comenzó al borde de la cama
en la ciudad equivocada
tenía unas rosas marchitas
en un florero de cartón
por las noches tejía
con sus venas un abrigo para el verano
coleccionaba quebrantahuesos
y palabras prohibidas por Dios
un día palpó bajo su falda
le agradó el olor de la tinta fresca
y se quedó a dormir
cuando despertó
«la muerte era la vida entera»
habían libros rotos
y papeles dispersos
puertas y ventanas abiertas
ella estaba desnuda
como la primera vez
como cuando tuvo sueño
y mordió su carne
y bebió su sangre
como cuando fue un crepúsculo
golpeando la puerta de su vientre
* * *
Comentario
La generación de poetas salvadoreños que nació durante la década de 1970 alcanzó mayoría de edad después de vivir la guerra en esa etapa de sus vidas cuando se opera el cambio de la niñez a la adolescencia. Por lo tanto, en la década de 1990 vivieron con mentes y corazones frescos los dos procesos simultáneos de la reconstrucción nacional y del comienzo de un proceso democrático que por primera vez permitió la participación de partidos de izquierda. La conciencia de vivir en una etapa de transición y de posguerra, complicada por la migración y la violencia, es una ecuación que hace de esta generación un enigma, aún por definir.
La poesía de esta generación X se distingue por el movimiento ciego hacia una búsqueda tenaz por la verdad de la palabra como fenómeno. Esto implica que no importa si el poema dice algo o no, lo que importa es si el poema confirma el paso del poeta por el mundo. El poema es un acto físico: mancha la página cuando se escribe y suena cuando se lee en voz alta, pero, sobre todo, lleva la firma de su autor. El poema es un ruido deliberado, una interrupción impertinente, una explosión de graffiti literario en una cultura ambivalente y precaria. Por esta razón la poesía de la generación X es un discurso abierto. Muchos de estos poetas no “administran” la palabra, no la organizan ni la esculpen, se zambullen en ella. No es extraño que omitan la ortografía o la sintaxis clásica de un solo sujeto y un solo verbo para cada oración. Aún los poemas breves se sienten como un desborde.
En los últimos años, poetas como Jorge Galán (1973), Carlos Clará (1974), Alfonso Fajardo (1975) y Rafael Mendoza López (1979) para citar unos cuantos ejemplos, han estado escribiendo una poesía cada vez más controlada y depurada. Pero el énfasis en sus obras es el mismo: son constructores de identidades propias, fuera del cerco de las ideologías o del neorromanticismo de la poesía “testimonial” escrita durante la guerra. Por esa actitud que proclama una visión personal y que exige, para realizar esa visión, voluntad de estilo, estos autores demuestran afinidades más fuertes con la poesía de Alfonso Kijadurías (1940), Rolando Costa (1941) y Carlos Santos (1957) que con la de Roque Dalton (1935), que influyó a las dos generaciones anteriores.
En este contexto, “Poética imperfecta” de William Alfaro (1973) es casi un manifiesto. No es en el poema, sino en la “poética”, esa tensión teórica entre el valor de ser poeta y el de la escritura o entre la identidad y la tradición, donde se halla el punto de tensión de la poesía de su generación. Un poema es, para Alfaro, una fisura de luz en el tejido oscuro de la vida. Este poema es una crónica sobre el acto de escribir un poema y es, por lo tanto, el registro de un desgarramiento. Notemos los últimos dos versos de la primera estrofa. ¿Qué es lo que colecciona ese personaje designado por un “él” implícito? Una vida de quebrantos y un lenguaje propio. Al alter ego del poeta no le basta con nutrir el poema con equívocos, es decir con imágenes; sucede que la vida también está formada de dudas y misterios equivalentes: “comenzó al borde de la cama / en la ciudad equivocada / tenía unas rosas marchitas / en un florero de cartón / por las noches tejía / con sus venas un abrigo para el verano”.
El poema se mueve en dos planos de significado, la relación del poeta con la poesía y la relación del poeta con una mujer: “un día palpó bajo su falda / le agradó el olor de la tinta fresca / y se quedó a dormir”. Si el sueño nos rescata del caos, la realidad nos confronta con él: “cuando despertó / «la muerte era la vida entera» / habían libros rotos / y papeles dispersos / puertas y ventanas abiertas”. Connotaciones eróticas unifican estas dos esferas semánticas en una sola, porque escribir es saciar el hambre por la vida: “ella estaba desnuda / como la primera vez / como cuando tuvo sueño / y mordió su carne”. No es la poesía misma, sino la voluntad para exigir el triunfo de la vida sobre la muerte, lo que constituye la quintaesencia de la poética de su generación: “y bebió su sangre / como cuando fue un crepúsculo / golpeando la puerta de su vientre”. Este es el reto: también o, quizás, sólo una vida imperfecta puede dejar la huella, impecable y bella, de un poema.