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EL ÁGORA

El día en que Spencer nos quitó la ropa

El fotógrafo Spencer Tunick esperaba, al menos, igualar su record en Barcelona. Quería que la plaza de la Constitución en México se llenara con 7 mil personas. Pero no. 18 mil mexicanos y un puñado de salvadoreños decidimos llenar el Zócalo de la Ciudad de México de euforia y albures, de carne morena.

Carlos Martínez
cartas@elfaro.net
Publicada el 14 de mayo de 2007 - El Faro

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Los que creímos  en la advertencia de “estricta puntualidad”, estábamos esperando desde las cuatro y media de la mañana, y había otros, con mucho más gusto por el reloj, que habían llegado antes. A las 3:45 a.m., la fila abarcaba ya un kilómetro de distancia por la calle Palma.

Había que llevar firmado un formulario donde cedíamos los derechos de imagen a Spencer, ropa fácil de quitar, nada de valor, ni mucha ropa interior. Pese a que estábamos allí para crear una monumental obra de arte, el ambiente siempre fue más parecido a una tarde de estadio que a un recorrido por el Louvre. La fila fue ambientada por cantores improvisados que carraspearon canciones del Tri.

Una vez que se conseguía llegar al Zócalo, había que sentarse en la calzada a esperar, pero nadie nos dijo que la espera duraría más de dos horas. Así que todo mundo se entretuvo como pudo:

 -“Oiga, contamínese usted, pero no nos contamine a los demás”, exigió una mujer de pelo cano a otra que fumaba.
-“Este es el Zócalo, señora, y aquí cada quien hace lo que le da la gana -respondió en defensa de la fumadora un joven punk que abrazaba a su novia-, tanto así que hemos venido a encuerarnos…”.

Los modelos de Tunick
Nueva York - 25
Londres - 160
Barcelona - 7 mil
Santiago de Chile - 4 mil
Caracas - mil 500
Lyon - mil 500
México - 18 mil

La calzada  estaba ya abarrotada a las cuatro y media de la madrugada, una muchedumbre le daba la espalda al Zócalo en espera de instrucciones. Aquel ejército de nudistas parecía en todo momento estar a punto de salirse de control. Una de las asistentes decidió tomar el micrófono y lanzar un par de porras para entretener un poco.
-“Buenos días. Debemos tener un poco de paciencia.  ¡¿Verdad que todos queremos a Tunick?!”
Por respuesta tuvo un colectivo “noooo”, y un grito a modo de epílogo: “… Pero queremos encuerarnos en el Zócalo”.

La Avenida Madero no dejaba de vomitar personas sobre las calzadas del Zócalo.  Pero no sólo nudistas habitábamos el paisaje, sino también una colmena entera de flashes que nos apuntaba desde lo alto del hotel Majéstic y el Gran Hotel de la Ciudad de México. Desde uno de los primeros pisos del Majéstic, asomaron un par de rubias turistas con sus cámaras y sus sonrisas. Allí encontraron sus 15 minutos de fama. La multitud las ovacionó como si hubieran salido los mismísimos Beatles. Les pedían, por supuesto, un adelanto del desnudo que viviríamos. Ellas saludaban a la multitud sin parecer muy enteradas y cada cierto tiempo apuntaban sus camaritas hacia abajo.  Cuando se les hacía insoportable la andanada de piropos, entraban a su habitación. Cada nueva salida era recibida con más entusiasmo.

Tiempo más tarde, cuando al fin Tunick daba la señal, las rubias se quitarían sus camisas y obsequiarían a sus fans con unos vigorosos movimientos de pecho.  El publicó lo agradeció a gritos.

Pero a esa hora todavía no había señales de Spencer por ningún lado.  Los organizadores del evento corrían por todas las esquinas del Zócalo con caras largas y nadie le explicaba nada a nadie. La multitud hacía “olas” como en un estadio. Eran las cinco y media de la mañana y a algunos hombres la ropa comenzaba a estorbarles. Un corpulento mexicano se dirigió con dulzura a la asistente más cercana: “Disculpe, señorita, más o menos a qué hora nos vamos a encuerar?”. La chica hizo una desesperada señal de paciencia, así que el corpulento decidió gritar al cielo: “¡Tunick… ¿ya?!”

El hombre que había llegado a desnudarnos apareció casi a las siete de la mañana, sobre una escalera y con un megáfono en la mano, para dar instrucciones. Él hablaba en inglés y un mexicano traducía al español. Primera instrucción: no se desnuden todavía, por favor. Segunda: cuando yo les diga, deben dejar su ropa justo delante de ustedes. Cuando Tunick dio la tercera instrucción el traductor mexicano titubeó un poco, luego se vio obligado a decirle a los expertos del “albur”: “Cuando vayan desnudos hacia el Zócalo, no olviden llenar la parte de atrás”. Más de 18 mil mexicanos se rieron a carcajadas de algo que Spencer quizá no entendió.
 
