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EL ÁGORA

El poema de la semana

Jorge Ávalos
cartas@elfaro.net
Publicada el 21 de mayo de 2007 - El Faro

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Cómo pintar la aurora
Rafael Mendoza

 

Cuando digan las rosas tus sílabas alondras
al viento que se cruza frente a mi ventanal,
sabré que la distancia pudo más que las fuerzas
de tus alas gaviotas, y que no volverás.

Soñé que llegarías por fin una mañana
toda madreperlada, desde el fondo del mar;
desenredando alegre tus cabellos de diosa,
cabalgando en la ondina de una aurora triunfal.

Refugiado en mis miedos de renovados filos
organizo batallas contra la soledad
que tu nombre dejara a un costado del frío,
del frío que hoy es mío como de nadie más.

Y ahora que me asisten tus recuerdos más tercos,
cómo decirle al fuego que no nos abrigó;
cómo pintar la aurora con inéditos vésperos
que no tengan tus labios pronunciando el adiós.

Tal vez tras el deshielo de esta tristeza encuentre
el alma que animaba mi ser antes de ti.
Y si te la llevaste en la piel, mala suerte.
Quédatela. Yo puedo sin ella revivir.

 

Septiembre de 2001.

* * *

Comentario

Rafael Mendoza es un poeta lírico. A pesar de una disposición generacional en El Salvador en contra de toda expresión poética que no se afincara, de una u otra manera, en alguna forma de militancia política, Mendoza, quien nació en 1943, es antes que nada y sobre todo, un poeta lírico.

El grupo Piedra y Siglo, del que Mendoza fue un fundador, toma la pauta para la creación de una poética política a partir del ejemplo de Roque Dalton. Pero la poesía de Dalton está cargada de sarcasmo, de humor malévolo y de extrema ironía porque sabe partir de un tipo de análisis político que le permite distanciarse del sujeto y despojarlo de cualquier presunción de importancia. En sus manos, ningún tema merece solemnidad. Todo y todos, incluyéndose a sí mismo, son blancos legítimos de burla, sean éstas merecidas o no. El papel subversivo de su poesía radica en esa actitud de absoluta irreverencia hacia el mundo, no en su afiliación política, la cual invitó siempre a la sujeción, a la medianía. La poesía militante escrita por los integrantes del grupo Piedra y Siglo es una poesía de posturas políticas, a menudo airada y, lamentablemente, muy pobre en análisis.

En ocasiones, la poesía política de Mendoza destaca sobre la de los otros miembros de su generación debido a las facultades retóricas de su autor. En el poema “Con el alma a media asta”, por ejemplo, Mendoza esgrime versos de brutalidad expresiva por medio de un lenguaje de gran precisión: “Decido / no volver a llorar / pues ya no puedo. / Propongo / no volver a reír / pues no me sirve. / Deploro no poder ya gritar / pues no hay oídos. / Lamento / no llegar a morir / porque estoy muerto”. Esa inclinación por el efecto retórico lo ha llevado a escribir libros como “Los derechos humanos” (1974), un ejercicio programático que se siente en nuestros días como letra muerta. Pero también lo ha llevado a exposiciones viscerales como la famosa diatriba “Érase un hombre a una nariz pegado” en la que castiga, con desbordada furia, a los asesinos de Roque Dalton al mismo tiempo que expresa su frustración por la mezquindad humana y social de El Salvador, en versos de punzante ironía aforística: “Cada pueblo tiene el Ejército Revolucionario que se merece” (revista Abra, noviembre de 1976, Universidad Centroamericana, San Salvador).

Pero Mendoza es un mejor poeta, en un sentido político y en cualquier otro sentido, cuando se acerca a la condición humana desde su propia experiencia. Esta vena personal, más sensible y persuasiva, se manifiesta con mayor seguridad en sus sonetos, como en éste, dedicado al hogar, y que forma parte de su libro “Entendimientos” (1977):

Perdón esposa, hijos, mansedumbre
perenne del hogar, por estas manos
metidas en trabajos quizá vanos
que no pagan siquiera una legumbre.

Perdón por la pobreza de costumbre,
por ser más elocuente a diario el “danos
el pan nuestro, Señor”, cuando no hay granos
ni pan que a los estómagos deslumbre.

