Tres fragmentos de
“La exaltación de Inanna” Enheduana
I
Oh, que esto sea recitado como un “¡Esto es Tuyo!”
¡Escuchad! ¡Que esto sea sabido de Inanna:
Ella es suave como el Cielo, ¡sabedlo!
Ella es amplia como la tierra, ¡sabedlo!
Ella destruye la tierra rebelde, ¡sabedlo!
Ella ruge por la tierra, ¡sabedlo!
Ella cercena las cabezas, ¡sabedlo!
Ella devora los cadáveres como perro, ¡sabedlo!
Ella os mira con aterradora mirada, ¡sabedlo!
Ella alza sus ardientes ojos, ¡sabedlo!
Ella se dispone para la batalla, ¡sabedlo!
Ella logra la victoria, ¡sabedlo!
II
Con tu hálito dispusiste las brasas de la ofrenda.
La recámara nupcial te espera.
Deja que tu corazón se calme.
He dado a luz con un ¡Basta!,
con un ¡Suficiente!
Oh, mi señora, este canto exaltado es para ti.
Lo entono a medianoche
para que el cantor lo repita al medio día.
III
La sacerdotisa comanda atención hacia al altar esplendente.
Inanna aceptó sus ofrendas,
restaurando su amante corazón.
Bello día, suntuosa luz que descubre su belleza,
vestida con su blanca túnica.
Como con luz de creciente luna, así se viste su belleza,
bajo el ojo justo de Innana.
* * *
Comentario
Enheduana, una mujer, es el primer “autor” que la historia reconoce. Su poesía está conservada en tablillas grabadas con escritura cuneiforme en la Colección Babilónica de la Universidad de Yale. Esa extraordinaria colección de cuarenta y dos himnos de su indiscutible autoría, además de una variedad de poemas y fragmentos que podrían ser suyos, constituye el registro más antiguo de escritura creativa en la historia de la humanidad.
Enheduana nació en Sumeria aproximadamente 2,300 años antes de Cristo. Su padre fue el Rey Sargon de Agade (2334-2279 AC), quien gobernó el primer imperio del mundo, el cual se extendía desde el mar Mediterráneo hasta Persia. Sargon, el hombre que sería rey, fue concebido secretamente y colocado en una pequeña arca sobre un río que lo llevó hasta un campesino llamado Akki, quien lo recibió como un padre.
«Mientras cuidaba flores», escribió el Rey Sargon, «la diosa Ishtar me amó, y por cincuenta y cuatro años el reinado de su pueblo fue mío».
Su hija Enheduana se convirtió en la alta sacerdotisa lunar. Un disco de piedra conserva un detallado retrato de su rostro y su vestido; tres mujeres la acompañan. Su obra principal es “La exaltación de Enheduana”, un poema de dieciocho estrofas que evoca y canta a Inanna, la diosa sumeria del amor.
Sus poemas, políticos y apasionados, anticipan a Safo pero también al profeta Isaías. La diosa del amor, nos dice Enheduana, ha bajado a la tierra como su aliada. Ni los dioses de la muerte o la guerra pueden contra ella: «No tienen el coraje de cruzar tu imponente mirada. ¿Quién podría someter la furia de tu corazón? Un dios menor no puede aplacar tu corazón. Mi señora, tu voz es la brida de la bestia. Sólo tú nos das la felicidad».
Enheduana exaltó a Inanna y cantó de su furia, de la terrible venganza del amor. Esta es, desde el inicio, desde hace más de cuatro mil años, la justicia que canta la poesía.