El acceso al Zócalo se cerró a las 6:30 a.m. y afuera quedaban unas 700 personas. Sus ansias por desnudarse los llevó a atacar a la policía. Intentaron romper las vallas de seguridad sin ningún éxito. La determinación del artista era tajante: ni uno más.  Así que los que llegaron tarde se resignaron a desnudarse sin que nadie les tomara una foto artística.

“¡Mexico naked!”

Habían pasado dos siglos desde que el conde Revillagigedo, virrey de México, decidiera poner las cosas en su lugar y dictar una ley, por la cual le quedaba estrictamente prohibido a los “indios, léperos y mendigos” andar desnudos en la vía pública, “para más honestidad y decencia”.

Habían pasado 60 años desde que Doña Soledad Orozco de Ávila Camacho, presidenta de la Liga de la Decencia y esposa del presidente de la República, obligara al escultor Juan Fernando Olaguibel a ponerle un finísimo calzón de bronce a la Diana Cazadora. Prenda que la bella flechadora tuvo que soportar durante muchos años para que el pudor no viera sus agravios. Habían pasado muchos años y muchos recatos, muchos decoros, hasta que Spencer Tunick le gritó al Zócalo “One, two, three… ¡México Naked!”  Nadie necesitó traducción.

El espectáculo del Zócalo

75% hombres y 25% mujeres
Permanecieron desnudos de las 7 a las 8:45 AM
265 reporteros de 101 medios
18 mil personas, según los organizadores y
30 mil según el GDF

La Plaza de la Constitución, mejor conocida como “El Zócalo”, tiene 43 mil 700 metros cuadrados, con sus calzadas laterales. La gran plaza de México, solo superada en tamaño por las de Beijing y Moscú,  vio a un ejército de desnudos desfilar sonrientes y eufóricos. La Catedral guardaba a sus santos de la impudicia y el asta inmensa, sin bandera,  tuvo por compañía a una alfombra de piel morena.

Andar desnudo entre 18 mil personas es andar más vestido que nunca. Al principio, los 22 grados de temperatura daban una buena excusa para mantener a los brazos como escudos del cuerpo, pero luego el recato fue cayendo y cayendo.

Era el desfile de los sin ropa. Aquella pareja de pelo cano que caminaban tomados de la mano. La mujer obesa con un vientre surcado por grandes cicatrices, el punk cubierto de tatuajes, el indígena chiapaneco que miraba absorto, aquella morenilla de pechos operados, el gordo que tenía tatuado en las nalgas el mismo dragón que mi hermano lucía en el torax… 18 mil personas, según los organizadores y 30 mil según la Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal. 

Eran las 7: 18 de la mañana cuando Tunick apretó por primera vez el obturador de su cámara. Los desnudos en posición de firme, los desnudos en posición de saludo a la bandera, los desnudos en posición fetal sobre las lozas frías del Zócalo.

Mientras caminábamos por la calle 20 de Noviembre, donde sería la última foto de hombres y mujeres, los marchistas se animaron a invitar al arzobispo mexicano: “¡Norberto Rivera, encuérate tú afuera!.. ¡Norberto Rivera, el pueblo se te encuera!”, y ya que se habían improvisado esas consignas, por qué parar: “¡Voto por voto, casilla por casilla!” (en referencia a la exigencia del candidato perdedor de las últimas elecciones presidenciales en México), “¡Ni una muerta más!”, “¡Vamos hasta el Ángel!”, “¡Sí al aborto!” y, finalmente, el infaltable canturreo: “¡Culeeeros, culeeeeros!”, para quienes espiaban desde las cortinas de sus apartamentos.

Spencer agradeció la presencia de los hombres y nos mandó a vestir. Las chicas gritaban victoriosas y nosotros regresábamos a la realidad de nuestros trapos.  Vestirse fue más pesado que desvestirse, al menos para los que encontramos nuestra ropa: “Wey, qué culero se siente andar desnudo uno solo”,  protestaba un preocupado de cuya ropa gozaba alguien más.  Minutos más tarde, las chicas volvieron. Sólo que ahora nosotros estábamos vestidos y ellas ya no gritaban victoriosas. Tuvieron que pasar desnudas por un mar de ojos que de pronto parecían descubrirlas sin ropa. Las diferencias habían vuelto luego de casi dos horas de estar vestidos con la misma piel.  

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