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EL ÁGORA

La banda sonora del tiempo

Marta Rosales
cartas@elfaro.net
Publicada el 05 de febrero - El Faro

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Si pudiésemos ver la historia como un documental, tendría una banda sonora. A ratos banal, a ratos sublime; con tintes de lirismo o con acordes de tragedia, pero omnipresente porque el silencio absoluto no existe, al menos no de forma natural.

El pasado concierto de presentación de los Cuadernos de Música nos permite hacer un acercamiento a la historia salvadoreña desde su música abarcando desde la República hasta el momento actual.

La Sinfonía en re mayor de Escolástico Andrino (1817-1862) recupera para nosotros el trasplante del estilo clásico realizado por este músico guatemalteco-salvadoreño considerado como el primer sinfonista centroamericano.

Hay que aclarar que esta sinfonía fue reconstruida por Esteban Servellón quien acometió la difícil tarea de recrear una obra de la cual se perdieron algunas partes. La obra muestra un eclecticismo con predominio del sinfonismo desde el clasicismo haydeniano hasta el Beethoven de la “Pastoral”. La gracia mozartiana se posiciona en el Allegro con temas de franca herencia operística. El segundo movimiento despliega tendencias al melodismo romántico evidentes también en el Minuetto. Este último se inspira en el tratamiento de Haydn quien conservó la frescura y sencillez de la danza popular. El ciclo cierra con un Allegro emparentado con “la sexta” de Beethoven, tanto en el carácter idílico, como en el manejo de los timpani característicos del compositor germano.

El panorama musical salvadoreño del siglo XIX oscilaba entre un clasicismo tardío y un romanticismo más ligero de factura que en Europa, con preferencia por las danzas de salón y gran pasión por el virtuosismo.
El representante más importante de ese virtuosismo fue el salvadoreño Rafael Olmedo (1837-1899). Alumno de Andrino en la primera escuela de música académica de este país, Olmedo mostró un talento especial como ejecutante de violín dedicándose también a la composición musical. De su producción, los “Cuadernos de Música” seleccionó “9 piezas íntimas para guitarra sola”, de las cuales cinco, fueron interpretadas con maestría por Walter Quevedo.
El intimismo del título no es fortuito. Como premisa del estilo Romántico, esto se plasma en la introspección del artista en su mundo afectivo. Ni Andrino, ni su discípulo escaparon de este hechizo.
Estructuradas como una suite, las piezas contrastan en carácter y forma. El encanto melódico de Olmedo y el despliegue de recursos del instrumento corroboran la alta opinión que de él expresaron sus contemporáneos.

Ciriaco de Jesús Alas (1866-1952) se desempeñó en el campo de la composición, como en la pedagogía musical. Su Cartilla musical y otros materiales educativos fueron publicados a principios del siglo XX, respondiendo a las necesidades metodológicas de su tiempo. La brecha entre lo musical popular y lo culto se amplió aceleradamente en tanto se acercaba la primera mitad de la centuria. En el dominio público, Alas aparece más afincado en lo popular. Una buena parte de sus creaciones lo confirma, como los himnos y canciones escolares algunas de los cuales aun se cantan en nuestras escuelas. Sin embargo, la pieza “Dichoso fui” originalmente escrita para piano y violín, demuestra que Ciriaco Alas tiene facetas musicales mucho más elaboradas. Esta obra exige del instrumentista recursos técnicos que el solista Maximiliano Martínez ejecutó con facilidad y gracia. El arreglo sinfónico de Esteban Servellón proporciona la vestidura ideal a esta obra que conjuga el carácter bucólico con la expresión virtuosa y la gracia de su melodismo, puro y prístino romanticismo.

Alas vivió largamente falleciendo al iniciar la segunda mitad del siglo, sosteniendo su credo romántico, al menos en lo que respecta a creación musical. Paralelamente, otros coqueteaban tendencias que revolucionaron los estilos de la música y la plástica en Europa.
La liberación de la tonalidad, las técnicas seriales, la música electrónica, la música concreta y otras tendencias comenzaron a transformar la estética musical de los artistas latinoamericanos. En El Salvador, Gilberto Orellana padre (1921) tomó la estafeta imprimiendo su obra con un componente de experimentación. En el contexto musical local, considero el lenguaje musical de Orellana como esencialmente revolucionario, radical. La Suite sinfónica “Transición” es un ejemplo de ello. En ella encontramos elementos del melodismo contemporáneo que magnifica las disonancias agudas, pero sobre todo y en común con otras creaciones de Orellana, se evidencia un dramatismo potenciado por la estridencia, el contraste maximizado.

Los “Ritos elementales” de Ángel Duarte, podría describirse como una obra que se desdobla entre la exploración vocal y la exploración en las concavidades de las ocarinas y pitos de la prehispanidad. De acuerdo a su autor, se basó en las notas de un antiguo instrumento encontrado en nuestro territorio. Por otra parte, notamos que las “travesuras” de Arnold Schoemberg en su Pierrot Lunaire también nutrieron la partitura de Duarte.
Los juegos entre recitación y canto que Duarte escribió, evidentemente fueron pensados para Claudia Acosta, quien como es habitual, dominó el escenario con una interpretación que demanda presencia escénica y versatilidad vocal.

Alimentados por la experimentación musical, la exploración sonora y la postura de no ser ciudadano de ningún estilo o atravesándolos todos (como hizo Stravinsky), los compositores latinoamericanos se ven persiguiendo la cola de un rabo de nube, pero con los pies afincados en una realidad distante de las urbes musicales.
Al compositor contemporáneo se le reclama una pertenencia, una identidad en su partitura, un localismo que el público busca desesperadamente como asidero para entender lo que escucha.
A los que se sumergen en esta búsqueda estéril de la identidad musical, les respondo recreando una reflexión del escritor y musicólogo Alejo Carpentier quien decía que el músico –creador o intérprete– es quien mejor representa la identidad (o las varias) de que se nutre.

La historia salvadoreña ha cambiado mucho desde que la Banda de los Supremos Poderes tocaba los valses de moda en el Parque Bolivar. Su banda sonora por lo tanto, se transforma, se renueva, pero nunca cesa de producir música. Los Cuadernos de Música han hecho posible que estas huellas pentagramadas –algunas de hace ciento cincuenta años– se conviertan en música para nosotros.

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