Perdón por nuestra mesa siempre llana,
por la simplicidad de los frijoles
salvándonos la vida en la mañana,

así como en la cena y el almuerzo.
Perdón por la humildad de los peroles
que nunca conocerán sopa de verso.

Este poema demuestra que Mendoza le atribuye importancia a las tradiciones poéticas. “Cómo pintar la aurora” es un poema especial porque esa conciencia de las tradiciones poéticas es llevada aún más lejos. Hay aquí una simbiosis de las mejores cualidades de su poesía. En primer lugar hay que notar que tanto el título como el tono de voz y la persona del verbo contribuyen a crear un planteamiento discursivo, y sin embargo el autor encausa su alegato recurriendo a una forma lírica clásica: el cuarteto alejandrino, compuesto por estrofas de cuatro versos de catorce sílabas (cada verso está dividido en dos hemistiquios de siete sílabas con acento principal en la sexta). A primera vista es un poema en verso blanco (sin rima), pero en realidad el poeta recurre, con discreción, a la rima asonante, estableciendo paralelos muy creativos por medio del sonido de las vocales en las últimas palabras de cada verso: “filos” y “frío”; “abrigó” y “adiós”; “encuentre” y “suerte”.

Pero quizás el aspecto técnico más interesante de este poema es un eco. El eco de la tradición. “Cómo pintar la aurora” recuerda, de una manera indefinible, un famosísimo poema de Gustavo Adolfo Bécquer. Vale la pena recordar las dos primeras estrofas: “Volverán las oscuras golondrinas / de tu balcón sus nidos a colgar / y otra vez con el ala a sus cristales / jugando llamarán. // Pero aquellas que el vuelo refrenaban / tu hermosura y mi dicha a contemplar, / aquellas que aprendieron nuestros nombres… / ésas… ¡no volverán!”. Los dos poemas utilizan recursos técnicos y métricos muy distintos y sin embargo son muy parecidos porque ambos tratan el mismo tema y porque estructuran su desarrollo de manera idéntica. Este no es un ejemplo de influencia ni de apropiación de la tradición, a la manera neoclásica, sino de confluencias poéticas a la manera postmoderna: el poeta ha descubierto en su propia intimidad un momento emocional que ha sido cristalizado antes por otro poeta, y en lugar de negar ese claro referente, el poema se abre a él y le permite manifestarse para acompañar su propia voz.

El tema del poema es el desamor. El tiempo llega, ineludible, y lo que una vez fue tan precioso, no volverá: “Refugiado en mis miedos de renovados filos / organizo batallas contra la soledad / que tu nombre dejara a un costado del frío, / del frío que hoy es mío como de nadie más”. El romanticismo es similar al de Bécquer, pero no la actitud ante la vida. A la tradición romántica española, Mendoza responde con imágenes modernistas americanas: “Soñé que llegarías por fin una mañana / toda madreperlada, desde el fondo del mar; / desenredando alegre tus cabellos de diosa, / cabalgando en la ondina de una aurora triunfal”. Bécquer sitúa a la mujer amada en un pedestal, y no puede menos que humillarse ante su recuerdo: “Pero mudo y absorto y de rodillas, / como se adora a Dios ante su altar, / como yo te he querido… desengáñate, / nadie así te amará”. Mendoza, en cambio, es altivo: “Tal vez tras el deshielo de esta tristeza encuentre / el alma que animaba mi ser antes de ti. / Y si te la llevaste en la piel, mala suerte. / Quédatela. Yo puedo sin ella revivir”.

El dolor por la conciencia de lo que se ha perdido provoca que el poeta se lamente de lo que ya no puede recobrar. Pera la aceptación de que a pesar de ese arrepentimiento se debe continuar, es una señal de carácter no de romanticismo. Y es esa fuerza de carácter lo que define la mejor poesía lírica de Mendoza.


Para leer más

El poema de la semana
http://elpoemadelasemana.blogspot.com/

En Palabra Virtual se encuentran muestras de la poesía de Rafael Mendoza y de algunos de los integrantes del grupo Piedra y Siglo: José María Cuéllar, Julio Iraheta Santos y Ricardo Castrorrivas.
http://www.palabravirtual.com/index.php?ir=pais.php&pais=El+Salvador

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