias. Habría que hacer un largo paréntesis para enumerar sus viajes, sus títulos y sus premios literarios que incluyen el Octavio Paz de Poesía y Ensayo 2000, el XV Juan Rulfo de Literatura Latinoamericana y del Caribe 2005 y el Extremadura a la Creación 2007. Aunque el mismo escritor ha dicho que no es fanático de los concursos literarios y su mayor reconocimiento son los miles de lectores que lo siguen. Maestro por vocación, su talento lo ha llevado a ser profesor invitado en la Universidad de Princeton y a desarrollar a una intensa actividad en el Colegio de México. Ahora vive en Madrid y sigue escribiendo en los cafés. Su poesía es su mejor carta de presentación, como lo es la música para los intérpretes. A quien no la haya leído es imposible explicarle por qué Tomás Segovia es uno de los escritores vivos más importantes de nuestro idioma. Basta husmear en su obra y quedar cautivado de por vida. Adjetivos sobran. Declarado romántico, domador diestro de la lengua, poseedor de una sabiduría llana e hipnotizadora. Hay algo que defiende su inmortalidad en vida: la afable humildad de un hombre que no cierne su talento sobre sus admiradores o críticos. Al verlo, uno podría confundirlo con un abuelo de camisa bien planchada y de paseo de domingo. Así es él. La noche en que lo conocimos Tomás Segovia estaba entre el público. La mesa especial puesta para la figura se quedó vacía toda la noche. El gran poeta, el esperado, ocupó una silla de la cafetería de la Casa del Poeta, enfrente de los estudiantes y fanáticos que abarrotaron el lugar para escuchar su voz carrasposa de ochenta años y figuras inigualables.
Casi a las siete de la noche, muy puntual, rompió el hielo explicando por qué eligió la cafetería: ahí se podía fumar. Él ya no fuma pero “el médico no me ha prohibido oler y además, sin fumar, no se puede entender nada”. Desde el principio marcó el pulso desde las bromas blancas y las ganas de complacer a su público. En honor a Alejandra, una estudiante de Letras que escogió esa carrera inspirada en uno de sus “Sonetos Botivos”, Segovia leyó el de una mujer adicta al semen. Y le pidió perdón a la estudiante por el “efecto secundario” de su poema. Más bromas. Explicó que es un poco sordo, y que el colmo de un sordo es que cuando todos se ríen por un chiste él se queda serio. Ya entrado en confianza empezó la cátedra: explicó a los silenciosos expectantes por qué el verso libre se ha instituido desde hace más de cien años, por una mala herencia del verso francés que carece de rima aunque posee un fuerte ritmo. Recordó que el mismo Octavio Paz había dicho que de sus versos medidos no se hablaba. Defendió el verso clásico de sus detractores que habitaban entre los estudiantes presentes, y criticó que muchas veces el verso libre simplemente se lee en prosa, entonces ¿para qué lo escriben en verso? Citó y comentó a los grandes, quienes utilizaron de forma magistral el verso medido, entre ellos a uno de sus más queridos: Rubén Darío. Seguido por López Velarde, Gilberto Owen, Juan Ramón Jiménez, Rimbaud, Baudelaire, Mallarmé –su maravilloso y noble enemigo, dijo-, Garcilaso, Becquer, Amado Nervo. Recordó cómo adquirió su gusto por la poesía, antes de escribirla, memorizándola. Sus tías lo hacían muy bien, y sus recuerdos de infancia están llenos de poemas a los que ahora vuelve de memoria. Bromeó un poco más: “la escritura no se inventó para escribir poesía, algo tan poco importante, sino para que los abarroteros llevaran sus cuentas”. Sobre sus primeros versos aclaró que, al contrario de muchos jovencitos, él se resistió durante mucho tiempo a escribir poemas de amor, hasta que un día claudicó: “No puedo evitar ser romántico”, confesó. Recordó sus años de exilio, de niebla, de la rememorada orfandad por la madre perdida a sus cuatro años, el símil con la pérdida de la patria, del amor, de la mujer. Aclaró que nunca buscó la compasión frente a su condición de exiliado. A los nueve años, y en el contexto de la Guerra Civil española, Tomás Segovia ya era un iniciado en su vocación errante la cual inició primero en París, luego en Casablanca y finalmente en México. La provisionalidad y el éxodo es un tema presente en su obra (publicó “Luz provisional” en 1950). El poeta comentó y leyó algunos textos de su libro “Anagnórisis” y explicó un poco sobre la creación de “El Claro Palacio”, la metáfora de alguien que ha perdido su casa, rememoró el recuerdo de cuando llegó al “desierto” de París, y de la forma que buscó incrustar poemas en un relato. Empezaron las preguntas de los presentes, sobre su estilo y sus formas de escribir. “He decidido aceptar que mi estilo es llano”, dijo, aunque no negó que a veces se pasea oriundo por corrientes barrocas y cultas para luego corregir y rectificar. Respondiendo a la clásica pregunta estudiantil “¿Dónde escribe?” primero dijo entre risas: “en un papel”, para luego explicar que escribe en los cafés, donde realmente puede retraerse del mundo, y afirmó que detesta escribir en un estudio cerrado y ordenado por lo que su huída a los cafés responde a su deseo de no sentir que ha dejado de vivir para escribir, que es el tema de todo romántico. Abrió otros puntos polémicos como el de la polisemia del arte y al respecto pinchó otro punto anecdótico. Una de sus amigas llegó a afirmar que un poema suyo sobre la menstruación hablaba de lo “telúrico” para desilusión del autor. “A veces cuando digo sangre quiero decir sangre”, bromeó y para poner a prueba el poema lo leyó al auditorio, ante lo cual la mayoría asintió que sí, se entendía que trataba de la regla. Segovia también aprovechó su conferencia, que a las dos horas ya rayaba en la erudición por lo que algunos empezaban a cabecear, para burlarse de los críticos literarios que cuentan temas o buscan binarios y, sobre todo, desvirtuó la costumbre de hacer “tesis” en vez de ver la vida de una manera más aterrizada. En medio de una catarata de frases célebres, aseguró que él ya puede perdonarse, y juzgarse, al contrario de un joven que siempre está en polémica consigo mismo. Aseguró que disfruta la vejez, que siempre quiso ser un adulto, y que nunca le gustó que lo tratasen como niño o joven. Por fin llegó el momento, después de varios apagones, y para terminar la larga jornada gritamos desde el fondo de la cafetería que nos leyera “Besos”, uno de los poemas más hermosos escritos en español. Explicó que este beso cae sobre la mujer “de arriba hacia abajo” y que la aludida seguro “desde entonces tendrá el poema en la papelera”. Esta obra maestra fue escrita de una sentada en un café de la calle López, del barrio chino de la Ciudad de México, y aunque su autor detracta un tanto este estilo, los “Besos” están escritos en verso libre. “Mis besos lloverán sobre tu boca oceánica…” empezó y el público no dejó oír ni un suspiro durante varios minutos. Cuando el beso que iba de arriba hacia abajo de la mujer llegó al sexo oscuro tambalearon casualmente las luces (justo a tiempo, dijo el poeta), un poco más de tensión y al final un gran aplauso cerró su intervención. Yo me secaba las lágrimas.
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